Hueco y hondo, casi breve

Sus dedos jugueteaban con ella como quería, estaba completamente acorralada, dominada y sometida al placer de su propia voluntad. Sentada en la cama acarició sus piernas y consiguió deshacerse de las medias sin demasiado esfuerzo. Subió lentamente hasta el cuello y descubrió su pecho ante la imposibilidad de contención de los botones de la blusa. Su mano ahora dibujaba círculos sobre toda aquella piel morena erizada. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta y de vez en cuando se mordía los labios queriendo retenerse a sí misma. Se había soltado el pelo, mechones oscuros caían sobre sus hombros medio desnudos, con uno de los tirantes del sostén colgando a media altura del brazo. Su mano seguía recorriendo la espalda hasta que el broche del sujetador saltó y quedó sostenido casi únicamente por aquellos pezones erguidos y duros. Contuvo la respiración un momento hasta que soltó el aire, tímidamente, dejando escapar un gemido hueco y hondo, casi breve, cerrando de nuevo los ojos y mordiéndose la boca. Los dedos entonces volvieron, siguiendo su habitual recorrido, hacia las costillas, arqueando la espalda, y subieron de nuevo y sin prisa, primero hasta el cuello y luego hasta la barbilla. Los humedeció con un poco de saliva, tocó la punta de su lengua suavemente y saltaron mecánicamente al calor de su entrepierna, despacio, entreteniéndose con cada una de las formas que iba encontrando, entrando suavemente de vez en cuando, aleatoriamente, con la quietud de una chiquilla que lo hace por vez primera en la oscuridad de su cuarto al abrigo de las sábanas limpias y frescas que mamá le habría puesto aquella mañana. Pero su mano no era la inexperta de entonces y supo bien qué hacer y cómo debía ejecutarlo. Volvió a salivarse los dedos, paladeó el sabor del sexo con calma y volvió a perder su tacto entre los pliegues de su propia carne arremetiendo sin tanta suavidad como antes. Poco a poco empezó a estremecerse sin poder aguantar ya la respiración y finalmente se corrió con las piernas entrecruzadas.

Media hora después se descubrió a sí misma dormida sobre la cama, medio desnuda, con el móvil junto a la almohada y el mensaje aún abierto que le había mandado el tipo que había conocido aquella misma noche unas horas antes. Se terminó de quitar la ropa, se metió entre las sábanas y al poco se había dormido. Mientras tanto, a unas cuantas manzanas de allí, su exmarido apuraba la sexta copa de la noche contemplando el infinito a través del espejo que había tras la barra del bar en el que había decidido perder la conciencia.

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