El paso del tiempo

Cada vez iba siendo menos habitual, pero aquella era una de las pocas veces que volvían a juntarse. Fue bueno cuando, por el cumpleaños de uno de ellos, se vieron de nuevo las caras en alguno de esos pocos bares antiguos que quedan en los laterales de la avenida del Brasil. Empezaron con unas cuantas cervezas primero y siguieron con algo que las acompañara después, alargando la conversación entre ibéricos, bandejas de calamares, chopitos y un par de raciones de croquetas de jamón. Se contaron sus vidas, rieron y maldijeron, y no se privaron de la exaltación de su profunda amistad, así como del deseo de gritarlo a los cuatro vientos cuando lo creyeron necesario.

El decorado fue acompañado agradablemente por el resto de invitados, entre parejas, restos de amigos y compañeros de oficina, que como mucho profundizaban con un —buen vino este Rioja…— o —¡qué rico es el jamón de Teruel!—. Había pasado algún tiempo desde la última vez, en unas vidas perdidas en la cotidianidad obligada de sus estúpidas necesidades, pero lo mejor fue verse de nuevo a pesar de todo. Tres amigos de toda la vida que, por muchos años que pasaran, lo que ellos compartían, creían que ni el paso del tiempo podría cambiarlo.

Aquel momento, en el que se vieron sus caras, fue el último. La ley de vida, que creyeron rota para ellos, no fue ninguna excepción. La foto en la que salían los tres quedó en blanco y negro, desenfocada, y se perdió para siempre.

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