Premio

Hasta aquella noche nunca pensé que nuestros nombres pudieran aparecer en la misma frase, puede que sin premeditación pero sí con mucha alevosía, estando la palabra beso entre ambos. Llamadme ciego. Debe ser algo así como agacharte a atarte los cordones de los zapatos en mitad de la calle y encontrar, junto a tu pie, un billete de lotería con el agravante de estar premiado. Besos hay tantos como papeletas vacías invitándote a seguir jugando, pero encontrarte un billete premiado es algo que no suele pasar, y cuando pasa lo coges sin más, y lo miras, lo revisas y levantas la vista en derredor sonriendo porque sientes que el mundo puede no ser tan malo como parecía. Algo así puede cambiarle la vida a cualquier ciego imbécil.

En ese instante puede producirse un momento de incertidumbre, te asaltan las dudas y te ocultas tras un semáforo escudriñando el trozo de papel creyendo que vas a ser capaz de encontrar algo, pero la fecha es correcta, la impresión es buena y el número es el mismo que anuncian como premiado las administraciones. Y entonces sientes un calor que sube, que quema tus pelotas y te llega hasta la coronilla por detrás de las orejas, haciendo palpitar sus lóbulos; sientes la necesidad de una cerveza bien fría y te acercas hasta el bar más cercano, pides una con la mano mientras con la otra en el bolsillo acaricias el billete, tienes la certeza de que ese trozo de papel es bueno. Te sirven la caña, la tomas entre tus dedos y ves tu futuro en ella, teñido de rubio a través del vidrio, como esas burbujas que suben hasta la incipiente espuma que se amontona en la parte superior del vaso. Te la bebes como si tu vida se fuera en ello, manchada la nariz con esa espuma que sabe a cebada y a victoria y pides otra por regocijo propio, porque te sientes el heredero de la tierra, el descubridor del santo grial, el depositario de conocimientos milenarios que los dioses guardaron a buen recaudo hasta encontrarte. Te sonríes desde el espejo al otro lado de la barra, sabes que tienes ese billete que te da acceso a los más íntimos secretos de la humanidad, porque es tuyo y sólo tuyo y esos ojos que suspiran lo hacen por ti. Sin saber muy bien cómo eres el ser más afortunado sobre la faz de la tierra y las yemas de tus dedos sienten el tacto de las mejillas cuya propietaria no es otra que la misma cuyo nombre aparece en esa bendecida frase que comparte con el tuyo la palabra beso entre medias. Ese billete no es un trozo de papel, sino una pedazo de mujer cuyas piernas la traen de vuelta del excusado de pintarse los labios, una mujer que puede devolverle la vista a cualquier imbécil y cambiarle la vida, y esa mujer viene directamente hacia mi, abriendo la boca para recibir uno de los muchos besos que sin duda nos recogeremos. Feliz día del resto que nos quedan.

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