El juego de lo que llamamos vida

Saltar sobre los charcos con botas de agua, sin importar lo que te mojes, hasta dejarlos secos. Jugar a construir presas con piedras y trozos de tejas y ladrillos, haciendo surcos en la tierra los días de lluvia. Rellenar de colores con lápices Alpino esos cuadernos repletos de siluetas en blanco y negro. Construir ciudades improvisadas con piezas de Lego mezcladas de diferentes cajas. Hacer burbujas soplando con la pajita en tu vaso de Coca Cola. Hinchar un globo que sabes que no se va a quedar arriba, porque tus padres no tenían bombonas de helio, y pelearte con tus amigos cuando cae para subirlo más todavía. Tener una pelea de las buenas con alguno de ellos y al día siguiente, como tarde, tan amigos y que sea lo que dios quiera. Jugar a polis y cacos, al escondite inglés, francés o español, a los clicks, a los checos, a la pelota y a lo que caiga. Contar moscas los veranos, sin moverte de la silla de la cocina, porque tienes un cuaderno Rubio al que enfrentarte sí o sí. Madrugar más que tus padres los fines de semana para ver empezar los dibujos animados. Eso si no está tu abuela en casa esos días, porque entonces te cuelas sigilosamente en su habitación, te subes a la cama y, acostado al calor de su regazo, creyendo que no la vas a despertar, acaba contándote historias muy chulas.

Jugar con el pastor alemán de tu vecino que, aun teniendo las características de un pedazo de peluche, se mueve además por iniciativa propia, te lame la cara y hace ruidos de perro perro, sin pelo de cepillo ni pilas de las gordas. Contar billetes, casas y hoteles sobre el tablero del Monopoly. Mezclar caramelos, chicles y refrescos de distintos sabores, todos a la vez. Montar maquetas de madera o plástico, barcos o aviones, y conseguir que la vigésimo-novena te quede como la que aparece en la foto de la caja. Escribir chorradas en los libros de texto y carpetas ajenas, caricaturas si eres valiente. Hacer tu primer bocadillo con lonchas de lo que encuentras en la nevera. Conseguir envolverlo en papel albal. Saber dar tobas, chopitos y rodillazos en muslos ajenos, pero ahí, donde más duele. Empezar a escuchar música que se dice, que se comenta, entre los del grupo del cole, los de natación, los de inglés, los de… Oír a algunos de la familia que sólo ves una vez al año cuánto has crecido y ¡hay que ver cómo te ha cambiado la voz!

Montar juegos de rol entre dragones y mazmorras. Calzar gafas, aparato o ambos. Hacer de tipo duro en primera persona y sentirte héroe por unas horas, pegando tiros y salvando vidas con la consola. Conseguir que Sonic o Mario pasen de nivel. Suspender un examen. Aprobar otro. Elegir entre ciencias y letras. Salir de clase y esperar que esté fuera la chica que te gusta. No ver a esa chica y sí a los 2 chulos del instituto que te hacen la zancadilla y te bajan el pantalón de chandal hasta las rodillas. Oír risas a tu costa y encontrarte solo. Cagarse en todo. Encerrar tus restos contigo en la habitación sin intención de jugar al escondite. Escuchar el Unforgiven de Metallica una y otra vez. Descolgar el teléfono y sentir el apoyo de tus amigos. Romper todos los moldes prefijados por tus padres, creías que eran dioses pero no tienen ni puta idea de nada. Ver un vídeo porno. Probar un cigarrillo. Tomar un chupito. Saludar a tus colegas chocando vuestras manos como si fuerais del Bronx. Conocer en persona lo que es un preservativo, cuando alguien que repite curso lo saca de su cartera, lo abre y te lo tira a la cara.

Montar un botellón en un parque. Jugar a beso, verdad o atrevimiento, a la botella y al yo nunca. Cerrar los ojos y descubrir cómo se eriza el bello de tus brazos con el primer beso en la boca. Querer más de esos. Enamorarte y creer que todo gira en torno a esa chica o ese chico. Elegir qué diablos vas a querer ser. Tener que pensar en el futuro, un futuro tan lejano que te la sopla. Vivir el presente, cuando lo único que te mueve es lo que hace, dice o piensa tu piña de amigos. Sufrir por ver cómo esa persona que te caló hasta los huesos se enrolla con otra. Caer y levantarte una y mil veces. Salir de bares hasta que los cierras. Vomitar hasta que no quede nada. Dormir de día. Reventar las noches. Creer que sabes pensar por tu cuenta, empapando tu hígado de cerveza y tu cerebro de marihuana. Estudiar en lo que no crees hasta que un buen día, una profesora que pasaba por ahí, desmonte tus teorías conspiratorias y veas un pequeño haz de luz en el horizonte.

Ponerte las pilas. Buscar lo que te falta e ir más allá. Currar de cajero, reponedor, camarero, repartidor y lo que surja. Sacar adelante el título y hacer esas prácticas tan bien remuneradas. Avanzar. Romper moldes. Echarte una pareja, y otra, y mientras tanto probar. Demostrar de lo que vales, aunque se lo tengas que decir en la calle. Ver cómo otros se casan, sea por amor, sea por inercia. Emancipar de tus padres si es que aún malvivías con ellos. Calzar traje hasta para ir de boda. Perder amigos por el camino por no votar al mismo partido, por no conducir un Mercedes o por ser un jodido facha, o bien porque eres gilipollas y no quieres mancharte las manos y sí vivir tu vida.

Escalar en tu profesión. Ponerte como te venga en gana. Ver más allá de tus fosas nasales. Creer en lo que haces y cómo lo haces. Buscar el futuro que ansías. Dejar todo para mañana; o pasado si se tercia. Resistir el cáncer que se lleva a tu padre, el cierre de la empresa en la que te juegas la vida o el vacío que deja el que creías ser el amor de tu vida. Aguantar la tormenta hasta que el viento amaine. Revivir entre los escombros. Llamar a ese amigo con el que compartir jarras de cerveza y lo que surja. Disfrutar el momento en ese minuto que te queda libre. Ser consciente de lo que tienes y apreciar lo que has conseguido, por difícil que parezca, por mucho que añores ser un crío y saltar sobre los charcos con botas de agua, sin importar lo que te mojes…

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Cual cuadrilla de ciervos de Lledó

El Santi tiene sus cosas, es un tipo majo y noble, pero tiene un carácter de viejo vasco… Habíamos aprendido de la vida, unos más que otros, pero el Santi… El Santi había vivido lo suyo ya. Los de la cuadrilla creíamos que sería el primero en casarse y sin embargo él nunca pasó por la vicaría. Tuvo sus amores y desamores, escarceos varios cuando dejó de creer en él. Pero cuando menos se lo esperaba, cuando peor lo estaba pasando, conoció a esta chica. La Carmen, sí. Era guapa, y apareció en el pueblo de repente. Vino huyendo de la ciudad y se instaló en el pueblo. Todos nos fijamos en ella desde el primer día, hasta el cura. De hecho todos la entramos antes que el Santi. Bueno, todos menos yo, que estoy casado.

Una chica nueva en el pueblo, guapa y callada, qué quieres que te diga… El mismo Santi me lo contó, que se fijó en ella desde el primer momento. Pero ya sabes, él no es de flirtear, simplemente se la encontró un buen día en la taberna del Antonio y hablaron lo suyo. Luego pasó mucho tiempo. Todos los del pueblo queríamos saber de dónde venía, qué hacía… La entraron muchos como te decía, hasta el Albert, ya sabes. Estaba muy buena y sin embargo el Santi no quiso darle mayor importancia. El Santi no es de seguir modas ni hostias. Todos vamos los domingos a misa y él ni la pisa, y eso que luego se toma sus vinos con el Paco, el cura… Y hasta el Paco la entró. Será cura pero también es rojo, no te vayas a creer que… Al Santi le gustaba antes de que me lo dijera, lo sabía. La Carmen es ese tipo de mujer que no necesita vestir de gala para conseguir que se nos cayera la baba. Pero el Santi ya estaba redicho. Según decía él, podía estar bien buena, que no pediría limosna.

Pasó el tiempo, no sé, pero la Carmen no iba a misa tampoco, y en algún momento se encontraron y volvieron a hablar. Empezó a vérseles juntos y aquello corrió como la pólvora. Incluso el Santi parecía más alegre, y una tarde, el invierno pasado fue, a primeros de enero, me contó tras la partida de mus, terminando con el pacharán, que se habían liado. que se habían enrollado varias veces y que empezaba a quedarse a dormir en su casa. Él, que había dejado de creer en el amor mucho tiempo atrás, ¡me confesó en voz baja estar enamorado! No nos lo creíamos ni él ni yo, pero nos abrazamos borrachos los dos como dos maricas, con perdón del gremio, brindando no sé cómo sin romper los vasos.

Cuando se les veía mantenían la distancia, pero era un secreto a voces. Cuando creían que nadie les veía se miraban como si no hubiera nada que les separara. Cada uno tenía su forma de ser pero lo que les unía se olía desde lejos, como el perfume caro ese de los anuncios. Sí, sí. Iban juntos a todos lados, cada momento que tenían libre lo pasaban el uno con el otro, y hasta hicieron algún viaje los dos solos. Ella estaba de alquiler y el Santi quería que se fuera a vivir con él. De vez en cuando alguno le preguntaba. Bien tío, ahí vamos. Lo decía todo feliz, pero joder, le conozco demasiado, sus ojos tristes le delataban.

Esa relación duró muchos meses, casi un año, hasta bien entrado el otoño. Después, otra vez tras la partida de mus de los domingos, que le pregunté qué tal, se delató. Me dijo que había cosas raras, que le gustaba, pero que no terminaba de funcionar. Al parecer discutían lo suyo, por tonterías, pero que no. El Santi es de poco aguante en general, más desde que pasó esa mierda, pero a ella le aguantaba. Le aguantaba porque pretendía llegar a entenderla y quería tener un futuro con ella, fuera como fuese. La quería como hacía tiempo no quiso a nadie. Sacó su genio cuando la pendiente parecía imposible y se arrastró después con el corazón en la boca como ambos hicieron unas cuantas veces por falta de entendimiento y excesos de alcohol.

El amor, no sé cómo, a veces resulta demasiado caro de mantener, y por una cosa u otra al final no funcionó. Fue el año pasado, sí, un domingo de finales de noviembre. Discutieron a las puertas del bar, tras muchas cervezas, pacharanes y demás. Discutieron horas y horas, hasta que el bar cerró, y siguieron discutiendo. Y a punto de salir el sol aquel lunes, lo que tenían entre ellos, acabó como acaba un día con su noche y empieza otro nuevo al amanecer. Para el Santi fue duro y también muy lento. Creo que no llegó a entender el porqué ni 24 horas después, porque estaba enamorado. Nunca consiguió entenderla pero, si la sangre seguía corriendo por sus venas, era por ella. Y ella quiso resarcirse con el primero que le invitara a unas cervezas, palo mediante. Cayeron unos cuantos, cualquier macho etero con un par de ojos bien puestos no podían pasarlo por alto. Yo porque estaba casado, sí, y porque Santi es mi mejor amigo, que si no… Sí, es guapa y con carácter. Mucho, tanto de guapa como de carácter.

Fueron varios los que cayeron en la tentación a pesar de conocer su pasado, pero apenas había empezado el nuevo año, bien entrado el invierno, que vimos todo el pueblo a la Carmen cenando con el Albert en el restaurante que hay pasada la gasolinera. El Albert ese, sí, el pijo, el hijo de papá que sólo aparece los fines de semana, los pares con su novia y los impares con la cartera abierta para el club que hay a los pies de la nacional. Según nos contó la Julia el otro día, Julia sí, la camarera del asador que hay a las afueras, salieron bien agarraditos, tras dejar buena propina, cuchicheando de irse para el chalet que tiene la familia ahí arriba, pero no le dijimos nada al Santi, porque esas cosas duelen. Pero antes o después se enteró, qué te voy a contar.

Hubo un día que estuvimos en el pueblo de al lado, cenando en el Grau, un restaurante que hay en la plaza de Catalunya. Horta de San Juan, eso es. Celebramos el cumpleaños del Jordi. Estuvimos ahí todos con todas, dentro, que fuera hacía rasca. Carne, patatas y tinto, mucho tinto. Tanto que cerramos el restaurante porque les dejamos ya sin vino. Sí, nos fuimos para la Bassa a tomar una copa y justo en la puerta estaba la Carmen con el Albert. Ninguno quiso venir a la celebración pero allí que nos encontramos a los dos. El Santi no dijo nada, simplemente entró y el resto le seguimos como putas sin decir nada. Mi mujer se puso a cotillear con las del resto y los demás hicimos como si nada. Nos pedimos unas copas y hablamos del Barça y el Madrid, del Marc Márquez y el moto GP, lo típico. El Santi estaba a su bola y los demás ahí, con él, y en algún momento, que salió el tema, nos avisó que se la sudaba, que si algo sentía por ella era ascopena, porque se estaba liando con todos los del pueblo.

No sé qué pasó, cómo al Santi, que era tan cuerdo, se le fue la pinza al final. La Carmen ya estaba loca de por sí, pero tiene cosas buenas también. Es una chica guapa, sí, pero su sonrisa contagia al más triste y, con ella a tu lado, te sientes como un príncipe disney. Después de lo del Albert no hablaba mucho con ella, pero después del verano, como muchas veces coincidíamos al volver del tajo, al final nos contábamos las cosas y ya, enseguida me iba a casa con mi Belinda. Estoy casado como te decía, la quiero mucho, sí. Fue sólo que un día, la Carmen y yo, nos tomamos algo, pero ya, no pasó nada más. ¿Y? Volvimos a quedar, sí. A la semana siguiente me llamó, este jueves, a la tarde, porque había perdido el último bus, por si podía pasar a recogerla. Qué me iba a costar… Pillé la moto, la recogí y a la vuelta quiso invitarme a una cerveza. Jijís por aquí, jijís por allá, y al final fueron varias, estaba achispado y esa boquita suya me llamó tanto que… Fue ella, yo no la veía como para eso, pero nos enrollamos como dos adolescentes veinte años después.

Aun así no fue nada, una tontería, ya ves tú. Claro, tenemos una edad. Y ayer pues nada, estuve echando unas cartas como todos los sábados, en la taberna. Belinda mientras con los críos atrás, en el parque, y luego ya nos juntamos los que faltaban de la cuadrilla y demás. El Santi estaba raro, y claro, me daba cosa también decirle nada, pero bueno, estábamos todos. Vimos perder al Barça con el Atleti, corrieron las copas para variar y, a la que me fui a fumar fuera, el Santi salió con la suya en la mano y me miró de reojo, sonriendo. Terminó lo que le quedaba de un trago sin decirme nada y se fue hasta mi moto. Me quedé mirándole y vi que se sacaba la chorra y le meó toda ella. ¿Yo? ¡Qué coño iba a hacer! Le dije que coño hacía y fui a hablar con él, y a la que llegaba, el Santi, se dio la vuelta y me meó encima a mí también.

¿El qué? ¿Yo? Yo no hice nada, algún insulto, pero ya. Fue el Santi, que estaba todo loco y me calzó tal hostia que me tiró al suelo, ¡me ha roto la nariz! ¿La Carmen? Sí, la Carmen andaba por allí, porque al verlo vino corriendo y gritando. Según llegó el Santi la escupió en la cara. Ella intentó revolverse, pero la empujó, echándola para atrás hasta caer encima mía, y se volvió al bar como si nada. Algunos me recogieron para traerme a urgencias. ¿Mi mujer? No. Belinda me dejó anoche.

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Ni héroe ni heroína

Ya desde pequeño no te gustaban los que iban de guay, dentro y fuera de la pantalla, pero sí alguna peli de héroes salidos de la nada, salvando vidas, defendiendo a los buenos y luchando contra los malos. Cuántas veces jugaste a ser Superman, auxiliando a Lois Lane al tragársela la tierra dentro de su coche… Muchas. Creías ser uno de esos, Dave, de los que algún ente sobrenatural elige a dedo, para salvar a los demás del barro que a ti te llegaba hasta las rodillas.

Te sentías como el Cid Campeador, luchando a diestro y siniestro por los tuyos, y acabaste peleando a calzón quitado del mismo modo que el caballero de la armadura oxidada, solo que sin caballo ni armadura que portar. O como el ‘rabudo’ de Nacho Mirás, que dejó de ser zurdo. Tú, sin ser celta ni vigués ni periodista, y mucho menos caballero, pasaste también por el mejor peor momento de tu vida. Estuviste de mierda hasta el cuello y, de un tiempo a esta parte sin embargo, puedes mirar al frente sin perder el horizonte, aunque ya no seas nadie y estés de gorra. Un peso que te quitas de encima.

Miras de soslayo cada vez que alguien te llama y aun así cedes tu asiento cuando un viejo hace acto de presencia, buscando los ojos de algún cómplice que se los devuelva. Amenazas al que ocupa tu espacio sin permiso y apenas entras al juego de conversaciones mundanas, porque lo sientes como ajeno a la vida en sí misma, un regalo que muchos desconocen. Ya no te cortas ningún pelo si no es a tu antojo ni eres el héroe de nadie. Sólo eres tú, Dave. Disfrútalo.

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Presente será pasado en breve

Te gusto y me gustas. Te echo de menos cuando no te echo de más y lo sabes. Lo sé. Pero no puedo remediarlo dita sea. Y antes o después nos vemos, y me llevas un vestido que no deja de serlo siendo verano, por más que odies el calor que te aprieta.

Me queda un regusto amargo en la boca, entonces subo y me lo quito con la tuya. Piel con piel, lengua a lengua, y entras. Y sales. Repites, y nuestra respiración se ahoga. Temblamos cuando al fin llego y tú llegas conmigo, abrazándonos los dos al derrumbarte. El tiempo se para como si no hubiera un mañana, agarrados el uno al otro con el sudor de ambos. Respiración entrecortada, gemidos ahogados y sendos corazones que pelean por recuperar la calma. Pasión desacompasada después de todo, después de nada. Pero, por el momento, el placer es mutuo, es caliente y también húmedo.

Qué pintará un marsellés en Cartagena

Otra mañana de domingo para dar una vuelta a las polillas del traje por el paseo marítimo. El sol y el mar eran sus cómplices, los bolsillos su cesta, con mendrugos de pan para las palomas. Antes escuchó la palabra del señor —óyenos— para santiguarse, una y mil veces, tras mojar los dedos en agua bendita y de paso limpiar la herida de su mano. La misa de las 11 es la suya. Uno y uno, el uno con el otro, pero no para don Viriato, que llevaba tiempo yendo sólo. Su mujer, la Pepis, nacida en Sevilla y adoptada en Cartagena, encontró algo mejor que hacer con su vida.

“Je t’aime” sonaba mucho en los diales de entonces. Estaba de moda aunque a alguno no le gustara. A él desde luego que no. El radiocasete reventó aquella mañana al dejar escapar sus primeros acordes y la voz de Jane Birkin no pudo entrar a tiempo. Sentado en la mesita de la cocina, mientras desayunaba sus tostadas con membrillo, Viriato estrelló el aparato contra el suelo de un manotazo, cortándose la mano con ese alambre que él puso para sujetar el asa al aparato.

Años atrás, la señora Pepis se hartó de aguantar al rancio de su marido, incapaz de proporcionarle ni una criatura siquiera. Se fue con un gabacho, un jubilado adinerado, cortés y educado, qué emigró al sur para vivir la vida sin preocuparse por la cartera. Sería más viejo que ellos, pero con ese romanticismo marsellés podía volver loca a cualquiera. Con ella funcionó. Ese tipo podía ser el hombre más puro del mundo para su Pepis, pero desde entonces, don Viriato, odió a cualquier maldito francés.

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Aquellos tristes ninipoetas que ni se suben las braguetas

creíste aprender solfeo
con los dedos entre las cuerdas
parlas cuando tus labios mojas
y crees moverte como un CEO

malvistes a la moda
llevas el pelo alborotado
te emborrachas con crema
y te vendes como un derrotado

cantas sobre el amor
cuando sólo mojas previo pago
invitando a chupitos de un trago
a falta de un hervor

pintas sobre el asfalto
frases tristes y sin gracia
tras haber pasado por alto (donde una cebra que haya pisado)
las frenos de tu Lancia

sin haber sido circuncidado
entonas canciones de mierda
para vendernos tu maldito postgrado
cuando no has tocado más que una cuerda
mientras tus papis te creen encamado

Mi planta, mi anillo y yo

Carlos tenía la misma edad que Claudia, pero ella aparentaba menos y él más. Mucho más. Si es que andas como un viejo. Gracias cariño. Lo dice la mujer que lee dormida, se cree despierta y todo lo etiqueta… Perlas como esas se repartían entre ambos en cuanto alguno se despistaba, pero aun así se querían. Puede que en algún momento acaben compartiendo techo, y quien sabe si también altar. Mientras tanto, sus mundos seguirían trazando rutinas helicoidales en torno a las barras de los bares.

Aquel anillo que vestía Claudia no se lo había regalado él, lo compró por sí misma. Fui a por un bolso barra mochila en el mercadillo del museo del ferrocarril y acabé en el puestecito que tiene esa chica que hace esas cosas con sus propias manos. Me gusta cantidad, es superbonico. Y eso que ya lo ha machacado varias veces y lo ha pisado, sin querer dice. Aquel bolso barra mochila que ella seguía buscando quiso regalárselo Carlos a las pocas semanas de conocerse. Veni vidi pero no vici, demasiado pronto para ella comprometerse regalos mediante, aunque no fuera esa su intención. Momento de locura si acaso. Mi plantita sabe lo que digo, me quiere y yo la quiero a ella. Al parecer es mutuo. Por las mañanas, cuando subo la persiana, la cubro de los rayos de sol que entran a saco por la ventana echando la cortina, y ella me da las gracias. Al acostarme, antes de apagar la luz, le cuento mi día. Luego, un beso de buenas noches y nos sobamos. Supongo que metafóricamente, pero a saber lo que hacéis en la oscuridad, siendo alga y almeja una y otra.

Antes de medianoche y sin ver el último wasap, Claudia ya había subido al séptimo cielo, tallo mediante, mientras Carlos tecleaba frente a la pantalla. Div class header background image… Aquella noche de código fuente le mantuvo frente a la pantalla hasta las tres. La misma hora en la que Claudia despertó tras revolverse las sábanas en su contra. ¿Te qu eme con carita sonrojada, cuando ya no hay coste por letras y tienes tarifa plana?

Estás fatal, me pones mala y mi plantita ha perdido otra hojita, joder, bonita, no llores que me lo pegas. Toma mi anillo. ¿No lo quieres? Yo te quiero a ti, plantita, ¿por qué no me dejas dormir? ¿Qué coño va a ser por él? Él me quiere, me lo ha puesto, ¿por qué dices eso? Éste me quiere y yo le quiero a él. Y a ti también, plantita, no me llores tus hojas que me lo pegas, sabes que me lo pegas y si nos ponemos las dos a ver qué hacemos, que ya te riego lo suyo, lo suyo y lo mío.

Claudia amanecía antes que Carlos porque fichaba pronto en el trabajo. Esta vez con más ojeras. Él, que andaba montando su propio negocio, no madrugaría antes de las once por ciego que pareciese. Ciego de amor estúpido. Está loca, pero me lo pega cuando la tengo cerca. Amor estúpido.

Mecánica popular. Parte 2

—Hola pequeño, ¿cómo estás?
—¿Dónde está mi mamá?
—Acaba de salir.
—¡Mamaaaaaaá!
—Venga, vamos, tranquilízate, ahora vendrá tu madre.
—Quiero a mi mamá…
—Ahora viene, me ha dicho que me quede aquí, jugando contigo. ¿Quieres que juguemos?
—¿A qué?
—¿Qué te parece…? Mira, ¿ves mi placa? Podemos jugar a los policías, como si tratáramos de resolver un caso. Yo te pregunto y tú me respondes…
—¡Pero yo también quiero preguntar!
—Bueno, pues cada vez pregunta uno y el otro responde. ¿Te parece bien?
—¡Empiezo yo!
—¿Quieres empezar tú?
—Sí.
—¿Qué me quieres preguntar?
—Dónde está mi mamá.
—Tu mamá ha salido, ya te lo he dicho.
—¿Por qué?
—Ah, ah. Una pregunta cada uno.
—Pero yo quiero a mi mamá…
—Y ella te quiere a ti, por eso te ha traído al hospital. ¿Sabes por qué estas aquí?
—Porque me duele.
—¿Qué es lo que te duele?
—¡Me toca a mí!
—Vale, a ver…
—¿Dónde estamos?
—¿No lo sabes?
—No…
—En el hospital, te lo he dicho antes. ¿Nunca has estado en un hospital?
—No.
—¿Y en el médico?
—Sí.
—¿Has ido muchas veces al médico?
—Sí. ¿Cuándo viene mi mamá?
—Ahora viene tu mamá.
—¡Quiero que venga mi mamá!
—¿Alguna vez te ha pegado tu mamá o tu papá?
—Alguna vez.
—Pero… ¿cuál de ellos? ¿O han sido los dos?
—No.
—¿Entonces nunca te han pegado, ninguno de los dos, ni siquiera un azote?
—Alguna vez.
—¿Y en qué quedamos?

Silencio.

—¿Te hicieron pupa?
—Sí.
—Vaya…

Más silencio.

—¿Por qué no puedo rascarme?
—Porque no puedes.
—¿Jooo, y qué hago?
—¿Por? ¿Te pica algo?
—Me pica la nariz.
—¿Te pica la nariz?
—Sí, me pica.
—Huummm, vaya…
—¿Por qué no puedo rascarme?
—¿No… no lo sabes?
El rey Salomón dictó sentencia la tarde anterior. Repartió sus brazos, uno para su madre y otro para su padre, y creyó que era bueno.

* En respuesta al original de Raymond Carver

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¿Saben aquel que diu, el que “cata en un ya”?

Quién diría lunes de resaca, pero ahí estás, sentado en la mesa de la cocina a eso del mediodía, con las gafas sucias, el pelo alborotado y una botella de Grimau gran reserva que acababas de abrir. Hasta bien pasada tu adolescencia no eras capaz de paladear el cava y ahora no te falta marca exclusiva que catar. Igual porque también te lo regalan a espuertas desde que estás en el poder. Y es que una victoria inesperada hace que sepa mejor todavía.

Antes, para convencer a las masas, se necesitaban ensayos de al menos unas cuantas decenas de páginas. Ahora, con 140 caracteres y un par de fotos curiosas, tienes para la redacción de toda una constitución con la masa detrás deseando nadar en ella. Como ocurre con la pintura minimalista, que con cuatro pinceladas sobra y aun así puede convertirse en toda una ideología sensacionalista. Has ganado lo que llamas referéndum con papel de fumar, pero es que la espuma ayuda, independientemente de donde salga.

Ebrio de poder, henchido de soberbia, defiendes como mal emperador una ideología barata en la tierra que no te pertenece, que se te escapa, como el niño consentido de familia burguesa que eras. Entonces ya llevabas el pelo cortado a tazón y creías que ese parque donde te solían llevar tus padres era todo tuyo. Ni siquiera te apeabas del carricoche, no fueras a manchar tu ropa de domingo, y aun así querías jugar con ella, construyendo castillos de arena sobre tus montes y más montes. —Tanto monta… Escolti tú, que esa no nos viene bien—.

Creciste sin ver valles más allá de tus narices, tan solo campos de fútbol, cegado por esa miopía intelectual que produce el desvío del periodismo hacia el deporte estrella de la nación que tanto odias. Creías que pegar patadas al balón es cultura y “Terra Lliure” su parcela como huerta ecológica manufacturada, así que seguiste con lo tuyo para crecer, viajando hacia el este del continente para impregnarte en las nuevas tecnologías de la información, hasta que la Generalitat te subvencionó “A Cada Notícia” que les mandaras por encargo.

No te fue tan mal en tu trabajo. Conseguiste un buen tajo entre conocidos de nivel e incluso sacaste a esa rumana lista demente, filóloga y ortodoxa, de la dictadura de su país para meterla en el tuyo. A cambio te dio sexo y dos criaturitas. Ahora te sientes como Lenin con la sangre de Karl Marx, aunque falte la hoz, el martillo y la llave inglesa en la “estelada”.sobre fondo azul. La URSS no terminó de funcionar pero fue un buen ensayo, la URC (Unió Republicana de Catalunya) es otra historia, un dos punto cero de la versión original.

Hace tiempo que tus pies no tocan suelo. Vuelas tan alto que 4 de las piezas de ese puzzle, el que perfila la península Ibérica, aparecen coloreadas de amarillo. El mismo color del globo aerostático que te acuna y te canta la “senyera”, el mismo color de los lazos y esteladas con las que te limpias el culo en privado. Flotas en el aire entre nubes de algodón, mientras otros tantos, los que metieron bajo tierra, sueñan todas y cada una de las noches que pasan en prisión con tirar de la soga y traerte de vuelta a sus infiernos.

Lo que siempre soñaste, lo que creías imposible, esa tierra en igualdad de oportunidades para los de tu patria, se habría ante tus ojos de tal forma que crees poder palparlo ya. La Cup es un buen recipiente para tu cava, y Marcela tu Eva, así que termina el espumoso que catas para escapar del Génesis con todas las malditas manzanas metidas donde os quepan. La serpiente va incluida, Loquillo y los Trogloditas no.