Termodinámica aplicada

Una mala racha que había que pasar supongo. Mi mujer me había dejado, —¡…harta de compartir lecho con un extraño!— me dijo la muy golfa por dedicarme casi en exclusiva a mi trabajo. Y en mi trabajo, al que me dedicaba casi en exclusiva, no resulté ser alguien lo bastante importante como para ser imprescindible, o así concluyó mi responsable en una reunión extraordinaria, junto con otros tantos directores ejecutivos más de departamento, en la que rodaron unas cuantas cabezas a parte de la mía. Con viento fresco me mandaron, una mala racha como decía, y con él me fui tan lejos como me pudo llevar, el viento y el finiquito. Cambié el despacho por la zona de embarque de la T4, el portátil por un periódico gratuito y el menú del día del bar de enfrente por el que servían en primera clase del Airbus, con alguna copa de tinto entre cabezada y cabezada.

Todo parecía obedecer a un plan maquiavélico, a un proceso metafísico del que algún ente, divino probablemente, organizaba a su placer. Si así era, me encontraba entonces en lo que podía ser la primera fase del mismo, la de “adaptación al medio” pongamos, porque durante las quince horas siguientes recorrí miles y miles de kilómetros sin moverme del asiento, viendo pasar la orografía de medio planeta por una ventanilla que bien podía ser pantalla. Pronto me di cuenta de que no era yo el que se desplazaba, sino el mundo el que giraba bajo mis pies. De que no era yo el despedido, sino mi empresa la expulsada de mí, al igual que mi mujer, de la misma forma que excreciono tras un buen desayuno. No era yo pues el que viajaba sino el entorno, mutando el exterior del habitáculo de aluminio, titanio y fibra de vidrio, construido con el fin de preservarnos a mí y a la otra larga centena de individuos que me acompañaban, de las turbulencias de un medio ajeno e impredecible que no soportábamos, que no queríamos para nosotros. Yo era pues el medio.

Tan pronto como Narita fluyó dentro de mí empezó la segunda fase, algo como una “transformación metabólica”, en la que el organismo muta su materia en energía. Como ya dijo en su momento un tal Lavoisier, ésta ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto me llevó hasta una estrecha cama del Tokyo Grand Palace, donde la sinestesia del jetlag acabó por abrirme el mueble bar de la suite, sin nada que ofrecerme más interesante que lo que las calles me podían brindar. Calé pues, tras calzarme unas ropas adecuadas que disimularan mi actual proceso termodinámico, en un pequeño pub del distrito de Guinza donde, escaleras abajo, me apropié de una rubia de cuello estrecho y culo ancho. Allí guiñé el ojo a una cajita de cerillas que encendió unos tantos marlboros europeos que llevaba conmigo y, con nuestro pobre inglés, conversamos camarero y servidor hasta que el cierre se nos echó encima y nos fuimos a tomar otra, amigos ya, a Roppongi Hills.

Una vez allí, he sentido la necesidad de detener el proceso, unos segundos tan sólo, para evaluarlo. Tras un análisis exhaustivo he concluido que todo va según lo planeado. Me encuentro metido de lleno en esta segunda fase, metabolizando los etiles por las esquinas al relajar la cuadratura del círculo vicioso con un masaje a mi organismo, sintiendo en la misma espina dorsal pezones tan duros como ladrillos que me aguijonean el alma sin dolor alguno. La metamorfosis continúa por ende su lento proceso, desgarrándose la carne de mis huesos, al evaporarse cada una de las células ya inertes, y desmaterializar así mi cuerpo. Me sirven un Black Label de 12 años tan cargado que necesito coger aire tras ingerirlo. Arde una garganta que en un corto espacio de tiempo dejará de pertenecerme, de la misma forma que el resto de órganos, conductos, músculos, cartílagos y demás componentes metafísicos, dejaron ya de responder a mis impulsos nerviosos como paso previo a la pérdida de los mismos. Por suerte, acabo de sentarme en el reservado de mi alma donde, tras el vidrio de mis aún materiales retinas, una preciosa diosa de ojos rasgados se mueve, dobla y desdobla con tan sólo un minúsculo trapecio de tela, que apenas cubre su rasurada pelvis, y una barra vertical que se eleva; pero no sabría decir si delante, detrás o a través de ella. Dios, como ente inmaterial que es, parece estudiar mi proyecto, sometiéndolo a su estricto control analítico de calidad.

Cientos de destellos plateados recorren la estancia, en sentido contrario a las agujas del reloj, deteniendo la maquinaria de lo que todavía se llama mundo. El proceso de metamorfosis parece ralentizarse y, sorprendentemente, de la nada surge una erección carnal, quizá como resultado último de la ultramorfosis, mientras todo lo demás desaparece. Sorbo un trago espiritual de mi escocés, respiro y un billete materializado en celulosa se desliza desde mi cartera hasta la goma de ese divino tanga que poco después se desentiende de las caderas que lo sostienen. Todo un pase que muestra ante mis ojos hasta el mismo monte Sinaí. Un paisaje en el que, tras el pegado de su chicle sagrado en el objetivo de la videocámara de vigilancia, me sumerjo, metafóricamente hablando, a pleno pulmón. Buceo despacio y sin oxígeno a penas, pues ya no lo necesito, encorvándose ésta, como si una estaca atravesara su maldito corazón. Cabalgando juntos por estas y otras dimensiones, despojándonos de todas las partículas enlazadas, liberamos al final nuestra energía con tal poder que la luz se reparte hasta los rincones más recónditos del espacio/tiempo. Ya no somos nadie, somos nada, átomos independientes disfrutando de la emancipación incontrolada de electrones, con todo un universo corrido y recorrido hasta encontrarse de nuevo en el polvo cósmico de alguna galaxia reventada por los excesos. Ha tenido lugar la tercera y última fase: “liberación de la energía”.

Conclusión

Tras todo aquello, el proceso quedó completado. No quedó ni rastro alguno de cualquier molécula que formara parte de mi cuerpo antes de la saponificación. Yo era energía y sólo energía, fluyendo por las calles de la gran ciudad sin obstáculo alguno. El alcohol manaba en mí como yo en él, siendo los bares simples coordenadas de diferentes dimensiones. Dimensiones paralelas, enlazadas y conectadas como lo hacen los taxis de las grandes urbes. Lo último que recuero es abrirse por sí sola la puerta de atrás de un coche de servicio público. Fue el que me trajo de vuelta, cual hilo conductor, hasta una cama minúscula (el tamaño ya no importaba) del hotel Tokyo Grand Palace, a medio camino entre el cielo y la tierra, puesto que era una planta vigésima sobre el asfalto.

Al día siguiente la materia había vuelto, el tamaño de la cama sí importaba y la energía se había disipado produciendo una gran jaqueca en consecuencia, pero eso ya es otra historia.

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