Wild at Heart

Érase una vez dos postadolescentes enamorados con menos frente que dedos. Sailor era un exconvicto con cara de bobo que nunca había recibido consejos paternos. Lula, una fulana recién cumplida la mayoría de edad con tan poco cerebro como carne, apasionada del esmalte de uñas y el sexo y tan caliente como el asfalto de Georgia. Ambos deciden escapar juntos de las garras de la madre de ésta, Marietta, una madurita alcohólica que pretende separarlos. Huyen hacia California en un bizarro descapotable negro y realizan su primera parada en la gran Nueva Orleans, allí harán el amor y bailarán al ritmo de Powermad. Después, escuchando a Chris Isaak, continuarán hasta Big Tuna, en Texas, donde empezarán sus problemas cuando a Sailor le ponga la miel en los labios un tipo extraño, intentando convencerle para atracar un maldito almacén. Sailor cae en la trampa de su propio destino y acaba en la cárcel mientras Lula, esperando en el motel Iguana en mitad del desierto, vomita su embarazo por el retrete y contempla su pulsera de pastillas de caramelo de 40 sabores distintos —uno por cada razón que te quiero—. El mundo es salvaje por dentro y muy extraño por fuera.

Cinco o seis años después, Sailor sale del talego con la condicional por buena conducta. Según la película, Lula debería esperarle en la estación de tren con el hijo de ambos, nacido estando él preso. —Tú debes ser mi hijo— debería haberle dicho Sailor con su chaqueta de piel de serpiente, símbolo de su individualidad y de su fe en la libertad personal. Y según la película, pese a parecer que todo había cambiado quiso tirar la toalla, recordando lo que Pancho le dijo a Cisco Kid: —larguémonos antes de bailar en la cuerda floja, sin música—, se encontró con su hada madrina. Ésta le enseñaría el camino de baldosas amarillas para acabar en los brazos de Lula, cantándole sobre el capó de aquel viejo descapotable negro el “love me tender” de Elvis Presley.

Pero la historia no terminó así. Lo que Lula vomitaba en la habitación del motel era una resaca tremenda de vino picado por el horrible calor del desierto. Estuvo tres días malísima, yéndose por la patilla y maldiciendo a Sailor por haberla dejado tirada, creyendo que éste se había largado con la pasta para beneficiarse a todas las jineteras procedentes de Cuba en busca de una vida mejor. Por lo que en cuanto su estómago se repuso volvió a las faldas de su madre, la cual, feliz de la muerte por el regreso de su hija, hizo una fiesta en su honor, invitando a todos los capullos más estúpidos que pudo reunir. Durante esa fiesta Lula se hizo la estrecha, pues aún añoraba a su Sailor, pero quedó en ir al cine con un pobre diablo sin media hostia, el cual se deshizo en halagos y parabienes. Pocos meses después Lula ya estaba viviendo con aquel fulano, en un chalecito que se había construido a tal efecto en la enorme finca de mamá Marietta, a unos pocos acres de distancia del palacete de ésta.

Cuando Sailor salió del talego con la condicional por buena conducta sabía que se equivocaba; cientos de cartas que Marietta se habría encargado de hacer desaparecer sin ninguna respuesta tendrían buena parte de la razón, pero sentado en un banco, soportando un sol de justicia y fumando sus Marlboro, esperó en la estación frente a la penitenciaría todo el día, deseando que al final del camino asomara una nube de polvo detrás de un viejo descapotable negro con Lula en su interior. Por supuesto no fue así, y con el poco dinero que hubo ahorrado alquiló una habitación en el pueblo más cercano y compró todo el vino que pudo cargar hasta ella. Sailor se emborrachó hasta que no le quedó un sólo penique; su hada madrina nunca se le apareció para enseñarle el camino de baldosas amarillas.

Pasados los años, Sailor se enteró que Lula vivía en Kansas con un marido oficinista y dos criaturas engendradas por ambos cuando uno de sus chanchullos le llevó hasta allí. Hizo su trabajo, cobró lo que le debían y, antes de marchar, enfiló por la carretera que llevaba hasta aquella maldita finca. Paró el motor de su Chevy Coupé color burdeos, encendió un cigarrillo y esperó. Poco después, un coche apareció tras la curva que tenía delante de sí y, aminorando la marcha, entró en la finca y paró tras cerrarse las puertas. De él salió un tipo bajito, embutido en un traje con coderas y, abriendo los brazos, agarró a dos pequeños críos que corretearon hasta él desde detrás de unos arbustos. Sailor se vio empuñando el revolver que tenía en la guantera y así alojarle un par de balas en la cabeza. Se imaginó a sí mismo de pie, con el cadáver de aquel tipo en el suelo humeándole el cráneo, atravesándole los tímpanos el llanto de esos estúpidos niños y con todos los matones de Marietta rodeándole segundos después.

Sailor quizá se lo pensó dos veces. Cerró la guantera, apuró la colilla que quemaba sus labios y, arrojándola por la ventanilla, chasqueó la lengua y arrancó el coche saliendo de allí a toda velocidad. En ese momento, Lula llegaba hasta su marido para darle un buen beso cuando le pareció ver la manga de una chaqueta de piel de serpiente asomando por la ventanilla de un Chevy del 74 color burdeos que arrancaba para perderse en el horizonte, una chaqueta de piel serpiente que en un momento de su vida fue símbolo de la individualidad y de la fe en la libertad personal de un tipo que en algún momento la consiguió transportar más allá del arcoiris.

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