La última faena de la temporada

A Dave nunca le habían entusiasmado los toros, vamos, lo que viene a ser el toreo y sus lidias; pero aún así, siendo aún un chaval, aceptó de buen grado aquella invitación por San Isidro porque siempre fue de la idea de que todo hay que probarlo… o casi todo. Y es que aún gustándole Goya no le dio más placer la corrida por ser goyesca y habiendo toros de por medio. Lo de que un diestro arranque en gallardía con sólo un capote frente a un morlaco salvaje de más de media tonelada no está mal, pero banderillas, rejoneos y estoques le sobraban. Al final, tras esa corrida, Dave cogió cierto aprecio a los cuernos y desde entonces se alegraba de las cogidas que pudieran salir en los telediarios; porque Dave siempre fue algo retorcido, salió zurdo ya del útero de su madre, tuvo problemas en el colegio y después durante la adolescencia y quizás por ello se sentía más cerca del toro que del torero.

De alguna forma Dave se sentía tan indomable y grueso como uno de esos astados, salvaje y sediento de paz, libertad y buen rollo, como maldito morlaco que era, y creía que por primera vez estaba donde debía estar, que al fin las cosas se habían organizado de algún modo en el que ahora todo funcionaba. Sus amistades, su familia, su trabajo e incluso el amor que ahora retomaba sin creer ya mucho en él estaban bien, había encontrado una buena chica con la que compartir muchas cosas a parte de los amaneceres y un buen trabajo que realizar en su mayor parte desde casa, sus amigos daban buena cuenta de ello. Dave habría vivido mejor o peor hasta entonces, quizás pecara algunas muchas veces de inconformista, pero tras todo ese tiempo pasado se sentía a gusto. De poco le sirvió, su momento le había llegado y ya tenía fecha para su próxima corrida, no se sabe si la última.

Durante largas semanas, Dave se hizo unas pruebas que empezaron por casualidad y terminaron de realizarse por obligación. Al final debía ser intervenido y cuanto antes. ¿El resultado? difícil de confirmar, así de sencillo, porque nunca había visto un matador ni su capote. Visitó diferentes médicos, quiso saber diferentes opiniones para ver si su vida iba a continuar y en qué condiciones, si era posible de restablecer tras pasar por Las Ventas, pero las respuestas dejaron muchas dudas y el pronóstico no fue mucho mejor. Tras aceptarlo a regañadientes, Dave se vio tanto como pudo con todo aquel que quería tener cerca; su chica, sus amigos de toda la vida y algunos compañeros de profesión. Quizás debía servir de algo y de alguna manera fue así, pero desde luego en lo que muchos de ellos coincidieron es que de ésta iba a salir y más fuerte. Con ese concepto se quedó el tiempo que estimó oportuno, no más de un par de días, hasta que se dio cuenta de que le sudaba la polla salir más o menos fuerte, porque flojo o imbécil desde luego no se consideraba. Todos los de su alrededor se mostraban apenados pero al que le estaban tocando los huevos en ese momento sentía que era a él, sólo a él y todos aquellos toros de lidia que estuvieran pasando por lo mismo.

Aunque sabía que no debía hacerlo y pese a las advertencias, una noche Dave se sirvió un buen whisky con hielo, el primero en muchas semanas. Estaba sólo en el salón de su casa, sentado en el sofá, mientras afuera terminaba de irse el sol tras una de esas tardes largas que preceden al verano. Se puso un buen concierto de Simple Minds en Verona que tenía en la recámara mientras vaciaba el paquete de Fortuna y la mitad de una botella con un sello de 10 años que aún quedaba en su mueble-bar. Su ánimo no pasaba por los mejores momentos desde luego, pero por sus cojones que saldría de ésta como de tantas otras había salido antes. “Someone Somewhere in Summertime” le hizo soñar con lo que podría hacer ese mismo verano cuando la última faena de la temporada, un duelo a vida o muerte que tendría lugar en un par de días, terminara saliendo él y no el diestro por la puerta grande.

Y mientras Dave paladeaba los posos del whisky fantaseaba con aquella corrida, que marcaría un antes y un después, y que bien podría ser en el estadio de Verona y no en el de Las Ventas, entre las voces de Jim Kerr y las cuerdas de la guitarra de Charlie Burchill. Sus ojos se iban cerrando por momentos, recostado en ese viejo sofá que quiso dejar en el salón de su piso cuando se mudó, porque la música era probablemente inmejorable y el sofá demasiado cómodo para lo que las tiendas de primera mano ofrecían. Y allí se quedó, poco a poco y dormido por momentos, soñando con un futuro prometedor que probablemente fuera real en cuanto despertara al día siguiente. Dave intentó que eso no pasara por si acaso no se cumplía, como lo intentó cuando vio por vez primera, siendo aún muy niño, la película “La invasión de los ultrapuertos”, pero al final no lo consiguió. Ahora necesitaba descansar y allí se quedó, mañana con un poco de suerte quizás fuera otro día.

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