Un coleóptero depredador común

Bodo era un escarabajo, un coleóptero depredador común, tan habitual en las calles de la ciudad como muchos otros insectos en los meses de verano. Bodo, así como sus padres, los padres de sus padres y todos los padres de sus padres, que eran unos cuantos, se alimentaba de insectos, lombrices y demás babosas, y toda su preocupación consistía en patearse el parque en el que vivían con el único objetivo de sacar tajada que llevarse a la boca y como mucho algún adorno con el que decorar la parcela. Pero eso no era suficiente para Bodo, Bodo quería conocer mundo y salir de aquel vergel infectado de yonquis, borrachos e inmigrantes, harto de rebuscar entre la basura y la tierra húmeda —que muchas veces estaba mojada sin que hubiera llovido antes—. Bodo ansiaba conocer la gran ciudad, la capital del reino, sacarse fotos con el móvil frente a la Puerta de Alcalá, el Palacio Real, la Plaza Mayor, la fuente de la Cibeles o junto a los hermanos Alcázar en la Gran Vía con el edificio de Schweppes al fondo. Durante mucho tiempo soñó con ese viaje y ahora que era todo un apuesto escarabajo adolescente estaba más seguro que nunca de lanzarse a la aventura y hacer realidad su sueño.

Y así fue, en un todavía templado amanecer de finales de septiembre, cuando agarró su fardo cargado con unas cuantas camisetas y algún pantalón de repuesto, el emepetres repleto de música y una cartera llena de monedas —que se había ido encontrando en los quehaceres de su rutina diaria— y echó a andar, tras dejar una nota a sus padres en una de las patas de la papelera que quedaba justo enfrente del chalé unifamiliar en el que vivían. El sol estaba tan bajo aún que hasta la sombra de una miserable colilla se extendía hasta el infinito, pero eso a Bodo poco le importaba, estaba acostumbrado a las miserias de la oscuridad, y poco a poco llegó hasta el sendero principal que daba al exterior del parque para continuar por él hacia la calle asfaltada que lo rodeaba. El caso es que tardó en llegar, sortear zarpas de perro con ganas de evacuar, Nikes Air trotando y demás aves rastreras cuando debía estar tirado en la cama entrando en el segundo sueño es sumamente complicado, parecía moco de pavo y sin embargo a punto estuvo de volverse a casa, pero aun así se armó de valor y consiguió llegar sano y salvo.

Su aventura le llevó calle arriba, un camino tan arduo y largo que se prolongó durante todo el día. En ese tiempo se cruzó con otros escarabajos que se protegían del calor diurno descansando tras los bordillos de las aceras y las tapas de las alcantarillas y que le seguían con la mirada hasta perderse, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, pero a Bodo le daba igual todo eso, prefería morir en el intento antes que volver a los meados, los árboles resecos, las jeringuillas rotas y la demás basura del parque. Al caer el sol se encontraba tan cansado que pasó la noche resguardado de la intemperie en una lata de CocaCola que yacía junto a una solitaria farola y que, a pesar de ser Zero, su embriagador y dulzón aroma reseco le transportó junto a la piscina de unos apartamentos costeros, en alguna isla de las Baleares, donde restos de cerveza y vómito ponían la puntilla a su ideal paraíso soñado.

Entrada la madrugada, cuando se regocijaba revolviéndose entre los restos mal digeridos de algún tipo de comida rápida empapada en alcohol barato, Bodo sintió un cosquilleo en sus élitros que, aunque suave, le hizo despertarse de su profundo y reparador sueño para encontrarse junto a él una pequeña cucaracha de finas antenas y estilizadas patitas que trataba de entrar en calor haciéndose un hueco a su lado. Extrañado y a la vez enfurecido, Bodo soltó un gruñido tan amenazador que hizo que aquella delicada cucaracha se asustara, corriendo hasta el otro lado de la lata muerta de miedo y, mientras Bodo clavaba sus ojos amenazante a aquel insecto asustado, ella trató de disculparse sin que el miedo le dejara terminar una sola palabra completa. Bodo se sentía incómodo con su extraña compañía, sin duda su mirada le delataba, así que sin más que decir aquella cucaracha salió sigilosamente de allí y Bodo volvió finalmente a quedarse dormido plácidamente.

En cuanto los primeros rayos de sol hubieron recalentado aquella oscura lata en la que había pasado la noche, Bodo salió de allí con las pilas cargadas, probablemente de respirar toda esa cafeína que quedaba ahí dentro, y se desayunó tranquilamente los restos de un durum envuelto en papel albál para después continuar su travesía. Al poco tiempo, unos metros más arriba, dio con un plano del suburbano tirado en el suelo que descubría ante él la enormidad de la gran ciudad. No sabía muy bien en qué parte de aquel mapa se encontraba, pero era sin duda un gran hallazgo. Y allí estaba Bodo, tratando de resolver el enigma del plano cuando oyó, no muy lejos, los gritos de dolor que procedían de una linda cucaracha más negra que el alquitrán de finas antenas y estilizadas patitas. Levantó la vista y la vio tirada en mitad de la calzada a la vez que el enorme semáforo que había en la esquina cambiaba a verde y aumentaba el rugido de los motores de unas enormes máquinas con ruedas. Bodo apretó los dientes, agachó la cabeza y corrió como alma que lleva el diablo hasta aquella cucaracha, la cargó a sus espaldas y con la misma velocidad regresó hasta el borde de la acera justo cuando una de aquellas enormes ruedas estaba a punto de pasarles por encima. Bodo trató de tranquilizarla y le preguntó su nombre. Aquella tímida cucaracha se llamaba Sissi, había llegado hasta allí desorientada, pues gustaba de ensimismarse con cualquier mínimo detalle, y había perdido el rastro de su familia unas horas antes. Sissi agradeció a Bodo su heroicidad con la vergüenza que le daba después de todo haberle despertado la noche anterior y él se disculpó, pues la falta de luz no le permitió ver realmente quién era el maldito insecto que le partía el sueño.

Al final Bodo se ofreció a acompañar a Sissi para buscar a su familia y ella aceptó encantada. Pasaron el día recorriendo las zonas más habituales por las que solían transitar, la puerta trasera del mercado, los cubos de basura, la montaña de palés, el seto de la entrada…, pero después de todo el día no había habido suerte, volvió a hacerse de noche y buscaron un sitio donde refugiarse. Sissi estaba cansada y triste, y para distraerla Bodo se sentó muy cerca de ella y le contó sus planes, todo lo que ansiaba conocer y los sitios que quería visitar. Sissi quedó entusiasmada, de alguna forma le parecía hasta embriagador, tanto que cuando quiso darse cuenta se estaban besando lujuriosamente en la boca, y entonces se apartó —¿cómo una cucaracha como ella podía besar a un escarabajo como aquel?— Bodo se sintió ofendido por el comentario, ¿acaso ella esperaba que con un beso se convirtiera en el príncipe azul? Eso, como saben todos, sólo pasa con las ranas y ellos dos tan sólo eran dos jodidos insectos —aunque atractivos a su manera—. Eso pensaba Sissi, y es que en el fondo Bodo no estaba tan mal —pero que nada mal—, así que se acercó de nuevo a él con su pícara caidita de ojos, le susurró algo al oído y volvieron a besarse mientras la luna seguía su rutinario peregrinaje surcando los cielos en mitad de la noche.

A la mañana siguiente, Bodo y Sissi despertaron abrazados en el interior de un amplia caja de pizza tamaño familiar, una cuatro quesos que embriagaba sus sentidos de tal forma que desayunaron con los fríos restos de la mozzarella, gouda, azul y rulo de cabra que quedaban aún impregnados sin su masa en el cartón. Las deducciones de lo que habían ido escuchado a lo largo de sus cortas vidas les situaban en Tetuán, y Tetuán tenía parada de Metro, así que sin perder más tiempo comenzaron la búsqueda de dicha estación, preguntando a todo aquel insecto que se encontraban en su camino, fuera mosca o fuera araña, hasta que finalmente dieron con ella y accedieron a sus entrañas. Querían ser honrados y comprar un billete de metrobús, pero el esfuerzo de subir hasta la rendija donde se debían insertar las monedas era infinitamente mayor de lo que les suponía pasar por debajo del torno, a parte de que no tenían suelto —tan solo unos billetes de veinte y cargar con las monedas de vuelta era mayor trastorno aún—, así que decidieron colarse pasando por debajo del mostrador y bajar después a escondidas para no ser vistos hasta el andén que les llevaría al mismísimo centro de la ciudad.

Sentados bajo uno de los bancos compartían los auriculares del emepetres, con miradas furtivas que nunca llegaban a encontrarse, a la espera de que llegase ese tren con el que recorrer juntos al menos parte de sus vidas y el cual se retrasaba —pero quién podría decir que esa espera no fuera maravillosa…— De repente, Sissi se dio cuenta de que esa mañana no se había arreglado lo más mínimo y corrió escaleras arriba, con la excusa de unas monedas que habían visto caer, para ponerse un poco de rimel en esos pedazo de ojos que su madre le había dado y pintarse los labios para que la próxima vez que Bodo le mirara se le hiciera la boca agua cuando, a lo lejos, sonó el chirriar de las vías con los engranajes de los vagones y Bodo, hipnotizado por el sonido, se echó perdido hasta el mismísimo borde del andén para verlos llegar y subirse después al vagón que le quedaba más cerca en cuanto sus puertas se abrieron.

Después de aquello sonó un silbato y unos segundos más tarde el tren ya se había ido, el andén quedó vacío y, cuando Sissi volvió nerviosa bajo aquel banco, ya no había ningún coleóptero depredador común con nombre de escarabajo estúpido y un auricular en la mano para devolvérselo con un beso que le quitara la respiración y todo ese carmín que ella se había puesto para nada.

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