Cristiano el papagayo

Desde que el planeta Tierra se pusiera a dar vueltas alrededor del Sol cual plato de microondas, los organismos unicelulares montaron sus cooperativas con el objetivo de mantenerse con vida. Al final, entre célula va y célula viene, como quien no quiere la cosa, acabaron siendo pluriempleados para ganarse el pan con el que adaptarse al medio, fuera por enzima o por debajo de la cuerda. Poco a poco crecieron, se reprodujeron y, algunos, hasta evolucionaron. Otros murieron y desaparecieron, como esos cacho dinosaurios, pero éste no es el caso que nos okupa. Entonces ésto era literalmente el paraíso, todavía no existían las venéreas y, desde los pequeños pececillos que surcaban las aguas de cabo a rabo, surgieron anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Los invertebrados sin costillas los dejaremos aparte.

Tuvieron que pasar milenios, miles de ellos, para que las especies animales evolucionaran como las conocemos ahora, ofreciendo sus servicios a gusto del consumidor en su mayoría. Cristiano malvivía entre rejas por el hecho de tener alas y nacer en occidente, ese mundo inflado por el propio regocijo de sentirse ¡primer!. Él era el único preso allí presente y su jaula no ocupaba más de la veinteava parte del tamaño del salón. Por buen papagayo que fuera, vistiendo un plumaje blanco y morado, tan brillante como una final de Champions en el mismo Bernabeu, tan sólo se le permitía salir de allí para recorrer el pasillo y alguna otra habitación que tuviera la puerta abierta. Libertad vigilada una hora al día como mucho, antes de la cena, justo cuando venía a estar presente la mayor parte de los funcionarios de su prisión.

Cada uno se expresa como puede y Cristiano no iba a ser menos. Piaba a su manera cuando no repetía algún exabrupto, como alamadrid, putobarca, catalonia, pusdemon, queilornavas, mesi, rajoi, los nombres del personal adyacente, el suyo propio… y si podía, cuando estaba suelto y la mesa puesta, se cagaba en el primer lugar que se le antojara. Pero no todo eran desgracias para unos y otros, muchas alegrías proporcionó al alcaide y sus secuaces cuando mostraba su capacidad autocopiativa de aquellas palabras que llegaban hasta sus oídos, incluido el comienzo del himno del Real Madrid, ante las miradas atónitas de los que estuvieran allí presentes. Entonces era premiado con muesli de marca y se sentía menos infeliz, a pesar de llevar atada lo que parecía la bandera de España en una de sus patas.

Una noche de primeros de octubre, de esas en las que hace tanto calor que aún parece verano, sus plumas estaban empapadas de sudor y el alcaide, que al ser sábado y haber empezado la liga, no había vuelto aún. Paseándose Cristiano por las dependencias de la cárcel, olió el hedor de unos huevos fritos que provenía del final del pasillo. —Ésta es la mía, josdeputa— y corriendo siguió su instinto. Llevaba aguantándose toda la tarde y a hurtadillas fue tras la mujer al ver que portaba la mercancía, saliendo de la cocina bandeja en mano. Cuando quedó sobre la mesa del comedor sin vigilancia aparente, miró hacia ambos lados y se subió a ella como alma que lleva el diablo. Cristiano soltó allí lo que no está escrito. En seguida los críos gritaron, su madre gritó ya antes de asomar y hasta el maximus, que entraba por la puerta en ese mismo instante, también gritó. Todos pusieron su voz en grito, hasta el papagayo, que corriendo por todas partes tras evacuar sus intestinos no supo dónde meterse. Recorrió tierra y aire de un lado a otro de la casa mientras la jauría humana le perseguía sin miramientos.

En algún momento Cristiano se encontró entre la espada y la pared. Estaba en la cocina, acorralado por toda la familia humana. Su mirada se repartía entre el horno y el alcaide, medio agachado éste, con los brazos extendidos cual portero de fútbol ante un penalti en la final de la copa del rey. Se preguntó si todo había terminado, pero si una cosa tenía clara es que no iba a acabar dorado como otros pollos fueron cremados allí mismo, rodeado de patatas y cebollas. ¿Qué podía hacer? Entonces su mente lo vislumbró, como si un relámpago partiera el cielo en dos en ese momento. Sintió en la cola la brisa del aire que entraba desde el patio y sin pensarlo dos veces saltó al vacío en pos de la libertad.

Aquella prisión en la que vivió desde que tuvo uso de razón le hizo arriesgar más de lo que un ser con al menos dos dedos de frente se lo pensaría. Apenas había usado sus alas para volar un par de metros bajo techo, entonces las sacudió por instinto a cielo abierto, como si no hubiera un mañana. Pero lo hubo, Cristiano consiguió escapar de su maldita zona de confort y, cuando pudo darse cuenta, volaba ya dirección Guadalajara. Aquella fue una noche preciosa, la primera que vivió al raso, con un manto de luces en el cielo coronados por una inmensa luna en cuarto creciente. Lejos de la ciudad el aire era limpio, las vistas preciosas hasta decir prou (basta en castellano) y su sentimiento de libertad exacerbada cual ingesta de toda una barrica de Redbulls.

Cristiano voló y voló, y cuando quiso darse cuenta salía ya el sol ante su pico. Sin saberlo, había cruzado media península, la humedad era palpable en su plumaje y a sus pies asomaban tejados y calles con masas de gente recorriéndolas a pesar de ser temprano. El cansancio empezó a hacerle mella y, en cuanto vislumbró un llano extenso a sus pies, bajó hasta posarse sobre una de las farolas. Aún sin estar tan alto la perspectiva era buena, y pudo ver cómo las masas se agolpaban unas frente a otras, entre banderas bicolor. Una bola de goma pasó rozando su pico, perdió el equilibrio y acabó al hombro de un humano que enseguida le soltó el codo en todo su pecho. El papagayo de plumas blancas y moradas acabó en el suelo, entre gritos, oyendo palabras como puto, cullons, ocell y senyera. El pobre intentó zafarse, haciendo uso de lo aprendido todo el tiempo que estuvo en la cárcel. Tiró de garganta y soltó lo primero que le vino a la cabeza, como putobarsa, pusdemonalahoguera, el inicio del himno del Real Madrid… No estuvo acertado y la cuenta le salió cara.

Horas después, Cristiano yacía en el suelo, desplumado, aplastado y con el pico medio roto, pero sin bandera alguna que le apretara la pata. Por fin era libre.

Anuncios

La última vez que la llamaron amarrona

A la maestra del pueblo todos le decían amarrona, pero nadie se atrevía a soltárselo a la cara, más aún tras conocer la muerte de Tomás, su marido. Marie fue activista desde bien joven y recorrió medio continente, con la fundación que entonces se creó para salvar a los niños, hasta que se cruzó con él, y por él se quedó en Pueblo Arrecho, rompiendo su billete de vuelta. Tomás no era nadie allí, tan sólo un tipo grande y callado, de piel tan curtida que la hacía más oscura si cabe, al trabajar de sol a sol las huertas de tomates y morrones. Nada de eso evitó que quedara prendado de ella nada más verla, por amarrona que fuera.

Cosas que rara vez ocurren, cual par de agujas encontradas a lo largo y ancho de un pajar, como si fuera un milagro entre dos que no son creyentes. Por eso no tardaron en pasar por el altar. Muchos fueron sus pretendientes, incluido el ayudante del comisario, pero Marie sólo tenía ojos para su Tomás. Él fue quien la rebautizo como Marieta y fueron felices aun con las nupcias. Juanito nació poco después, con los mismos rasgos que su padre, al que apenas conoció más allá de las fotos grises que guardó su madre.

Aquella tarde, la de un recién estrenado septiembre, Marieta tuvo que pasar por comisaría tras lo sucedido días atrás. Entonces, el ayudante del comisario fue encontrado sin vida, tirado en el suelo, con la cabeza reventada, a la salida de atrás de La Tasca. Si no lo hacía ella motu proprio acabaría arrestada, y eso no sería bueno siendo madre viuda. Intentó dejar a Juanito con los hijos de la vecina pero ésta se negó por incapacidad, así que lo llevó de la mano hasta la puerta y, mientras Alfonso la interrogaba, Juanito se quedó en la habitación contigua, con su muñeco de madera y a solas.

—Cuéntemelo otra vez, preciosa. ¿Qué ocurrió la otra noche?
—Ya se lo he contado, comisario. —Marieta, aburrida de oídos sordos, cambió de codo con el que apoyarse sobre la silla—. Cuando llegué a casa la puerta estaba abierta. No le di mayor importancia porque todo estaba en su sitio y Juanito conmigo. La dejaría abierta por el bochorno, o quizás fuera la corriente…
—Bien, Marieta, Marie o como quiera que se llame, fue al colmado por unos recados y poco después ya estaba en la cama, durmiendo supongo, o no, pero… ¿qué paso entre lo uno y lo otro? ¿No tiene a nadie que pueda corroborarlo?
—Tralarí tralará… —canturreaba Juanito al otro lado de la pared.
—¿Le sirven las palabras de mi hijo?
—Me temo que no… —Juanito apenas superaba los 3 años.
—Tendría a mi marido para darle su palabra si no fuera porque alguien le asesinó —le dijo clavándole la mirada—. ¿Sabe ya quién fue, comisario?— escupió con el sarcasmo en los labios mientras una lágrima helada escurrió hasta su mejilla.

Alfonso se removió, incómodo, en su silla con tapiz de cuero seco. Tomó un trago largo de su taza. El olor de aquella infusión humeante lo delataba.

—Eso, Marieta, me da que está relacionado con lo de la noche pasada…
—Tralarí tralará —seguía cantando Juanito.
—Pues deje ese brebaje de ayahuasca y haga lo que tiene que hacer. ¿No le parece, desgraciado?
—¿Quién diablos te crees que eres, maldita zorra?

Alfonso se puso en pie, encolerizado, con los ojos fuera de sus órbitas. Era un hijo de terratenientes, mimado en su infancia y huérfano desde la adolescencia. Sus padres murieron en una noche oscura y él quedó al cuidado de sus tíos, tan lejanos ellos que dieron de bruces con su suerte, pues apenas tenían un chavo para comer.

—¿Sabe cómo la conocen a usted en el pueblo, desde que llegó? —Preguntó, intentando parecer tranquilo.
—¿Se atrevería a decírmelo, comisario?
—A-ma-rrrr…

Tras aquella tarde de cielo plomizo, al caer el sol con todo su peso, la chica que todos la conocían como amarrona se marchó con su hijo para no volver. El hecho de llevar gafas, el pelo siempre recogido en un moño y la ropa impoluta no ayudaba, que sacara de la manga de su chaqueta una vieja Derringer y se cargara de un sólo disparo al único que se atrevió a hacerlo menos aún. El mismo revólver con el que dos noches atrás vengó la muerte de su marido; un tipo receloso, ayudante del comisario, que ya no la perseguiría más. Con ese apodo recordaron a Marieta en Pueblo Arrecho durante muchos años después, sin aclarar lo sucedido allí.

* La canción de los hermanos Záizar salió de México y llegó, entre otros, hasta Pueblo Arrecho.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-99304

Mecánica popular. Parte 2

—Hola pequeño, ¿cómo estás?
—¿Dónde está mi mamá?
—Acaba de salir.
—¡Mamaaaaaaá!
—Venga, vamos, tranquilízate, ahora vendrá tu madre.
—Quiero a mi mamá…
—Ahora viene, me ha dicho que me quede aquí, jugando contigo. ¿Quieres que juguemos?
—¿A qué?
—¿Qué te parece…? Mira, ¿ves mi placa? Podemos jugar a los policías, como si tratáramos de resolver un caso. Yo te pregunto y tú me respondes…
—¡Pero yo también quiero preguntar!
—Bueno, pues cada vez pregunta uno y el otro responde. ¿Te parece bien?
—¡Empiezo yo!
—¿Quieres empezar tú?
—Sí.
—¿Qué me quieres preguntar?
—Dónde está mi mamá.
—Tu mamá ha salido, ya te lo he dicho.
—¿Por qué?
—Ah, ah. Una pregunta cada uno.
—Pero yo quiero a mi mamá…
—Y ella te quiere a ti, por eso te ha traído al hospital. ¿Sabes por qué estas aquí?
—Porque me duele.
—¿Qué es lo que te duele?
—¡Me toca a mí!
—Vale, a ver…
—¿Dónde estamos?
—¿No lo sabes?
—No…
—En el hospital, te lo he dicho antes. ¿Nunca has estado en un hospital?
—No.
—¿Y en el médico?
—Sí.
—¿Has ido muchas veces al médico?
—Sí. ¿Cuándo viene mi mamá?
—Ahora viene tu mamá.
—¡Quiero que venga mi mamá!
—¿Alguna vez te ha pegado tu mamá o tu papá?
—Alguna vez.
—Pero… ¿cuál de ellos? ¿O han sido los dos?
—No.
—¿Entonces nunca te han pegado, ninguno de los dos, ni siquiera un azote?
—Alguna vez.
—¿Y en qué quedamos?

Silencio.

—¿Te hicieron pupa?
—Sí.
—Vaya…

Más silencio.

—¿Por qué no puedo rascarme?
—Porque no puedes.
—¿Jooo, y qué hago?
—¿Por? ¿Te pica algo?
—Me pica la nariz.
—¿Te pica la nariz?
—Sí, me pica.
—Huummm, vaya…
—¿Por qué no puedo rascarme?
—¿No… no lo sabes?
El rey Salomón dictó sentencia la tarde anterior. Repartió sus brazos, uno para su madre y otro para su padre, y creyó que era bueno.

* En respuesta al original de Raymond Carver

Cita

Feliz día de San Ballantine’s

Porque el alcohol es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, tan monos y juguetones ellos, como el Actimel con Omega 3 lo es para nuestras arterias maltrechas.

Porque sin el bendito Ballantine’s no hubiéramos soportado un día como estos, con sus gentes, sus costumbres y esos decorados de cartón pluma para fechas como ésta, o en su caso conocido (y mucho menos aguantado hasta ahora) a la que es nuestrao parientae.

Da igual si consumes ron, vodka, ginebra, oporto o cualquier otra bebida espirituosa, no es por el whisky sino por lo que representa. Porque ¿qué ha hecho San Valentín por nosotros?

¡Feliz día de San Ballantine’s!

Ella era sorda y él mudo

Cuando Fernando se presentó en la puerta, Sara ya sabía lo que le iba a decir. Le costó años verlo, tanto como los que llevaban juntos, hasta que ella misma se dio de bruces con la realidad que nunca sintió suya. En la cuadrilla, casi todos eran pareja y los chismes siempre fueron su nexo. Pero para Sara, Fernando era tan buen chico que las voces de terceras personas siempre las entendió como envidia cotidiana.

A él le gustaba seguir de fiesta con sus amigos mientras el cuerpo aguantara, a ella le afectaba la carga de sus gemelos por esos tacones que le encantaba vestir. A él no le importaba que Sara quisiera retirarse pronto, ni a ella que Fernando la acompañara hasta el primer taxi. Era una combinación tan perfecta, la de esa pareja, como la del ron y anfetas que Fernando consumía a la vuelta y sin control, hasta mojar con la primera dama que se rozara con él, fuera o no de pago.

Por muchas flores, cenas entre velas y tequieros regalados al peso, Fernando llevó una doble vida, tan oscura como el gran cerdo ibérico de pata negra que era, a espaldas de la inocente Sara. Muchos le venían avisando desde tiempo atrás, incluso algún amigo común, pero ella quiso ser sorda mientras él fuera mudo. Ciega al menos no fue a pesar de su miopía. Sara pasó por alto la bolsita de anfetaminas que encontró en su coche y algún que otro envoltorio residual de un preservativo perdido en los bolsillos. —El Manu, que se pone hasta el culo y no controla— fue siempre la coartada de Fernando, con el único soltero y perdido de la vida.

Manuel era un buen tipo, amigo de sus amigos, un tanto rezagado y demasiado sincero cuando sentía que debía serlo. A él siempre le gustó Sara, vecinos desde la infancia, pero nunca se atrevió a decirle nada. Nunca hasta entonces. Cuando las vueltas de su cabeza acumularon noches y noches sin dormir, quiso mostrarle a su amor platónico lo que por sus ojos entraba cada noche de fiesta pervertida, Fernando mediante. Quedó varias veces con ella para dar un paseo y mostrarle aquel lado oscuro de la barrera que ahora les separaba. Quiso ser suave y empezó por la no conveniencia de aquella relación y sus diferencias, para terminar con los despropósitos físicos y carnales de los que podía dar fe.

Todas las historias que habían llegado hasta los oídos de Sara nunca fueron bien entendidas, para ella tan sólo resultaron ser celos de un amor no correspondido. Pero Manuel quiso llevarlo más allá y, una de todas esas noches de descontrol desenfrenado de Fernando, usó la cámara de su móvil para dar fe de ello de manera explícita, tanto por la forma como por el contenido. La siguiente vez que quedaron, él y su amada vecina, fue un antes y un después.

De repente, el día se hizo noche y el frío de aquella realidad, tan desconocida hasta ahora por Sara, caló en lo más profundo de sus vísceras; no supo entender cómo la cornamenta que vestía le había permitido pasar por las puertas sin agacharse y embutirse aquel gorro que usaba cuando hacía frío sin agujerearlo. Tras largas horas de café y llantos, preguntándose tantos porqués sin respuesta posible, Sara lo tuvo claro; aquella relación había llegado a su fin.

Sara hizo suyas todas aquellas fotos y, nada más entrar por la puerta de su casa, encolerizada, amontonó dentro de la bañera todo lo que tuviera que ver con Fernando; su toalla de ducha, su ropa, su portátil, su maquinilla de afeitar, su cepillo de dientes, su colonia… todo, y acto seguido le prendió fuego. Después dejó una nota sobre el recibidor, siendo hijodeputa lo mejor que le pudo poner, ahí donde ambos dejaban las llaves al entrar, y volvió al lecho de sus padres tras tanto tiempo fuera.

Nada más llegar Fernando a su hogar olió la chamusquina, leyó aquella carta de Sara y cayó desmayado por el colapso que todo aquello le supuso. En cuanto pudo recuperarse, lo primero que hizo fue llamar a su Sarita hasta quedarse sin batería, su amor perdido y chamuscado por tanta mierda que ocultó a sus espaldas. Al final lo consiguió y, 24 horas después, embutido en el mejor traje así como el más caro de los anillos de compromiso que pudo encontrar en tan poco tiempo, fue hasta aquel banco a la puerta del parque donde acordaron verse de nuevo, el mismo banco donde solían sentarse años atrás a ver las horas pasar entre besos tímidos de unos recién enamorados.

Sara se adelantó para estar preparada y le esperó. Fernando apareció justo a la hora fijada, con la cara caída y los ojos vidriosos, y en cuanto estuvo a sus pies se puso de rodillas, mostrando con lágrimas su arrepentimiento. Ella no movió ni una ceja, ni siquiera pestañeó, y en cuanto él sacó de la chistera aquel anillo para ofrecerla matrimonio, le dijo impávida: para mí estás muerto, so cabrón. Antes de terminar la última sílaba, quizás llevada por la acentuación, Sara le agarró de la muñeca con una mano y con la otra, en una abrir y cerrar de ojos, le rajó el cuello de lado a lado con una pequeña navaja tan afilada que apenas tuvo que apretar.

No había pasado ni un segundo cuando Fernando cayó desplomado sobre un charco de su propia sangre y Sara, con su tez tan blanca como siempre, atusándose el pelo, salió de allí por donde había venido sin síntoma alguno de culpabilidad por lo ocurrido.

Sólo sé que cada vez sé menos

Al parecer está en los malditos genes de muchos, salvo en los míos y los de algún otro perdido de la vida. Cuestión de mayorías, es lo que tiene ser bicho humano. La experiencia es un grado y llega un momento, antes o después, en que todo sapiente sabe, no sólo lo que tiene que hacer, sino lo que tú deberías hacer también. Da igual de dónde vengas, lo que hayas aprendido o lleves a rastras; estar ahí, en este lugar, es razón suficiente para seguir las pautas que ese otro ente te recomienda. Porque si te lo dice por algo será, porque cree que sabe más que tú y la experiencia facultativa de su miserable vida es mayor que la tuya. No preguntes, tampoco insistas. Es porque sí, porque es lo que hay, y punto.

Todo lo que sube tiende a bajar, las nubes son el resultante por cúmulos de vapor y la Tierra viene a ser más o menos redonda. En casos más extravagantes hasta gira alrededor del Sol. Eso es a lo que se reducen los principios de todos esos gurús del espacio intelectual, mentes brillantes doctoradas en facultades de pocilgas acolchadas con paja seca. Luego, a media noche o en la hora de comer, entre turnos si eso, pagan prostitutas independientes a su sexo y embutidas en cuero, vistiendo rabos artificiales atados a su cintura según el caso, para que les den lo que sus parejas no pueden y llenar así sus ojales, escasos de gozo y perversamente desesperados por su maldita vida.

Yo soy uno más de la inmensa minoría que todavía se asombra entre lo cotidiano, que no sabe una mierda y cada vez me da que menos aún. Fui cayado para aprender de los demás y ese silencio es el que me enseña entre tanto ruido. Lo poco que sé es que las palabras se las lleva el viento, que no valen nada. Haz lo que tengas que hacer si quieres, o no lo hagas, tú mismo, pero no perjures. Las promesas no cumplidas se convierten en mierda que otro ha de cargar, y esa mierda lleva tu maldita firma en ella. ¿Quieres tener amigos? Tápate la nariz y de paso los oídos, diles lo que quieren oír y comerás perdices. O dicho de otro modo, pequeños falos escondidos entre los matojos que antes o después te servirán de colchón.

En algún momento descubrirás que ese alguien, sea gurú o sea amigo supuesto, te está hablando en arameo. Es cuestión de experiencia poder diferenciarlo y no te pille por sorpresa, por mucho que sigas sin entenderlo. Son demasiados los que hablan esa lengua supuesta y superpuesta, basta con levantar una colilla para que aparezca uno de ellos, así que se rápido para evitar malas sorpresas. Yo, lo poco que sé, y cada vez sé menos, es que la experiencia es un grado y ese dialecto lo distingo a la legua. Crecí y ahora envejezco por culpa de ello, las canas y mis arrugas demuestran la experiencia. No somos nadie y aún me queda por aprender, pero desnudo soy el mismo crío que se ríe de todo, que se asusta por lo demás y duerme del tirón por pura fatiga craneoencefálica en mitad de la jungla cual Tarzán.

Un final feliz

69 años a sus espaldas y, como el Yin y el Yang, tras décadas de vivir sumergido en su cómoda felicidad, pasó al lado oscuro. Ya de por sí, Félix era un tipo gris, de pocos alardes, repitiendo el mismo papel hasta entonces. Siempre entendió ese color como la mejor manera de mantener el tipo. Él vivió subsistiendo, mojándose lo justo para que sus axilas no contaminaran la oficina que transitó, desde que su tío le metiera en Telefónica, hasta que se jubiló unos años atrás sin más remedio. Se casó joven, antes de cumplir los 25, y Felisa, aún más joven que él, le dio 3 críos tras dejar su trabajo como chica del cable. Cada agosto pasaron sus 2 semanas de vacaciones en el mismo piso Benidorm, a cuatro manzanas de la línea de playa, la Nochebuena y Navidad repartiéndose entre los cuñados, y el día de Reyes comiendo en la propia, dejando que ella buscara los juguetes de los críos y regalándola agua de colonia de Álvarez Gómez traída por los Magos de Oriente.

Los niños fueron educados en un colegio de curas. Crecieron, estudiaron sus carreras y uno a uno fueron abandonando su nicho para continuar con sus vidas por otros derroteros. La monotonía entonces cogió mayor volumen pero eso no alteró la rutina de Félix. Él siguió desayunando su taza de café con tostadas cubiertas por mantequilla y mermelada, alternando de traje según si el día fuera par o impar, mientras Felisa ocupaba el vació que habían dejado sus hijos leyendo a Antonio Gala, Paco Umbral y Camilo José Cela entre otros. A ella siempre le gustaron los bichos domesticados y quiso más de una vez hacerse con algún animal, fuera gato o fuera perro, pero eso Félix nunca se lo permitió.

Ese enero, antes de que llegaran los Reyes, Félix quiso salir de su rutina para intentar sorprender a su esposa por primera vez en mucho tiempo. Él sólo vio ventajas y optó, en vez del agua de colonia de Álvarez Gómez, por una aspiradora Phillips último modelo con la que jubilar ese viejo trasto que no chupaba ya ni el humo. Fue a El Corte Inglés, debatió entre las dependientas de la planta de electrodomésticos y se hizo con el más caro y potente de los aspirantes, envoltorio de papel de regalo incluido por primera vez. Llegado el día, tras recoger la casa y ordenar con pulcritud extrema hasta la docena de tomos de la enciclopedia, de esas antiguas con lomo de pseudocuero verde oscuro con grabado en tonos dorados, bajó al garaje para sacar del maletero de su coche aquel tremendo paquete. Subió en el ascensor e, intentando pasar inadvertido al entrar en casa tan cargado, lo dejó sobre el sofá, entre los regalos que Felisa compró para toda la familia, antes de cerrar la puerta del comedor.

—Félix, ¿qué andas cargando?
—Nada… cariño… es una sorpresa. —Félix se sentía orgulloso.

Entrado el mediodía, en cuanto estuvieron sus hijos, Fernando, Francisco y Fátima, y todos los hijos de sus hijos, los invitados hicieron cola, de menor a mayor edad, frente a la puerta que se mantenía cerrada separándoles de sus regalos. En cuanto Félix la abrió, los niños salieron escopetados en busca de las cajas empapeladas que tuvieran su nombre con los padres detrás. Los mayores fueron los últimos en abrirlos salvo Felisa que, sin creerse el tamaño de tan tremendo paquete, saltó cual liebre sobre él. Unos y otros correteaban de alegría cada vez que descubrían lo que les habían traído y, cuando ella despojó el suyo del envoltorio, simplemente soltó: ¡ay que se me quema el pavo!. Nadie le dio mayor importancia, el aparato era de esos modernos que aspiran sin bolsa y, cuando fue la hora, todos comieron hasta reventar antes de que llegara el roscón de Reyes y una bandeja de tazas de chocolate caliente. Era bonito juntarse la familia entera para despedir la Navidad otro año más.

La mañana siguiente, mientras Félix fumaba su cigarrillo celta, escuchando Radio Intercontinental en el despachito que tenía para él y sus menesteres, antes de ponerse con el álbum de sellos, empezó a oír golpes al otro lado de las paredes. Probablemente serían los vecinos guardando todos los abalorios navideños, cosas que pasan en esas fechas, y sin darle mayor importancia siguió con su filatelia. Estaba resultando una mañana productiva, se sentía contento por su afición y, cuando expiró el aire orgulloso, la puerta se abrió con tal violencia que chocó contra la pared y rebotó hasta dar con el pie de Felisa, resonando en toda la casa.

—Te he soportado demasiados años, Felisito. He sido la ama de casa complaciente que prometí cuando nos casamos, pero ya no aguanto más…
—Pero…
—¡Ni peros ni peras! ¡No sólo aburres hasta a las ovejas sino que encima, tras regalarme la misma maldita colonia cada año, vas ahora y me compras una puta aspiradora!
—Felisa, cariño, la podemos devolver si no te gusta y…
—¡Vete al cuerno! ¡Me largo! —Expulsó de su boca antes de dar media vuelta con la maleta a rastras.
—¿Te… te vas? ¿Me abandonas?
—¡Y te dejo, pero ya mismo! —Añadiendo ese “te dejo” para completar el estribillo de aquella canción gitana que cantaban los Chichos.

La puerta de la casa se cerró con más estruendo todavía haciendo crepitar los cuadros de las paredes. Félix calzó los primeros zapatos que pudo encontrar, cogió su abrigo y salió corriendo tras ella, pero antes de que pudiera alcanzarla Felisa se subió a un taxi para no volver.

El tiempo pasó tan lento que el transcurso de todos esos meses resultaron eternos. Félix buscó la forma de arreglar el asunto, habló con hijos, vecinos y todo aquel ser que pudiera lidiar entre ellos dos sin mayor éxito. No llegó a entenderlo pero de alguna manera lo aceptó, a pesar del vacío que ella dejó en su casa. Quizás por eso pasaba el menor tiempo posible en ella; comía siempre fuera, en alguno de los bares que había por allí, buscando distracción con un paseo, echando migas a las palomas con el cuscurro de pan que le quedara o entre banco y banco del parque que le quedaba cerca, leyendo alguno de esos periódicos gratuitos que ahora repartían por las esquinas. Fue entonces cuando se dio cuenta que más de la mitad de los locales de la zona pertenecían a familias chinas emprendedoras: antiguos colmados, tiendas de ropa y decoración, restaurantes… Ahora todo el negocio lo llevaban ellos.

Para él, el mundo parecía haberse vuelto loco, pero cuando se dio cuenta de que el poco pelo que le quedaba empezaba a colgar demasiado tras sus orejas buscó dónde cortárselo. Hasta entonces eso siempre se lo había hecho su Felisa, pero ella ya no estaba. Recorrió todas las calles, más allá de su barrio, y descubrió que cada una de las peluquerías que vió tenían caracteres chinos por algún lado de la fachada. No le quedó más remedio que enfrentarse a ello. Estudio pormenorizadamente dónde acudir y, tras días de estrujarse el cerebro y espiar su clientela, decidió aquel donde más gente con rasgos occidentales acudiera, que además era el que más caro resultaba. Lo que no sabía y al final descubrió, por eso lo del precio, es que allí te lo hacían con final feliz.

Invisible no, lo siguiente

Desde bien pequeña pasaba inadvertida, mis padres no tuvieron el valor de traer nadie más al mundo tras el error que cometieron sin marcha atrás posible. Los únicos amigos de mi infancia fueron barbies y peluches que a mí no me hicieron ni puto caso pero sí a sus homónimos; Ken se lo montó de lujo con cada una de mis muñecas mientras los ositos de peluche dieron inicio a lo que ahora se conoce como bukake. Mejor no entrar en detalles. Los que a escondidas parecían maldecir al mismo dios por traerme al mundo pasaban más tiempo fuera que dentro de casa. Apenas les veía porque, al parecer, trabajaban hasta horas intempestivas; la única persona de la faz de la tierra que me hacía algo de caso era mi tata. Conchita se llamaba a pesar de ser argentina. La muy boluda pulía los suelos a base de retorcer la fregona, pasándola conmigo encima agarrada al palo. Siempre lo hacía y aun así cada una de las veces se sorprendía —¿che, vos de dónde saliste, si no te veo?—. Era tan mulata que de niña me recordaba a la pitonisa de Gosht.

En el colegio ocurría lo mismo. Pasaba tan inadvertida que no sólo los profesores nunca me sacaron a la pizarra, sino que el resto de alumnos, independientemente de su sexo, jamás quisieron jugar conmigo. Intenté hacerme ver en el recreo pero nadie me elegía para jugar a la comba barra cuerda o cualquier juego de balón, tan sólo el escondite, pero nadie me encontraba. Eso continuó en mi pubertad, dentro y fuera de la facultad de biología; quizás mis gafas de culo de vaso y esos braquets tuvieron mucho que ver. Cómo sería que ni yo misma me veía en el espejo. Me sentí tan identificada con la niña de la curva que no sé cuántos relatos leí sobre ella, solo que nadie paró a recogerme, por mucho que de un taxi se tratara.

El tipo con el que me acabé casando le conocí por Internet. Yo no tenía puesta foto alguna en el messenger, tampoco me la pidió, y él… Enrique era calvo incipiente pero majo. Ya entonces opositaba como recaudador de impuestos. Pasamos por la vicaría como dios manda y compartimos un nuevo hogar, pero aquella relación pasó tan inadvertida como con mis padres; nunca nos veíamos. Al principio tuve la osadía de querer tener hijos y a oscuras le buscaba entre las sábanas, pero jamás le encontré. Solía quedarse hasta más allá de las doce, viendo el programa de fútbol que todos los días ponían en el canal de deporte. Demasiado plano de mente para tantos vértices y sus pliegues. Qué sería de mí sin mi joystick a pilas de 25 centímetros de goma pura con su cuarta dimensión…

Un día como otro cualquiera descubrí que, en el laboratorio al que me mudé unos cuantos meses atrás, tenía un compañero que resultaba tan etéreo como yo para el resto de los mortales. Hablábamos poquito pero después todo fluyó. Desayunábamos juntos, comíamos juntos y una tarde, como otra cualquiera, saltaron los fusibles. Estábamos cerca, sentados en las butacas e ironizando sobre la situación, cuando mi mano invisible subió por su pantalón deslizándose bajo la bata. Nos caímos al suelo y allí pasó todo. Como la chimenea de un volcán que, tras siglos de reposo, establecido por un lapsus de tiempo barra espacio, me desholliné como buen deshollinador que fue Alberto. Una dermis, la mía, enfriada por el transcurso de los siglos, rompió en todo un torrente de lava que me resquebrajó para sentirme caliente y extasiada. No sé qué fue de Enrique y tampoco me importó. Salí de de su casa para no volver, pero al menos el resto del mundo me vio pasar por fin.

Luces azules

Entonces miró por el ojo de la cerradura y pudo verla, borrosa, al final del pasillo. —¡Abre mecagonlaputa, que te viarreventaraostias!—. Le dolían los nudillos de golpear la puerta gritando su nombre, incapaz de entrar en su casa; resultaba irónico siendo carpintero —¡Aliciaaaaa, hostiaaaa!—. Andrés pasaba más tiempo en el bar que trabajando, con la crisis todo se había ido a la mierda. Si antes podía sacar limpios tres mil y pico al mes, ahora apenas tenía para pañales y tampoco lo gastaba en eso. Consumía las horas muertas ahogándose en cerveza y dejando pasar a los viejos por la tragaperras, esperando que ambas se calentaran, pero la suerte solía pasar vestida de largo.

Alicia venía de buena familia, tenían unos cuantos pisos de alquiler y se había quedado con uno de ellos. Hizo carrera en Trabajo Social y a ello se dedicó después muchos años, hasta dar a luz a una preciosa criatura de patucos rosas. A Andrés lo conoció un verano, escapando con sus amigas por vacaciones una semana a La Manga. Él llevaba tiempo allí buscándose la vida y, por las tardes, cuando terminaba su jornada, se bajaba a la playa con otros dos amigos que se echó en la obra. Los tres pillaron cacho en ese grupito de chicas que bajaron de la capital para divertirse y la cosa se alargó después. Cada fin de semana cogían la furgoneta para subir a Madrid y verse las caras.

El tiempo pasó, Andrés encontró trabajo cerca de Alicia y se mudó con ella. El trabajo en la construcción surgía hasta debajo de las piedras y durante unos años todo fue de lujo. Surgió la tradición de comer en asadores los viernes y seguir de tercios después hasta acabar doblados. Los excesos enaltecen tanto el amor como el odio y cada uno tira para su lado cuando toca. Estos dos en concreto se volvían muy tercos, alguno se torcía y la batalla ya estaba hecha. Así empieza todo, cómo el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York.

El daño estaba hecho, pero cuando Alicia quedó prendada acordaron dejar el alcohol. Funcionó un tiempo, vivir de tu chica cuando no ganas un duro puede ser difícil de llevar para un bastardo. Andrés volvió a caer, esta vez a solas, y eso no le fue bien. Llegaba borracho a casa, cabreado con el mundo tras hacer la calle y ofrecer sus manos en constructoras, almacenes y supermercados sin éxito alguno. Ella intentaba animarle. Él, aun arrepintiéndose después, lo pagaba de su mano una y otra vez. Tenía la suerte de apenas dejar marcas en la cara de Alicia y así ella poder volver al trabajo la mañana siguiente, con decenas de mensajes móviles de Andrés pidiendo perdón.

Las últimas semanas, estando ella de baja desde que dio a luz, fueron muy negras. Y aquel el último día. Una tarde de noviembre queriendo ser noche, mientras Alicia le daba el pecho a su bebé, Andrés entró ebrio de sangre. Dos días de curro, montando y desmontando cajas sin que le dieran el cheque a la salida le llevó al bar, y el bar a su casa. Sintió celos por unos pechos que creía suyos y sin embargo alimentaban a otro. Eso le enfureció. Cerró la puerta con violencia, la cogió del cuello y la abofeteó llamándola mala puta hasta que la tiró contra la pared. La escupió a la cara, dio media vuelta para coger su abrigo y se marchó por donde vino.

Cuando Andrés volvió, siendo medianoche, no consiguió abrir la puerta a pesar de llevar las llaves. Maldijo el nombre de ella a voz en grito, golpeando la puerta como macho encabritado, intentando tirarla abajo ya fuera de costado o a patadas. Alicia había dejado la barra del cerrojo a medio echar después de llamar al 016. Demasiadas palizas por un amor incauto, las suficientes para no volver a caer. De fondo se oían sirenas, mientras  destellos de luz azul entraba por el hueco de las persianas y algunos de los vecinos tenían puesto el ojo en las mirillas de sus puertas sin valor para abrirlas.