El pequeño hitler

—¿Pero qué…?
—¿Qué pasa, cariño?
—¿No has oído nada?
—¡Boom!
—¡Otra vez!
—Joder, es verdad. Ya está el vecino…

Era sábado, un sábado como otro cualquiera. Serían las 8 de la mañana y sonaron unos zambombazos tremendos. Me levanté y, sin ponerme las zapatillas, para no hacer ruido, anduve de puntillas por el pasillo.

—¡Boom! ¡Boom!

Eso no podía ser el vecino, venía como de la calle. Fui corriendo hasta el salón y allí estaba el crío, entretenido con el Lego y el suelo lleno de piezas desperdigadas.

—¿Peque, no has oído unas explosiones?
—Sí, estoy jugando a la guerra.
—¿Cómo? —Me acerqué.
—Pues que estoy jugando, con el Lego, a la guerra.

Adolfo no estaba asustado lo más mínimo y yo tendría las pulsaciones por las nubes. Me acerqué a la ventana, aparté un poco la cortina y colé mis ojos para mirar por ella. La calle estaba tranquila, casi sin poner; tan sólo pasaba algún coche de vez en cuando.

—¿Qué pasa, mamá? —Adolfo me miraba fijamente.
—Peque, ¿no has oído un ruido tremendo, como cuatro o cinco petardos?
—Sí, mamá. Es que los malos están atacando el puerto.
—¿Pero qué puerto, si estamos en Madrid?

Fue una pregunta que pensé en voz alta. No entendía nada. Me acerqué de nuevo a Adolfo, que señalaba con el dedo a una construcción, y me senté de rodillas a su lado.

—Este es el puerto. Y ésto son galeras.
—¿Cómo esos barquitos de fichas de colores van a hacer ese ruido tremendo?
—No son barquitos, mamá, son galeras medievales. Mira.

Entonces nos tapamos los oídos. Hubo otro zambombazo y un castillo de piezas voló por los aires. Mientras, decenas de soldaditos de piel amarilla salieron de una caja en tropel, armados hasta los dientes, dirección al puerto.

La madre que me parió

Anoche dormí fatal. No sé qué coño soñaría pero me desperté con taquicardias, como si mi corazón no tuviera por dónde escaparse, y el pijama empapado. Aún estaba asustado y recorrí con mis ojos cada una de las paredes de la habitación. Pensé que hasta pudiera ser una premonición y me costó levantarme, pero fui a trabajar. Tampoco tenía otra, mi mujer se habría llevado ya los críos al colegio.

Echaba cuentas de los pedidos al otro lado del mostrador, lo que viene siendo mi modo de vida, y apenas me había tomado el segundo café cuando un número oculto iluminó la pantalla de mi móvil. No era ninguna empresa de telefonía o seguros de decesos, era la policía.

—¿Es usted Gregorio?
—Sí, soy yo.
—¿Es usted Gregorio Martín Sánchez?
—Sí, sí…
—¿Afincado en la calle Pinos Alta treinta y dos?
—Tercero ce. ¿Por qué…?

Hubiera preferido que fuera algún gilipollas queriendo tomarme el pelo, o algo del coche, rotura de cristal, qué sé yo, pero no. Tras colgar el teléfono me costaba mantenerme de pie. Llamé para que un taxi me recogiera y al hospital que me fui para reconocer un cadáver, el de mi madre. Ella nunca quiso salir de su casa hasta el último día, y lo hizo con los pies por delante y una sábana que la cubría toda ella.

La pobre estaba allí, más tiesa todavía de lo que era en vida, con la boca entre abierta. Y mira que le costaba cerrarla y no decir ni pío. Me dijeron que le bajaron las pestañas, que tampoco es que las tuviera abiertas del todo, pero que es lo que se hace con estas cosas. Murió de mayor, mientras dormía. No sufrió al parecer. Tenía sus años y aguantó hasta el último momento.

Mi hermano, que vive a tomar por donde termina la espalda y encima es el pequeño, que siempre está a por uvas, llegó antes que yo, con su mujer, cuando entré en el tanatorio. Teníamos que esperar unas horas para ver a Angelines ya en el féretro.

Yo fui solo y solo estuve allí el resto del día; dejé a mis hijos con sus actividades extraescolares, fútbol uno y baloncesto el otro, y a mi mujer pendiente de ambos. Elena no es que no me aguante demasiado, es que llevamos una mala temporada. Bueno, la mala temporada empezó ya cuando firmamos hipoteca y nuestro primogénito se nos adelantó. Hace diecisiete años. Tuve que seguir con el negocio de mi viejo. Mi sobrino no, al parecer se les fue retrasando y al final nunca llegó. Que yo sepa, mi hermano quiso tener al menos uno, ella más; pero entre una cosa u otra no pudieron y eso les marcó. La envidia también, seguro.

Bueno, pues esta mañana no he abierto el negocio, dejé una nota anoche en la puerta, y la hemos enterrado. Tan fuerte era ella que hasta necesitaron ayuda en el tanatorio; por lo visto les costó cerrar la tapa del cajón y después llevarla bajo tierra. No sé cómo, pero parte del vestido quedó pillado y un retal asomaba por un lado. Tampoco éramos muchos los que estábamos allí para despedirnos de ella; unos amigos de toda la vida de mis padres, algún vecino de ellos y la prima. No teníamos una familia muy numerosa.

Dijimos de tomar algo cuando echaron la lápida y nos juntamos en el bar que hay frente a la casa de mis padres. Ellos vivieron toda la vida en uno de esos barrios del centro, donde las calles son más de piedra que de asfalto y tan estrechas que apenas se cuela el sol en verano.

Yo no conocía al camarero, pero se ve que él a mi madre sí, y nos contó alguna historia de ella. Decía que todos los días bajaba a desayunar a la misma hora. Si tenía churros calentitos bien, de porras nada, si no sólo se tomaba un café. Descafeinado y sin azúcar, claro. El hombre nos invitó a una ronda de pacharán cuando le pedí la cuenta y la cosa se alargó un poco más. Compartimos anécdotas y alguna historia más, incluso nos reímos, pero solo retrasamos el final de la película. Cuando el camarero echó el cierre nos despedimos, ya en la calle, como si fuera real que volviéramos a vernos pronto.

El resto no sé, pero mi hermano y yo íbamos finos; igual nos tomamos unos cuantos chupitos de más. Mi cuñada conduciría y yo decidí dar un paseo antes de coger el coche. Eché a andar y en seguida pasé por el portal. Llegué a la esquina y me paré mientras acababa el cigarrillo, Lo apagué con el pie en la acera y volví por donde vine. Hacía demasiado tiempo que no pisaba la casa de mi madre. Maldita bendita renta antigua la de mis viejos, desde que decidieron venirse a la ciudad.

Ella siempre venía a la mía y mira, ahora estaba yo allí, junto al telefonillo. Como vivía sola y yo nunca podía, por una cosa u otra, pereza incluida, antes o después aparecía por mi casa. Daba igual que tuviera que coger dos autobuses, hiciera sol o lloviera. Siempre venía a ver a sus nietos al menos, aunque yo no la invitara. Y ahora, estaba muerta. No me sentí muy bien por dentro, algo se movía entre mis tripas, y quise subir al menos por última vez. Por despedirme, como dios manda, y expiar, si eso existe, lo imbécil que soy.

Recorrí cada una de las habitaciones como si fuera la primera vez que entraba allí. Su cama estaba deshecha y sobre el sillón, tirada, tenía su rebeca lila de punto de toda la vida. Me fijé en cada cuadro, pintado por algún desconocido a pesar de su firma. Me fijé en cada foto enmarcada y ese plato colgado en mitad del pasillo que dice “El hombre propone y Dios dispone”. Me fijé en los platos sin lavar de la pila de la cocina y la bolsa de magdalenas abierta, y me fijé en la luz roja de su televisión en stand by y las persianas que quedaban por bajar. Hacía mucho que no pisaba la casa que me vio crecer y me sentí como aquel niño que fui sin pretenderlo; con gafas de tímido, los dientes torcidos por los que escapaba algún ladrido y la incapacidad primero, y el repelús después, de agarrarme a las faldas de mi madre, pero sin ella esta vez. Me senté en su butaca y no pude hacer más que recordar todas esas cosas y más.

Debí quedarme traspuesto, porque me vi allí mismo, en el salón, con cuarenta años menos y mis padres al lado viendo la tele. Estaba con mi hermano, tirados en la alfombra, y juntos revolvíamos en las páginas de mi cuaderno de aventuras de cuando iba de campamento con los boy scout. Había dibujos de animales muy bien hechos, como si fueran reales y hubiera sido otro el que los pintara; orugas y mariposas, arañas, lagartijas y culebras, y entonces sentí cómo de repente el tiempo se aceleraba, las sombras se nos echaban encima y la piel de mis padres se acartonaba hasta consumirse sobre sus huesos, haciéndose viejos de repente. Y de repente las hojas de ese cuaderno se arrugaron como papel de periódico. Notaba que el corazón palpitaba más y más, que se me movían hasta las tripas, y en aquel momento, por cada uno de mis orificios, salieron todos esos bichos, arañas, cucarachas y culebras, desde mis entrañas.

Aquel día desperté como si cada latido de mi corazón fuera un puñetazo en mis costillas, respirando a bocanadas como si me faltara el aire. Me sequé la frente con el antebrazo y traté de relajar mi respiración, como si eso fuera posible. Mientras, recorrí con mis ojos cada una de las paredes de la habitación. La casa permanecía en silencio después de todo, había sido un mal sueño. Fui hasta el baño como pude, enjuagué mi boca y con las mismas refresqué mi frente sudorosa. Me miré en el espejo con las esquinas que empezaban a oxidarse, ya no era aquel niño. Mi mujer debía haberse llevado los críos al colegio y yo, sin ganas de tomar nada, me bajé a la tienda a echar cuentas de los pedidos. Apenas me había tomado dos cafés para echar cuentas de los pedidos cuando un número oculto iluminó la pantalla de mi móvil. No era ninguna empresa de telefonía o seguros de decesos, era la policía.

Nubes bajo tierra

Un cielo plomizo caía a sus pies con amenaza de despejarse y el sol se escondía, tímido, asomando apenas un rayo cuando creía oportuno. Hasta entonces, la humedad seguía en el intento de calar, a pesar de llevar el kilt1 hasta más allá de las rodillas.

Solos apenas se alejaban tres yardas de casa, la curiosidad de Arran y Caillen hasta entonces no les había llevado más lejos y, si alguno de ellos lo hacía sin pretenderlo, Blacky iba detrás llamándoles a ladridos. Blacky era su guardián, un perro de tamaño medio, de pelo oscuro con manchas rubias y orejas de lobo.

Los tres siempre se quedaban por allí y, si no arreciaba lluvia, jugaban con una pelota de piel de vaca, rellena de paja de heno, que su padre les fabricó cuando eran pequeños aún. A Blacky le encanta que se la tiren para cazarla.

Muchas veces pasaban las horas muertas con un pequeño pueblo que poco a poco moldeaban en la tierra bajo el cobertizo. Escarbaban con trozos de tejas o palos. Tenía sus caminos y sus plazas, con una fuente y un río que lo cruzaba de lado a lado, y habían escavado incluso formando casas y establos. Luego, decoraban con lo que tuvieran a mano; paja, ramas y retales, hojas y piedras de diferentes tamaños, a su antojo. Blacky duerme allí, bajo el cobertizo también. Arran y Caillen le tienen dicho que no escarbe allí, aunque la mitad de los caminos los haya hecho él. Al menos el río nunca tuvo agua.

Pero esa tarde cambiaron la tierra por el cielo, y estuvieron los tres tirados en la hierba amasando esas nubes plomizas que casi tocaban sus pies. Moldearon figuras con ellas como si fueran masa de algodón en sus manos. Dieron forma a todo tipo de animales, desde pájaros hasta perros, como Blacky. Formaron coches de caballos, con su carruaje y sus ruedas, hasta azadas y árboles. Incluso se les ocurrió hacer una pelota, parecida a la que ya tenían, para Blacky.

Cuando su madre les llamó a cenar Blacky ladró, pero tuvo que insistir para que sus criaturas le hicieran caso. A regañadientes, Arran y Caillen guardaron sus figuras en las vasijas del establo, las cubrieron con sus tapas de pez y entraron corriendo.

Fuera olía a hierba húmeda y fría y a leña quemada. Las nubes siguieron deslizándose por la ladera, como si quisieran esconderse bajo tierra, y de repente el cielo oscureció; la noche cayó como una vela se apaga al soplar. Arriba, en la oscuridad del firmamento, quedó el gajo de una luna tímida queriendo asomarse y cientos de estrellas, las que dicen los mayores ser sus ancestros.

Arran y Caillen eran hermanos, hijos de William y Murron. El tercero era niña y, ahora que acababa de aprender a andar, estaban a punto de ser cuatro los pequeños herederos de una vieja familia, clan de los Wallace. Vivían en las montañas, en una pequeña aldea a los pies del lago Chroisg. Unas tierras al norte de Escocía, más allá de Edimburgo, que los ingleses, esos del sur, llamaban Higlands2.

1 Kilt: conocido popularmente como falda escocesa, es la prenda más típica de Escocia e Irlanda. Consiste en una falda que forma parte de la ropa tradicional masculina. Para saber más: https://es.wikipedia.org/wiki/Kilt

2 Higlands: las Tierras Altas de Escocia.

Cita

La anatomía comparada

Cuentan que un día se le apareció el diablo a Cuvier, que es el padre de la paleontología, y le dijo: «Soy el demonio y te voy a comer». Cuvier lo miró de arriba abajo y le respondió: «Tienes cuernos y pezuñas, no puedes ser carnívoro». Y se dio la vuelta en la cama.

Por el Barón de Cuvier

Triste poema de papel por necesidad

Érase una vez un chiquillo en la facultad,
que ya en el primer año,
como el resto del rebaño,
paseaba por el campus su libertad.

Mas tan sólo al bajar un día
a respirar la primavera
no sólo se comió una pera
sino que le salió con cortesía.

Le pidieron papel de liar
dos chicas bien puestas
y todo lo que les ofreció a éstas
fue un trozo de papel ocular*.

*Véase, papel higiénico

Fisherman’s Blues

The Waterboys

Desearía ser pescador
Vagar por los mares
Lejos de tierra firme
y sus amargos recuerdos.

Sacar mi dulce sedal
Confiado y con amor
Sin techo que me cobije
Salvo el cielo estrellado sobre mí
Con luz en mi cabeza
Contigo en mis brazos…

Desearía ser maquinista
En un tren febril que va a toda velocidad
Chocando de cabeza con el corazón
como un cañón bajo la lluvia.

Con el traqueteo de los rieles
y el crepitar del carbón
Contando los pueblos al pasar
y una noche llena de magia;
Con luz en mi cabeza,
Contigo en mis brazos…

Y me desprenderé
De los lazos que me atan
Los grilletes que me atrapan
Ellos solos se caerán.

Y ese día grande y fatal
Te llevaré de mi mano
Conduciré el tren
Seré el pescador
Con luz en mi cabeza
Tú en mis brazos…

Luz en mi cabeza
Tú en mis brazos
Luz en mi cabeza
Tú…

Con luz en mi cabeza
Tú en mis brazos…

Covid (Cobi para los torpes) no es sólo una mascota de olimpiadas

Me abro una de esas cervezas mejicanas, con media rodaja de limón que aún me queda en la nevera, para ahogar mi mala leche, entera y con lactosa. Mola el circo mediático que se ha montado con el virus de turno; Covid parece más el nombre de la mascota de las olimpiadas de Barcelona que el de una pandemia.

Y eso les mola a los medios, mueven toda la basura que sale de la calle, de los hospitales de medio mundo y hasta de Moncloa. La ponen bonita, como si de comida rápida se tratase, y lo llevan al punto más extremo de la información sentimentaloide, con esos discursos políticos, en los que felicitan hasta a los trabajadores de Glovo, por llevarnos las hamburguesas a los confinados en nuestras casas, y luego transmiten el resto del día las imágenes de las calles vacías, con algún gilipollas que se pasa por el pijo el estado de sitio, la situación emocional de los profesionales de sanidad, limpieza y desinfección, y las marionetas que aplaudimos a destajo, a eso de las ocho de la tarde, desde nuestras ventanas. Las mismas marionetas que creemos que esto no nos pasará a nosotros, porque lo estamos haciendo todo de maravilla y somos gente de primera.

A muchos de éstos (desconozco el porcentaje) se les ha olvidado de repente los enfermos de cáncer o esclerosis, los machos alfa soberanos de la mujer, los que intentan escapar de la escabechina de Siria o los muertos de hambre de los países perdidos por el centro de África, porque eso ya se pasó de moda. A los medios les mola vender las emociones del aquí y ahora, a lo “First dates”, y a los ciudadanos modernos del siglo XXI nos encanta depender de ellas, como discutir por el blanco y el negro, Channel contra Amor Amor, Samsung versus Apple o la niñita activista de Greta Thunberg haciendo vela por el Atlántico norte.

La Corona, sea cerveza o sea virus, siempre me supo a poco, una por ser lager y la otra por esta sociedad hipócrita que se miente a sí misma, de mascarillas en los huevos y guantes gratis de Mercadona para que parezca que sea otro quien se la machaca. Los mismos que reparten humo por Whatsapp, reenviando lo que otros les mandaron, y así sucesivamente, porque «o sea te juro que es verdad de la buena, me lo dijo el novio de mi hermana, que tiene un vecino, amigo del camarero que sirve los cafés en el bar que hay enfrente del congreso». Y si no, no tomes ibuprofeno por si acaso. Ya lo dijo Göbbels: Una mentira, repetida mil veces, se convierte en verdad.

Yo, con esto del Covid, adoptaría simios con mucho cariño y a tratarles bien, con mimitos y todo tipo de carantoñas. Por si cuando amanezca estamos en otro planeta.

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Ni héroe ni heroína

Ya desde pequeño no te gustaban los que iban de guay, dentro y fuera de la pantalla, pero sí alguna peli de héroes salidos de la nada, salvando vidas, defendiendo a los buenos y luchando contra los malos. Cuántas veces jugaste a ser Superman, auxiliando a Lois Lane al tragársela la tierra dentro de su coche… Muchas. Creías ser uno de esos, Dave, de los que algún ente sobrenatural elige a dedo, para salvar a los demás del barro que a ti te llegaba hasta las rodillas.

Te sentías como el Cid Campeador, luchando a diestro y siniestro por los tuyos, y acabaste peleando a calzón quitado del mismo modo que el caballero de la armadura oxidada, solo que sin caballo ni armadura que portar. O como el ‘rabudo’ de Nacho Mirás, que dejó de ser zurdo. Tú, sin ser celta ni vigués ni periodista, y mucho menos caballero, pasaste también por el mejor peor momento de tu vida. Estuviste de mierda hasta el cuello y, de un tiempo a esta parte sin embargo, puedes mirar al frente sin perder el horizonte, aunque ya no seas nadie y estés de gorra. Un peso que te quitas de encima.

Miras de soslayo cada vez que alguien te llama y aun así cedes tu asiento cuando un viejo hace acto de presencia, buscando los ojos de algún cómplice que se los devuelva. Amenazas al que ocupa tu espacio sin permiso y apenas entras al juego de conversaciones mundanas, porque lo sientes como ajeno a la vida en sí misma, un regalo que muchos desconocen. Ya no te cortas ningún pelo si no es a tu antojo ni eres el héroe de nadie. Sólo eres tú, Dave. Disfrútalo.

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Presente será pasado en breve

Te gusto y me gustas. Te echo de menos cuando no te echo de más y lo sabes. Lo sé. Pero no puedo remediarlo dita sea. Y antes o después nos vemos, y me llevas un vestido que no deja de serlo siendo verano, por más que odies el calor que te aprieta.

Me queda un regusto amargo en la boca, entonces subo y me lo quito con la tuya. Piel con piel, lengua a lengua, y entras. Y sales. Repites, y nuestra respiración se ahoga. Temblamos cuando al fin llego y tú llegas conmigo, abrazándonos los dos al derrumbarte. El tiempo se para como si no hubiera un mañana, agarrados el uno al otro con el sudor de ambos. Respiración entrecortada, gemidos ahogados y sendos corazones que pelean por recuperar la calma. Pasión desacompasada después de todo, después de nada. Pero, por el momento, el placer es mutuo, es caliente y también húmedo.