El paso del tiempo

Cada vez iba siendo menos habitual, pero aquella fue una de las pocas veces que volvían a juntarse y fue buena, cuando por el cumpleaños de uno de ellos se vieron de nuevo las caras en uno de esos pocos bares antiguos que quedan en los laterales de la avenida del Brasil. Empezaron primero con unas cuantas cervezas y siguieron después con algo que las acompañara, alargando la conversación entre ibéricos, bandejas de calamares, chopitos y cazón y un par de raciones de croquetas de jamón. Se contaron sus vidas, rieron y maldijeron y no se privaron de la exaltación de esa profunda amistad ni del deseo de gritar cuando así lo creyeron necesario.

El decorado fue agradablemente acompañado por el resto de invitados entre parejas, amigos y compañeros de oficina que como mucho profundizaban con un “buen vino este Rioja” o “qué rico es el jamón de Teruel”. Había pasado algún tiempo desde la última vez, en unas vidas perdidas en la cotidianidad obligada de sus estúpidas necesidades, pero lo mejor fue lo de verse de nuevo a pesar de todo; podrían pasar los años pero lo que ellos compartían ni el paso del tiempo podría cambiarlo.

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