Yo también puedo desconectar

Charles Bukowski

Sonó el teléfono. Estaba sentado en la alfombra. Arrastró hasta el suelo todo el teléfono tirando del cable. Luego descolgó. Se oía un sonido.

—¿Diga? —dijo.
—¿McCuller?
—¿Sí?
—Son ya tres días.
—¿De qué?
—De no venir a trabajar.
—Es que estoy haciendo una Botella de Leyden.
—¿Qué es eso?
—Un aparato para almacenar electricidad estática que inventó Cuneo de Leyden en 1746.

Colgó el teléfono y luego lo tiró al otro extremo de la habitación. Quedó descolgado. Terminó la cerveza y entró a cagar. Se puso los pantalones y volvió a la otra habitación.

—¡DA DA! —cantó, —DA DA DA DA ¡DA DA DA DA!

Le gustaba T. Brass de Herb A. Dios, qué amarga melancolía.

—RA DA RA DA RA DA DA DA…

Cuando se sentó en el centro de la alfombra, allí estaba su hija de tres años y medio. Él se tiró un pedo.

—¡Eh! ¡Te has tirado un PEDO! —dijo ella.
—¡ME TIRÉ UN PEDO! —dijo él.

Los dos se echaron a reír.

—Fred —dijo ella.
—¿Sí?
—Tengo que contarte una cosa.
—Suéltala.
—A mamá le sacaron toda aquella mierda del culo.
—¿Sí?
—Sí, aquellas personas andaban en su culo con los dedos y le sacaron toda aquella mierda de allí.
—¿Pero por qué dices eso? sabes que no pasó.
—Sí, pasó, ¡pasó! ¡lo vi yo!
—tráeme una cerveza.
—Vale.

Fue corriendo a la otra habitación.

—RA DA —cantó él, —RA DA RA DA ¡RA DA DA DA!

Volvió su hija con la cerveza.

—Cariño —dijo él—, quiero contarte una cosa.
—De acuerdo.
—El dolor es ahora casi absolutamente total. Cuando sea absolutamente total, ya no podré aguantarlo.
—¿Por qué no te pones azul como yo? —preguntó ella.
—Ya estoy azul.
—¿Por qué no te pones azul como yo y como las flores?
—Lo intentaré —dijo él.
—Vamos a bailar «El hombre de la Mancha» —dijo ella.

Él puso «El hombre de la Mancha», bailaron, él dos metros de altura y ella más o menos un tercio o un cuarto del tamaño de él. Bailaban independientemente, con movimientos distintos, muy serios, aunque a veces se reían a la vez.
El disco se paró.

—Marty me pegó —dijo ella.
—¿Qué?
—Sí, Marty y mamá estaban abrazándose y besándose en la cocina y yo tenía sed y le pedí a Marty un vaso de agua y no quiso dármelo y entonces yo lloré y Marty me pegó.
—¡Tráeme una cerveza!
—¡Una cerveza! ¡cerveza!

Él se levantó y se acercó el teléfono y lo colgó, en cuanto lo hizo, sonó.

—¿Señor McCuller?
—¿Sí?
—Ha caducado el seguro de su automóvil, su nueva cuota es de doscientos cuarenta y ocho dólares anuales a pagar por adelantado, ha tenido usted tres multas de tráfico, consideramos cada infracción equivalente a un accidente de automóvil…
—¡Mierda!
—¿Qué?
—Un accidente de automóvil le cuesta a usted dinero; una supuesta infracción me cuesta dinero a mí. y los muchachos de las motos, que nos protegen de nosotros mismos, tienen una cuota de dieciséis a treinta multas al día que cumplimentar para pagar sus casas, sus coches nuevos y ropa y baratijas para sus mujeres clase media baja, guárdese sus cuentos, he dejado de conducir, tiré el coche por el muelle anoche, sólo lamento una cosa.
—¿El qué?
—Que yo no estuviese dentro de aquel jodido coche cuando se hundió.

McCuller colgó y cogió la cerveza que le había traído su hija.

—Doncellita —dijo—, ojalá que algunas de tus horas sean menos duras que las mías.
—Te quiero mucho, Freddie —dijo ella.

Y le rodeó con sus brazos, pero los brazos no podían rodear su cuerpo por completo.

—¡Te aprieto! ¡te quiero! ¡te aprieto!
—¡Yo te quiero también, doncellita!

La abrazó y la apretó. Ella resplandecía, resplandecía. Si hubiese sido un gato habría ronroneado.

—Ay, ay, qué mundo extraño —dijo él—. Lo hemos conseguido todo pero no podemos tenerlo.

Se agacharon y se pusieron a jugar en el suelo a un juego llamado CONSTRUYE UNA CIUDAD. Hubo cierta discusión sobre dónde estaban las vías férreas y a quién se permitía utilizarlas.
Luego sonó el timbre. Él se levantó y abrió la puerta. Su hija les vio.

—¡Mamá! ¡Marty!
—Coge tus cosas querida, tenemos que irnos.
—¡Yo quiero estar con Freddie!
—Te he dicho que cojas tus cosas.
—¡Pero yo quiero estar con Freddie!
—¡No voy a repetírtelo! ¡Coge tus cosas o te pegaré en el culo!
—¡Freddie, diles tú que quiero quedarme!
—Ella quiere quedarse.
—Estás borracho otra vez, Freddie. ¡Te dije que no quería que bebieras estando con la niña!
—¡Bueno, tú estás borracha!
—No la llames borracha, Freddie —dijo Marty encendiendo un cigarrillo—. No me gustas nada. Siempre me pareciste medio marica.
—Gracias por decirme lo que piensas que soy.
—No la llames borracha, Freddie, o las llevas…
—Un momento, tengo que enseñarte algo.

Freddie entró en la cocina, cuando salió cantaba:
—RA DA RA DA ¡RA DA DA DA!

Marty vio el cuchillo de carnicero.

—¿Qué te propones hacer con ese chisme? te lo voy a meter por el culo.
—Claro, hombre, pero quería decirte algo. la chica de la oficina de la compañía telefónica me llamó y dijo que me desconectarían el servicio porque no se habían pagado las últimas facturas. Yo le dije que me gustaría echarle un polvo y colgó.
—¿Y qué?
—Quiero decir que yo también puedo desconectar.

Freddie actuó muy rápido. La rapidez fue una magia quieta. El cuchillo de carnicero tajó cuatro o cinco veces el cuello de Marty antes de que éste cayera de espaldas, escaleras abajo…

—Dios mío… no me mates, no me mates, por favor.

Freddie volvió a la otra habitación, tiró el cuchillo en la chimenea y se sentó de nuevo en la alfombra. su hija se sentó con él:

—Ahora podemos acabar el juego.
—Claro.
—Ningún coche en la vía del tren.
—No, demonios, la policía nos detendría.
—Y no queremos que la policía nos detenga, ¿verdad?
—Je je.
—Marty es todo sangre, ¿verdad?
—Claro que lo es.
—¿Es de eso de lo que estamos hechos?
—Principalmente.
—¿Principalmente qué?
—Principalmente sangre y huesos y dolor.

Siguieron sentados allí jugando a «Construye una Ciudad». Se oían las sirenas, una ambulancia, demasiado tarde. Tres coches patrulla. Pasó caminando un gato blanco, miró a Marty, alzó la nariz, salió corriendo. Una hormiga empezó a subir por la suela de su zapato izquierdo.

—Freddie.
—¿Qué?
—Quiero decirte una cosa.
—Dila.
—Aquella gente le andaba a mamá en el culo, y le sacaban toda aquella mierda de allí con los dedos…
—Vale, te creo.
—¿Dónde está mamá ahora?
—No sé.

Andaba mamá recorriendo las calles arriba y abajo contándoselo todo a los vendedores de periódicos y a los dependientes de las tiendas de ultramarinos y a los camareros y a los subnormales y a los sádicos y a los motoristas y a los comedores de sal y a los ex-marineros y a los haraganes y golfos y tramposos y a los lectores de Matt Weinstock, y aquí y allá, y el cielo era azul y el pan estaba envuelto y por primera vez en años los ojos de aquella mujer eran vivos y bellos. Pero sin duda la muerte era aburrimiento, la muerte era sin duda un latazo y ni siquiera los tigres y las hormigas sabrían nunca cómo y el melocotón chillaría un día.

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