Huevos fritos con patatas y chorizo

Huevos fritos con patatas y chorizo, teta de novicia. Era una de esas noches de agosto en las que podrías parar el coche en el arcén y cargar el depósito con el asfalto de la carretera. Llevaba días alimentándome de carne enlatada, solo me faltaba restregar el lomo por los quicios de las puertas, afilar las uñas con el sofá y maullar a la maldita Luna. Unos buenos huevos fritos eran como presentarse al mismísimo Yahvé y decirle “mira, esto del paraíso es un coñazo, voy a ver que se cuece allá en el infierno”. Descorché la botella y llené la copa de un Rioja del dos mil uno, un vino tan joven como sabroso, mejor que profanar el santo agujero de una virgen quinceañera. Ya me dijo el médico que evitara las grasas, la sal y el alcohol, pero se pueden ir todos al carajo, y mi exmujer con ellos. Esa zorra no tenía ni puta idea de hacer unos huevos fritos, estaba demasiado ocupada restregándose con el presentador de “Dónde estás, corazón” de cuyo programa era colaboradora. Éramos… somos dos periodistas metidos en la televisión, ella acuchilla a los invitados previo pago de una buena suma de dinero mientras que yo elaboro guiones absurdos para teleseries locales sin mucho éxito y sin tal suma. Lo único bueno de este mi trabajo son esas fiestas llenas de personajes de cartón piedra donde puedes beber todo el alcohol que tu hígado pueda soportar y coquetear con toda esa basura de putas operadas cuya vida es más conocida por las abuelas que por ellas mismas. Si dios tuviera estómago no habría dejado que se inventara la televisión, aunque con toda probabilidad le veamos algún día en Gran Hermano.

Ernesto me había llamado un par de horas antes, quería comentarme una idea que se le había ocurrido mientras estaba en la ducha, masturbándose probablemente con la pera de la misma metida en el culo. Ernesto es un comemierdas todoterreno al que de vez en cuando se le ilumina el cráneo y tiene ideas casi geniales que luego desechan los consejeros delegados de las malditas cadenas. Rebañé el plato y le pegué el último trago a la botella. Salí de mi apartamento, el único zulo que podía permitirme después de la orden judicial que me obligó a donar todos mis órganos a la ciencia para satisfacer la demanda de divorcio, y crucé la calle. Mi viejo Kadet estaba aparcado un poco más abajo. No es más que chatarra, prolongación de la mía propia, pero con un pacto, él no me jode y yo no lo vendo al desguace. Aun así me putea de vez en cuando, si no es la transmisión es la caja de cambios o el jodido cigüeñal… ¿qué cojones es el maldito cigüeñal? Aún así, a pesar del pacto y sus putaditas puntuales, su “anti-sistema” de calefacción me lleva echando un pulso desde hace varios años, no sólo funciona cuando le da la real gana sino que casualmente también lo hace en noches calurosas como esta. En invierno está muy bien, puedes ir en manga corta mientras el resto de los humanos se congela hasta que el motor se calienta, pero en verano puedes morir deshidratado. Luego me dicen que bebo demasiado, obvio.

Arranqué después de bajar las ventanillas, manualmente por supuesto, salí a Vía Carpetana y enfilé por el cementerio hasta la Emetreinta. Ermita del Santo, Puente Segovia y en poco más de veinte minutos estaba aparcando previo pago de 2 euros al toxicómano responsable de la zona. Busqué la plaza de Jacinto Benavente e introduje mis huesos en una disco-chill llena de críos asexuados. Al fondo, en una de las mesas bajas rodeadas por sofás neoclásicos, Ernesto entretenía su lengua con la de una adolescente recientemente entrada en la edad permitida para pisar las urnas, pero probablemente lo único que esa pobre desorejada había pisado desde su cumpleaños era el diccionario de la RAE.

Apretón de manos, ésta es Erica, dos besos y presión en el pecho a cargo de esas enormes mamas que ostenta la muchacha. Me siento. Ernesto empieza a hablarme de su magistral idea, pero yo necesito una copa. Ernesto habla sobre su teleserie, el papel de Erica, las cualidades interpretativas de Erica… casi estoy por recomendarle a mi exmujer, por sus cualidades interpretativas, fue capaz de engañar al juez…, pero mi atención se centra en la afrocamarera de pelo trenzado que atiende la mesa contigua. Necesito un whisky con hielo, Ernesto insiste en que pruebe la caipirinha, pero todo lo exótico que conozco es el culo de una puta venida de Brasil por alguna mafia de las que antes o después salen en los telediarios. Jotabe, sólo, con hielo, por favor. Porqué someter mi hígado a nuevas experiencias cuando ya está acostumbrado al whisky. El culo de la afrocamarera se aleja y atiendo de nuevo a Ernesto, no sin antes pasear mi mirada por el escote de Erica.

Pasan las horas y corren la caipirinha y el whisky. Erica hace rato que se ha ido a bailar y Ernesto me pone al corriente de las habilidades bucales de la susodicha. Hemos hablado de su brillante idea televisiva, del guión, de los actores, de la productora y del imprescindible papel que juegan las tetas de Erica en todo ello. Suelo ser un tipo chistoso, sarcástico pero chistoso, y aún así lo único que ha alcanzado esa característica ha sido cuando he comparado sus tetas con unos biberones, tengo una cara que dicen expresiva. El pub cierra y la afrocamarera nos echa educadamente con su exótico acento caipirianizado. Recogemos los melones de Erica y el resto que los acompaña y salimos a la calle. Ernesto me invita a otra en su piso y Erica insiste, pero compartir cama con otro tío nunca me emocionó. Aprieto la mano de Ernesto, Erica me despide con un beso en la boca y vuelvo al coche. Lo arranco bajando de nuevo las ventanillas y enfilo por Atocha para coger Santa María de la Cabeza y salir a la Emetreinta. Mal proyecto Ernesto, has perdido con los años, aunque al menos uno de los dos follará esta noche… o no. Acelero y cojo el desvío de la Casa de Campo. Si hay algo mejor que unos huevos fritos con patatas y chorizo es el culo de una senegalesa recién cumplida la edad permitida para pisar las urnas, eso si tuviera los papeles.

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