Paris 96

Llegué a la habitación del hotel, tiré las llaves en la cama y según me iba desnudando por el pasillo me metí en el baño. Era ya tarde y aún no había comido, estaba cansado y llevaba días durmiendo poco. Llené la bañera con agua caliente, descorché el vino y encendí uno de esos cigarrillos que venden en las tiendas del barrio latino con grandes letreros árabes donde puedes comprar de todo, desde carne de camella hasta juegos de bolsillo. Con el cuerpo sumergido a lo largo de la bañera no recuerdo estar pensado nada especial, tan solo tenía aquella botella de vino que había comprado días antes en una gasolinera de Burdeos agarrada por el pescuezo, bebiendo de ella a tragos cortos. Hacía un frío que congelaba las ratas allá afuera, en la calle. Paris no era la deslumbrante ciudad que había imaginado, que me habían vendido, París era triste, gris, sin alma, la gente entraba y salía del metro como autómatas sin hilos, como parte del decorado, caminaban por la calle con la cabeza hundida entre los hombros, sin detenerse ni para mirar los semáforos, en silencio. Podía oler su soledad sólo con pasar a su lado, un hedor familiar, como si mi vacío conectara de alguna forma con el suyo… París apestaba a melancolía, a crepes y a vino barato. O quizá no fuera realmente así, quizá era yo quien quería imaginarlo de esta manera. El viaje se estaba torciendo, nada había salido bien y aquello se me escapaba irremediablemente de las manos. Yo no podía hacer nada para evitarlo, lo único que podía hacer era relajarme en aquella bañera y dejar que pasara el tiempo, que corriera el tinto junto con las manillas del reloj y esperar que todo aquello acabara. Habían hecho un gran pastel para mi pero iba a ser otro el que se lo comiera, simplemente a mi no me habían puesto el plato la noche de la gala. Maldita mi suerte, acabé emborrachándome con el servicio.

Aquel baño fue como encontrar un oasis después de caminar una semana por el maldito desierto, al fin y al cabo sólo me quedaban dos días en París y después de eso, pasara lo que pasara con la tarta, volvería a mi ciudad, a mi casa, y probablemente en mi ciudad haría más calor. El ser humano no era más que una masa estúpida y amorfa moviéndose por inercia, sin sentido, como lo hacen las gallinas en un corral. Yo estaba bien en mi parte del gallinero sin salir allá fuera, ya lo creo si se estaba bien allí, sólo, con el agua caliente que me cubría empañando el espejo, jugando a hacer pompas con el ombligo, dejando que las caladas llegaran hasta abajo del estómago, echando el humo despacio, como si dejaras escapar un largo gemido, como si te la chuparan hasta el éxtasis, haciendo roscas con la boca. Estando en la bañera, con el vapor colgando del techo, arrugadas las yemas de los dedos y el vino a punto de acabarse, E. se podía ir al carajo, el tipo que se fuera a empachar con E. se podía ir al carajo y el mundo entero se podía ir también al carajo.

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