Un cocido sin sal

Eran cerca de las 2 de la tarde. Unos tímidos rayos de Sol trataban de abrirse camino entre las nubes que ya habían descargado lo suyo desde el jueves pasado. En ese momento, la mujer del señor Vicente vertía los garbanzos, que ya habían pasado sus últimas horas en remojo, en la olla con el resto del cocido del domingo. El señor Vicente, republicano confeso, comunista hasta la médula, de los de la sangre roja y corazón a la izquierda, ojeaba el País Ducados en mano. Sus hijos con sus respectivas señoras y sus respectivos hijos no tardarían llegar. Dos pisos más abajo las patas de la cama de matrimonio del dormitorio del tercero be hacían por resistir los terribles embistes que tenían lugar encima de ella. Sonaba en el salón contiguo un compacto de Sade, una voz femenina negra, elegante, exótica y sensual. Sexo hecho música. La cama se estremecía, chirriando, golpeando contra la pared una vez, y otra, y otra… Quizá era la mejor forma de firmar la paz y descargar toda la rabia. Un buen polvo, follando como animales, repartiendo mordiscos y bofetadas. A ella eso la volvía loca, él lo sabía. Él sabía que tratándola como una zorra, pegándola, gritándola PUTA y dejarse morder la hacía sentir como una reina y rápidamente olvidaría que realmente había otra. El caso es que existía un problema de fondo, y no era el de la vagina de Paloma. Paloma creía que para que una pareja funcionara debía haber fidelidad y compromiso de futuro, Javi creía que para que el compromiso existiera debía haber un equilibrio entre el sexo de dentro y el de fuera, entre el sexo con Paloma y el sexo con el resto de mujeres. Éste era un principio fundamental, el de los contrarios. Para que exista el bien debía existir el mal y viceversa, como ocurre con la noche y el día o el comer y el cagar. Dos formas distintas de llegar al mismo sitio.

Y es que mientras Paloma se sentía sucia como una puta, como a ella le gustaba, gritando, con aquella enorme polla bombeando en sus entrañas y siendo abofeteada, Javi se excitaba tratándola como tal, agarrándola del cuello y apretando su nuez, susurrándole un “córrete puta” al oído de vez en cuando con la frialdad de un violador de menores, como hacía con todas las mujeres a las que se tiraba, pertenecieran al gremio o no. Sea como fuere los dos tenían lo que querían, y eso es lo que importaba, probablemente luego bajarían a la calle abrazados, caminarían hasta la Cava Baja y allí, en una terraza, comerían algo al sol del de otoño agarrados de la mano y todo volvería a ser como antes. Un poco de Sade, un buen polvo y, al final, entre bofetada y bofetada, conseguirían correrse juntos y dedicarse un te quiero empapados de sudor. La cama habría resistido una vez más y mientras, los del quinto ce, disfrutarían de un cocido como los de antaño, con su carne, su tocino, sus garbanzos y la sopa aparte, aunque algo sosa, porque Vicente, pese a alardear de hombría comunista y salvaje, tenía prohibida la sal por el médico, su tan roja sangre a su edad podía jugarle una mala pasada, las negras nubes habrían descargado lo suyo y por fin luciría un agradable sol de otoño.

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