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Ni héroe ni heroína

Ya desde pequeño no te gustaban los que iban de guay, dentro y fuera de la pantalla, pero sí alguna peli de héroes salidos de la nada, salvando vidas, defendiendo a los buenos y luchando contra los malos. Cuántas veces jugaste a ser Superman, auxiliando a Lois Lane al tragársela la tierra dentro de su coche… Muchas. Creías ser uno de esos, Dave, de los que algún ente sobrenatural elige a dedo, para salvar a los demás del barro que a ti te llegaba hasta las rodillas.

Te sentías como el Cid Campeador, luchando a diestro y siniestro por los tuyos, y acabaste peleando a calzón quitado del mismo modo que el caballero de la armadura oxidada, solo que sin caballo ni armadura que portar. O como el ‘rabudo’ de Nacho Mirás, que dejó de ser zurdo. Tú, sin ser celta ni vigués ni periodista, y mucho menos caballero, pasaste también por el mejor peor momento de tu vida. Estuviste de mierda hasta el cuello y, de un tiempo a esta parte sin embargo, puedes mirar al frente sin perder el horizonte, aunque ya no seas nadie y estés de gorra. Un peso que te quitas de encima.

Miras de soslayo cada vez que alguien te llama y aun así cedes tu asiento cuando un viejo hace acto de presencia, buscando los ojos de algún cómplice que se los devuelva. Amenazas al que ocupa tu espacio sin permiso y apenas entras al juego de conversaciones mundanas, porque lo sientes como ajeno a la vida en sí misma, un regalo que muchos desconocen. Ya no te cortas ningún pelo si no es a tu antojo ni eres el héroe de nadie. Sólo eres tú, Dave. Disfrútalo.

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Presente será pasado en breve

Te gusto y me gustas. Te echo de menos cuando no te echo de más y lo sabes. Lo sé. Pero no puedo remediarlo dita sea. Y antes o después nos vemos, y me llevas un vestido que no deja de serlo siendo verano, por más que odies el calor que te aprieta.

Me queda un regusto amargo en la boca, entonces subo y me lo quito con la tuya. Piel con piel, lengua a lengua, y entras. Y sales. Repites, y nuestra respiración se ahoga. Temblamos cuando al fin llego y tú llegas conmigo, abrazándonos los dos al derrumbarte. El tiempo se para como si no hubiera un mañana, agarrados el uno al otro con el sudor de ambos. Respiración entrecortada, gemidos ahogados y sendos corazones que pelean por recuperar la calma. Pasión desacompasada después de todo, después de nada. Pero, por el momento, el placer es mutuo, es caliente y también húmedo.

Qué pintará un marsellés en Cartagena

Otra mañana de domingo para dar una vuelta a las polillas del traje por el paseo marítimo. El sol y el mar eran sus cómplices, los bolsillos su cesta, con mendrugos de pan para las palomas. Antes escuchó la palabra del señor —óyenos— para santiguarse, una y mil veces, tras mojar los dedos en agua bendita y de paso limpiar la herida de su mano. La misa de las 11 es la suya. Uno y uno, el uno con el otro, pero no para don Viriato, que llevaba tiempo yendo sólo. Su mujer, la Pepis, nacida en Sevilla y adoptada en Cartagena, encontró algo mejor que hacer con su vida.

“Je t’aime” sonaba mucho en los diales de entonces. Estaba de moda aunque a alguno no le gustara. A él desde luego que no. El radiocasete reventó aquella mañana al dejar escapar sus primeros acordes y la voz de Jane Birkin no pudo entrar a tiempo. Sentado en la mesita de la cocina, mientras desayunaba sus tostadas con membrillo, Viriato estrelló el aparato contra el suelo de un manotazo, cortándose la mano con ese alambre que él puso para sujetar el asa al aparato.

Años atrás, la señora Pepis se hartó de aguantar al rancio de su marido, incapaz de proporcionarle ni una criatura siquiera. Se fue con un gabacho, un jubilado adinerado, cortés y educado, qué emigró al sur para vivir la vida sin preocuparse por la cartera. Sería más viejo que ellos, pero con ese romanticismo marsellés podía volver loca a cualquiera. Con ella funcionó. Ese tipo podía ser el hombre más puro del mundo para su Pepis, pero desde entonces, don Viriato, odió a cualquier maldito francés.

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Aquellos tristes ninipoetas que ni se suben las braguetas

creíste aprender solfeo
con los dedos entre las cuerdas
parlas cuando tus labios mojas
y crees moverte como un CEO

malvistes a la moda
llevas el pelo alborotado
te emborrachas con crema
y te vendes como un derrotado

cantas sobre el amor
cuando sólo mojas previo pago
invitando a chupitos de un trago
a falta de un hervor

pintas sobre el asfalto
frases tristes y sin gracia
tras haber pasado por alto (donde una cebra que haya pisado)
las frenos de tu Lancia

sin haber sido circuncidado
entonas canciones de mierda
para vendernos tu maldito postgrado
cuando no has tocado más que una cuerda
mientras tus papis te creen encamado

Mi planta, mi anillo y yo

Carlos tenía la misma edad que Claudia, pero ella aparentaba menos y él más. Mucho más. Si es que andas como un viejo. Gracias cariño. Lo dice la mujer que lee dormida, se cree despierta y todo lo etiqueta… Perlas como esas se repartían entre ambos en cuanto alguno se despistaba, pero aun así se querían. Puede que en algún momento acaben compartiendo techo, y quien sabe si también altar. Mientras tanto, sus mundos seguirían trazando rutinas helicoidales en torno a las barras de los bares.

Aquel anillo que vestía Claudia no se lo había regalado él, lo compró por sí misma. Fui a por un bolso barra mochila en el mercadillo del museo del ferrocarril y acabé en el puestecito que tiene esa chica que hace esas cosas con sus propias manos. Me gusta cantidad, es superbonico. Y eso que ya lo ha machacado varias veces y lo ha pisado, sin querer dice. Aquel bolso barra mochila que ella seguía buscando quiso regalárselo Carlos a las pocas semanas de conocerse. Veni vidi pero no vici, demasiado pronto para ella comprometerse regalos mediante, aunque no fuera esa su intención. Momento de locura si acaso. Mi plantita sabe lo que digo, me quiere y yo la quiero a ella. Al parecer es mutuo. Por las mañanas, cuando subo la persiana, la cubro de los rayos de sol que entran a saco por la ventana echando la cortina, y ella me da las gracias. Al acostarme, antes de apagar la luz, le cuento mi día. Luego, un beso de buenas noches y nos sobamos. Supongo que metafóricamente, pero a saber lo que hacéis en la oscuridad, siendo alga y almeja una y otra.

Antes de medianoche y sin ver el último wasap, Claudia ya había subido al séptimo cielo, tallo mediante, mientras Carlos tecleaba frente a la pantalla. Div class header background image… Aquella noche de código fuente le mantuvo frente a la pantalla hasta las tres. La misma hora en la que Claudia despertó tras revolverse las sábanas en su contra. ¿Te qu eme con carita sonrojada, cuando ya no hay coste por letras y tienes tarifa plana?

Estás fatal, me pones mala y mi plantita ha perdido otra hojita, joder, bonita, no llores que me lo pegas. Toma mi anillo. ¿No lo quieres? Yo te quiero a ti, plantita, ¿por qué no me dejas dormir? ¿Qué coño va a ser por él? Él me quiere, me lo ha puesto, ¿por qué dices eso? Éste me quiere y yo le quiero a él. Y a ti también, plantita, no me llores tus hojas que me lo pegas, sabes que me lo pegas y si nos ponemos las dos a ver qué hacemos, que ya te riego lo suyo, lo suyo y lo mío.

Claudia amanecía antes que Carlos porque fichaba pronto en el trabajo. Esta vez con más ojeras. Él, que andaba montando su propio negocio, no madrugaría antes de las once por ciego que pareciese. Ciego de amor estúpido. Está loca, pero me lo pega cuando la tengo cerca. Amor estúpido.

Mecánica popular. Parte 2

—Hola pequeño, ¿cómo estás?
—¿Dónde está mi mamá?
—Acaba de salir.
—¡Mamaaaaaaá!
—Venga, vamos, tranquilízate, ahora vendrá tu madre.
—Quiero a mi mamá…
—Ahora viene, me ha dicho que me quede aquí, jugando contigo. ¿Quieres que juguemos?
—¿A qué?
—¿Qué te parece…? Mira, ¿ves mi placa? Podemos jugar a los policías, como si tratáramos de resolver un caso. Yo te pregunto y tú me respondes…
—¡Pero yo también quiero preguntar!
—Bueno, pues cada vez pregunta uno y el otro responde. ¿Te parece bien?
—¡Empiezo yo!
—¿Quieres empezar tú?
—Sí.
—¿Qué me quieres preguntar?
—Dónde está mi mamá.
—Tu mamá ha salido, ya te lo he dicho.
—¿Por qué?
—Ah, ah. Una pregunta cada uno.
—Pero yo quiero a mi mamá…
—Y ella te quiere a ti, por eso te ha traído al hospital. ¿Sabes por qué estas aquí?
—Porque me duele.
—¿Qué es lo que te duele?
—¡Me toca a mí!
—Vale, a ver…
—¿Dónde estamos?
—¿No lo sabes?
—No…
—En el hospital, te lo he dicho antes. ¿Nunca has estado en un hospital?
—No.
—¿Y en el médico?
—Sí.
—¿Has ido muchas veces al médico?
—Sí. ¿Cuándo viene mi mamá?
—Ahora viene tu mamá.
—¡Quiero que venga mi mamá!
—¿Alguna vez te ha pegado tu mamá o tu papá?
—Alguna vez.
—Pero… ¿cuál de ellos? ¿O han sido los dos?
—No.
—¿Entonces nunca te han pegado, ninguno de los dos, ni siquiera un azote?
—Alguna vez.
—¿Y en qué quedamos?

Silencio.

—¿Te hicieron pupa?
—Sí.
—Vaya…

Más silencio.

—¿Por qué no puedo rascarme?
—Porque no puedes.
—¿Jooo, y qué hago?
—¿Por? ¿Te pica algo?
—Me pica la nariz.
—¿Te pica la nariz?
—Sí, me pica.
—Huummm, vaya…
—¿Por qué no puedo rascarme?
—¿No… no lo sabes?
El rey Salomón dictó sentencia la tarde anterior. Repartió sus brazos, uno para su madre y otro para su padre, y creyó que era bueno.

* En respuesta al original de Raymond Carver

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¿Saben aquel que diu, el que “cata en un ya”?

Quién diría lunes de resaca, pero ahí estás, sentado en la mesa de la cocina a eso del mediodía, con las gafas sucias, el pelo alborotado y una botella de Grimau gran reserva que acababas de abrir. Hasta bien pasada tu adolescencia no eras capaz de paladear el cava y ahora no te falta marca exclusiva que catar. Igual porque también te lo regalan a espuertas desde que estás en el poder. Y es que una victoria inesperada hace que sepa mejor todavía.

Antes, para convencer a las masas, se necesitaban ensayos de al menos unas cuantas decenas de páginas. Ahora, con 140 caracteres y un par de fotos curiosas, tienes para la redacción de toda una constitución con la masa detrás deseando nadar en ella. Como ocurre con la pintura minimalista, que con cuatro pinceladas sobra y aun así puede convertirse en toda una ideología sensacionalista. Has ganado lo que llamas referéndum con papel de fumar, pero es que la espuma ayuda, independientemente de donde salga.

Ebrio de poder, henchido de soberbia, defiendes como mal emperador una ideología barata en la tierra que no te pertenece, que se te escapa, como el niño consentido de familia burguesa que eras. Entonces ya llevabas el pelo cortado a tazón y creías que ese parque donde te solían llevar tus padres era todo tuyo. Ni siquiera te apeabas del carricoche, no fueras a manchar tu ropa de domingo, y aun así querías jugar con ella, construyendo castillos de arena sobre tus montes y más montes. —Tanto monta… Escolti tú, que esa no nos viene bien—.

Creciste sin ver valles más allá de tus narices, tan solo campos de fútbol, cegado por esa miopía intelectual que produce el desvío del periodismo hacia el deporte estrella de la nación que tanto odias. Creías que pegar patadas al balón es cultura y “Terra Lliure” su parcela como huerta ecológica manufacturada, así que seguiste con lo tuyo para crecer, viajando hacia el este del continente para impregnarte en las nuevas tecnologías de la información, hasta que la Generalitat te subvencionó “A Cada Notícia” que les mandaras por encargo.

No te fue tan mal en tu trabajo. Conseguiste un buen tajo entre conocidos de nivel e incluso sacaste a esa rumana lista demente, filóloga y ortodoxa, de la dictadura de su país para meterla en el tuyo. A cambio te dio sexo y dos criaturitas. Ahora te sientes como Lenin con la sangre de Karl Marx, aunque falte la hoz, el martillo y la llave inglesa en la “estelada”.sobre fondo azul. La URSS no terminó de funcionar pero fue un buen ensayo, la URC (Unió Republicana de Catalunya) es otra historia, un dos punto cero de la versión original.

Hace tiempo que tus pies no tocan suelo. Vuelas tan alto que 4 de las piezas de ese puzzle, el que perfila la península Ibérica, aparecen coloreadas de amarillo. El mismo color del globo aerostático que te acuna y te canta la “senyera”, el mismo color de los lazos y esteladas con las que te limpias el culo en privado. Flotas en el aire entre nubes de algodón, mientras otros tantos, los que metieron bajo tierra, sueñan todas y cada una de las noches que pasan en prisión con tirar de la soga y traerte de vuelta a sus infiernos.

Lo que siempre soñaste, lo que creías imposible, esa tierra en igualdad de oportunidades para los de tu patria, se habría ante tus ojos de tal forma que crees poder palparlo ya. La Cup es un buen recipiente para tu cava, y Marcela tu Eva, así que termina el espumoso que catas para escapar del Génesis con todas las malditas manzanas metidas donde os quepan. La serpiente va incluida, Loquillo y los Trogloditas no.

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Gula

Cuando Isaak se sentaba a una mesa nunca podía arrimarse demasiado a menos que se inclinara hasta ella. La oficina quedaba demasiado lejos de casa y siempre comía en el bar que estaba a los pies del edificio; si en el menú había plato de cuchara como primero volvía con la corbata manchada, ley de Newton. Para los que se cruzaban con él más de una vez, fueran nuevos y no tan nuevos, Isaak era el “Quijote de la mancha” con unas cuantas toneladas de más porque, según ellos, parecía haberse comido a su Rocinante. Él ya se lo pasaba por el gaznate, las unidades de tiempo y medida no valían más que hacer horas extras en su jornada laboral con un buen traje de saldo.

En algún momento, el de una vida ya extinguida, Isaak estuvo casado por amor carnal hasta que ésta lo vomitó. Desde entonces vivía solo; la persona que más amaba era esa niña preciosa que tuvo y ahora apenas veía los fines de semana y alguna fiesta de guardar. En su juventud perdida por el peso de los años, Isaak jugaba al tenis como McEnroe y lucía tipo a lo Bogart, poco después tan sólo veía a Federer y Master Chef por televisión. El grueso de su vida lo llevaba no sólo a sus espaldas, haciendo exiguas las opiniones que su perfil pudiera merecer, pero mientras quedaran buenos chuletones y mejores vinos que los acompañara el resto de bocas podían irse al carajo.

Eblouie par la nuit

ZAZ

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales,
rozando los coches, los ojos como cabezas de alfiler,
te esperé cien años por las calles en blanco y negro
y tú viniste silbando.

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales,
dando patadas a las latas, perdida como un barco a la deriva.
Sí, perdí la cabeza, te amé y peor aún,
llegaste silvando.

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales.
¿Vas a amar la vida o simplemente dejarla pasar?
De nuestras noches fumando ya no queda nada,
más que las cenizas a la mañana siguiente.

En este vagón de metro, lleno del vértigo que es la vida,
en la siguiente estación, pequeño europeo,
coloca tu mano, que descienda por debajo de mi corazón.

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales.
Un último saludo, aunque sea con la mano.
Te esperé cien años por las calles en blanco y negro
y tú viniste silbando.