Hacia mar adentro

Pensó que ya había vivido demasiado, cuarenta y tantos años dejándose la piel entre artes, cabos y aparejos de mugrientos pesqueros, con dos mujeres, un puñado de amantes, muchos litros de aguardiente y cientos de pipas chamuscadas a sus espaldas. Su cara arrugada, los diversos tatuajes de su cuerpo y sus manos ásperas, surcadas por decenas de cicatrices que las recorrían de lado a lado, daban buena cuenta de ello. Al final, su gran sueño de trasladarse a Argentina y ser empresario, vestir traje y camisa y llevar un maletín de piel curtida quedó amarrado en puerto. Si el matrimonio con la Juani tuvo gran parte de culpa, la llegada anticipada del primero de sus cuatro hijos hizo el resto. Ellos se lo buscaron, y también la Juani pudo dar buena cuenta de ello.

Gran amante y mejor esposa, cuando a sus 15 años se lo pidió, paseando por los acantilados de Burela. Una mujer hermosa, morena de pelo y piel, cuello esbelto y enormes ojos oscuros. De aspecto agitanado y fina como un boquerón, con graciosos tirabuzones colgando por su frente y acariciando sus mejillas. La Juani era corta de talla pero fogosa en el lecho y fuerte de carácter, aunque quizás no lo suficiente como para soportar los duros inviernos de Lugo. Una noche de tormenta se la llevó y él no estuvo allí para despedirse, la mar le retenía en sus labores.

Cuando llegó a puerto semanas después, enterado ya, amarró en la barra de la taberna y toda la noche quedó bebiendo y fumando de su pipa, con la cabeza hundida bajo sus hombros y sin levantar la vista salvo para arrearse cada trago. Dicen que la lloró, aunque por su mejilla no se vio derramar lágrima alguna. Luego, al amanecer, salió camino del cementerio y hasta bien entrada la tarde permaneció sentado frente a su sepultura. Pocos días después ya estaba enrolado en otro barco que salía a la mar, deseando quizá que ésta se lo tragara para que jamás le devolviera a tierra con vida.

No fue así y anduvo de puerto en puerto, entre el norte de España, la Bretaña francesa y el sur de la isla de Inglaterra, dejando bastardos en muchos de ellos, asistiendo en cada lonja a las subastas del pescado que sus manos robaban a la mar y bebiendo en sus tabernas después. 7 años tardó en volver a Burela, para entonces sus hijos apenas le recordaban. Una breve carta les dejó escrita a cada uno de ellos y pagó un billete de tren para que le llevara hasta Cádiz, creyendo que el calor del sur y cruzar la península por tierra cambiaría las cosas.

Se alojó en una posada y no tardó en intimar con la dueña, otra viuda al menos 10 años más joven que él, cuyo esposo dejó de serlo al ir alistado como cocinero en un contratorpedero, al mando del Capitán de Navío Fernando Villaamil. Uno de los tantos barcos de guerra que hundió su quilla, en la bahía del puerto de Santiago de Cuba, al ser alcanzado por el fuego de la flota estadounidense, en la guerra que España mantuvo con estos por la independencia de Cuba. Mala suerte para un simple cocinero. Cambió las redes por la regencia del hostal y acabó subiendo al altar en segundas nupcias cuando ella hubo dejado el luto. Fueron felices durante unos años y aguantó en tierra otros tantos. Por un tiempo sintió la calma y fue feliz, hasta que la mar le volvió a llamar y acabó enrolándose en otro buque, dejando otro par de criaturas huérfanas y devolviendo el luto a su última esposa. La Juani que no conseguía sacar de su cabeza fue la razón.

Pasó los años siguientes de nuevo entre aparejos, nunca más regresó a ese Cádiz que quiso concederle una segunda oportunidad. Ahora tenía los 61 cumplidos esa misma primavera y había vuelto a su Burela, la que le vio nacer. Poco quedaba de aquel muchacho rudo y vigoroso y de ese pueblo que fue pequeño décadas atrás. Todo había cambiado demasiado y hasta las pulgas de sus perros parecían distintas. Había coches de caballos por las calles, la taberna de Paqui ya no era suya y la casa que vio nacer a sus hijos ahora estaba ocupada por extraños. En Burela corrían nuevos tiempos y olía a prosperidad en cada esquina. Se alojó en el hospedería, pagando sobradamente por anticipado su estancia, y fue paseando al cementerio a visitar a su Juanita. Le puso flores, limpió su lápida y arrancó las malas hierbas que osaban rodearla, luego la besó y se quedó calladamente junto a ella hasta que el sol se escondió para descansar.

Esa noche se acostó pronto, sin pasar siquiera por la taberna para enjugar su boca con aguardiente. Quiso descansar para levantar temprano. Al día siguiente madrugó sin haber amanecido siquiera y marchó hasta la playa. Paró frente a la mar, se deshizo de sus ropas, y desnudo, mirando el horizonte como quien mira su viejo retrato, con una mueca en la cara, recordó ser de los pocos marineros que de todos los que conoció sabían nadar. Estiró brazos y piernas y calentó sus músculos cansados y entumecidos, luego entró en el agua lentamente y comenzó a bracear. La marea estaba baja y calmada. Nadó hasta no ver tierra, hasta mitad de la nada, y siguió adelante. Pronto empezaron los calambres, pero aún tenía unos brazos fuertes y la resistencia del que se sabe bien lo que hace, nunca le intimidó el Cantábrico. Nadó mar adentro, muy adentro, donde las antiguas leyendas sobre piratas relatan sus historias más increíbles, y siguió nadando. Había vivido demasiado, había conocido más mujeres de las que nunca pudo desear, tenía tantos hijos como cicatrices y su Juanita, de piel fina y aspecto agitanado, le esperaba en la otra orilla. La campana de la iglesia de Burela repiqueteó y el murmullo de los fieles con sus galas de domingo inundó las calles camino de la misa.

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