Sólo sé que cada vez sé menos

Al parecer está en los malditos genes de muchos, salvo en los míos y los de algún otro perdido de la vida. Cuestión de mayorías, es lo que tiene ser bicho humano. La experiencia es un grado y llega un momento, antes o después, en que todo sapiente sabe, no sólo lo que tiene que hacer, sino lo que tú deberías hacer también. Da igual de dónde vengas, lo que hayas aprendido o lleves a rastras; estar ahí, en este lugar, es razón suficiente para seguir las pautas que ese otro ente te recomienda. Porque si te lo dice por algo será, porque cree que sabe más que tú y la experiencia facultativa de su miserable vida es mayor que la tuya. No preguntes, tampoco insistas. Es porque sí, porque es lo que hay, y punto.

Todo lo que sube tiende a bajar, las nubes son el resultante por cúmulos de vapor y la Tierra viene a ser más o menos redonda. En casos más extravagantes hasta gira alrededor del Sol. Eso es a lo que se reducen los principios de todos esos gurús del espacio intelectual, mentes brillantes doctoradas en facultades de pocilgas acolchadas con paja seca. Luego, a media noche o en la hora de comer, entre turnos si eso, pagan prostitutas independientes a su sexo y embutidas en cuero, vistiendo rabos artificiales atados a su cintura según el caso, para que les den lo que sus parejas no pueden y llenar así sus ojales, escasos de gozo y perversamente desesperados por su maldita vida.

Yo soy uno más de la inmensa minoría que todavía se asombra entre lo cotidiano, que no sabe una mierda y cada vez me da que menos aún. Fui cayado para aprender de los demás y ese silencio es el que me enseña entre tanto ruido. Lo poco que sé es que las palabras se las lleva el viento, que no valen nada. Haz lo que tengas que hacer si quieres, o no lo hagas, tú mismo, pero no perjures. Las promesas no cumplidas se convierten en mierda que otro ha de cargar, y esa mierda lleva tu maldita firma en ella. ¿Quieres tener amigos? Tápate la nariz y de paso los oídos, diles lo que quieren oír y comerás perdices. O dicho de otro modo, pequeños falos escondidos entre los matojos que antes o después te servirán de colchón.

En algún momento descubrirás que ese alguien, sea gurú o sea amigo supuesto, te está hablando en arameo. Es cuestión de experiencia poder diferenciarlo y no te pille por sorpresa, por mucho que sigas sin entenderlo. Son demasiados los que hablan esa lengua supuesta y superpuesta, basta con levantar una colilla para que aparezca uno de ellos, así que se rápido para evitar malas sorpresas. Yo, lo poco que sé, y cada vez sé menos, es que la experiencia es un grado y ese dialecto lo distingo a la legua. Crecí y ahora envejezco por culpa de ello, las canas y mis arrugas demuestran la experiencia. No somos nadie y aún me queda por aprender, pero desnudo soy el mismo crío que se ríe de todo, que se asusta por lo demás y duerme del tirón por pura fatiga craneoencefálica en mitad de la jungla cual Tarzán.

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