Un último combate

Agachar la barbilla, subir los puños a la altura de la cabeza y cerrar los codos contra el torso. Esperar mientras esquivas y bailar, moverte para mantener el ritmo y cansar lo que puedas al adversario. Esa es la teoría que bien conoces Dave, como soltar el puño que protege tu barbilla para tantear cuando ves un hueco. Si entra, y notas que su guardia tambalea, entonces lo echas todo desprotegiéndote lo justo. Giras la cadera en seco, iniciando el movimiento desde los tobillos, y encadenas desde atrás una serie de golpes, crochés, ganchos o un codo perdido, cualquier cosa que encaje, para acabar con un buen zurdazo que le tire a la lona.

Pero esta vez es diferente y la técnica que bien sabes no funciona, Dave. Dominas a los contrincantes diestros, pero éste también es de levantarse con el pie izquierdo. No es el primer zurdo con el que te cruzas aunque sí más joven, más definido, más ágil y más sucio que tú. La experiencia es un grado pero con el viento en contra no suma, resta y mucho. Un minuto mientras esperas en tu esquina se hace largo pero tres en el ring, cuando las cosas no salen como quisieras, pueden ser eternos; más cuando no hay nada ni nadie que te sostenga ahí fuera. Ya después del último asalto, sentado en tu esquina sobre el taburete, tus ojos delataban la impotencia, la rabia contenida en un sudor frío que tu toalla no conseguía llevarse consigo.

Volvió a sonar la campana para salir de nuevo y enfrentarte a ese jodido potro, anhelando que en algún momento un centímetro de libertad separe la armadura de su carne, el espacio suficiente para soltar un golpe de gracia que le deje fuera de combate. Pero ese momento se resiste, no llega, y sin embargo son tus piernas, Dave, las que empiezan a flaquear; quizás porque notas demasiado cerca el calor de tu nocaut. Aún así aguantas, con la presión resquebrajando tu cráneo, porque no tienes más elección que la de seguir ahí. Te mueves, bloqueas los golpes que casi ni ves y aprietas la mandíbula. Tanteas un poco, retrocedes y fintas para esquivar el último de sus directos, escurriéndote por la izquierda, sacando de tus entrañas un buen puñetazo que se abre camino entre sus costillas, mientras recibes alguna indirecta por la derecha que te hace echarte atrás y cerrar de nuevo tu guardia. Ha sido un buen golpe Dave, el mejor de los pocos que has podido soltar hasta ahora. Estás solo, nadie grita tu nombre porque nadie ha venido a verte, y sin embargo ahí sigues, soportando el dudoso privilegio del temporal que arrecia sobre ti esta vez.

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