Contando momentos

Cae la noche delante de tus ojos, las nubes pasan veloces detrás de la ventana y poco a poco empiezas a darte cuenta de que es el primero del resto de tus días que vivirás sin ella. Al otro lado de la habitación suena por segunda vez esa canción tan triste del hilo musical que no querías volver a oír. Ella marchó de madrugada y no quiso llevarte consigo. Tres fueron las veces que suplicaste que no te dejara y cuatro las que le dijiste —te quiero—. Cinco minutos después sollozabas, con la cabeza gacha, apoyando la frente sobre su mano, y seis fueron las personas que te arrancaron de su lado cuando, desde la iglesia de la esquina, siete campanadas retumbaban en el ruido de la nueva mañana del ocho de septiembre*. —Mal rayo la parta— maldijiste saliendo fuera.

Encendiste el primero de los diez pitillos que te quedaban, sentado en el suelo, escupiendo las lágrimas y odiándola por dejarte. Junto al mechero, sacaste de un bolsillo las monedas que sobraron de pagar el undécimo café que tomabas desde que llegaste al “12 de Octubre” trece horas antes, tan largas que la noche parecía no querer hacerse de día. Catorce papeles autocopiativos firmaste mientras quince personas esperaban su turno frente al mostrador de administración, antes de que recorrieras en taxi los dieciséis kilómetros que había hasta el tanatorio y te dieran la sala número diecisiete. Y de nuevo frente a ella, con su rostro tranquilo y fríamente rejuvenecido, deseaste volver a los dieciocho, cuando empezó todo, diecinueve años antes.

Recapitulaste vuestras vidas, recordando los veinte veranos compartidos, los veintiún besos que le hubieras robado por cada uno que le diste, las veintidós cartas que le escribiste, casi una por día, el mes que fue a estudiar fuera, cuando llevaba veintitrés asignaturas aprobadas de veinticuatro. Su vigésimo quinto cumpleaños, en el que le diste veintiséis razones por las cuales ella debía casarse contigo. Los veintisiete pasos interminables que dio del brazo de su padre hasta encontrarse contigo en el altar. Los veintiocho días de luna de miel en el Algarve, y los veintinueve escudos que pagaste por un precioso ramo de rosas la noche que llegasteis… Y así continúas, llorando a bocanadas, lamentando su ausencia, todavía sin creerlo, contando las horas que llevas muerto malviviendo de su vacío.

*Septiembre es el noveno mes.

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