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Presente será pasado en breve

Me queda un regusto amargo en la boca, entonces subo y me lo quito con la tuya. Piel con piel, lengua a lengua, y entras. Y sales. Repites, y nuestra respiración se ahoga. Temblamos cuando al fin llego y tú llegas conmigo, abrazándonos los dos al derrumbarte. El tiempo se para como si no hubiera un mañana, agarrados el uno al otro con el sudor de ambos. Respiración entrecortada, gemidos ahogados y sendos corazones que pelean por recuperar la calma. Pasión desacompasada después de todo, después de nada. Pero, por el momento, el placer es mutuo, es caliente y también húmedo.

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Qué pintará un marsellés en Cartagena

Otra mañana de domingo para dar una vuelta a las polillas del traje por el paseo marítimo. El sol y el mar eran sus cómplices, los bolsillos su cesta, con mendrugos de pan para las palomas. Antes escuchó la palabra del señor —óyenos— para santiguarse, una y mil veces, tras mojar los dedos en agua bendita y de paso limpiar la herida de su mano. La misa de las 11 es la suya. Uno y uno, el uno con el otro, pero no para don Viriato, que llevaba tiempo yendo sólo. Su mujer, la Pepis, nacida en Sevilla y adoptada en Cartagena, encontró algo mejor que hacer con su vida.

“Je t’aime” sonaba mucho en los diales de entonces. Estaba de moda aunque a alguno no le gustara. A él desde luego que no. El radiocasete reventó aquella mañana al dejar escapar sus primeros acordes y la voz de Jane Birkin no pudo entrar a tiempo. Sentado en la mesita de la cocina, mientras desayunaba sus tostadas con membrillo, Viriato estrelló el aparato contra el suelo de un manotazo, cortándose la mano con ese alambre que él puso para sujetar el asa al aparato.

Años atrás, la señora Pepis se hartó de aguantar al rancio de su marido, incapaz de proporcionarle ni una criatura siquiera. Se fue con un gabacho, un jubilado adinerado, cortés y educado, qué emigró al sur para vivir la vida sin preocuparse por la cartera. Sería más viejo que ellos, pero con ese romanticismo marsellés podía volver loca a cualquiera. Con ella funcionó. Ese tipo podía ser el hombre más puro del mundo para su Pepis, pero desde entonces, don Viriato, odió a cualquier maldito francés.

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Un ninipoeta que ni se sube la bragueta

creíste aprender solfeo
con los dedos entre las cuerdas
escribes cuando tus labios mojas
y crees moverte como un CEO

malvistes a la moda
llevas el pelo alborotado
te emborrachas con crema
y te vendes como un derrotado

sin haber sido circuncidado
entonas canciones de mierda
para vendernos tu maldito postgrado
cuando no has tocado más que una cuerda
mientras tus papis te creen encamado

Aquel ocho de marzo

Al volver de la escuela Conchi se pintó los labios. Poco antes, tras meter prisa a sus criaturas de 7 y 10 años para terminar con el desayuno, les llevó al colegio con paso de gigantes, a un par de manzanas de distancia y cada uno con su paraguas favorito. Hacía muchos meses que no gastaba de carmín pero aquel día no era otro cualquiera. Sacudió el polvo de su cajita de maquillaje multiusos y se vio asombrada al otro lado del espejo, vestida de la mujer que siempre quiso ser, con las ideas claras.

Con el paso del tiempo y sin pretenderlo, olvidó quién y cómo era ella misma; una infraempleada preocupada por los suyos que perdió su carrera profesional por un amor incauto. Eso pesaba demasiado a sus espaldas. El fracaso de su matrimonio, con dos hijos y una mascota medio gato medio perro de por medio y a su cargo no ayudaba. No ayudaba en absoluto.

Móvil en mano y bufanda violeta al cuello, Conchi cogió el coche con la radio puesta. Recogió a su madre a la salida del Cercanías, ama de casa de toda la vida como muchas otras madres, y atravesó el tráfico de las vías de circunvalación a la villa y corte. Su padre, jubilado por obligación años atrás, sería el encargado de ir a recoger a sus churumbeles a la salida del colegio y entretenerles después entre deberes, cuentos y dibujos animados por supuesto.

Desde que amaneció el cielo andaba cubierto por un manto gris. Conchi quiso meterse en la almendra central de Madrid y así lo hizo, a pesar de la advertencia de la aplicación de tráfico rodado. Aquel día, se sentía con el poder de obviar el transporte público y pasar por encima de cualquiera que quisiera pararlas. Intentó animar a las madres que conocía del colegio, a compañeras de trabajo y alguna de las pocas amigas que le quedaban, pero siendo jueves laboral y teniendo niños a cargo muchas de ellas era difícil. Ninguna otra mujer que ella conociera pudo acompañarla a pesar de ser el día que era, no otro más.

Huelga del 8 de marzo de 2018, día de la mujer trabajadora valga la redundancia. El primero en el que se juntaron miles de hombres y mujeres, sobre todo mujeres, para reivindicar los derechos de igualdad en todas las vertientes en que son amenazadas; discriminación, acoso y violencia. Aquella jornada, desde bien temprano, Madrid y otras muchas ciudades quedaron paralizadas por ellas y, cuando Conchi se filtró entre las masas, desde Atocha a Callao, fue la primera vez en mucho tiempo que no se sentía sola. Alguna lágrima se le escapó como el cielo amenazaba lluvia aquel día, pero de alegría.

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Un perdido de tantos

Jaume Puig se sentía un escritor frustrado. Como un niño de bien venido a menos, un estúpido crío de buena familia. Un fracasado. Otro perdido de tantos. Antes, había estudiado periodismo en la Autónoma de Barcelona, y salió de allí con un expediente académico intachable. Pasó de las historias de Fray Perico y su borrico y El Pirata Garrapata a leer a Bukowski, a Miller y a Burroughs sin intermediarios. Jaume no sólo se creía distinto al resto, se creía mejor que el resto; con una capacidad innata para la supervivencia y la ingesta de alcohol. Un tipo no muy alto pero con buenos brazos, a pesar de perder todas las peleas en los bares del Raval. El mayor de los Puig era de ese tipo de gente que imita a sus ídolos al carecer de una identidad propia. De hecho, quería ser el mismo tipo duro que el Chinaski ese, pero sólo conseguía nadar en su propio vómito después de litros de cerveza, antes de coger un VTC hasta la lujosa mansión de sus papás, a los pies del Tibidabo.

Jaume se metió tanto en su papel, el de un perdido sin futuro alguno, que empezó a trabajar como mozo de almacén, camarero en un “fast food” y buzoneador de barrio, a la vez que intentaba escribir la novela de su vida, la que dejase a sus ídolos en la sombra. Así pasaron los años, hasta que cumplió los 39. El manuscrito que le quitaba el sueño seguía inacabado, algo en el papel de su vida no funcionaba. Vivir en un barrio de ricos, en casa de papá y con todas las comodidades que eso conllevaba no parecía ser el mejor camino. Al día siguiente de su cumpleaños, una calurosa y húmeda mañana de agosto, decidió salir de allí y buscar la quimera que su cerebro ansiaba en otra ciudad. Necesitaba algo de mierda en su maldita existencia y creyó que moverse por el fango sería el paso correcto hacia el éxito. Pensaba que si quería ser escritor bohemio y consagrarse como tal era lo que debía hacer. Metió todo lo que pudo en su maletita de viaje, se despidió de sus padres y marchó bien temprano a terreno hostil. Quizás los nuevos aires de la capital le serían de mayor ayuda.

El AVE salió con retraso de Sants Estació, los CDR debían estar aburridos ese día. Al menos Jaume llevaba la petaca de su abuelo con ron miel y pudo tomárselo con calma, esperando sentado en un banco bajo el chorro de aire acondicionado. Notaba que empezaba a refrescar su sesera. Una vez en Madrid, anduvo desde Atocha hasta la Puerta del Sol buscando la sombra por las calles serpenteantes de Lavapiés. El sol seco de la ciudad apretaba y, a pesar de perderse varias veces, aun llevando consigo el Google Maps abierto, encontró finalmente la pensión en que tenía reserva. En una semana, con la ayuda de papá, Jaume ya estaba cubriendo la baja de una redactora en la sección rosa de un periódico gratuito, de esos que se reparten estratégicamente junto a las salidas del suburbano y que dicen medir un metro. Fue cómodo y le sirvió como inspiración. El medio compraba un par de fotos de saldo a la agencia correspondiente, el jefe de redacción le pasaba los datos y él sólo tenía que echarle un poco de imaginación. De hecho, podía trabajar desde desde el bar que había junto a la pensión y pasarse tan sólo un par de veces a la semana por la oficina.

Jaume solía escribir de noche, le gustaba imitar el modo de vida de sus escritores más selectos. En su cuarto de apenas 9 metros cuadrados convivían su cama deshecha, la mesa con el portátil y una botella siempre de Arehucas, y la papelera a rebosar de latas de cerveza. Ser un asiduo bebedor de ron le daba un poco de vergüenza admitirlo. Lo había intentado con el whisky, pero sólo su olor le producía nauseas. Esa era una de las cosas que no le gustaban de sí mismo y por las que ninguno de sus ídolos seguramente ni parpadearían. Ni Bukowski, ni Miller, ni Burroughs se inmutarían ante el olor a vómito y orina en los retretes de los bares, el de las gallinejas, entresijos y demás casquería refrita, el hedor de los vagabundos o el sudor de las prostitutas a saldo en las barras de un pub.

Había intentado superarlo una y otra vez, lo del whisky, pero su estómago siempre se le adelantaba. Eso le atormentaba, había llegado a la conclusión de que los hombres no son fuertes por sus brazos musculosos o por el grueso de su billetera, sino por su estómago y por su tranca. Según él, un tipo es fuerte cuando puede comerse una cagada de perro, vaciar después media docena de botellines de cerveza seguidos y encender un cigarro antes de echar un buen polvo como si nada. Lo de la tranca sin embargo no era tanto problema para Jaume. A Jaume le gustaba medírsela cuando estaba empalmado. y solía trampear al hacerlo, poniendo el cero detrás de los huevos, sumando así unos cuantos centímetros de más. Luego se sentaba con el móvil en mano, abría el Tinder y se la cascaba con la otra mientras chateaba con alguna cerda estúpida (que conocía a través de Internet) para terminar de ambientarse.

Malvivió mientras pudo. Compró un coche de segunda mano con el dinero que le mandó su padre y de vez en cuando visitaba el género africano del polígono Marconi para satisfacer sus necesidades, no sólo sexuales sino también profesionales, como el escritor sucio que vendía ser. Iba siempre de noche, borracho, tras terminar el artículo rosa de turno. Cuando llegaba, metía segunda y despacio recorría los caminos hasta encontrar alguna negra que se la pusiera dura. Paraba a su altura, extendía el brazo a través de la ventanilla bajada y le tocaba el culo.

La prostituta seleccionada subía al coche y alguna vez le acariciaban su media melena, haciendo bucles con sus dedos negros. A unos cuantos metros después aparcaba fuera de la carretera, detrás de algún árbol, seto o valla que le proporcionara cierto grado de intimidad sexual. En algún momento, Jaume pensó que quizás debería cortarse su precioso pelo, pero creía que eso le hacía atractivo, como a Pablo Iglesias, y de alguna forma le proporcionaba un aspecto más tosco y desaliñado. Creía ser heredero de la generación perdida. Y lo fue. Jaume quería ser ese feo extravagante, pero su cara de bollo bien cuidada no se lo permitía. El caso es que tan sólo conseguía llenar el asiento trasero de su Seat Ibiza de negras mal operadas, sin papa de español ni documento legal, por poco más de 20 euros el polvo.

Llegaron sus segundas navidades en Madrid, llevaba desde verano sin escribir una sola línea decente en su manuscrito, el que le haría famoso como escritor underground. El trabajo no le iba mal, saltó a la sección de actualidad y le pagaban algo más, pero nada de su obra maestra. Tanto se resistía que Jaume decidió coger toda esa quincena de vacaciones para atrincherarse día y noche en la habitación del hostal. Compró litros y litros de cerveza, latas varias de conservas y pizzas congeladas; iba a acabar esa maldita novela como fuera. Pero después de 10 días borracho, saliendo de su cuarto sólo para cagar y sin escribir nada que mereciera la pena, a punto de volverse loco, empezó a tener alucinaciones. Recordó sus tiempos de colegio y las primeras juergas con sus amigos de Barcelona, las chicas de entonces… Se sintió tan solo y desgraciado que empezó a dar cabezazos contra las paredes, mamado como una cuba, hasta que cayó al suelo desmayado. Así permaneció horas, muchas horas, hasta que la sangre derramada se secó y, al salir, el sol quiso asomar entre las nubes.

Cuando Jaume despertó calzaba una buena resaca y le dolía todo el cuerpo. Acariciándose las sienes, se incorporó como pudo, se sentó en la mesa y, sin saber cómo, empezó a escribir de corrido. Sus dedos iban solos, más rápido incluso que su cabeza, golpeando las teclas con furia. Las palabras fluían de su cerebro como salivazos contra la pantalla. Abrió otra botella de ron y continuó escribiendo. Todo empezaba a encajar, y después de una semana sin parar de escribir, en la Nochevieja de ese año y bien entrada la madrugada, concluyó su eterna novela. Se sentía tan lleno, tan feliz, que guardó un par de copias en esos artilugios diminutos que creen tener memoria.

Borracho como estaba decidió celebrarlo, quizá no podría follarse a nadie, pero una buena mamada le vendría de perlas. Sacó el coche del garaje y volvió a la Colonia Marconi. Quería darse el homenaje con una asiática esta vez. Una chinita de aspecto infantil, complexión delgada y pechos pequeños, su gran sueño erótico. Esta vez no había tantos coches como otras veces por esos corredores asilvestrados, estarían celebrando su año nuevo en alguna de las muchas fiestas para monógamos de las corrientes sociales. Jaume recorrió con calma cada manzana del polígono, pasó por la zona de los transexuales, dejó atrás a las negras y a las rumanas y polacas y al final encontró a su musa, en mitad de la nada, iluminada por una misteriosa aura anaranjada. La miró y la estudió con calma, comiéndosela con la sangre que inyectaban sus pupilas. Luego abrió la puerta y se la llevó unos metros más adelante.

En cuanto aparcó, empezó a desnudarla con tanto deseo que besaba cada trozo de piel que iba dejando al descubierto. Después, se bajó la bragueta y sacó su tranca mientras cogía de la cabeza a la prostituta para llevar su boca hasta aquella extensión de él. Ella empezó a trabajárselo, con el preservativo que manda su profesión, pero a fondo, succionando como una aspiradora sin cables, golpeando con fuerza el glande a lengüetazos para luego tocar fondo con la misma campanilla. Arriba y abajo, arriba y abajo.

Estaba tan embrutecido, tan cachondo, que Jaume se la quitó de encima, le dio la vuelta como pudo y se la metió por el culo. La chinita intentó proteger su oscuro agujero, gritaba y se movía intentando liberarse, pero poco pudo hacer. Sus cuarenta kilos eran muy pocos para los ochenta y tantos de Jaume, que se encontraba en su momento de gloria. Había terminado su novela y se sentía tan sucio como Bukowski o Miller o Burroughs. Satanás era un aficionado a su lado y lo estaba disfrutando, ebrio de poder y alcohol.

Jaume bombeaba rajando las entrañas de la chinita, entraba y salía una y otra vez, con tanta fuerza, que parecía querérsela sacar por la boca. Ella seguía chillando pero eso sólo conseguía calentarle aún más. De repente sintió un golpe tremendo detrás de la cabeza y se vio arrastrado fuera del coche hasta quedar tirado en el suelo, con una bota frente a sus ojos. La bota se movió levemente hacia atrás, luego se le echó encima.

Pocas horas después, Jordi Puig, abogado de prestigio entre los grandes empresarios y algún que otro político y demás chusma, felizmente casado desde hacía más de treinta años con una farmacéutica de familia acomodada, y padre de Ángeles Puig, fiscal del estado, y Jaume Puig, periodista y escritor frustrado, viajaba en el puente aéreo hasta Madrid. Nada más amanecer recibió una llamada de emergencia para el reconocimiento de un cadáver, probablemente el de su hijo.

*Ideado el 21 de diciembre de 2006

Frases encadenadas

Muchas veces, la gruesa capa de la cotidianidad en nuestras vidas aburre. Recíclate y sabrás cómo hacerlo, cueste lo que cueste. Te damos las claves para subsistir. Tiras los dados de nuevo, pero no sale un 7 o un 11 ni de coña, por más que lo intentes. Es lo que hay, ni ganas ni pierdes, simplemente sigues jugando. Donde caben 2 caben 3, pero ni siquiera pasas del solitario con las cartas. Tascas de barrio que frecuentas, inmundas, lo corroboran. Rancios como tú no tenéis mejor sitio en este mundo. Donde lo bueno es bonito y lo bonito caro. Rompe la baraja y deja de llorar. Rara es la vez que no te cagas en dios, pero ¿haces algo para remediarlo? Lo que no sé es cómo cojones sigues aquí. Hincaste el codo para masturbarte, no para estudiar una mierda. Da y recibirás. Rasca y gana. Nada, por mucho que lo intentes no ganarás un carajo. Jódete. Te lo dijeron tantas veces que ríes por no llorar. Rara es la vez que lloras. Raso a cada paso. Sobran los motivos, ya lo cantaba Sabina. Nada es para siempre. Pregúntale a él, a ver qué nos dice. Centrémonos en esta copa y con las siguientes que sea lo que dios quiera. Rájate y estarás jodido. Dolor no es precisamente lo que sientes, sino rabia contenida. Dando palos de ciego. Golpes después de todo. Donde ya no queda nada. Dados tan solo. Lo único que permanece cuando todo acaba. Bailando sobre una cuerda demasiado floja, dando por sentado que no sabes un carajo. Jódete, ¿qué coño esperabas? Bastante tienes ya para haber cavado tu fosa. Salta, grita y córtate las venas, o aguanta mientras puedas si no. Notarás hervir la sangre, palpitando tu corazón como los redobles de un tambor. Bordeas los recuerdos que vienen a tu mente, cierras los ojos y respiras hondo. Dopamina pura y dura. Rasgas tu córtex buscando algún hueco donde cobijarte y que pase la tormenta. Tan locos estamos que todos lo hacemos, antes o después. Pues es lo que hay cuando a veces, muchas veces, la gruesa capa de la cotidianidad en nuestras vidas aburre…

Un enano encabronado

El Johny decía ser francés, le gustaba sentir el francés en sus carnes, pero llevaba tiempo sin practicarlo a pesar de proclamar su orientación sexual a los cuatro vientos. Aquella noche, siendo de faena, iba embutido en un mono de cuero con tachuelas, gorra y botas incluidas. Bajó a la calle y, atusándose aquella barba de hipster que, al ser enano, le llegaba casi hasta las rodillas, esperó su taxi previa reserva. Le jodían más los rizos anudados que el tiempo de retraso.

—¿A dónde le llevo?
—Tire uzté pa Zerrano.
—¿Algún número o algo?
—Por el colon.
—Supongo que a la altura de Alcalá…
—Qué graciozo ez uzté.

El taxista no entendió lo que aquel enano quiso decir con ese chiste, pero tampoco sería la primera vez. Otro cliente raro pensó, desviando la vista a su izquierda para incorporarse a la circulación, y desde la plaza de República Argentina enfilaron por Príncipe de Vergara hasta coger Serrano calle abajo.

—Tiene un acento que no es de aquí, ¿le importa que le pregunte de dónde es?
—Noombre, no. De Marzella.
—¿Marsella?, ¿la misma Marsella donde emigraron mis padres?
—Pue ze. Loh míoh ze fueron de allí pal caló del zú.
—¿Andalucía?
—Jeré.
—¿Cádiz?
—Que no, Jeré.
—Bueno… buena mezcla, acento francés y andaluz, como una buena tortilla.
—¿Como una buena tortilla?
—Sí, bueno, como una tortilla francesa pero con camarones…
—¿Me eztá llamando gabasso tortillero?
—No hombre…
—¿Me llama hombre ponno desir enano?
—Oiga, discúlpeme, que yo no quería faltarle al respeto…
—Claro, claro… Yo zoy enano, ¿y? ¡A mussa honra!
—Bien por usted, pero no me malinterprete.
—¿Que no le malinterprete, fasha mizoginio de mierda?
—¡Mecagoenlaputa, será posible…!

El taxista pegó tal frenazo que el Johny se estampó contra su asiento para salir rebotado después hacia atrás. Entonces, dándose media vuelta, le espetó que saliera de su coche —echando leche…—. El plural del lácteo en cuestión se quedó en singular por la fuerza. Aquella “ese” faltante no pudo escapar de su garganta porque un cuchillo de más de diez dedos le rajó el cuello de lado a lado. Nadie de fuera pudo percatarse de lo sucedido por culpa de sus móviles incesantes de mensajes instantáneos. El Johny tomó su tiempo en apretar hasta que aquella laringe rota acalló su silbido. —¡Vive la France!— repetía una y otra vez. Después, empujó al muerto con todas sus fuerzas hasta el asiento del copiloto, se puso en su lugar y pisó el acelerador para escapar de allí hasta quién sabe dónde, como alma que lleva el diablo, tras atusarse la barba mirándose en el espejo.

Mientras aquel enano conducía para alejarse del centro recordó que, apartando al taxista de su puesto, una cosa muy muy dura abultaba su entrepierna. En ese momento, fue consciente de que estaba cachondo y nunca antes había probado follar con un muerto que la tenía tan erecta como él. Ya lo decía Siniestro Total, todos los ahorcados mueren empalmados, aunque éste no acabara colgado de una soga.

Esa noche, el Johny no actuó en el local de despedidas de solteras cachondas que se encontraba a escasos metros de donde todo esto tuvo lugar. El responsable de eventos tan solo recibió un esemese en el que aquel enano embutido en cuero le decía estar jodido y encamado por una gripe de última hora. Meses después, la policía encontró aquel taxi desguazado en Las Barranquillas. De ambos ocupantes nada saben los medios públicos aún.

Mi planta, mi anillo y yo

Carlos tenía la misma edad que Claudia, pero ella aparentaba menos y él más. Mucho más. Si es que andas como un viejo. Gracias cariño. Lo dice la mujer que lee dormida, se cree despierta y todo lo etiqueta… Perlas como esas se repartían entre ambos en cuanto alguno se despistaba, pero aun así se querían. Puede que en algún momento acaben compartiendo techo, y quien sabe si también altar. Mientras tanto, sus mundos seguirían trazando rutinas helicoidales en torno a las barras de los bares.

Aquel anillo que vestía Claudia no se lo había regalado él, lo compró por sí misma. Fui a por un bolso barra mochila en el mercadillo del museo del ferrocarril y acabé en el puestecito que tiene esa chica que hace esas cosas con sus propias manos. Me gusta cantidad, es superbonico. Y eso que ya lo ha machacado varias veces y lo ha pisado, sin querer dice. Aquel bolso barra mochila que ella seguía buscando quiso regalárselo Carlos a las pocas semanas de conocerse. Veni vidi pero no vici, demasiado pronto para ella comprometerse regalos mediante, aunque no fuera esa su intención. Momento de locura si acaso. Mi plantita sabe lo que digo, me quiere y yo la quiero a ella. Al parecer es mutuo. Por las mañanas, cuando subo la persiana, la cubro de los rayos de sol que entran a saco por la ventana echando la cortina, y ella me da las gracias. Al acostarme, antes de apagar la luz, le cuento mi día. Luego, un beso de buenas noches y nos sobamos. Supongo que metafóricamente, pero a saber lo que hacéis en la oscuridad, siendo alga y almeja una y otra.

Antes de medianoche y sin ver el último wasap, Claudia ya había subido al séptimo cielo, tallo mediante, mientras Carlos tecleaba frente a la pantalla. Div class header background image… Aquella noche de código fuente le mantuvo frente a la pantalla hasta las tres. La misma hora en la que Claudia despertó tras revolverse las sábanas en su contra. ¿Te qu eme con carita sonrojada, cuando ya no hay coste por letras y tienes tarifa plana?

Estás fatal, me pones mala y mi plantita ha perdido otra hojita, joder, bonita, no llores que me lo pegas. Toma mi anillo. ¿No lo quieres? Yo te quiero a ti, plantita, ¿por qué no me dejas dormir? ¿Qué coño va a ser por él? Él me quiere, me lo ha puesto, ¿por qué dices eso? Éste me quiere y yo le quiero a él. Y a ti también, plantita, no me llores tus hojas que me lo pegas, sabes que me lo pegas y si nos ponemos las dos a ver qué hacemos, que ya te riego lo suyo, lo suyo y lo mío.

Claudia amanecía antes que Carlos porque fichaba pronto en el trabajo. Esta vez con más ojeras. Él, que andaba montando su propio negocio, no madrugaría antes de las once por ciego que pareciese. Ciego de amor estúpido. Está loca, pero me lo pega cuando la tengo cerca. Amor estúpido.

Rapsodia Bohemia

El invierno del 76 no fue tan frío como parecía, o al menos para ellos, que quisieron celebrarlo por todo lo alto. La noche empezaba a despertar y aun así pocos habían abandonado aquel apartamento de gente humilde. La música ahora sonaba lenta pero al mismo volumen. Unos cuantos bailaban bien agarrados y Roger no iba a ser menos, sus manos habían recorrido y doblado la longitud de la piel que vestía su chica de esa noche. Brian, inflado de cerveza, jugaba con una moneda de 6 peniques entre sus dedos, tratando de convencer a Chrissie, su mujer, de que aún era pronto para marcharse. John, con su prudencia habitual y media botella de whisky en su estómago, se había retirado horas atrás.

Fred, desde su habitación, oía sonar la canción Nights in White Satin, de los Moody Blues, mientras su amigo le observa repartir la pana con maestría.

—…Y te amo. Sí, te amo… —Canturreaba Steve entre nubes de polvo fino.
—¡Joder, la hostia!
—¡Oh, cómo te amo! —continuó Steve.
—Buah, Esta canción ha envejecido demasiado rápido.
—Pero qué dices, es preciosa.
—Será preciosa, pero también vieja. —La mano de Fred restregó su nariz.
—Vamos, amor, déjame un poco…
—¿Quieres más? —Le escupió en la boca.
—Por favor, cariño, dame un poco de tu blanco satén.

Y el polvo se hizo materia sobre aquel colchón de muelles oxidados. Hasta entonces, todas las rayas que Fred había podido hacer con sus manos no salían de la confección y patronaje. No hacía mucho que lo había descubierto y ya estaba enganchado. Cuestión de innovar y dejarse llevar, como venía haciendo desde hace tiempo por otra parte. Polvos mágicos, tanto como su voz.

Tras un clímax entre galileos, Fred cayó en coma profundo y soñó. Recordó cuando todavía vivía con Mary, cómo aquella mañana del otoño pasado despertó con ella a su lado, en esa misma cama. Entonces, preparó el desayuno con la radio puesta, tarareando mientras escalfaba unos huevos…

Semanas antes terminaron de grabar el último disco. Si bien los anteriores les llevó uno o dos meses de estudio como mucho, éste fueron cerca de cuatro en diferentes estudios del país. ¿El coste de la producción? Desorbitado, más de 35.000 libras en aquellos tiempos. Y el sencillo, que había salido apenas un mes atrás, se comía el polvo. Al principio incluso lo ponían por partes, porque decían ser demasiado largo.

Estaban avisados. Creer ser bueno en lo que haces cuando el resto nada en sentido contrario es jodido. Elton John y David Bowie podían vender lo que les viniera en gana, tenían millones de fans que les comprarían lo que fuese, aunque se tratara de un calzoncillo usado por su ídolo. Y estos cuatro apocalípticos de la reina salidos de la nada, con tres álbumes a sus espaldas, grabados en tiempos muertos de otros grupos y de noche, querían triunfar con un tema imposible. Una canción que duraba cerca de seis minutos, jugando con tres estilos diferentes y sin estribillo. Ganar jugando a los caballos hubiera sido más fácil.

Pero tampoco había mucho que perder, apenas sacaron un penique de los discos anteriores. Ya lo intentaron con algún grupo que no llegó a nada, Smile incluido. Quién sabe lo que depararía el futuro siendo Queen… Fueron osados apostando a caballo ganador. Tardaron más de un mes sólo para grabar aquel tema; la mitad de todo ese tiempo la parte operística, que apenas duraba un minuto escaso. Antes, la canción empieza como balada para terminar después en una orgía de rock celestial. Toda una osadía para la discográfica, la que quiso disuadirlos. Pero ellos creían en ello.

Aquella mañana de finales de noviembre, desayunando él y Mary esos huevos escalfados, sonaba la radio. Entonces, el locutor de Capital Radio anunció el primer puesto. Fred no se lo podía creer. Se levantó corriendo, subió el volumen y, con la mitad de los huevos en la boca, llamó a Brian, a John, a Roger e incluso a Baker, su productor, para que sintonizaran aquella cadena.

Bohemian Rhapsody monopolizó las listas de éxitos británicas, permaneciendo en la cima durante dos meses y una semana.​ Fue el primer sencillo de la historia en estar todo ese tiempo en el primer puesto. Al publicarse su disco “A Night at the Opera”, en diciembre del 75, en seguida subió como la espuma, situándose en el número uno de las listas.

Esa mañana, y todas las mañanas de los años siguientes, no fueron conscientes de hasta dónde Llegarían. Sin pretenderlo o no, quién sabe, sacaron de sus propias manos himnos y bandas sonoras que aún suenan en más de medio mundo.

Cristiano el papagayo

Desde que el planeta Tierra se pusiera a dar vueltas alrededor del Sol cual plato de microondas, los organismos unicelulares montaron sus cooperativas con el objetivo de mantenerse con vida. Al final, entre célula va y célula viene, como quien no quiere la cosa, acabaron siendo pluriempleados para ganarse el pan con el que adaptarse al medio, fuera por enzima o por debajo de la cuerda. Poco a poco crecieron, se reprodujeron y, algunos, hasta evolucionaron. Otros murieron y desaparecieron, como esos cacho dinosaurios, pero éste no es el caso que nos okupa. Entonces ésto era literalmente el paraíso, todavía no existían las venéreas y, desde los pequeños pececillos que surcaban las aguas de cabo a rabo, surgieron anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Los invertebrados sin costillas los dejaremos aparte.

Tuvieron que pasar milenios, miles de ellos, para que las especies animales evolucionaran como las conocemos ahora, ofreciendo sus servicios a gusto del consumidor en su mayoría. Cristiano malvivía entre rejas por el hecho de tener alas y nacer en occidente, ese mundo inflado por el propio regocijo de sentirse ¡primer!. Él era el único preso allí presente y su jaula no ocupaba más de la veinteava parte del tamaño del salón. Por buen papagayo que fuera, vistiendo un plumaje blanco y morado, tan brillante como una final de Champions en el mismo Bernabeu, tan sólo se le permitía salir de allí para recorrer el pasillo y alguna otra habitación que tuviera la puerta abierta. Libertad vigilada una hora al día como mucho, antes de la cena, justo cuando venía a estar presente la mayor parte de los funcionarios de su prisión.

Cada uno se expresa como puede y Cristiano no iba a ser menos. Piaba a su manera cuando no repetía algún exabrupto, como alamadrid, putobarca, catalonia, pusdemon, queilornavas, mesi, rajoi, los nombres del personal adyacente, el suyo propio… y si podía, cuando estaba suelto y la mesa puesta, se cagaba en el primer lugar que se le antojara. Pero no todo eran desgracias para unos y otros, muchas alegrías proporcionó al alcaide y sus secuaces cuando mostraba su capacidad autocopiativa de aquellas palabras que llegaban hasta sus oídos, incluido el comienzo del himno del Real Madrid, ante las miradas atónitas de los que estuvieran allí presentes. Entonces era premiado con muesli de marca y se sentía menos infeliz, a pesar de llevar atada lo que parecía la bandera de España en una de sus patas.

Una noche de primeros de octubre, de esas en las que hace tanto calor que aún parece verano, sus plumas estaban empapadas de sudor y el alcaide, que al ser sábado y haber empezado la liga, no había vuelto aún. Paseándose Cristiano por las dependencias de la cárcel, olió el hedor de unos huevos fritos que provenía del final del pasillo. —Ésta es la mía, josdeputa— y corriendo siguió su instinto. Llevaba aguantándose toda la tarde y a hurtadillas fue tras la mujer al ver que portaba la mercancía, saliendo de la cocina bandeja en mano. Cuando quedó sobre la mesa del comedor sin vigilancia aparente, miró hacia ambos lados y se subió a ella como alma que lleva el diablo. Cristiano soltó allí lo que no está escrito. En seguida los críos gritaron, su madre gritó ya antes de asomar y hasta el maximus, que entraba por la puerta en ese mismo instante, también gritó. Todos pusieron su voz en grito, hasta el papagayo, que corriendo por todas partes tras evacuar sus intestinos no supo dónde meterse. Recorrió tierra y aire de un lado a otro de la casa mientras la jauría humana le perseguía sin miramientos.

En algún momento Cristiano se encontró entre la espada y la pared. Estaba en la cocina, acorralado por toda la familia humana. Su mirada se repartía entre el horno y el alcaide, medio agachado éste, con los brazos extendidos cual portero de fútbol ante un penalti en la final de la copa del rey. Se preguntó si todo había terminado, pero si una cosa tenía clara es que no iba a acabar dorado como otros pollos fueron cremados allí mismo, rodeado de patatas y cebollas. ¿Qué podía hacer? Entonces su mente lo vislumbró, como si un relámpago partiera el cielo en dos en ese momento. Sintió en la cola la brisa del aire que entraba desde el patio y sin pensarlo dos veces saltó al vacío en pos de la libertad.

Aquella prisión en la que vivió desde que tuvo uso de razón le hizo arriesgar más de lo que un ser con al menos dos dedos de frente se lo pensaría. Apenas había usado sus alas para volar un par de metros bajo techo, entonces las sacudió por instinto a cielo abierto, como si no hubiera un mañana. Pero lo hubo, Cristiano consiguió escapar de su maldita zona de confort y, cuando pudo darse cuenta, volaba ya dirección Guadalajara. Aquella fue una noche preciosa, la primera que vivió al raso, con un manto de luces en el cielo coronados por una inmensa luna en cuarto creciente. Lejos de la ciudad el aire era limpio, las vistas preciosas hasta decir prou (basta en castellano) y su sentimiento de libertad exacerbada cual ingesta de toda una barrica de Redbulls.

Cristiano voló y voló, y cuando quiso darse cuenta salía ya el sol ante su pico. Sin saberlo, había cruzado media península, la humedad era palpable en su plumaje y a sus pies asomaban tejados y calles con masas de gente recorriéndolas a pesar de ser temprano. El cansancio empezó a hacerle mella y, en cuanto vislumbró un llano extenso a sus pies, bajó hasta posarse sobre una de las farolas. Aún sin estar tan alto la perspectiva era buena, y pudo ver cómo las masas se agolpaban unas frente a otras, entre banderas bicolor. Una bola de goma pasó rozando su pico, perdió el equilibrio y acabó al hombro de un humano que enseguida le soltó el codo en todo su pecho. El papagayo de plumas blancas y moradas acabó en el suelo, entre gritos, oyendo palabras como puto, cullons, ocell y senyera. El pobre intentó zafarse, haciendo uso de lo aprendido todo el tiempo que estuvo en la cárcel. Tiró de garganta y soltó lo primero que le vino a la cabeza, como putobarsa, pusdemonalahoguera, el inicio del himno del Real Madrid… No estuvo acertado y la cuenta le salió cara.

Horas después, Cristiano yacía en el suelo, desplumado, aplastado y con el pico medio roto, pero sin bandera alguna que le apretara la pata. Por fin era libre.