El señor león y los chimpancés juegan a la comba con las serpientes

Las calles están llenas de serpientes, se esconden debajo de los coches, entre las ruedas, embutidas en los tubos de escape o simplemente tras las aceras, esperando atentas a que pase alguien para enroscarse a alguna de sus piernas y morderle las ingles. En las farolas, a ciertas horas, se pueden ver chimpancés columpiándose. Sólo bajan de allí para asaltar los carritos de la compra de las ancianas que vuelven de saquear los economatos y, con un poco de suerte, hacerse con los plátanos importados de Sudamérica, que son más baratos que los de las Canarias. También hay cebras y se especula con la existencia, aún sin confirmar, de una especie de oso con un exceso de cariño hacia ciertos árboles y arbustos como los madroños, pero nadie ha visto a ninguno de los dos.

Por la noche los cuervos y las lechuzas se asoman desde las ventanas más altas esperando embriagarse con la sanguinolenta carroña que pueda haber tirada en la calle, con un ojo puesto en la presa y otro en el chimpancé de la farola de enfrente por si éste cae y se parte el espinazo y tener así dos tajadas. Las liebres hacen su agosto por los parques de la villa, arrastrando sus conejos entre las hebras de hierba húmedas por el rocío de la madrugada. El señor león, rey de la selva, inverna bajo el puente de los franceses todo el año hasta el 28 de diciembre, cuando madruga y bien temprano sube por el paseo de Extremadura hasta la Casa de Campo donde atiende la centralita colapsada de las impertinentes llamadas de los chimpancés que se descolgaron de las farolas para coger el teléfono y preguntar por él. Pero al señor león, el rey de la selva, no le importuna, es más, ofrece sus recuerdos más íntimos a las familias de los simios. Una vez al año y coincidiendo con ese día, las hienas se tronchan de risa con las ostias que los chimpancés se pegan al bajar en tropel de las farolas para ir corriendo a los locutorios y esperan ansiosas a que el señor león termine de engullir sus simias carnes al salir de los mismos para rebañar sus huesos, descojonadas. Las serpientes mientras tanto siguen a su bola entreteniéndose, cuando no pasa nadie, con las ratas que salen de las alcantarillas, gordas como elefantes de devorar las cucarachas que habitan en las vías del Metro. Correteando por tejados y azoteas están los machos de las cabras persiguiendo como locos a las hembras de los pollos, que se arrejuntan en corrillo junto a chimeneas y aparatos de aire acondicionado para marujear. Su mayor diversión (la de los machos de las cabras) es sentarse sobre ellas y esperar a ver que ocurre. Gracias a dios la genética no permite que la cosa vaya más allá.

El mundo se ha vuelto loco y la ciudad, por ser de asfalto y hormigón, no es menos jungla que la selva. El universo entero parece haber perdido la cabeza y yo el primero cuando al anochecer busco los riscos más altos y allí aullar a la Luna que te quiero.

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