El tranvía de Gante

Aquella noche le costaba conciliar el sueño, había sido noveno al sprint en la etapa de aquel día y eso era buena señal. El Giro acababa de empezar y este podía ser su año, por la carrera y por todo. Sentía cómo aún la sangre hacia palpitar sus piernas, casi tenía más ganas de salir a correr que de echarse a dormir. Acababan de poner en la tele la peli de Trainspotting, doblada lamentablemente al italiano, y en su cabeza se repetía una y otra vez la misma canción de Blur, pero no lograba recordar el nombre. Echaba de menos a Anne, con quien la vió en una de sus primeras citas coincidiendo con un festival de cine británico. Le llamó al móvil en ese momento pero éste estaba apagado, era ya tarde, y dejó un breve mensaje en el buzón de voz —si mañana cruzo la meta primero le pondremos nombre italiano, te quiero—. Antes de dejar el teléfono quedó inmóvil, contemplándola, tenía una foto suya que le miraba con ojos brillantes desde aquella pantalla táctil, con esa sonrisa tan suya que finalizaba en las comisuras ligeramente inclinadas hacia abajo, pero a pesar de los avances de las nuevas tecnologías su tacto dejaba mucho que desear. Finalmente cayó dormido, tan profundamente que, aunque su cuerpo estaba sobre una cómoda cama de un lujoso hotel de Reggio Emilia, su alma se encontraba junto a Anne, a cientos de kilómetros al norte, en la bella Gante, columpiando a su hija que aun estaba por nacer, en un verde parque de las afueras de la ciudad.

Por allí andaba él con su mujer e hija cuando amaneció y sonó el despertador, teletransportándole de nuevo hasta aquella fría habitación doble de uso individual con una cama enorme y él cruzado a lo ancho de ella. Dio unas cuantas vueltas enrollándose más aún entre las sábanas para quedar con medio cuerpo fuera y bostezó a conciencia. Finalmente se estiró y alargando el brazo hasta el suelo cogió el móvil, abrió un mensaje nuevo, de Anne, y leyó hoy es tu gran día, cómetelos en la meta. Besó el teléfono y se levantó de un salto para caer en la ducha. Dejó correr el agua caliente y permaneció un largo rato quieto, abrazado por los chorros de la columna de hidromasaje. Ese iba a ser su día, su gran día, y después del puerto, cuando estuviera ya abajo a rueda de algún escapado cerca de la meta daría el hachazo. Su hija se llamaría Chiara.

Blur – Sing


Jimmy dos turbos

La historia de Jimmy dos turbos fue tan breve como intensa, digna de cualquier artista americano como James Dean o Elvis Presley, aunque éstos dejaran un bonito cadaver y Jimmy no. Porque Jimmy era muy feo, pero esa no es la cuestión. Como toda historia tiene sus comienzos en la que un estúpido detalle marca la diferencia y en el caso de Jimmy dos turbos todo empezó por la temprana pasión del pequeño Pepe por los motores. Su padre le enseñó a arreglar las averías de su viejo tractor Ebro. Con él empezó arando los campos de su padre y pronto trabajó para todos los del pueblo. Con el dinero que ganó, Pepe compró un R5 al que trucó el motor, le hacía de todo al coche y fue el primer tuneado que se conoció en el pueblo, probablemente el primer coche tuneado del país. Con él chuleaba haciendo el cabra por los caminos de la zona, reunía a sus amigos en los descampados haciendo derrapes y pruebas de habilidad utilizándoles de conos. Un día se enteró que en Cuenca se celebraba un rally y se apuntó, quedó segundo. Ahí empezó todo. Después de eso corrió todas las carreras de rallyes que se hicieron por la zona y los ganó casi todos. Entonces vendió su R5 y se hizo con el coche que más ansiaba tener, con el que tantas noches había soñado, un R5 Copa Turbo de color amarillo.

Pepe siguió corriendo algunos rallyes con su nuevo coche y continuó ganando bastante dinero, corría como una bala, tomaba las curvas a todo gas, las enlazaba como si fuera un juego de niños, cruzando los prados en un abrir y cerrar de ojos. El público se embalaba al verle pasar, las vacas, los caballos y hasta los grillos se embalaban cuando la mancha amarilla de Pepe recorría brevemente sus pupilas al pasar frente a ellos como alma que lleva el diablo. Ganó tanto dinero que compró el viejo establo abandonado a las afueras del pueblo, lo reformó y allí montó la primera discoteca de la zona a la que bautizó como a él le gustaba que le llamaran: Jimmy’s. Porque a Pepe no le gustaba en absoluto su nombre, el nombre que le pusieron sus padres al nacer y constaba en el registro. Pepe quería algo más internacional, con más clase, y poco a poco a Pepe se le fue conociendo por el sobrenombre de Jimmy. Pero Jimmy dos turbos no se hizo famoso por su nombre, arar los campos de la zona o correr rallyes, eso de dos turbos no era por tener un Renault Copa Turbo, ni por ser más veloz que el rayo, a Jimmy le llamaban dos turbos porque llegó al mundo con la extraña anomalía, por increíble que parezca, de tener dos penes, así es. La matrona, que no era otra que su tía segunda por parte de madre, primeriza en estos asuntos de ver dar a luz un varón, a punto estuvo de amputarle uno de ellos creyendo, pobre estúpida, que era el cordón umbilical mal cortado, pero pronto se dio cuenta llevándose la mano a la boca no llegando a seccionar dicho apéndice.

Pepe, perdón, Jimmy dos turbos, ya desde bien pequeño, era un tipo feo, muy feo, difícil de ver, con la cara llena de pegas y granos, medio calvo medio pelirrojo, delgado, tan delgado que se le adivinaban los huesos bajo el pellejo que cubría su pobre esqueleto, pero sus dos penes eran demasiado, volvía locas a las chicas del pueblo, que también se embalaban, y pronto se hizo eco en los de alrededor. La culpa la tuvo su primera novia, en aquella pubertad que tan famoso le hizo, cuando ella le dejó por feo aun siendo ella tan fea como él, haciendo correr el rumor de su extraña anomalía inguinal. Entonces, una de las amigas de ésta, que era muy golfa, quiso probarlo y ahí empezó todo. Al poco tiempo Jimmy dos turbos se las beneficiaba a todas, ya fueran solteras, viudas o casadas, cualquiera que se pusiera a tiro. Toda mujer de la zona quería probar los dos turbos de Pepe, es decir, Jimmy, y hacían cola en su discoteca para entrar. Jimmy era muy feo, tan feo que resultaba gracioso, y él sabía ser gracioso. Jimmy sabía muy bien cómo tratarlas, sabía ser gentil y cuándo serlo y cuando convertirse en un cerdo pervertido sediento de sexo. Sabía jugar con ellas y cualquiera que pasara a su lado caía entre sus piernas saciando toda depravación.

Aquel rumor sobre Jimmy dos turbos se extendió y llegó hasta oídos de los maridos, padres y hermanos cuyas mujeres, hijas y hermanas se habían acostado con Jimmy. Probablemente fuera culpa de los celos de su exnovia, que había visto como su deformidad había sido recibida de buen grado por el resto de mujeres seducidas por sus dos encantos, pero eso nunca se llegó a saber realmente. Esos hombres, cuyas mujeres, hijas o hermanas les habían deshonrado primero se lo tomaron a broma, nadie se podía imaginar a un tipo con dos penes, pero pronto se dieron cuenta de que el rumor era cierto cuando con sus mismos ojos vieron sus dos turbos a pleno rendimiento en la parte de atrás de la discoteca de Jimmy, entrando y saliendo de los agujeros de su exnovia, bombeando a todo gas, cuando ésta le emborrachó y le pidió un polvo por los viejos tiempos. Al día siguiente, domingo de ramos, se encontró su cadáver lleno de moretones y sus dos penes, que tantos agujeros habían tapado, cortados de cuajo. Y esto tampoco se llegó a saber realmente porque así nadie lo quiso, quien o quienes lo hicieron.

Sus padres se enteraron tan pronto como hubo amanecido, con el canto de los gallos y antes de arreglarse para ir a misa, tiempo que usó el párroco para improvisar el funeral. Lloraron amargamente la pérdida de su único hijo y las mujeres del pueblo, con el vientre vacío no sólo por la pena, también hicieron lo propio a escondidas. El silencio sobre aquel asunto reinó para siempre y nunca más se supo, bien fuera por envidias o lujurias escondidas, porque así nadie lo quería. La discoteca se cerró y fue derruida para, muchos años después, construir la piscina municipal. En la lápida de Pepe sólo se grabó bajo su nombre la palabra Jimmy, como a él le gustaba que le llamaran, sin el dos turbos.


Termodinámica aplicada

Una mala racha que había que pasar supongo. Mi mujer me había dejado, –harta de compartir lecho con un extraño –me dijo la muy golfa, por dedicarme casi en exclusiva a mi trabajo, y en mi trabajo, al que me dedicaba casi en exclusiva, resulté ser alguien lo bastante importante como para no ser imprescindible, y así lo decidió mi responsable en junta extraordinaria, con otros tantos directores ejecutivos más de departamento, en la que rodaron más cabezas a parte de la mía. Con viento fresco me mandaron, una mala racha como decía, y con él me fui tan lejos como me pudo llevar, el viento y el finiquito. Cambié el despacho por la zona de embarque de la T4, el portátil por un periódico gratuito y el menú del día del bar de abajo por el que servían en primera, con alguna copa de tinto entre cabezada y cabezada.

Todo parecía obedecer a un plan maquiavélico, a un proceso metafísico del que algún ente, probablemente divino, debía participar. Si así era realmente, debería encontrarme en lo que sería la primera fase del mismo, la de adaptación al medio pongamos, porque durante las veinte horas siguientes recorrí una distancia de unos cuantos miles de kilómetros sin yo moverme del asiento, viendo pasar por la ventanilla la orografía de medio planeta. Pronto me di cuenta de que no era yo el que se desplazaba sino el mundo el que giraba bajo mis pies, no era yo el despedido sino mi empresa la expulsada de mi, al igual que mi mujer, de la misma forma que excrecionas. No era yo pues el que viaja sino el entorno el que mutaba en el exterior del habitáculo de aluminio, titanio y fibra de vidrio, construido con el fin de preservarnos a mi y a la otra larga centena de individuos que me acompañaban, de las turbulencias de un medio ajeno e impredecible que no soportábamos, que no queríamos para nosotros.

Yo era pues el medio.

Tan pronto como Narita fluyó dentro de mí empezó la segunda fase, algo como una transformación metabólica, en la que el organismo muta su materia en energía, porque como ya dijo en su momento un tal Lavoisier, ésta ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto me llevó hasta una estrecha cama del Tokyo Grand Palace, donde la sinestesia del jetlag acabó por abrirme el mueble bar de la suite sin nada que ofrecerme más interesante que lo que las calles me podían brindar. Calé pues, después de calzarme unas ropas adecuadas que disimularan mi actual proceso termodinámico, en un pequeño pub del distrito de Guinza, escaleras abajo, donde me apropié de una rubia de cuello estrecho y culo ancho. Allí guiñé el ojo a una cajita de cerillas que encendió unos tantos Marlboros europeos que llevaba conmigo y, con nuestro pobre inglés, conversamos camarero y servidor hasta que el cierre se nos echó encima y nos fuimos a tomar otra, amigos ya, a Roppongi Hills.

Una vez allí he sentido la necesidad de detener el proceso, tan sólo unos segundos, para evaluarlo. Después de un exhaustivo análisis he concluido que todo va según lo planeado. Así pues me encuentro metido de lleno en esa segunda fase, metabolizando los etiles por las esquinas con sus masajes en la espalda, sintiendo en la misma espina dorsal pezones tan duros como ladrillos que me aguijonean el alma sin dolor alguno. La metamorfosis continúa por ende su lento proceso, desgarrándose la carne de mis huesos, evaporándose cada una de mis células ya inertes desmaterializando mi cuerpo. Me sirven otro Black Label 12 tan cargado que necesito coger aire para pasarlo garganta abajo, una garganta que en un corto espacio de tiempo dejará de pertenecerme de la misma forma que los otros órganos, conductos, músculos, cartílagos y demás componentes metafísicos ya dejaron de responder a mis impulsos nerviosos, como paso anterior a la pérdida de los mismos. Por suerte acabo de sentarme en el reservado de mi alma donde, tras el vidrio de mis aún materiales retinas, una preciosa diosa de ojos rasgados se mueve, dobla y desdobla con tan sólo un minúsculo trapecio de tela sobre su rasurada pelvis y una barra vertical que se eleva, no sabría decir, si delante, detrás o a través de ella. Dios, como ente inmaterial que es, parece estudiar mi proyecto, sometiéndolo a su estricto control analítico de calidad.

Un mundo de destellos plateados recorre la estancia, en sentido contrario a las agujas del reloj, deteniendo la maquinaria del espacio-tiempo, pausando el proceso de metamorfosis y dejando crecer sorprendentemente de la nada una erección carnal, quizá como resultado último de la ultramorfosis, mientras todo lo demás desaparecía. Sorbo un trago espiritual de mi escocés, respiro y un billete materializado en celulosa se desliza desde mi cartera hasta la goma de ese divino tanga que poco después se desentiende de las caderas que lo sostienen, mostrándome hasta el mismo monte Sinaí desde donde, tras el resguardo de su chicle sagrado en el objetivo de la videocámara de vigilancia, me sumerjo, metafóricamente hablando, a pleno pulmón, lentamente y sin oxígeno a penas, pues ya no lo necesito, encorvándose ésta, como si una estaca atravesara su maldito corazón. Cabalgando juntos por estas y otras dimensiones, despojándonos de todas las partículas enlazadas, liberamos nuestra energía (tercera y última fase, liberación de la energía). Ya no éramos nadie, no éramos nada, sólo átomos independientes disfrutando de la emancipación incontrolada de electrones, con todo un universo que recorrer, hasta encontrarse de nuevo en el polvo cósmico de alguna galaxia reventada por los excesos.

Al fin el proceso se había completado. Ni rastro quedaba ya de molécula alguna del que fuera mi cuerpo en otra vida. Era energía y sólo energía fluyendo por las calles del gran Tokio hasta que amablemente un taxi abriera la puerta de atrás del coche y me llevara de vuelta cual hilo conductor hasta mi minúscula cama (el tamaño ya no importaba) del hotel Tokyo Grand Palace, a medio camino entre el cielo y la tierra, en una vigésima planta sobre el nivel del mar. Al día siguiente la materia había vuelto, el tamaño de la cama sí importaba y la energía se había disipado produciendo una gran jaqueca en consecuencia, pero eso ya es otra historia.


¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor, un calor seco que hacía que el aire fuera más denso y le costara respirar. Soltó el destornillador pero era ya demasiado tarde, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para todo y para nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo, como si lo que acabara de suceder fuera una maldita reacción en cadena que un inevitable destino le obligara ejecutar. La casa permanecía a oscuras y aún así podía ver la silueta inerte de su cadáver aún caliente tendido en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y el pelo enmarañado. Se hizo el silencio, y con él volvió la calma y un extraño vacío que se apoderó de su corazón, volviendo a latir más despacio. La incertidumbre entró por la ventana en aquel cuarto y se sentó junto a ella, mirándole fijamente. ¿Y ahora, qué? le preguntó elevando la barbilla. Pero no acertó a responder. En esa habitación había dos cuerpos pero, por razones bien distintas, sus almas estaban muy lejos de allí. Hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de largos paseos por el parque cogidos de la mano y todas esas palabras bonitas decoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y tequieros en una época tan lejana que casi parecían de una vida anterior, de la vida de otros porque ya casi ni lo recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta ahí. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio dio paso al vago ruido de la calle de esas horas de la noche y tras la puerta del dormitorio oyó unos tímidos pasos que se acercaban. Asomando por el quicio apareció su hijo muerto, de once años de edad, que preguntó ¿mamá? Y ella parpadeó de repente girando después la cabeza, se levantó acercándose hasta él –Mamá está bien, cariño– y, rodeándole con el brazo, salieron tranquilamente de allí.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había vuelta atrás como otras veces. Seguía maldiciendo, hijaputa repetía una y otra vez, suspirando amargamente desde aquella esquina, donde permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado y rompió a llorar como el niñato malnacido que era. Aún estaba borracho y mareado y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra, devolvió tan fuerte que los mocos le colgaban de la nariz pegándosele a la comisura de sus malditos labios. Cuando hubo terminado se limpió con el antebrazo, intentando mantenerse erguido y dio unos cuantos traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer apoyarse en la pared tuvo tan mala suerte que en su lugar encontró la ventana abierta y fue a precipitarse al vacío, siete pisos hacia abajo, cayendo con enorme estruendo sobre los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre ya de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio caer su cuerpo y reventar contra el suelo, quedándose inmóvil a escasos metros y tan sorprendido que cuando pudo reaccionar su caniche Coco estaba ya metido hasta las orejas con el morro en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.


¿Y qué saben de amor las palomas?

Con el grito en el cielo y las uñas clavadas en su espalda dejó escapar un último gemido antes de correrse. Sus caderas se revolvieron apretándole la cintura entre sus piernas y él también hizo lo propio animado por las contracciones de su vagina. Hacía un calor terrible en esa oscura habitación que olía a marihuana y a sexo. No hubo abrazo ni beso. Ella se levantó y fue al baño. Él se apartó, se limpió con las sábanas, encendió un cigarrillo y se incorporó para fumárselo en la ventana. Desde allí podía ver el escaso tráfico de la madrugada y su coche mal aparcado, tirado en la acera como si hubiera sido fusilado, acribillado por una banda de palomas diarreicas. Este podría haber sido un buen comienzo para alguno de los temas que estaba grabando de su nuevo disco, pero no gustaba de mezclar vida y trabajo aunque su trabajo le costaba a veces llevarse a alguna a la cama. De pequeño siempre había sido un chaval tímido y reservado, cuando llegó el momento de salir de copas y ligar con mujeres con sus amigos bien prefería quedarse en casa escuchando buena música para después ver el canal plus codificado pija en mano. De las telarañas en los calzoncillos ya se encargaron años después y sin mucha dificultad las niñas que iban a sus conciertos. Eso no estaba mal, qué diablos, pero seguía estando tan vacío por dentro como antaño; fuera del dormitorio, el backstage o el asiento de atrás de su coche no había mucho donde rascar. Ahora le picaba algo, pero no era bajo la bragueta, sino un poco más arriba, tras las costillas, y aquello que fuera que le picara bombeaba con más fuerza cuando estaba con ella y, aún sin estar a su lado, simplemente al ver en la pantalla de su móvil el número de teléfono de ella parpadeando al mismo ritmo. Y aquella noche, fumando ese cigarrillo en la ventana, los latidos de ese estúpido órgano oculto tras las costillas inundaban sus sienes porque ella volvía a estar allí, en su cuarto de baño, y no sabía cómo decirla lo perdido que estaba sin ella después de haberla encontrado. Ideó una y mil frases que decir cuando abriera aquella puerta, como ocurriera todas las veces que la convenció para ir a su apartamento, y cuando salió del excusado sólo pudo dejar salir un tímido quédate a dormir de su boca. Eso ya era más de lo que podía haber esperado decir. Quiso haber añadido un me gustaría al principio pero se le quedó entre los dientes, maldita cobardía la suya. Ella se le acercó, desnuda todavía, le rodeó el cuello con sus brazos y besó su cuello. Deseaba que me lo dijeras se oyó susurrar. Y al otro lado de la ventana, no muy lejos, un par de pisos más arriba, sobre un mosaico de tejas pardas, una paloma se acicalaba con el pico bajo su ala izquierda, después de relajar su esfínter sobre un ZX del 89 que parecía blanco, antes de caer en un reconfortante sueño.


Premio

Hasta aquella noche nunca pensé que nuestros nombres pudieran aparecer en la misma frase, puede que sin premeditación pero sí con mucha alevosía, estando la palabra beso entre ambos. Llamadme ciego. Debe ser algo así como agacharte a atarte los cordones de los zapatos en mitad de la calle y encontrar, junto a tu pie, un billete de lotería con el agravante de estar premiado. Besos hay tantos como papeletas vacías invitándote a seguir jugando, pero encontrarte un billete premiado es algo que no suele pasar, pero cuando pasa y lo coges sin más, y lo miras, lo revisas y levantas la vista en derredor sonriendo sientes que el mundo puede no ser tan malo como parecía. Algo así puede cambiarle la vida a cualquier ciego imbécil.

En ese instante puede producirse un momento de incertidumbre, te asaltan las dudas y te ocultas tras un semáforo escudriñando el trozo de papel creyendo que vas a ser capaz de encontrar algo, pero la fecha es correcta, la impresión es buena y el número es el mismo que anuncian como premiado las administraciones. Y entonces sientes un calor que sube, que quema tus pelotas y te llega hasta la coronilla por detrás de las orejas, haciendo palpitar sus lóbulos; sientes la necesidad de una cerveza bien fría y te acercas hasta el bar más cercano, pides una con la mano mientras con la otra en el bolsillo acaricias el billete, tienes la certeza de que ese trozo de papel es bueno. Te sirven la caña, la tomas entre tus dedos y ves tu futuro en ella, teñido de rubio a través del vidrio, como esas burbujas que suben hasta la incipiente espuma que se amontona en la parte superior del vaso. Te la bebes como si tu vida se fuera en ello, manchada la nariz con esa espuma que sabe a cebada y a victoria y pides otra por regocijo propio, porque te sientes el heredero de la tierra, el descubridor del santo grial, el depositario de conocimientos milenarios que los dioses guardaron a buen recaudo hasta encontrarte. Te sonríes desde el espejo al otro lado de la barra, sabes que tienes ese billete que te da acceso a los más íntimos secretos de la humanidad, porque es tuyo y sólo tuyo y esos ojos que suspiran lo hacen por ti. Sin saber muy bien cómo eres el ser más afortunado sobre la faz de la tierra y las yemas de tus dedos sienten el tacto de las mejillas cuya propietaria no es otra que la misma cuyo nombre aparece en esa bendecida frase que comparte con el tuyo la palabra beso entre medias. Ese billete no es un trozo de papel si no una pedazo de mujer cuyas piernas la traen de vuelta del excusado de pintarse los labios, una mujer que puede devolverle la vista a cualquier imbécil y cambiarle la vida, y esa mujer viene directamente hacia mi, abriendo la boca para recibir uno de los muchos besos que sin duda nos recogeremos. Feliz día del resto que nos quedan.


El ático de Dave

Dave estaba allí, tumbado, tranquila y plácidamente, con los ojos entreabiertos, contemplando las estrellas. Dave había bebido y era feliz, se preguntaba cómo podían verse tan claramente desde la ciudad, cómo hasta allí abajo llegaba el brillo de todos aquellos astros, atravesando la densa boina de contaminación que flota sobre Madrid. Y mientras Dave pensaba en las estrellas y en el misterio que escondía la eterna noche del cosmos, haciendo tan pequeños a los hombres en particular, y a los seres que habitan el planeta Tierra en general, pensaba también sobre la vida, en el giro de 360 grados que acababa de dar el guión que controlaba cada uno de sus pasos. Dave estrenaba trabajo, un puesto de responsabilidad bien remunerado, grandes posibilidades, buenas vistas y todo eso; el trabajo de su vida. Pensaba también en sus buenos pocos amigos, en sus coñas, en lo reconfortante que es quedar con ellos de vez en cuando para pegarse una buena cena, y charlar entre cervezas, reírse, devorar unas costillas y tomar unas copas después buscando escotes interesantes, como aquella noche, una buena noche con nombre de mujer; Carmen… Carol… Cristina… no recordaba su nombre pero estaba seguro de que empezaba por la letra C, al menos tenía su número del móvil. Dave había conocido una mujer al fin interesante, y sentía que su compañía en aquel momento hubiera sido un gran final para aquella noche, estando los dos tumbados, uno al lado del otro, con el leve roce de los brazos, con ese bienestar inducido por las copas que habían compartido entre risas, historias y algún que otro baile. Dave, desde allí abajo, podía dibujar mentalmente la sonrisa de Carmen, Carol o Cristina, uniendo simplemente algunas de las estrellas que el cielo de Madrid podía mostrar, con una línea imaginaria, como hacen los críos en los cuadernos de dibujo con los puntos numerados. Era agradable tener en quien pensar en un momento como ese, era bueno tener ciertas expectativas no sólo sexuales, ahora que todo parecía enderezarse, con alguien como Carmen, Carol o Cristina, pero era aún mejor tener su número para poder llamarle al día siguiente e ir a tomar un café, en alguna terraza al sol de media tarde, y seguir contemplando aquella bonita y graciosa sonrisa con un hoyuelo a cada lado.

Dave estaba tumbado, ebrio, mirando las estrellas, como dentro de poco haría desde la terraza de su futuro ático, y pensando en la vida y en la chica que había conocido esa misma noche, oyendo los coches pasar cerca de él, oyéndoles pitar a algunos de ellos, y empezó a sentir frío, un frío húmedo que penetra en la ropa, atraviesa la piel y llega hasta los huesos. Le pitaban los oídos, con el murmullo en el cerebro del estribillo de alguna canción pegadiza, y le dolía la cabeza, sentía sus propios latidos en la nuca, y empezaba a ser molesto. Tenía el pelo alborotado, sobre la cara, y estaba también húmedo. Dave sentía la humedad en la cabeza y de repente ya no era todo tan cómodo, quizá fuera el momento de irse a dormir. Quiso levantarse de allí pero no tenía demasiadas fuerzas, resbaló y volvió a su postura inicial. Los coches seguían pasando y pitando y entre ellos apareció un sonido nuevo, distinto a las bocinas de los coches, parecía una sirena, más de una ambulancia que de una patrulla de policía, que paró no muy lejos de allí. Eso borró de un plumazo los puntitos que las estrellas dibujaban sobre el firmamento y Dave se incorporó de nuevo como pudo, aturdido por una luz brillante, quedando sentado en el suelo, y sintió cómo también le dolía el resto del cuerpo. Se apartó el pelo de la cara, se atusó un poco la melena y quedó la humedad del cráneo entre sus dedos, una humedad extraña, familiar a la vez. Miró sus manos empapadas y le parecieron estar manchadas por un rojo espeso y oscuro. Dave estaba tirado en mitad de la calle, sentado en el borde de la acera, los coches ya no pitaban y, que él supiera, aún no llovía sangre del cielo.

Nota del autor: La ambulancia llevó a Dave hasta el hospital, afortunadamente sólo fue una brecha de 5 puntos detrás de la oreja, únicamente eso. Carmen, Carol o Cristina resultó ser Clara y con ella ya no sólo toma cafés, las mujeres de carne y hueso son más interesantes y excitantes que cualquier alucinación fantasmal. De hecho, con su nuevo sueldo, está buscando cambiarse a un piso más grande y céntrico y ella le acompaña a verlos. Además, tienen pendiente ir un día a comer a casa de los padres de Dave para que estos conozcan a Clara, su madre hace unas perdices estofadas que están de muerte.


Nada nuevo bajo el cielo

Y no hay nada nuevo bajo el cielo, el mismo cielo de siempre, por muy distinto que alguien se afane en verlo, porque no se quitó las gafas de sol. Las gallinas siguen poniendo huevos, el tigre sale a cazar y las urracas desahucian los cubos de basura. Si algo, en algún momento, parecía cambiar, sólo fue un sueño, un mal sueño interpretado como no debiera. Haga frío o haga calor es el mismo ciclo, amiga mía, divídelo en 4 estaciones si quieres, pero seguirá siendo el mismo invierno, la misma primavera, el mismo verano y el mismo otoño de todos los malditos años por más que quiera cambiarlo, prolongándose hasta la eternidad, la eternidad de un instante congelado, repitiéndose hasta el infinito, recogiendo los restos de algunos pocos inteligentes que supieron escapar de esta vil locura que empieza donde terminó. Debe ser lo que llaman el ciclo de la vida, pero no es ciclo sino bucle. El futuro es los restos de comida entre los dientes, la mala digestión del pasado, repitiéndose como el ajo y dejando además mal sabor de boca. Lo vivido sólo sirve para mezclarlo con whisky y emborracharte para olvidarlo. La experiencia te la dan las copas, la resaca te devuelve al principio con un fuerte dolor de cabeza haciendo que te preguntes si aquello pasó realmente, la certeza existe, el alcohol sólo hace que dudes de ella, obligándote a salir a la calle con unas gafas de sol oscuras mostrándote un cielo de otro color, pero eso sólo es una pobre distorsión de la realidad.

Y todo esto para evitar escribir, para no reconocer, que no bebo para borrarte sino para brindar con tu fantasma por verte de nuevo, que después de todo este tiempo te recuerdo, que durante siete largos años te he amado en la distancia, que tengo miedo a olvidarte y mi vida entonces carezca de sentido. Cada noche me visitas y salimos a pasear, cuando el tiempo se detiene, mientras el mundo duerme, agarrados de la mano, intercambiando miradas por sonrisas entre beso y beso, prometiéndonos a la luz de la eterna Luna que nunca se pone en mis sueños, que para eso son míos, que nunca más volveremos a separarnos, que cuando despierte de esta larga pesadilla estarás a mi lado, junto a mi en la cama.

Pero no hay nada nuevo bajo el cielo. El bucle, que por eso es bucle y no ciclo, se repite una vez más, y me despierto solo, arrastrando mis huesos hasta el baño para vomitar y empezar otro día que poco tiene de nuevo, esperando que llegue la noche y el cansancio me lleve otra vez hasta la cama para encontrarnos una vez más paseando de la mano sobre el cielo de Madrid, que siempre fue el mismo, y la misma Luna será mi testigo de que aquello realmente ocurrió.

No hay nada nuevo bajo el cielo, pero te sigo soñando, sobrio, borracho o dormido.


A las pipas les gusta los 40 Principales

Estaba anocheciendo. Una familia de pipas de girasol cruzaban la zona norte de la comunidad autónoma de Madrid, desde la sierra hasta la capital, amontonados todos los miembros, en un hueco del salpicadero de un Seat 127. En el cielo, una Luna llena enorme seguía de lejos la mirada de Jorgito, un crío de apenas 5 años. Actualmente las pipas de girasol tienen muchas salidas profesionalmente hablando, el pan multicereales, los productos cosméticos, piensos avícolas o como ingrediente secreto de salsas, estofados y ensaladas, pero entonces el ser chupadas, peladas, masticadas y devoradas por homos dos veces sapiens era su final más glorioso y probablemente al que todas aspiraban. En la radio del coche del papá de Jorgito sonaba una canción de Janette o algo así en los 40 Principales. Por alguna extraña razón a las pipas de girasol, que eran unas saladas, les encantaban los 40 Principales y Serrat, y Ana Belén y Jeanette y Miguel Ríos. En algún momento de esos pequeños viajes, a la familia de Jorgito le gustaba saborear un puñado de pipas de Girasol, y entonces ellas se ponían como locas, saltando y empujándose entre ellas, acicalándose la sal de su cáscara. Jorgito era muy pequeño y no sabía pelar las pipas de girasol, hasta entonces siempre se las pelaba su madre, pero aquella vez en la que volvían de la sierra, con esa enorme Luna correteando por encima de los cables del tendido eléctrico, decidió intentarlo él mismo. Su madre le dio una pipa de girasol, la pipa estaba tan contenta que casi no cabía en sí misma de la emoción, aguantando la respiración para no reventar la cáscara. Entonces Jorgito se puso a ello, tratando de abrir la pipa a dos manos con sus diminutos dientes de leche, pero la pipa se escurría y cuanto más tiempo pasaba más húmeda estaba, más se resbalaba y más difícil se hacía sacar la semilla de su cáscara. La pobre pipa de girasol intentaba ayudar a Jorgito en su inhumana tarea, pero con tanta saliva su corteza se había vuelto elástica y flexible y no era capaz si quiera de abrir una pequeña endidura en alguno de sus vértices para salir de allí. Finalmente Jorgito, enfadado por no poder pelar aquella pipa de girasol y degustar su sabrosa semilla, accionó el mecanismo de apertura de la ventanilla trasera izquierda y la dejó caer al exterior.

No hubo pasado más de 5 minutos cuando empezó a pensar en la pipa de girasol que había dejado abandonada a su suerte carretera atrás. Se puso de rodillas sobre el asiento y miró por el cristal de atrás viendo perderse en la oscuridad las rayas blancas de la carretera. Pudo ver también cómo la Luna se había quedado a lo lejos con gesto de desaprobación, dejando de seguirles, y empezó a ponerse triste, oía a sus otras amigas, pipas de girasol como ella, tarareando felices las canciones que sonaban en la radio. Volvió a sentarse y empezó a pensar en la oscura y solitaria cuneta de la carretera, con una pequeña pipa corriendo a cortos saltitos, siguiendo el rastro de un Seat 127 amarillo, y se la imaginaba al fin exhausta, sentada sobre una china de gravilla y tiritando de frío sin saber qué sería de ella a partir de entonces. Y fue entonces cuando Jorgito se echó a llorar arrepentido, pidiéndole a su padre entre sollozos que diera media vuelta porque una pipa se había “caído” del coche en marcha y debían recogerla porque estaba triste y sola sin ellos.

Lo que fue de aquella pobre pipa nadie lo sabe con certeza, pero se dice que poco después del amanecer de aquella fría noche se encontró con un risketo que andaba en sus mismas condiciones y juntos caminaron hasta el pueblo más cercano donde, en un bar, echaron mano de las páginas amarillas para dar con sus respectivos familiares. Pero como no andaban bien de suelto para hacer todas las llamadas (porque los apellidos eran muy comunes y por lo tanto las posibilidades de acierto eran muy reducidas) decidieron plantarse para crear todo un campo de girasoles y risketos con los que costear las conferencias. La pipa consiguió con éxito germinar unos cuantos girasoles magníficos, no así el risketo, inconsciente de su carencia genética como semilla, lo cual les entristeció a los dos, uno por incapacidad y la otra por solidaridad. Pero sin darse cuenta, con el tiempo, se habían enamorado y finalmente decidieron vivir su vida independientemente del destino de sus respectivas familias, siendo felices, comiendo perdices y engendrando, esta vez empujando, toda una camada de aperitivos salados que hoy se conocen con el sobrenombre de “coktail salado”.

NOTA: Jorgito estuvo mucho tiempo afectado por esto, aquella noche no pegó ojo por las pesadillas y nunca más durante su infancia volvió a malgastar la vida de ningún otro ser vivo, por salado y duro que fuera. Lamentablemente creció, y la edad (o las miserias de la vida) le devolvió a sus orígenes, estudió algo relacionado con el diseño gráfico por no vender kleenex en los semáforos y volvió a comer pipas y a tirarlas borracho a gentes de su misma condición sin reparo alguno.


Porque si no lo digo reviento

Los galápagos son reptiles. Esa es una de las cosas con las que me quedé. Otra es la fruta, que hay que tomarla antes del almuerzo por algún proceso de oxidación que desconozco. Me quedé también con el silencio (aunque venía de serie), con el Lido, La Sede, el Seis Peniques, el Déjate Besar, El Libro, los pinchos de los picos de Europa y el karaoke aquel, con el zumo de tomate, el JB cola y un chorrito de limón, las avellanas y el Cariñenas, con Wild at Heart, Wicked Game, As I Sat Sadly by her Side, el helado de tarta de queso con mermelada de fresa y cookies y los pájaros en la ventana, con los cientos de tickets de autobús en mi mochila y la vista de Madrid en agosto desde la cuesta de las perdices en la carretera de la Coruña, el frío de la Ciudad Universitaria, caminando desde medicina hasta biología y su campus al sol de invierno. Me quedé con las cintas de Smashing Pumpkins, Apollo Four Forty y Los Piratas, las largas charlas con o sin el portero de la Infanta Mercedes y el parque de la Avenida del Brasil, las puestas de Sol de Rodríguez Sahagún y El Retiro, la Magdalena, el hotel Chiki, el Sardinero y su casino. Me quedé con la química, orgánica e inorgánica, el callo, la madre que te parió, la cocina de Puerta del Ángel, el sofá de Santander y otros cuantos sofás más, alguna que otra piscina y la playa de Gandía. Me quedé con una sonrisa, tu sonrisa y la mía y un tiempo en que el mundo fue la parte que aun me sobra.

O dicho de otro modo, el pellejo sin cortar de una fimosis no efectuada. Porque si no lo digo reviento.


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