Por un dolor de muelas

Había cierto olor a podrido pero nadie parecia percatarse de ello. Al otro lado de la sala estaba sentado un chaval con una camiseta a rayas de manga corta, mirándose el biceps y chasqueando la lengua. A su lado, una chica algo más joven, rubia, con el pelo largo y liso, delgada, con unas bonitas tetas y la vista perdida en algún lugar del techo, apoyaba su mano de trapo en la rodilla del chico suspirando aburrimiento. Debía esperar un rato largo hasta que llegara mi turno y extender un cheque a nombre del doctor. Alargué el brazo y enganché la primera revista que alcancé. "Qué me dices". Una tal Nuria Ber aparecía en portada con unas enormes gafas de sol. También ésta tenía unas buenas tetas. Dejé la revista. La mujer de mi derecha tenía una revista parecida, con fotos de gente guapa y famosa cuyo único mérito había sido salir en televisión. Aparté la mirada. No había nada que hacer, tan poco que el tema de coger aire y expulsarlo dejaba de ser algo mecánico, cogía el aire y lo suspiraba y el edor seguía siendo el mismo. Debíamos ser 15 personas en una habitación de 9 metros cuadrados y tenía que esperar mi maldito turno.

Llevaba media hora ya, todavía no había asomado la cabeza por la puerta la maldita enfermera que pasara al siguiente paciente y debía tener delante al menos cuatro individuos, todo por un empaste que debía financiar con la hipoteca de un riñón. Era casi mediodía y el calor comenzaba a apretar allí dentro. Quería adelantar el tiempo, quería reventar la clínica y quería follarme a la novia del crío, a ella casi la doblaba en edad y a él en peso. Su movil no paraba de sonar constantemente, cada vez con un ruido distinto. Mierda de niños y mierda de dentistas, le sacaría los dientes a la enfermera por tenerme aquí retenido. El culpable, un dolor de muelas, que anoche traté de aliviar con algo de licor y hielos para terminar borracho en el sofá mirando sin ver la televisión lamentando que se me acabara la botella de Grand Marnier que alguien me había regalado.

Hecho un vistazo a la habitación y me paro en una lámina enmarcada en la pared, rellena con trazos uniformes azules y grises y puntos amarillos. El arte es de locos, alguna vez me han dicho que estoy loco, pero no soy ningún artista. Entra un señor mayor y se sienta en la fila de la derecha, le acompaña la enfermera y la pregunto cuando voy a pasar. —Tiene delante cuatro pacientes— responde. Y sale de esta cámara de gas cerrando la puerta. Cruzo las piernas, me miro las manos, son grandes y huesudas con venas anchas marcadas en la piel, jugueteo con ellas hasta que me percato de la mirada horrorizada de la mujer de al lado. Paro. Vuelve a sonar el movil del chaval pero con otra melodía, esta vez debe ser un mensaje.

No llevo reloj pero deben ser ya las tres de la tarde. No puedo más, a tomar por culo el dentista, me rindo. Salgo de la clínica sin cruzarme con nadie, las puertas se cierran tras de mi y bajo hasta la calle, subo al coche, abro las ventanillas, enciendo el motor y enfilo hacia mi casa. Aparco, entro, abro la nevera, cojo una ceveza, me desnudo, descuelgo el teléfono para que nadie me incordie, enciendo la tele y me tumbo en el sofá. Cambio de canal y dejo una peli de vaqueros. Es viernes y probablemente la temperatura fuera debe ser de 35 grados, pero mi cerveza está fría y la muela de momento ya no me duele, podré conservar los dos riñones por algún tiempo más.

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