A mis casi veinte y diez…

Los muertos como yo no escriben poemas, ni trabajan en fabricas inhumanas ni fuman con o sin tabaco, no duermen de medio lado ni se van de viaje donde habita el olvido, ni siquiera nadan en el mar muerto. Los muertos no se empalman al amanecer, ni se acatarran con los hielos de los cubatas ni beben hasta morir después de que el gallo cante por tercera vez ni, tampoco, hacen que la aguja del velocímetro del coche tiemble al recostarse a la derecha del mismo. Pero, como dijo San Sabina, ¿a quien le puede importar después de muerto que uno tenga sus vicios?. A los muertos todo se la suda, porque ya pasaron a mejor vida, es lo que tiene, pero aun así mantienen esa nostalgia volátil de cuando todavía tenían venas y sangre que circulara por ellas, echando de menos aquello que con el tiempo empiezan a creer que estuvo de más. Eso nos pasa a los muertos, que tardamos en darnos cuenta de nuestra condición de no-vivos, de que aquello acabó y si seguimos aquí es de prestado. Una copa, un cigarro y algo de buena compañía no hace daño a nadie, menos si estás muerto, cuesta asumirlo (no la adicción al tabaco o al alcohol, sino lo de estar muerto) pero una vez reconocido tiene su lado bueno, nada malo puede pasarte ya. Ese es un consejo que nadie me dio pero que no hubiera estado nada mal: vive tu vida como si ya estuvieras muerto.

Esto dicho así, de aquella manera, guarda cierto parecido con lo de vive como si cada día fuera el último, pero sin la amenaza de palmarla antes de despertar. Si sigues vivo lo menos que puede pasarte al oír esto es que tengas pesadillas como cuando viste Poltergeist (del alemán poltern, hacer ruido, y Geist, espíritu) por primera vez con 9 años, pero no es mal consejo después de todo. En mi caso, ahora que soy consciente de mi muerte hace unos años, empiezo a saborear —siempre he tardado en adaptarme a los cambios— mi condición de no-vivo y, por extensión, la calma de falta espiritual (los muertos carecen de esos 27 absurdos gramos de órgano y se agradece). Se nace y se muere —solo— y vas del coño al hoyo casi en un abrir y cerrar de ojos, cuando quieres volver a abrirlos ya ha pasado, se acabó. Después el camino es largo y la adaptación jodida, como subir un ocho mil, pero la perspectiva que se alcanza al llegar a la cima es más grandiosa si cabe: es colosal. Sentarte a esperar que el inmaterial bello de tu cuerpo ya inexistente se erice con la visión universal que tu nueva condición te proporciona es un orgasmo brutal no apto para universitarios, diabéticos o cualquier otro grupo de riesgo. Sírvete una copa y brindemos por ello, muerto se vive mejor, o al menos se vive.

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