Seres móviles

Dos vidas en dos maletas que al poco de abrirse se cierran de nuevo. Muchos caminos con no menos cruces, entre atascos y accidentes que se van quedando atrás, que por un momento se olvidan al repostar en distintas gasolineras. Lo suficiente para llenar el depósito y proseguir con el viaje para no volver jamás. Querer avanzar hasta la meta para encontrar lo deseado es una buena forma de vivir, pero sólo si se disfruta del trayecto… y acertamos con esa meta. Otra cosa es el precio del peaje, pero siempre hay carreteras secundarias, con las que evadir algunos de los precios que se ven impuestos, y además mejores vistas entre pueblos no menos interesantes muchas veces.

Son miles de millones de vidas, las existentes sobre la única faz tangible de una maldita realidad que es ésta, y sólo a una por barba sin apenas sitio, porque no somos gatos. Y muchas de estas vidas se cruzan, otras tantas se comparten y pocas perduran. Son muchas las vidas perdidas y otras muchas las encontradas. Dos a veces se unen. Dos a veces se recuerdan. Dos vidas al fin y al cabo, con tanta historia como kilómetros recorridos, que no llegarán donde otras no hayan estado ya. Los lugares no cambian demasiado, las personas me temo que tampoco, a veces quizás… Y a veces, tanto las personas como los viajes, cansan y aburren, a veces sorprenden y hasta a veces recompensan. A veces no hay maleta y a veces tampoco destino, pero siempre hay una maldita carretera.

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