Invisible no, lo siguiente

Desde bien pequeña pasaba inadvertida, mis padres no tuvieron el valor de traer nadie más al mundo tras el error que cometieron sin marcha atrás posible. Los únicos amigos de mi infancia fueron barbies y peluches que a mí no me hicieron ni puto caso pero sí a sus homónimos; Ken se lo montó de lujo con cada una de mis muñecas mientras los ositos de peluche dieron inicio a lo que ahora se conoce como bukake. Mejor no entrar en detalles. Los que a escondidas parecían maldecir al mismo dios por traerme al mundo pasaban más tiempo fuera que dentro de casa. Apenas les veía porque, al parecer, trabajaban hasta horas intempestivas; la única persona de la faz de la tierra que me hacía algo de caso era mi tata. Conchita se llamaba a pesar de ser argentina. La muy boluda pulía los suelos a base de retorcer la fregona, pasándola conmigo encima agarrada al palo. Siempre lo hacía y aun así cada una de las veces se sorprendía —¿che, vos de dónde saliste, si no te veo?—. Era tan mulata que de niña me recordaba a la pitonisa de Gosht.

En el colegio ocurría lo mismo. Pasaba tan inadvertida que no sólo los profesores nunca me sacaron a la pizarra, sino que el resto de alumnos, independientemente de su sexo, jamás quisieron jugar conmigo. Intenté hacerme ver en el recreo pero nadie me elegía para jugar a la comba barra cuerda o cualquier juego de balón, tan sólo el escondite, pero nadie me encontraba. Eso continuó en mi pubertad, dentro y fuera de la facultad de biología; quizás mis gafas de culo de vaso y esos braquets tuvieron mucho que ver. Cómo sería que ni yo misma me veía en el espejo. Me sentí tan identificada con la niña de la curva que no sé cuántos relatos leí sobre ella, solo que nadie paró a recogerme, por mucho que de un taxi se tratara.

El tipo con el que me acabé casando le conocí por Internet. Yo no tenía puesta foto alguna en el messenger, tampoco me la pidió, y él… Enrique era calvo incipiente pero majo. Ya entonces opositaba como recaudador de impuestos. Pasamos por la vicaría como dios manda y compartimos un nuevo hogar, pero aquella relación pasó tan inadvertida como con mis padres; nunca nos veíamos. Al principio tuve la osadía de querer tener hijos y a oscuras le buscaba entre las sábanas, pero jamás le encontré. Solía quedarse hasta más allá de las doce, viendo el programa de fútbol que todos los días ponían en el canal de deporte. Demasiado plano de mente para tantos vértices y sus pliegues. Qué sería de mí sin mi joystick a pilas de 25 centímetros de goma pura con su cuarta dimensión…

Un día como otro cualquiera descubrí que, en el laboratorio al que me mudé unos cuantos meses atrás, tenía un compañero que resultaba tan etéreo como yo para el resto de los mortales. Hablábamos poquito pero después todo fluyó. Desayunábamos juntos, comíamos juntos y una tarde, como otra cualquiera, saltaron los fusibles. Estábamos cerca, sentados en las butacas e ironizando sobre la situación, cuando mi mano invisible subió por su pantalón deslizándose bajo la bata. Nos caímos al suelo y allí pasó todo. Como la chimenea de un volcán que, tras siglos de reposo, establecido por un lapsus de tiempo barra espacio, me desholliné como buen deshollinador que fue Alberto. Una dermis, la mía, enfriada por el transcurso de los siglos, rompió en todo un torrente de lava que me resquebrajó para sentirme caliente y extasiada. No sé qué fue de Enrique y tampoco me importó. Salí de de su casa para no volver, pero al menos el resto del mundo me vio pasar por fin.

Luces azules

Entonces miró por el ojo de la cerradura y pudo verla, borrosa, al final del pasillo. —¡Abre mecagonlaputa, que te viarreventaraostias!—. Le dolían los nudillos de golpear la puerta gritando su nombre, incapaz de entrar en su casa; resultaba irónico siendo carpintero —¡Aliciaaaaa, hostiaaaa!—. Andrés pasaba más tiempo en el bar que trabajando, con la crisis todo se había ido a la mierda. Si antes podía sacar limpios tres mil y pico al mes, ahora apenas tenía para pañales y tampoco lo gastaba en eso. Consumía las horas muertas ahogándose en cerveza y dejando pasar a los viejos por la tragaperras, esperando que ambas se calentaran, pero la suerte solía pasar vestida de largo.

Alicia venía de buena familia, tenían unos cuantos pisos de alquiler y se había quedado con uno de ellos. Hizo carrera en Trabajo Social y a ello se dedicó después muchos años, hasta dar a luz a una preciosa criatura de patucos rosas. A Andrés lo conoció un verano, escapando con sus amigas por vacaciones una semana a La Manga. Él llevaba tiempo allí buscándose la vida y, por las tardes, cuando terminaba su jornada, se bajaba a la playa con otros dos amigos que se echó en la obra. Los tres pillaron cacho en ese grupito de chicas que bajaron de la capital para divertirse y la cosa se alargó después. Cada fin de semana cogían la furgoneta para subir a Madrid y verse las caras.

El tiempo pasó, Andrés encontró trabajo cerca de Alicia y se mudó con ella. El trabajo en la construcción surgía hasta debajo de las piedras y durante unos años todo fue de lujo. Surgió la tradición de comer en asadores los viernes y seguir de tercios después hasta acabar doblados. Los excesos enaltecen tanto el amor como el odio y cada uno tira para su lado cuando toca. Estos dos en concreto se volvían muy tercos, alguno se torcía y la batalla ya estaba hecha. Así empieza todo, cómo el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York.

El daño estaba hecho, pero cuando Alicia quedó prendada acordaron dejar el alcohol. Funcionó un tiempo, vivir de tu chica cuando no ganas un duro puede ser difícil de llevar para un bastardo. Andrés volvió a caer, esta vez a solas, y eso no le fue bien. Llegaba borracho a casa, cabreado con el mundo tras hacer la calle y ofrecer sus manos en constructoras, almacenes y supermercados sin éxito alguno. Ella intentaba animarle. Él, aun arrepintiéndose después, lo pagaba de su mano una y otra vez. Tenía la suerte de apenas dejar marcas en la cara de Alicia y así ella poder volver al trabajo la mañana siguiente, con decenas de mensajes móviles de Andrés pidiendo perdón.

Las últimas semanas, estando ella de baja desde que dio a luz, fueron muy negras. Y aquel el último día. Una tarde de noviembre queriendo ser noche, mientras Alicia le daba el pecho a su bebé, Andrés entró ebrio de sangre. Dos días de curro, montando y desmontando cajas sin que le dieran el cheque a la salida le llevó al bar, y el bar a su casa. Sintió celos por unos pechos que creía suyos y sin embargo alimentaban a otro. Eso le enfureció. Cerró la puerta con violencia, la cogió del cuello y la abofeteó llamándola mala puta hasta que la tiró contra la pared. La escupió a la cara, dio media vuelta para coger su abrigo y se marchó por donde vino.

Cuando Andrés volvió, siendo medianoche, no consiguió abrir la puerta a pesar de llevar las llaves. Maldijo el nombre de ella a voz en grito, golpeando la puerta como macho encabritado, intentando tirarla abajo ya fuera de costado o a patadas. Alicia había dejado la barra del cerrojo a medio echar después de llamar al 016. Demasiadas palizas por un amor incauto, las suficientes para no volver a caer. De fondo se oían sirenas, mientras  destellos de luz azul entraba por el hueco de las persianas y algunos de los vecinos tenían puesto el ojo en las mirillas de sus puertas sin valor para abrirlas.

Lo que antes venía a ser un SMS (parte II)

Hay edades en las que la diferencia entre chicos y chicas es abrumadora. Mientras ellos seguían dando patadas a un balón, a ver quién era más bestia, nosotras ya habíamos probado con todas las pinturas de nuestras madres, independientemente del tamaño de brocha. Y si encima podíamos contar con una hermana mayor lo teníamos todo hecho. Antes de que pudieras notar el vello surgir desde lo más profundo de tus axilas ya habías empezado con la laca de uñas y el carmín. Si no eras tú alguna amiga se te adelantaba. Y claro, no podías quedarte atrás sin ser empollona.

Nunca fui buena estudiante, ni estaba tan delgada como para entrar en el grupo de niñas guays que se juntaban en el recreo a fumar con los mayores. Era más bien entrada en carnes, odiaba el tabaco y no me gustaba ir a clase tan pintada como muchas otras, así que me daban la espalda. Por aquel entonces odiaba hasta mi nombre —¡Aaaaaay Macarena, aaaahhhhgg!— y los pocos tíos guapos que había eran demasiado creídos como para fijarse en alguien como yo. Encima, muchos ya nos conocíamos porque veníamos de la EGB en ese colegio que estaba más abajo, el Ortega y Gasset.

Entonces y siempre he pecado de vergüenza propia —tengo tanta facilidad para ponerme nerviosa como de no resistir a las onzas de chocolate, pudiendo caer tabletas enteras de una tacada— y fue ese año la primera vez que los nervios me pudieron. En clase estaba el flipao de turno que ya tenía sus seguidoras, así como el malote. También había algún que otro gracioso, que podían ser como Martes y 13 o Los Morancos, y luego estaba un chico callado, un tal Esteban, que al principio pasó desapercibido, hasta que la curiosidad me pudo. Él se sentaba justo delante de mí y veía cómo la mayor parte del tiempo lo pasaba dibujando en su cuaderno; paisajes naturales, escenas curiosas y hasta caricaturas de compañeros y profesores. A veces se daba la vuelta y me pedía la regla o la goma de borrar, y yo se la daba sin más.

Al poco de conocerle le tenía por un bicho raro, pero el jodío me fue calando poco a poco. A muchos nos gustaba lo que hacía, cómo lo hacía, y hasta alguna de las guays le pidió un dibujo para ella. Yo quise hacerlo también pero no me atreví; yo no era nadie y no pude, sólo me limitaba a felicitarle cuando más gente lo hacía al enseñar su última obra. Todo empezó por ahí y acabé fijándome hasta en su pelo fosco con raya a un lado, en esas gafas enormes de pasta atigrada que le cubrían media cara y esa sonrisa de pícaro que dibujaba en su cara sin importarle tener un diente roto y llevar aparato.

Fue por primavera, durante el recreo, cuando vi que, en un descuido, Esteban había dejado su estuche sobre la mesa. Sin apenas pensarlo, saqué un folio de color amarillo y le dejé mi primer SMS como estúpida adolescente que era entonces. No recuerdo lo que le puse pero tampoco fue demasiado romántico, le diría algo como: oye chico, me gustan tus ojos y tu forma de mirarme, tu sonrisa de hierro y tu mano con el lápiz. Lo escribí en mayúsculas —manía de adolescente— con el bolígrafo de tinta metalizada y olor a fresa que llevaba conmigo para casos especiales. Doblé el papel como pude y rápidamente lo escondí dentro de su estuche. Cuando él volvió y lo descubrió no supe dónde esconderme.

Durante un tiempo, Esteban pareció buscar a quien le dejó ese SMS particular mientras pasaba las noches sin dormir, con idas y venidas que mi cabeza no supo poner en práctica. Entonces llegó el verano, se terminaron las clases y a mi padre, que fue Guardia Civil, le destinaron a Málaga con nosotros detrás. De allí vinimos, siendo yo demasiado pequeña como para acordarme, y allí que volvimos, sin un dibujo suyo fuera de mi sesera con el que sacarle un poco al menos de ella.

Lo que antes venía a ser un SMS (parte I)

Siempre llevaba encima aquel papel, por muy largo que resultara ese curso. Entonces, que una chica te escribiera una declaración de amor y te la dejara en tu estuche era como ganar un primer premio, sin más acertantes que uno mismo, en lo que ahora se llama Euromillones; todo un imposible, vamos. Aquello ocurrió en primero de BUP, cuando Esteban dejó el colegio de curas tras hacer “noveno” y volvió a su barrio, al instituto público que había a 3 calles tras su casa. Es lo que tiene cuando se pintan maneras con tanto suspenso, repites el último curso de la EGB y acaba temblando la libreta bancaria de unos padres que apenas tienen para llegar a fin de mes. Al menos ese curso no hubo que comprar libros nuevos.

Al final, el cambio a un edificio público “institucional” resultó  incluso favorable; a Esteban no le fue tan mal con los libros, como antaño, a pesar del mundo nuevo que se abrió ante sus ojos cual abanico. El escenario y sus actores se asemejaban demasiado a los de aquellas películas “hollywoodienses” sacadas del mismo barrio llamado Bronxs, con chavales de ambos sexos y diferentes razas, muchas de ellas pintadas hasta las cejas, vestidos cada uno de su forma y manera, y fumando entre clase y clase, fuera aula o fuera pasillo. Si meses atrás iba a un colegio de pijos con ropa de saldo, intentando no desentonar y aun así parecer un mierda por falta de marca, ahora era un pijo sin perder el calificativo que ya cargaba de antemano. Calzar unas gafas de culo de vaso y llevar el pelo con la raya a un lado, como si todos los días fuera a misa de domingo, no ayudaba un carajo.

Todo tiene su lado bueno, y es que ideologías y chavales raros había unos cuantos, por eso no lo llevó tan mal tras el jetlag de las primeras semanas. Dibujar caricaturas de profesores le ayudó, y poco a poco fue ganando amigos y adeptos sin pretenderlo. Muchos de ellos quisieron quedar grabados con la destreza de su mano y un día como otro cualquiera, a mitad de curso, al volver a clase tras el recreo, encontró en su estuche ese papel que aún guarda. Doblado en dos mitades imperfectas, con tinta morada y perfumada, oliendo a flores y a pasión juvenil, alguien, una chica al parecer, le dejó su primer “sms” en versalitas, años antes de que los teléfonos móviles asomaran para gobernar el mundo. Esteban lo leyó una y mil veces, tantas como su corazón revolucionado le dejó, pero se quedó sin saber quién dejó escrito el mensaje.

Durante días anduvo buscándola, mirando cuadernos ajenos para comparar la caligrafía, e incluso dejó que todo aquel que quisiera le dejara una dedicatoria en los separadores de su carpeta. Muchos pusieron sus tonterías como buenos adolescentes pero no funcionó, y cuando parecía haber perdido la esperanza, casualidades de la vida, ésta volvió en forma de goma de borrar. Su compañero de pupitre tenía una Milán, de esas cuadradas y enormes, y en mitad de una clase, viéndola rondar por la mesa, pudo distinguir con claridad indeleble unas pocas palabras escritas en tinta morada y mayúsculas, con esa “A” cuadrada y característica que Esteban grabó en su retina tiempo atrás. Se puso tan nervioso que fue incapaz de contener el tic de la rodilla. Le cogió la goma y leyó: TONTO EL QUE LO LEA. Importándole un comino el mensaje, comparó esas mismas letras y, como pudo, hablando por lo bajini, le preguntó a Manuel quién le había escrito eso.

Jamás hubiera imaginado que una tal Macarena fuera la responsable. Alguna tontería le escribió en su carpeta, pero como ahí iba en minúsculas ni se enteró. Ahora lo sabía, y con el corazón en un puño se quedó, medio tonto, sonriendo de oreja a oreja y con los ojos perdidos en algún remoto lugar de la pizarra. En algún momento se lo confesó a su amigo, pero nunca se atrevió a decirle nada a ella. Aquel curso terminó y no volvió a saber de ella porque a la vuelta del verano ya no estaba. Esteban todavía guarda ese papel en algún lugar recóndito de su mesilla. Tiempo después, en la cara de atrás, puso como clase magistral: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

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¿Saben aquel que diu, el que “cata en un ya”?

Quién diría lunes de resaca, pero ahí estás, sentado en la mesa de la cocina a eso del mediodía, con las gafas sucias, el pelo alborotado y una botella de Grimau gran reserva que acababas de abrir. Hasta bien pasada tu adolescencia no eras capaz de paladear el cava y ahora no te falta marca exclusiva que catar. Igual porque también te lo regalan a espuertas desde que estás en el poder. Y es que una victoria inesperada hace que sepa mejor todavía. Antes, para convencer a las masas, se necesitaban ensayos de al menos unas cuantas decenas de páginas. Ahora, con 140 caracteres y un par de fotos curiosas, tienes para la redacción de toda una constitución con la masa detrás deseando nadar en ella. Como ocurre con la pintura minimalista, que con cuatro pinceladas sobra y aun así puede convertirse en toda una ideología sensacionalista. Has ganado lo que llamas referéndum con papel de fumar, pero es que la espuma ayuda, independientemente de donde salga.

Ebrio de poder, henchido de soberbia, defiendes como mal emperador una ideología barata en la tierra que no te pertenece, que se te escapa, como el niño consentido de familia burguesa que eras. Entonces ya llevabas el pelo cortado a tazón y creías que ese parque donde te solían llevar tus padres era todo tuyo. Ni siquiera te apeabas del carricoche, no fueras a manchar tu ropa de domingo, y aun así querías jugar con ella, construyendo castillos de arena sobre tus montes y más montes. —Tanto monta… Escolti tú, que esa no nos viene bien—. Creciste sin ver valles más allá de tus narices, tan solo campos de fútbol, cegado por esa miopía intelectual que produce el desvío del periodismo hacia el deporte estrella de la nación que tanto odias. Creías que pegar patadas al balón es cultura y “Terra Lliure” su parcela de césped ecológico, así que seguiste con lo tuyo para crecer, viajando hacia el este del continente para impregnarte en las nuevas tecnologías de la información, hasta que la Generalitat te subvencionó “A Cada Notícia” que les mandaras por encargo.

No te fue tan mal en tu trabajo. Conseguiste un buen tajo entre conocidos de nivel e incluso sacaste a esa rumana lista demente, filóloga y ortodoxa, de la dictadura de su país para meterla en el tuyo. A cambio te dio sexo y dos criaturitas. Ahora te sientes como Lenin con la sangre de Karl Marx, aunque falte la hoz, el martillo y la llave inglesa en la “estelada” sobre fondo azul. La URSS no terminó de funcionar pero fue un buen ensayo, la URC (Unió Republicana de Catalunya) es otra historia, dos punto cero. Lo que siempre soñaste, lo que creías imposible, esa tierra en igualdad de oportunidades para los de tu patria, se habría ante tus ojos de tal forma que creías poder palparlo ya. La Cup es un buen recipiente para tu cava, y Marcela tu Eva, así que termina el espumoso que catas para escapar del Génesis con todas las malditas manzanas metidas donde os quepan. La serpiente va incluida, Loquillo y los Trogloditas no.

Finisterre (o donde quedó la praxis)

Antón llevaba tanto tiempo solo que no esperaba a nadie en su funeral. Los únicos que le velaban en vida eran el mismo camarero y los 2 borrachos que frecuentaban más que él todavía aquel bar. Le habían dado un par años de libertad vigilada tras una subsistencia malgastada y, consumidos ambos tiempos, ya sólo le quedaban unos minutos de descuento. Se la sudaba el partido de fútbol que en ese momento emitía la televisión del local, Deportivo contra Sporting, pero estaba allí porque desde hacía días su nevera se quedó sin cervezas. Todo se estaba acabando y lo único que se preguntaba era qué hacer con el tipo que había ido a ver su apartamento apenas unas horas antes y su Citroen ZX, que rozaba la veintena y consumía más gasolina que lo que pudieron cagar los dinosaurios. Por eso, bajar al bar aquel miércoles de invierno para evadirse un rato, a pesar de la que caía, no fue tan mala idea.

Esa tarde, el comercial inmobiliario que fue a valorar su piso no salió de vuelta. Carnés, un viejo conocido desde la infancia, el mismo que le esperaba con la moto al salir de casa de sus padres para meterle una paliza, el mismo que más de una vez abusó de él, rompiéndole el culo en los baños del colegio, ese bastardo que creía ser el mismo dios, se cruzó con satanás. Antón le esperó, cuando le abrió el portal, tras la misma puerta de su casa con el cuchillo más largo y afilado que pudo encontrar. El traje de Carnés llegó empapado ya, pero ahora también en sangre. La corbata que no llevaba se la puso Antón, a la colombiana, rajándole el cuello nada más entrar. Fue rápido y sin palabras, tan sólo se escapó algún gargajo antes de derrumbarse.

Los pocos que quedaban en el bar contaban los segundos antes del pitido final, y Antón, pedía la tercera y última jarra de cerveza. Mientras veía caer aquel oro líquido, con el brío espumoso del grifo, sintió la paz dentro de sí por primera vez en mucho tiempo. Fuera, en la calle, llovía como nunca; a la hora de comer ya habían avisado del tiempo, precipitaciones con fuerte marejada. Cuando tragó el último sorbo de cebada era ya tarde. Subió a su casa, entró silbando una canción famosa de Siniestro Total y con calma, oliendo a mierda aquel cuerpo ahora inerte, ató las cuatro extremidades con la misma cuerda que cogía de su cuello. Eran pasadas las doce y, como antaño se colgaban los corzos antes de llevarlos a la hoguera, arrastró por el suelo el cadáver de Carnés hecho saco hasta meterlo en el ascensor, directo al parking.

Antón tuvo la suerte de no cruzarse con algún vecino en ese momento, pero para lo que le quedaba en este entierro se la sudaba. Dejándose los riñones, lo metió como pudo en el maletero y cerró el portón, pillándole un trozo de la chaqueta. Luego se subió él, cantando sin mucho ritmo lo de bailaré sobre tu tumba, y arrancó sin prisas para salir de allí. Antón vivió y murió en A Coruña. Y aquella noche, el nombre de Finisterre tuvo más sentido que nunca, cuando se despeñó a la mar con todo el maldito equipaje que arrastraba desde hacía años.

Si la prensa rosa hiciera eco

Ya podía estar empezando el verano que caía la de dios. Noé estaría terminando de construir su crucero para atravesar el Pacífico mientras la madre de Moisés preparaba la comida de ese día. Con el paso de los siglos llegaron a etiquetar a sus padres como faraones y él hijo adoptivo, pero no todo lo que se dice es verdad, la prensa rosa peca más de lo que debiera por intereses mediáticos entre otros. Él era el hijo menor de 3 hermanos, el único que aún no se había emancipado, y ese día, que se levantó poco antes con una buena resaca, se quedó con la Nintendo tirado en el sofá. En ese momento entró su padre en casa, maldiciendo, tras volver de su rutina con el ganado.

—Vienes empapado, Amram. ¿Te saco una toalla? —le dijo Iojebed a su marido.
—¡Pero qué diablos…! ¿Tú has visto la que está cayendo? —respondió ofuscado.
—Sí, lo que no me bebí anoche, jajaa —interrumpió Moisés queriendo no ser pretencioso sin conseguirlo. Entonces su padre dio media vuelta, ofuscado, y clavó sus ojos en él.
—¡A saber qué harías con tus amigotes!
—Pues a falta de vírgenes nos bajamos al río con unos litros de kalimocho. Por si pescábamos algo…
—¿Y qué, lo conseguisteis? —le preguntó con sorna.
—Nah, alguna langosta.
—¿Sí, dónde está entonces? —y Amrad volvió a girar su cabeza 180 grados por la violencia decrépita de su estómago vacío— ¿Iojebed, acaso la paella es marinera? Porque no huele a marisco…
—No cariño, es valenciana. Le he puesto conejo, pollo…
—Papá, las langostas nos picaron hasta en los huevos. ¿No ves cómo tengo el cuerpo?
—¡Si pensaras con lo que debieras ya estarías en la facultad, maldita sea tu estampa!
—Cariño, déjale, ¿no ves lo mal que lo está pasando?
—Escucha a mamá. Si me hubierais comprado la play otro gallo cantaría…
—¡Claro, y qué más! —El cuello de Amrad se contorsionaba entre uno y otro.
—Pues sí, porque entonces podría jugar online con Séfora. Pero como no la tengo pasa de mi culo, joder.
—¿Bueno, y qué pasa con esa kushita del instituto? El otro día me crucé con ella y preguntó por ti… —intentó animarle su madre.
—¡No me gusta!
—Pero si es muy simpática…
—¡Es muy fea!
—Pues parece buena chica, y además quiere ser ingeniera… —continuó Iojebed.
—¡Es una empollona de mierda!
—Si fueras como ella otro gallo cantaría… —pensó Amrad en voz alta.
—Ya puede cantar 3 veces que no, no y no.
—Mira niño, ahora mismo te estás sentando a la mesa. Na’ más comer te subes y hasta que no termines con… ¿de qué es el próximo examen?
—De filosofíiiiiia… —respondió cansado, alargando las últimas vocales con la mirada perdida en algún punto inexacto del techo.
—Pues esta noche te bajas media hora antes de la cena con el libro y me lo cantas —concluyó su padre sin mayor dilación. —¡Y ahora, a comer!

La familia se sentó a la mesa y cada uno llenó su gaznate sin nada más que hablar salvo del ganado y lo que Amram pudiera sacar de él a final de mes. Nada más terminar, Moisés subió sin ganas a su habitación como su padre le había dicho. La idea era que se encerrara entre libros y estudiara, pero la pubertad fue más fuerte que la constancia. Moisés no se lo pensó dos veces, lo tenía planeado desde hacía años y cargó todo lo que pudo en su chistera, Nintendo incluida, y escapó de allí para no volver en mucho tiempo. Lo que pasara o no después es otra historia.

Tiznado de polvo gris

Antes de que pasara aquello no recordaba casi nada. Entonces Chico era un crío de 7 años recién cumplidos. Sabía que tenía padres, siempre con un pañuelo en la cabeza, y 2 hermanos; uno mayor y otra un poco más pequeña. Vivían a las afueras de la ciudad y detrás de la casa era todo campo; cada vecino con su huerto, sus gallinas y alguna vaca que les daba leche. El único recuerdo que le quedaba era una estampa con apenas movimiento, como un corto de 8 milímetros que ni siquiera duraba un par de segundos, grabado en su cerebro a carne viva.

No supo qué pasó entonces, pero cuando Chico despertó aquella mañana era todo silencio y polvo y un fuerte dolor en la cabeza. Restregó sus ojos con los puños, queriendo despertar de su sueño, y sin embargo no vio paredes sino ruinas. El cielo parecía haber caído con todo su peso sobre las casas; los muros apenas asomaban un palmo del suelo y el aire resultaba tan espeso que incluso se podía masticar. Lo que fue hierva ahora eran cascotes, cubiertos por una gruesa capa de polvo que tuvo el valor de disecar hasta el riachuelo que bordeaba lo que antes fue una aldea. A Chico le costó pero consiguió escapar de lo poco que quedaba de su casa, y buscó, sollozando entre lágrimas, a su mamá por aquel paraje desolado. Pronunciaba su nombre a gritos porque ni siquiera se oía a sí mismo, sólo un pitido que se había instalado con disimulo en su cráneo dolorido.

Lloviznaba azabache donde el ambiente era gris decenas de kilómetros a la redonda, tan sólido que ni siquiera la ciudad se podía ver de fondo. Aquel caluroso día de agosto Chico buscó a sus hermanos y a sus padres, llamándoles hasta quedarse sin voz, pero ni tuvo respuesta ni los encontró. Lloró hasta quedarse vacío y seco. El ruido que tuvo el pueblo se había extinguido, no se oía el cacareo de las gallinas, los mugidos de las vacas ni el sonido de cualquier ser que tuviera vida. Sólo cuando parecía oscurecer el cielo, esa misma tarde, vio una camioneta que paró delante suya. De ella salieron personas que vestían de rojo y ese fue el primer color que pudo distinguir. Días después, Japón anunció su rendición incondicional entre sus Aliados, haciéndose formal para el mundo entero el 2 de septiembre. La Segunda Guerra Mundial había concluido y Chico volvió a nacer entre los escombros de un vacío absoluto.

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Gula

Cuando Isaak se sentaba a una mesa nunca podía arrimarse demasiado a menos que se inclinara hasta ella. La oficina quedaba demasiado lejos de casa y siempre comía en el bar que estaba a los pies del edificio; si en el menú había plato de cuchara como primero volvía con la corbata manchada, ley de Newton. Para los que se cruzaban con él más de una vez, fueran nuevos y no tan nuevos, Isaak era el “Quijote de la mancha” con unas cuantas toneladas de más porque, según ellos, parecía haberse comido a su Rocinante. Él ya se lo pasaba por el gaznate, las unidades de tiempo y medida no valían más que hacer horas extras en su jornada laboral con un buen traje de saldo.

En algún momento, el de una vida ya extinguida, Isaak estuvo casado por amor carnal hasta que ésta lo vomitó. Desde entonces vivía solo; la persona que más amaba era esa niña preciosa que tuvo y ahora apenas veía los fines de semana y alguna fiesta de guardar. En su juventud perdida por el peso de los años, Isaak jugaba al tenis como McEnroe y lucía tipo a lo Bogart, poco después tan sólo veía a Federer y Master Chef por televisión. El grueso de su vida lo llevaba no sólo a sus espaldas, haciendo exiguas las opiniones que su perfil pudiera merecer, pero mientras quedaran buenos chuletones y mejores vinos que los acompañara el resto de bocas podían irse al carajo.