Un as en la manga

Sientes frío
y no hay manta que arrope
ni cama que consuele
lo suficiente
para cerrar viejas heridas,
para pensarte dos veces
si levantarte
o esperar en ella
hasta la mañana siguiente.

Los días son tan cortos
como largas las noches.
Te faltan estrellas que contar,
postrada en el quicio de la ventana,
consumiendo horas de sueño,
cigarrillo tras cigarrillo,
con la radio
puesta bajita
en una esquina de la habitación.

Tienes la certeza
de que dios te odia,
pero tú le odias a él.
Te pisas las ojeras,
con la muerte tatuada en la cara,
de camino a la oficina,
pensando que quizás
otro diluvio universal
lo cambie todo.

Entonces descubres
una agradable sonrisa
que te mira,
desde unos tímidos ojos,
acercándose a ti
en algún lugar,
lejos de tu cueva,
al que te convencieron para ir
con no muchas ganas.

Descubres que,
sin darte cuenta cómo,
tenías un as en la manga
y has devuelto la sonrisa.
También algunas noches
pueden ser cortas.
Dios te seguirá odiando
pero poco importa lo que se le antoje.
¿O no?

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