Un mal sueño

Me abanicaste con esas enormes pestañas oscuras y perdí el culo por agarrarte del tuyo. Esa noche soñé contigo, con esas piernas apretadas y esos firmes y duros muslos abriéndose a mis fauces. Soñé también que te amaba y me amabas, que nos queríamos de forma sublime como nunca nadie se había querido. Soñé que regresabas a tu Santander natal y rompía a llorar corriendo por la calle, atropellando ancianas y carritos de bebé, saliendo a tu encuentro, gritando y lloriqueando como un puto crío que acaba de descubrir quiénes son los reyes en realidad. Pensé en matrimonio, ceremonia de blanco y negro con muchas flores y arroz tres delicias, vislumbré los 7 hijos que te haría en una sola noche y los nombres que les pondríamos, la carrera que haría cada uno de ellos y hasta imaginé los gustos y disgustos que tendrían y nos darían. Me imaginé disfrazado de padre contigo de madre, llevándonos la contraria, discutiendo, enfadándote conmigo por beber a morro del tetrabrick e incluso soñé como haríamos para hacernos el amor con 7 críos en casa y qué contarles a la mañana siguiente cuando preguntaran el porqué de tus alaridos y de tu extraña forma de andar. Nos imaginé compartiendo cama, facturas, pasta de dientes y papel higiénico dentro de las mismas cuatro paredes, odiándonos con amor, amándonos a pesar de las desavenencias. Te vi con los rulos, apretada dentro de unas mallas y una camiseta blanca de propaganda y 20 kilos de más repartidos entre el cuello y las rodillas. Me vi con mi barriga estándar de marido estándar, con trabajo estándar sin cerveza ni tapas ni quiniela, asomando el cartón en la coronilla y canas y arrugas y gafas de cerca. Nos vi como la pareja que todos quisieran ser con diez años de casados, con pasados distintos y futuro en común, llevando a los críos al colegio, a clases extraescolares de karate, danza, fútbol, pintura, solfeo, inglés, alemán y francés. Nos vi sentados en nuestro salón de casa explicándoles a nuestros precoces hijos, que habrían salido a mí, los inconvenientes del alcohol y el tabaco, el uso del preservativo que nunca usé y los pros y contras de la marcha atrás que por suerte siempre me funcionó. Nos vi enamorados, de viejecitos, compartiendo arrugas, Algasive y manta eléctrica.

Pero de repente, en el justo momento en que te apartaba el pelo para besarte y pedirte que no te fueras a Santander, justo en ese momento en que miras a los ojos del otro con los tuyos y se te empalman las entrañas, en ese instante en que el mundo debía pararse y no despertar jamás, mis tripas se rindieron a la delicada situación que suponía la ingesta masiva de alcohol durante la larga noche anterior y vomité todo el whisky y las cervezas por el retrete del maltrecho apartamento sin compartir del que debo 2 mensualidades de alquiler. Eché todo lo ingerido, nuestra vida es sueño en común, los 7 hijos que te quería hacer, sus vidas, las nuestras y tus ojos que horas antes me abanicaban. Eché por el maldito retrete todo lo que tenía y lo que no, eché hasta el puto corazón, abrazado a la taza del water, consolándome éste con su hedor elegante de la marca Roca, modelo Granada, y me limpié con la toalla y me refresqué la cara salpicando espejo y encimera, algo que de estar juntos me habrías reprochado, te habrías enfadado y me habrías tirado a la cara todas tus miserias de todos esos años de casados con una vida aburrida y triste y probablemente entonces romperías a llorar recreándote más aún en lo desgraciada que te había hecho.

Pero todo eso no había sido más que un mal sueño de esos que se tienen a veces cuando ves una película con huesos crujiendo y sangre salpicando la cámara o la crónica de sucesos en el telediario de medianoche, o como cuando cenas más fuerte de lo debido o, como en mi caso, te bebes hasta los charcos. Así que después del tremendo esfuerzo al que me vi sometido por la expulsión de tantos sueños, vidas y copas frustradas me fui al sofá y disfruté de la libertad que me da la soledad de encenderme un pitillo y abrir una lata de cerveza para contrarrestar el efecto de tan tremenda resaca. No tendría una alianza de oro del moro en el dedo anulado de la mano derecha, pero a cambio mi nevera me proporcionaría todas las cervezas necesarias para combatir las duras mañanas y aún peores despertares, para emborracharme de nuevo y soñar con todas las zorras a las que quisiera pasear por el altar vestidas de blanco hueso y salpicadas a la salida de arroz tres delicias, hacerles antes o después 7 hijos y ver nuestras vidas pasar como en una moviola. Después de un mal sueño amigo mío, cerveza.

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