Un perdido de tantos

Jaume Puig era un escritor frustrado, un niño bien venido a menos, un estúpido crío de buena familia, un fracasado, un perdido de tantos. Estudió periodismo en la Autónoma de Barcelona y salió de allí con un expediente académico intachable. Pasó de las historias de Fray Perico y su borrico y el Pirata Garrapata a leer a Bukowski, a Miller y a Burroughs sin intermediarios. Jaume no sólo se creía distinto al resto, se creía mejor que el resto, con una capacidad innata para la supervivencia y la ingesta de alcohol. Un tipo no muy alto pero con buenos brazos, a pesar de perder todas las peleas en los bares del bajo Barcelona. El mayor de los Puig era de ese tipo de gente que imita a sus ídolos al carecer de una identidad propia, quería ser el mismo tipo duro que Bukowski o Miller pero sólo conseguía nadar en su propio vómito después de la octava cerveza, antes de coger un taxi hasta la lujosa mansión de sus papás.

Jaume se metió tanto en su papel, el de mente perdida sin futuro alguno, que empezó a trabajar como mozo de almacén, camarero de comidas rápidas o buzoneador de barrio, a la vez que intentaba escribir una novela que dejara a sus ídolos en la sombra. Así pasó los años, hasta que cumplió los 30. Su novela seguía inacabada, había algo en su vida adoptada que no funcionaba y pensó que vivir en un barrio rico, en casa de papá, no era el camino. Al día siguiente de su cumpleaños, una calurosa tarde de agosto, decidió salir de allí y buscar eso que le faltaba en otra ciudad. Necesitaba algo de mierda en su vida, creyó que arrastrarse por el fango sería el último paso hacia el éxito, si quería ser un bohemio escritor y consagrarse como tal debía hacerlo. Así que metió lo que pudo en una mochila, se despidió de sus padres y marchó a Madrid. Nuevos aires, mucha mierda. Quizá de esa manera le fuera mejor.

Una vez en Madrid, después de andar desde Atocha hasta la Plaza Mayor con un horrible viaje en tren a sus espaldas; de noche, bebiendo ron de una petaca que de vez en cuando sacaba del bolsillo pequeño de su mochila y un tipo asiático durmiéndose en su hombro, con el sol que empezaba a apretar desde el infernal cielo de verano de la capital, encontró una pensión en un estrecho portal y allí se instaló. En unas semanas consiguió un empleo de redactor en la sección rosa de un periódico gratuito, de esos que se reparten estratégicamente en la calle. Era un trabajo sencillo, el periódico compraba un par de fotos a la agencia correspondiente, el jefe de redacción le pasaba los datos y el sólo tenía que echarle un poco de imaginación. De hecho, podía trabajar desde su habitación de la pensión y pasarse tan sólo un par de veces a la semana por la redacción.

Solía trabajar de noche, le gustaba imitar el modo de vida de sus escritores más selectos. En su cuarto de 9 metros cuadrados convivían una estrecha cama de 70, una mesa con el portátil, una papelera y media docena de botellas de cerveza y ron. Lo del ron le daba un poco de vergüenza admitirlo, lo había intentado con el whisky, pero sólo su olor le producía nauseas. Esa era una de las cosas que no le gustaban de sí mismo, de las muchas que le producían nauseas y por las que ninguno de sus ídolos seguramente ni parpadeaban, como el olor a vómito y orina en los retretes de los bares, las gallinejas, entresijos y demás casquería, el hedor de los vagabundos o el sudor de las prostitutas.

Había intentado superarlo una y otra vez, lo del whisky, pero su estómago siempre se le adelantaba. Eso le atormentaba, había llegado a la conclusión de que los hombres no son fuertes por sus brazos musculosos o por el grueso de su billetera, sino por su estómago y por su tranca. Para él, un tipo es fuerte cuando puede comerse una cagada de perro, después vaciar 3 botellines de cerveza seguidos y encender un cigarro antes de echar un buen polvo como si nada. Lo de la tranca sin embargo no era tanto problema para Jaume, le gustaba medírsela cuando estaba empalmado y solía trampear al hacerlo, poniendo el cero detrás de los huevos, sumando así unos cuantos centímetros de más. Luego se sentaba frente al portátil, abría el messeger y se la cascaba mientras chateaba con alguna estúpida calientapollas que conocía a través de Internet para terminar de ambientarse.

Así malvivió 2 años, compró un coche de segunda mano con el dinero que le mandó su padre y de vez en cuando visitaba el género africano de la Casa de Campo para satisfacer sus necesidades, no sólo sexuales sino también profesionales, como escritor sucio que se sentía. Iba siempre de noche, después de escribir su artículo rosa y tomarse unas cuantas cervezas. Entonces llegaba, metía segunda y lentamente recorría los caminos hasta que encontraba alguna negra que se la pusiera dura. Paraba a su altura, extendía el brazo a través de la ventanilla bajada y les tocaba el culo. Luego subían al coche y le acariciaban su media melena, haciendo bucles con sus dedos negros, hasta que finalmente aparcaba fuera de la carretera, detrás de algún árbol. Jaume había pensado en cortarse su precioso pelo, pero creía que eso le hacía atractivo y de alguna forma le proporcionaba un aspecto más tosco y desaliñado. Jaume quería ser ese feo extravagante, pero su cara de bollo bien cuidada no se lo permitía. El caso es que únicamente conseguía llenar el asiento trasero de su Seat Ibiza de negras mal operadas, sin papa de español, por poco más de 20 euros.

Llegaron sus segundas navidades en Madrid, llevaba desde ese verano sin escribir una sola línea decente en su maldito manuscrito, la que le haría famoso como escritor underground. En el periódico no le iba mal, había conseguido saltar a la sección de actualidad y le pagaban algo más, pero nada de su obra maestra. Tanto se resistía que Jaume decidió coger toda esa quincena de vacaciones y se atrincheró en la habitación del hostal con montones de botellas y algunas latas de conserva. Iba a acabar su novela como fuera. Pero después de 10 días borracho, saliendo del pequeño cuarto sólo para cagar y sin escribir nada que mereciera la pena, a punto de volverse loco, empezó a tener alucinaciones. Recordó sus tiempos de colegio y las primeras juergas con sus amigos de Barcelona, se sintió tan solo y desgraciado que empezó a golpearse con las paredes, borracho como una cuba, hasta que cayó desmayado al suelo. Así permaneció muchas horas, hasta que la sangre derramada se secó.

Cuando Jaume se despertó, tenía una buena resaca y le dolía todo el cuerpo. Se incorporó como pudo, se sentó en la mesa y, sin saber cómo, empezó a escribir. Sus dedos iban solos, más rápido incluso que su cabeza, golpeando con furia las teclas. Las palabras fluían de su cerebro como salivazos contra la pantalla. Abrió otra botella de ron y continuó escribiendo. Todo empezaba a encajar, y después de dos días seguidos sin parar de escribir, por fin en la Nochevieja de ese año, bien entrada la madrugada, concluyó su eterna novela. Se sentía tan lleno, tan feliz, que guardó un par de copias en esos artilugios diminutos que creen tener memoria.

Borracho como estaba decidió celebrarlo, quizá no podría follarse a nadie, pero una mamada le vendría de perlas. Sacó el coche del garaje y se fue a la Casa de Campo. Quería darse un homenaje, buscaría una asiática esta vez, alguna chiquilla delgada y de pechos pequeños, su gran sueño erótico. Esta vez no había tanta gente como otras noches por esos corredores asilvestrados, estarían de traje y corbata en alguna de las muchas fiestas para monógamos de las corrientes sociales. Recorrió las cerradas curvas del parque, pasó por la zona de los transexuales, dejó atrás a las negras y a las rumanas y polacas y al final encontró su musa, en mitad de la nada, iluminada por una misteriosa aura amarilla. La miró y estudió sin prisas, comiéndosela con la sangre que inyectaban sus pupilas. Luego abrió la otra puerta y se la llevó un par de metros más adelante.

Cuando paró el coche la desnudó con tanto deseo que besaba cada trozo de piel que iba dejando al descubierto. Después se bajó los pantalones y sacó su tranca mientras cogía la cabeza de la puta para acercarla hasta él. Ella empezó a trabajárselo, con el preservativo que manda su profesión, pero a fondo, succionando como una aspiradora, golpeando el glande fuertemente con la lengua para luego tocar fondo con la campanilla.

Jaume estaba embrutecido, estaba tan cachondo y borracho que se la quitó de encima, le dio la vuelta como pudo y se la metió por el culo. La chinita intentó proteger su oscuro agujero, gritaba y se movía intentando liberarse, pero no podía hacer nada, sus cuarenta kilos eran muy pocos para los ochenta y tantos de Jaume, que se encontraba en su momento de gloria. Había terminado su novela y se sentía tan sucio como Bukowski o Miller o Burroughs, dios era un aficionado de mierda a su lado y lo estaba disfrutando como merecía. Jaume bombeaba su cacho de carne rajando las entrañas de la chinita, entraba y salía una y otra vez con tanta fuerza que parecía querérsela sacar por la boca. Ella seguía chillando pero eso sólo conseguía calentarle aún más. De repente sintió un golpe tremendo detrás de la cabeza y se vio fuera del coche, boca arriba, con una bota frente a sus ojos. La bota se movió levemente hacia atrás, luego se le echó encima.

Dos días después, Jordi Puig, abogado de prestigio entre los grandes empresarios y algún que otro politicucho catalán y demás chusma, felizmente casado desde hacía más de treinta años con una farmacéutica de familia acomodada y padre de Ángeles Puig, fiscal del estado, y Jaume Puig, periodista y escritor frustrado, viajaba en el puente aéreo hacia Madrid para el reconocimiento de un cadáver, probablemente el de su hijo.

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