El ático de Dave

Dave estaba allí, tumbado, tranquila y plácidamente, con los ojos entreabiertos, contemplando las estrellas. Dave había bebido y era feliz, se preguntaba cómo podían verse tan claramente desde la ciudad, cómo hasta allí abajo llegaba el brillo de todos aquellos astros, atravesando la densa boina de contaminación que flota sobre Madrid. Y mientras Dave pensaba en las estrellas y en el misterio que escondía la eterna noche del cosmos, haciendo tan pequeños a los hombres en particular, y a los seres que habitan el planeta Tierra en general, pensaba también sobre la vida, en el giro de 360 grados que acababa de dar el guión que controlaba cada uno de sus pasos. Dave estrenaba trabajo, un puesto de responsabilidad bien remunerado, grandes posibilidades, buenas vistas y todo eso; el trabajo de su vida. Pensaba también en sus buenos pocos amigos, en sus coñas, en lo reconfortante que es quedar con ellos de vez en cuando para pegarse una buena cena, y charlar entre cervezas, reírse, devorar unas costillas y tomar unas copas después buscando escotes interesantes, como aquella noche, una buena noche con nombre de mujer; Carmen… Carol… Cristina… no recordaba su nombre pero estaba seguro de que empezaba por la letra C, al menos tenía su número del móvil. Dave había conocido una mujer al fin interesante, y sentía que su compañía en aquel momento hubiera sido un gran final para aquella noche, estando los dos tumbados, uno al lado del otro, con el leve roce de los brazos, con ese bienestar inducido por las copas que habían compartido entre risas, historias y algún que otro baile. Dave, desde allí abajo, podía dibujar mentalmente la sonrisa de Carmen, Carol o Cristina, uniendo simplemente algunas de las estrellas que el cielo de Madrid podía mostrar, con una línea imaginaria, como hacen los críos en los cuadernos de dibujo con los puntos numerados. Era agradable tener en quien pensar en un momento como ese, era bueno tener ciertas expectativas no sólo sexuales, ahora que todo parecía enderezarse, con alguien como Carmen, Carol o Cristina, pero era aún mejor tener su número para poder llamarle al día siguiente e ir a tomar un café, en alguna terraza al sol de media tarde, y seguir contemplando aquella bonita y graciosa sonrisa con un hoyuelo a cada lado.

Dave estaba tumbado, ebrio, mirando las estrellas, como dentro de poco haría desde la terraza de su futuro ático, y pensando en la vida y en la chica que había conocido esa misma noche, oyendo los coches pasar cerca de él, oyéndoles pitar a algunos de ellos, y empezó a sentir frío, un frío húmedo que penetra en la ropa, atraviesa la piel y llega hasta los huesos. Le pitaban los oídos, con el murmullo en el cerebro del estribillo de alguna canción pegadiza, y le dolía la cabeza, sentía sus propios latidos en la nuca, y empezaba a ser molesto. Tenía el pelo alborotado, sobre la cara, y estaba también húmedo. Dave sentía la humedad en la cabeza y de repente ya no era todo tan cómodo, quizá fuera el momento de irse a dormir. Quiso levantarse de allí pero no tenía demasiadas fuerzas, resbaló y volvió a su postura inicial. Los coches seguían pasando y pitando y entre ellos apareció un sonido nuevo, distinto a las bocinas de los coches, parecía una sirena, más de una ambulancia que de una patrulla de policía, que paró no muy lejos de allí. Eso borró de un plumazo los puntitos que las estrellas dibujaban sobre el firmamento y Dave se incorporó de nuevo como pudo, aturdido por una luz brillante, quedando sentado en el suelo, y sintió cómo también le dolía el resto del cuerpo. Se apartó el pelo de la cara, se atusó un poco la melena y quedó la humedad del cráneo entre sus dedos, una humedad extraña, familiar a la vez. Miró sus manos empapadas y le parecieron estar manchadas por un rojo espeso y oscuro. Dave estaba tirado en mitad de la calle, sentado en el borde de la acera, los coches ya no pitaban y, que él supiera, aún no llovía sangre del cielo.

Nota del autor: La ambulancia llevó a Dave hasta el hospital, afortunadamente sólo fue una brecha de 5 puntos detrás de la oreja, únicamente eso. Carmen, Carol o Cristina resultó ser Clara y con ella ya no sólo toma cafés, las mujeres de carne y hueso son más interesantes y excitantes que cualquier alucinación fantasmal. De hecho, con su nuevo sueldo, está buscando cambiarse a un piso más grande y céntrico y ella le acompaña a verlos. Además, tienen pendiente ir un día a comer a casa de los padres de Dave para que estos conozcan a Clara, su madre hace unas perdices estofadas que están de muerte.

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