Triste poema de papel por necesidad

Érase una vez un chiquillo en la facultad,
que ya en el primer año,
como el resto del rebaño,
paseaba por el campus su libertad.

Mas tan sólo al bajar un día
a respirar la primavera
no sólo se comió una pera
sino que le salió con cortesía.

Le pidieron papel de liar
dos chicas bien puestas
y todo lo que les ofreció a éstas
fue un trozo de papel ocular*.

*Véase, papel higiénico

Fisherman’s Blues

The Waterboys

Desearía ser pescador
Vagar por los mares
Lejos de tierra firme
y sus amargos recuerdos.

Sacar mi dulce sedal
Confiado y con amor
Sin techo que me cobije
Salvo el cielo estrellado sobre mí
Con luz en mi cabeza
Contigo en mis brazos…

Desearía ser maquinista
En un tren febril que va a toda velocidad
Chocando de cabeza con el corazón
como un cañón bajo la lluvia.

Con el traqueteo de los rieles
y el crepitar del carbón
Contando los pueblos al pasar
y una noche llena de magia;
Con luz en mi cabeza,
Contigo en mis brazos…

Y me desprenderé
De los lazos que me atan
Los grilletes que me atrapan
Ellos solos se caerán.

Y ese día grande y fatal
Te llevaré de mi mano
Conduciré el tren
Seré el pescador
Con luz en mi cabeza
Tú en mis brazos…

Luz en mi cabeza
Tú en mis brazos
Luz en mi cabeza
Tú…

Con luz en mi cabeza
Tú en mis brazos…

Covid (Cobi para los torpes) no es sólo una mascota de olimpiadas

Me abro una de esas cervezas mejicanas, con media rodaja de limón que aún me queda en la nevera, para ahogar mi mala leche, entera y con lactosa. Mola el circo mediático que se ha montado con el virus de turno; Covid parece más el nombre de la mascota de las olimpiadas de Barcelona que el de una pandemia.

Y eso les mola a los medios, mueven toda la basura que sale de la calle, de los hospitales de medio mundo y hasta de Moncloa. La ponen bonita, como si de comida rápida se tratase, y lo llevan al punto más extremo de la información sentimentaloide, con esos discursos políticos, en los que felicitan hasta a los trabajadores de Glovo, por llevarnos las hamburguesas a los confinados en nuestras casas, y luego transmiten el resto del día las imágenes de las calles vacías, con algún gilipollas que se pasa por el pijo el estado de sitio, la situación emocional de los profesionales de sanidad, limpieza y desinfección, y las marionetas que aplaudimos a destajo, a eso de las ocho de la tarde, desde nuestras ventanas. Las mismas marionetas que creemos que esto no nos pasará a nosotros, porque lo estamos haciendo todo de maravilla y somos gente de primera.

A muchos de éstos (desconozco el porcentaje) se les ha olvidado de repente los enfermos de cáncer o esclerosis, los machos alfa soberanos de la mujer, los que intentan escapar de la escabechina de Siria o los muertos de hambre de los países perdidos por el centro de África, porque eso ya se pasó de moda. A los medios les mola vender las emociones del aquí y ahora, a lo “First dates”, y a los ciudadanos modernos del siglo XXI nos encanta depender de ellas, como discutir por el blanco y el negro, Channel contra Amor Amor, Samsung versus Apple o la niñita activista de Greta Thunberg haciendo vela por el Atlántico norte.

La Corona, sea cerveza o sea virus, siempre me supo a poco, una por ser lager y la otra por esta sociedad hipócrita que se miente a sí misma, de mascarillas en los huevos y guantes gratis de Mercadona para que parezca que sea otro quien se la machaca. Los mismos que reparten humo por Whatsapp, reenviando lo que otros les mandaron, y así sucesivamente, porque «o sea te juro que es verdad de la buena, me lo dijo el novio de mi hermana, que tiene un vecino, amigo del camarero que sirve los cafés en el bar que hay enfrente del congreso». Y si no, no tomes ibuprofeno por si acaso. Ya lo dijo Göbbels: Una mentira, repetida mil veces, se convierte en verdad.

Yo, con esto del Covid, adoptaría simios con mucho cariño y a tratarles bien, con mimitos y todo tipo de carantoñas. Por si cuando amanezca estamos en otro planeta.

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Ni héroe ni heroína

Ya desde pequeño no te gustaban los que iban de guay, dentro y fuera de la pantalla, pero sí alguna peli de héroes salidos de la nada, salvando vidas, defendiendo a los buenos y luchando contra los malos. Cuántas veces jugaste a ser Superman, auxiliando a Lois Lane al tragársela la tierra dentro de su coche… Muchas. Creías ser uno de esos, Dave, de los que algún ente sobrenatural elige a dedo, para salvar a los demás del barro que a ti te llegaba hasta las rodillas.

Te sentías como el Cid Campeador, luchando a diestro y siniestro por los tuyos, y acabaste peleando a calzón quitado del mismo modo que el caballero de la armadura oxidada, solo que sin caballo ni armadura que portar. O como el ‘rabudo’ de Nacho Mirás, que dejó de ser zurdo. Tú, sin ser celta ni vigués ni periodista, y mucho menos caballero, pasaste también por el mejor peor momento de tu vida. Estuviste de mierda hasta el cuello y, de un tiempo a esta parte sin embargo, puedes mirar al frente sin perder el horizonte, aunque ya no seas nadie y estés de gorra. Un peso que te quitas de encima.

Miras de soslayo cada vez que alguien te llama y aun así cedes tu asiento cuando un viejo hace acto de presencia, buscando los ojos de algún cómplice que se los devuelva. Amenazas al que ocupa tu espacio sin permiso y apenas entras al juego de conversaciones mundanas, porque lo sientes como ajeno a la vida en sí misma, un regalo que muchos desconocen. Ya no te cortas ningún pelo si no es a tu antojo ni eres el héroe de nadie. Sólo eres tú, Dave. Disfrútalo.

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Presente será pasado en breve

Te gusto y me gustas. Te echo de menos cuando no te echo de más y lo sabes. Lo sé. Pero no puedo remediarlo dita sea. Y antes o después nos vemos, y me llevas un vestido que no deja de serlo siendo verano, por más que odies el calor que te aprieta.

Me queda un regusto amargo en la boca, entonces subo y me lo quito con la tuya. Piel con piel, lengua a lengua, y entras. Y sales. Repites, y nuestra respiración se ahoga. Temblamos cuando al fin llego y tú llegas conmigo, abrazándonos los dos al derrumbarte. El tiempo se para como si no hubiera un mañana, agarrados el uno al otro con el sudor de ambos. Respiración entrecortada, gemidos ahogados y sendos corazones que pelean por recuperar la calma. Pasión desacompasada después de todo, después de nada. Pero, por el momento, el placer es mutuo, es caliente y también húmedo.

Qué pintará un marsellés en Cartagena

Otra mañana de domingo para dar una vuelta a las polillas del traje por el paseo marítimo. El sol y el mar eran sus cómplices, los bolsillos su cesta, con mendrugos de pan para las palomas. Antes escuchó la palabra del señor —óyenos— para santiguarse, una y mil veces, tras mojar los dedos en agua bendita y de paso limpiar la herida de su mano. La misa de las 11 es la suya. Uno y uno, el uno con el otro, pero no para don Viriato, que llevaba tiempo yendo sólo. Su mujer, la Pepis, nacida en Sevilla y adoptada en Cartagena, encontró algo mejor que hacer con su vida.

«Je t’aime» sonaba mucho en los diales de entonces. Estaba de moda aunque a alguno no le gustara. A él desde luego que no. El radiocasete reventó aquella mañana al dejar escapar sus primeros acordes y la voz de Jane Birkin no pudo entrar a tiempo. Sentado en la mesita de la cocina, mientras desayunaba sus tostadas con membrillo, Viriato estrelló el aparato contra el suelo de un manotazo, cortándose la mano con ese alambre que él puso para sujetar el asa al aparato.

Años atrás, la señora Pepis se hartó de aguantar al rancio de su marido, incapaz de proporcionarle ni una criatura siquiera. Se fue con un gabacho, un jubilado adinerado, cortés y educado, qué emigró al sur para vivir la vida sin preocuparse por la cartera. Sería más viejo que ellos, pero con ese romanticismo marsellés podía volver loca a cualquiera. Con ella funcionó. Ese tipo podía ser el hombre más puro del mundo para su Pepis, pero desde entonces, don Viriato, odió a cualquier maldito francés.

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Aquellos tristes ninipoetas que ni se suben las braguetas

creíste aprender solfeo
con los dedos entre las cuerdas
parlas cuando tus labios mojas
y crees moverte como un CEO

malvistes a la moda
llevas el pelo alborotado
te emborrachas con crema
y te vendes como un derrotado

cantas sobre el amor
cuando sólo mojas previo pago
invitando a chupitos de un trago
a falta de un hervor

pintas sobre el asfalto
frases tristes y sin gracia
tras haber pasado por alto (donde una cebra que haya pisado)
las frenos de tu Lancia

sin haber sido circuncidado
entonas canciones de mierda
para vendernos tu maldito postgrado
cuando no has tocado más que una cuerda
mientras tus papis te creen encamado

Mi planta, mi anillo y yo

Carlos tenía la misma edad que Claudia, pero ella aparentaba menos y él más. Mucho más. Si es que andas como un viejo. Gracias cariño. Lo dice la mujer que lee dormida, se cree despierta y todo lo etiqueta… Perlas como esas se repartían entre ambos en cuanto alguno se despistaba, pero aun así se querían. Puede que en algún momento acaben compartiendo techo, y quien sabe si también altar. Mientras tanto, sus mundos seguirían trazando rutinas helicoidales en torno a las barras de los bares.

Aquel anillo que vestía Claudia no se lo había regalado él, lo compró por sí misma. Fui a por un bolso barra mochila en el mercadillo del museo del ferrocarril y acabé en el puestecito que tiene esa chica que hace esas cosas con sus propias manos. Me gusta cantidad, es superbonico. Y eso que ya lo ha machacado varias veces y lo ha pisado, sin querer dice. Aquel bolso barra mochila que ella seguía buscando quiso regalárselo Carlos a las pocas semanas de conocerse. Veni vidi pero no vici, demasiado pronto para ella comprometerse regalos mediante, aunque no fuera esa su intención. Momento de locura si acaso. Mi plantita sabe lo que digo, me quiere y yo la quiero a ella. Al parecer es mutuo. Por las mañanas, cuando subo la persiana, la cubro de los rayos de sol que entran a saco por la ventana echando la cortina, y ella me da las gracias. Al acostarme, antes de apagar la luz, le cuento mi día. Luego, un beso de buenas noches y nos sobamos. Supongo que metafóricamente, pero a saber lo que hacéis en la oscuridad, siendo alga y almeja una y otra.

Antes de medianoche y sin ver el último wasap, Claudia ya había subido al séptimo cielo, tallo mediante, mientras Carlos tecleaba frente a la pantalla. Div class header background image… Aquella noche de código fuente le mantuvo frente a la pantalla hasta las tres. La misma hora en la que Claudia despertó tras revolverse las sábanas en su contra. ¿Te qu eme con carita sonrojada, cuando ya no hay coste por letras y tienes tarifa plana?

Estás fatal, me pones mala y mi plantita ha perdido otra hojita, joder, bonita, no llores que me lo pegas. Toma mi anillo. ¿No lo quieres? Yo te quiero a ti, plantita, ¿por qué no me dejas dormir? ¿Qué coño va a ser por él? Él me quiere, me lo ha puesto, ¿por qué dices eso? Éste me quiere y yo le quiero a él. Y a ti también, plantita, no me llores tus hojas que me lo pegas, sabes que me lo pegas y si nos ponemos las dos a ver qué hacemos, que ya te riego lo suyo, lo suyo y lo mío.

Claudia amanecía antes que Carlos porque fichaba pronto en el trabajo. Esta vez con más ojeras. Él, que andaba montando su propio negocio, no madrugaría antes de las once por ciego que pareciese. Ciego de amor estúpido. Está loca, pero me lo pega cuando la tengo cerca. Amor estúpido.

Mecánica popular. Parte 2

—Hola pequeño, ¿cómo estás?
—¿Dónde está mi mamá?
—Acaba de salir.
—¡Mamaaaaaaá!
—Venga, vamos, tranquilízate, ahora vendrá tu madre.
—Quiero a mi mamá…
—Ahora viene, me ha dicho que me quede aquí, jugando contigo. ¿Quieres que juguemos?
—¿A qué?
—¿Qué te parece…? Mira, ¿ves mi placa? Podemos jugar a los policías, como si tratáramos de resolver un caso. Yo te pregunto y tú me respondes…
—¡Pero yo también quiero preguntar!
—Bueno, pues cada vez pregunta uno y el otro responde. ¿Te parece bien?
—¡Empiezo yo!
—¿Quieres empezar tú?
—Sí.
—¿Qué me quieres preguntar?
—Dónde está mi mamá.
—Tu mamá ha salido, ya te lo he dicho.
—¿Por qué?
—Ah, ah. Una pregunta cada uno.
—Pero yo quiero a mi mamá…
—Y ella te quiere a ti, por eso te ha traído al hospital. ¿Sabes por qué estas aquí?
—Porque me duele.
—¿Qué es lo que te duele?
—¡Me toca a mí!
—Vale, a ver…
—¿Dónde estamos?
—¿No lo sabes?
—No…
—En el hospital, te lo he dicho antes. ¿Nunca has estado en un hospital?
—No.
—¿Y en el médico?
—Sí.
—¿Has ido muchas veces al médico?
—Sí. ¿Cuándo viene mi mamá?
—Ahora viene tu mamá.
—¡Quiero que venga mi mamá!
—¿Alguna vez te ha pegado tu mamá o tu papá?
—Alguna vez.
—Pero… ¿cuál de ellos? ¿O han sido los dos?
—No.
—¿Entonces nunca te han pegado, ninguno de los dos, ni siquiera un azote?
—Alguna vez.
—¿Y en qué quedamos?

Silencio.

—¿Te hicieron pupa?
—Sí.
—Vaya…

Más silencio.

—¿Por qué no puedo rascarme?
—Porque no puedes.
—¿Jooo, y qué hago?
—¿Por? ¿Te pica algo?
—Me pica la nariz.
—¿Te pica la nariz?
—Sí, me pica.
—Huummm, vaya…
—¿Por qué no puedo rascarme?
—¿No… no lo sabes?
El rey Salomón dictó sentencia la tarde anterior. Repartió sus brazos, uno para su madre y otro para su padre, y creyó que era bueno.

* En respuesta al original de Raymond Carver