¿Y qué saben de amor las palomas?

Con el grito en el cielo y las uñas clavadas en su espalda dejó escapar un último gemido antes de correrse. Sus caderas se revolvieron apretándole la cintura entre sus piernas y él también hizo lo propio animado por las contracciones de su vagina. Hacía un calor terrible en esa oscura habitación que olía a marihuana y a sexo. No hubo abrazo ni beso. Ella se levantó y fue al baño. Él se apartó, se limpió con las sábanas, encendió un cigarrillo y se incorporó para fumárselo en la ventana. Desde allí podía ver el escaso tráfico de la madrugada y su coche mal aparcado, tirado en la acera como si hubiera sido fusilado, acribillado por una banda de palomas diarreicas. Este podría haber sido un buen comienzo para alguno de los temas que estaba grabando de su nuevo disco, pero no gustaba de mezclar vida y trabajo aunque su trabajo le costaba a veces llevarse a alguna a la cama. De pequeño siempre había sido un chaval tímido y reservado, cuando llegó el momento de salir de copas y ligar con mujeres con sus amigos bien prefería quedarse en casa escuchando buena música para después ver el canal plus codificado pija en mano. De las telarañas en los calzoncillos ya se encargaron años después y sin mucha dificultad las niñas que iban a sus conciertos. Eso no estaba mal, qué diablos, pero seguía estando tan vacío por dentro como antaño; fuera del dormitorio, el backstage o el asiento de atrás de su coche no había mucho donde rascar. Ahora le picaba algo, pero no era bajo la bragueta, sino un poco más arriba, tras las costillas, y aquello que fuera que le picara bombeaba con más fuerza cuando estaba con ella y, aún sin estar a su lado, simplemente al ver en la pantalla de su móvil el número de teléfono de ella parpadeando al mismo ritmo. Y aquella noche, fumando ese cigarrillo en la ventana, los latidos de ese estúpido órgano oculto tras las costillas inundaban sus sienes porque ella volvía a estar allí, en su cuarto de baño, y no sabía cómo decirla lo perdido que estaba sin ella después de haberla encontrado. Ideó una y mil frases que decir cuando abriera aquella puerta, como ocurriera todas las veces que la convenció para ir a su apartamento, y cuando salió del excusado sólo pudo dejar salir un tímido quédate a dormir de su boca. Eso ya era más de lo que podía haber esperado decir. Quiso haber añadido un me gustaría al principio pero se le quedó entre los dientes, maldita cobardía la suya. Ella se le acercó, desnuda todavía, le rodeó el cuello con sus brazos y besó su cuello. Deseaba que me lo dijeras se oyó susurrar. Y al otro lado de la ventana, no muy lejos, un par de pisos más arriba, sobre un mosaico de tejas pardas, una paloma se acicalaba con el pico bajo su ala izquierda, después de relajar su esfínter sobre un ZX del 89 que parecía blanco, antes de caer en un reconfortante sueño.

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