El tranvía de Gante

Aquella noche le costaba conciliar el sueño, había sido noveno al sprint en la etapa de aquel día y eso era buena señal. El Giro acababa de empezar y este podía ser su año, por la carrera y por todo. Sentía cómo aún la sangre hacia palpitar sus piernas, casi tenía más ganas de salir a correr que de echarse a dormir. Acababan de poner en la tele la peli de Trainspotting, doblada lamentablemente al italiano, y en su cabeza se repetía una y otra vez la misma canción de Blur, pero no lograba recordar el nombre. Echaba de menos a Anne, con quien la vió en una de sus primeras citas coincidiendo con un festival de cine británico. Le llamó al móvil en ese momento pero éste estaba apagado, era ya tarde, y dejó un breve mensaje en el buzón de voz —si mañana cruzo la meta primero le pondremos nombre italiano, te quiero—. Antes de dejar el teléfono quedó inmóvil, contemplándola, tenía una foto suya que le miraba con ojos brillantes desde aquella pantalla táctil, con esa sonrisa tan suya que finalizaba en las comisuras ligeramente inclinadas hacia abajo, pero a pesar de los avances de las nuevas tecnologías su tacto dejaba mucho que desear. Finalmente cayó dormido, tan profundamente que, aunque su cuerpo estaba sobre una cómoda cama de un lujoso hotel de Reggio Emilia, su alma se encontraba junto a Anne, a cientos de kilómetros al norte, en la bella Gante, columpiando a su hija que aun estaba por nacer, en un verde parque de las afueras de la ciudad.

Por allí andaba él con su mujer e hija cuando amaneció y sonó el despertador, teletransportándole de nuevo hasta aquella fría habitación doble de uso individual con una cama enorme y él cruzado a lo ancho de ella. Dio unas cuantas vueltas enrollándose más aún entre las sábanas para quedar con medio cuerpo fuera y bostezó a conciencia. Finalmente se estiró y alargando el brazo hasta el suelo cogió el móvil, abrió un mensaje nuevo, de Anne, y leyó hoy es tu gran día, cómetelos en la meta. Besó el teléfono y se levantó de un salto para caer en la ducha. Dejó correr el agua caliente y permaneció un largo rato quieto, abrazado por los chorros de la columna de hidromasaje. Ese iba a ser su día, su gran día, y después del puerto, cuando estuviera ya abajo a rueda de algún escapado cerca de la meta daría el hachazo. Su hija se llamaría Chiara.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s