A las pipas les gusta los 40 Principales

Estaba anocheciendo. Una familia de pipas de girasol cruzaban toda Guadalajara, casi desde Soria y hasta la Alcarria, amontonados todos los miembros en un hueco del salpicadero de un Seat 127. Un poco más arriba, en el cielo, una luna llena y enorme seguía de lejos la mirada de Carlitos, un crío de apenas 5 años. En estos tiempos, las pipas de girasol tienen muchas salidas profesionalmente hablando: el pan multicereales, los productos cosméticos, piensos avícolas o como ingrediente secreto de salsas, estofados y ensaladas. Pero entonces, el ser chupadas, peladas, masticadas y devoradas por homos dos veces sapiens era su final más glorioso y probablemente al que todas aspiraban. En la radio del coche, que conducía el papá de Carlitos, sonaba “por qué te vas” en los 40 Principales. Por alguna extraña razón, a las pipas de girasol, que eran unas saladas, les encantaban los 40 Principales y deleitarse con Serrat, Ana Belén, Jeanette y Miguel Ríos.

En algún momento de esos viajes, a la familia de Carlitos le gustaba saborear un puñado de pipas de girasol, y entonces se ponían como locas, saltando y empujándose entre ellas, acicalando su cáscara. Carlitos era muy pequeño y no sabía pelarlas, hasta entonces siempre lo hacía su madre, pero aquella vez en la que volvían de la sierra, con esa enorme luna correteando por encima de los cables del tendido eléctrico, decidió intentarlo él mismo. Su madre le dio una pipa de girasol, tan contenta ella que casi no cabía en sí misma de la emoción, aguantando la respiración para no reventar la cáscara. Entonces Carlitos se puso a ello, tratando de abrir la pipa a dos manos, con sus diminutos dientes de leche, pero la pipa se escurría y cuanto más tiempo pasaba más húmeda estaba, más se resbalaba y más difícil se hacía sacar la semilla de su cáscara.

La pobre pipa de girasol intentaba ayudar a Carlitos en su tarea inhumana pero, con tanta saliva sobre sí misma, su corteza se había vuelto elástica y flexible y no era capaz siquiera de abrir una pequeña hendidura en alguno de sus vértices para salir de allí. Carlitos lo intentó todo, mordisqueando como pudo cada borde, incluso llegó a metérsela entera en la boca. No funcionó, su sabor dejó tanto que desear que, enfadado por no poder pelarla y degustar su sabrosa semilla, accionó el mecanismo de apertura de la ventanilla trasera izquierda y la dejó caer al exterior.

No hubo pasado más de 5 minutos cuando Carlitos empezó a pensar en la pipa de girasol, la que había dejado abandonada a su suerte carretera atrás. Se puso de rodillas sobre el asiento y miró por el cristal de atrás, viendo perderse en la oscuridad las rayas blancas de la carretera. Pudo ver también cómo la luna se había quedado a lo lejos con gesto de desaprobación, dejando ya de seguirles, y empezó a ponerse triste; oía a sus otras amigas, pipas de girasol como ella, tarareando felices las canciones que sonaban en la radio, ignorando su pérdida.

Carlitos volvió a sentarse y empezó a pensar en la oscura y solitaria cuneta de la carretera. Imaginaba a esa pequeña pipa corriendo a saltitos cortos, siguiendo el rastro de un Seat 127 amarillo, y la veía cómo al fin quedaba exhausta, sentada sobre una china de gravilla y tiritando de frío sin saber qué sería de ella a partir de entonces. Y fue entonces cuando Carlitos se echó a llorar, arrepentido, pidiéndole a su padre entre sollozos que diera media vuelta porque una pipa se había “caído” del coche en marcha y debían recogerla, porque estaba triste y sola sin ellos.

Lo que fue de aquella pobre pipa nadie lo sabe con certeza. Se rumorea que, poco después del amanecer, tras aquella noche tan fría, se encontró con un risketo que andaba en sus mismas condiciones y juntos caminaron hasta el pueblo más cercano donde, en un bar, echaron mano de las páginas amarillas para dar con sus respectivos familiares. Llamaron a uno y a otro pero, como no andaban bien de suelto para hacer todas esas llamadas (porque los apellidos eran muy comunes y, por lo tanto, las posibilidades de acierto eran muy reducidas), decidieron plantarse para crear todo un campo de girasoles y risketos con los que costear las conferencias.

La pipa consiguió con éxito germinar unos cuantos girasoles magníficos, no así el risketo, inconsciente de su carencia genética como semilla, lo cual les entristeció a los dos, uno por incapacidad y la otra por solidaridad. Sin darse cuenta, con todo ese tiempo que habían pasado juntos, se habían enamorado el uno del otro. Se lo pensaron de todas formas, haciendo largas las noches, pero al final decidieron vivir su vida independientemente del destino de sus respectivas familias; siendo felices, comiendo perdices y engendrando (esta vez empujando) toda una camada de aperitivos salados que hoy se conocen con el sobrenombre de “cóctel de frutos secos”.

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