Mi planta, mi anillo y yo

Carlos tenía la misma edad que Claudia, pero ella aparentaba menos y él más. Mucho más. Si es que andas como un viejo. Gracias cariño. Lo dice la mujer que lee dormida, se cree despierta y todo lo etiqueta… Perlas como esas se repartían entre ambos en cuanto alguno se despistaba, pero aun así se querían. Puede que en algún momento acaben compartiendo techo, y quien sabe si también altar. Mientras tanto, sus mundos seguirían trazando rutinas helicoidales en torno a las barras de los bares.

Aquel anillo que vestía Claudia no se lo había regalado él, lo compró por sí misma. Fui a por un bolso barra mochila en el mercadillo del museo del ferrocarril y acabé en el puestecito que tiene esa chica que hace esas cosas con sus propias manos. Me gusta cantidad, es superbonico. Y eso que ya lo ha machacado varias veces y lo ha pisado, sin querer dice. Aquel bolso barra mochila que ella seguía buscando quiso regalárselo Carlos a las pocas semanas de conocerse. Veni vidi pero no vici, demasiado pronto para ella comprometerse regalos mediante, aunque no fuera esa su intención. Momento de locura si acaso. Mi plantita sabe lo que digo, me quiere y yo la quiero a ella. Al parecer es mutuo. Por las mañanas, cuando subo la persiana, la cubro de los rayos de sol que entran a saco por la ventana echando la cortina, y ella me da las gracias. Al acostarme, antes de apagar la luz, le cuento mi día. Luego, un beso de buenas noches y nos sobamos. Supongo que metafóricamente, pero a saber lo que hacéis en la oscuridad, siendo alga y almeja una y otra.

Antes de medianoche y sin ver el último wasap, Claudia ya había subido al séptimo cielo, tallo mediante, mientras Carlos tecleaba frente a la pantalla. Div class header background image… Aquella noche de código fuente le mantuvo frente a la pantalla hasta las tres. La misma hora en la que Claudia despertó tras revolverse las sábanas en su contra. ¿Te qu eme con carita sonrojada, cuando ya no hay coste por letras y tienes tarifa plana?

Estás fatal, me pones mala y mi plantita ha perdido otra hojita, joder, bonita, no llores que me lo pegas. Toma mi anillo. ¿No lo quieres? Yo te quiero a ti, plantita, ¿por qué no me dejas dormir? ¿Qué coño va a ser por él? Él me quiere, me lo ha puesto, ¿por qué dices eso? Éste me quiere y yo le quiero a él. Y a ti también, plantita, no me llores tus hojas que me lo pegas, sabes que me lo pegas y si nos ponemos las dos a ver qué hacemos, que ya te riego lo suyo, lo suyo y lo mío.

Claudia amanecía antes que Carlos porque fichaba pronto en el trabajo. Esta vez con más ojeras. Él, que andaba montando su propio negocio, no madrugaría antes de las once por ciego que pareciese. Ciego de amor estúpido. Está loca, pero me lo pega cuando la tengo cerca. Amor estúpido.

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Rapsodia Bohemia

El invierno del 76 no fue tan frío como parecía, o al menos para ellos, que quisieron celebrarlo por todo lo alto. La noche empezaba a despertar y aun así pocos habían abandonado aquel apartamento de gente humilde. La música ahora sonaba lenta pero al mismo volumen. Unos cuantos bailaban bien agarrados y Roger no iba a ser menos, sus manos habían recorrido y doblado la longitud de la piel que vestía su chica de esa noche. Brian, inflado de cerveza, jugaba con una moneda de 6 peniques entre sus dedos, tratando de convencer a Chrissie, su mujer, de que aún era pronto para marcharse. John, con su prudencia habitual y media botella de whisky en su estómago, se había retirado horas atrás.

Fred, desde su habitación, oía sonar la canción Nights in White Satin, de los Moody Blues, mientras su amigo le observa repartir la pana con maestría.

—…Y te amo. Sí, te amo… —Canturreaba Steve entre nubes de polvo fino.
—¡Joder, la hostia!
—¡Oh, cómo te amo! —continuó Steve.
—Buah, Esta canción ha envejecido demasiado rápido.
—Pero qué dices, es preciosa.
—Será preciosa, pero también vieja. —La mano de Fred restregó su nariz.
—Vamos, amor, déjame un poco…
—¿Quieres más? —Le escupió en la boca.
—Por favor, cariño, dame un poco de tu blanco satén.

Y el polvo se hizo materia sobre aquel colchón de muelles oxidados. Hasta entonces, todas las rayas que Fred había podido hacer con sus manos no salían de la confección y patronaje. No hacía mucho que lo había descubierto y ya estaba enganchado. Cuestión de innovar y dejarse llevar, como venía haciendo desde hace tiempo por otra parte. Polvos mágicos, tanto como su voz.

Tras un clímax entre galileos, Fred cayó en coma profundo y soñó. Recordó cuando todavía vivía con Mary, cómo aquella mañana del otoño pasado despertó con ella a su lado, en esa misma cama. Entonces, preparó el desayuno con la radio puesta, tarareando mientras escalfaba unos huevos…

Semanas antes terminaron de grabar el último disco. Si bien los anteriores les llevó uno o dos meses de estudio como mucho, éste fueron cerca de cuatro en diferentes estudios del país. ¿El coste de la producción? Desorbitado, más de 35.000 libras en aquellos tiempos. Y el sencillo, que había salido apenas un mes atrás, se comía el polvo. Al principio incluso lo ponían por partes, porque decían ser demasiado largo.

Estaban avisados. Creer ser bueno en lo que haces cuando el resto nada en sentido contrario es jodido. Elton John y David Bowie podían vender lo que les viniera en gana, tenían millones de fans que les comprarían lo que fuese, aunque se tratara de un calzoncillo usado por su ídolo. Y estos cuatro apocalípticos de la reina salidos de la nada, con tres álbumes a sus espaldas, grabados en tiempos muertos de otros grupos y de noche, querían triunfar con un tema imposible. Una canción que duraba cerca de seis minutos, jugando con tres estilos diferentes y sin estribillo. Ganar jugando a los caballos hubiera sido más fácil.

Pero tampoco había mucho que perder, apenas sacaron un penique de los discos anteriores. Ya lo intentaron con algún grupo que no llegó a nada, Smile incluido. Quién sabe lo que depararía el futuro siendo Queen… Fueron osados apostando a caballo ganador. Tardaron más de un mes sólo para grabar aquel tema; la mitad de todo ese tiempo la parte operística, que apenas duraba un minuto escaso. Antes, la canción empieza como balada para terminar después en una orgía de rock celestial. Toda una osadía para la discográfica, la que quiso disuadirlos. Pero ellos creían en ello.

Aquella mañana de finales de noviembre, desayunando él y Mary esos huevos escalfados, sonaba la radio. Entonces, el locutor de Capital Radio anunció el primer puesto. Fred no se lo podía creer. Se levantó corriendo, subió el volumen y, con la mitad de los huevos en la boca, llamó a Brian, a John, a Roger e incluso a Baker, su productor, para que sintonizaran aquella cadena.

Bohemian Rhapsody monopolizó las listas de éxitos británicas, permaneciendo en la cima durante dos meses y una semana.​ Fue el primer sencillo de la historia en estar todo ese tiempo en el primer puesto. Al publicarse su disco “A Night at the Opera”, en diciembre del 75, en seguida subió como la espuma, situándose en el número uno de las listas.

Esa mañana, y todas las mañanas de los años siguientes, no fueron conscientes de hasta dónde Llegarían. Sin pretenderlo o no, quién sabe, sacaron de sus propias manos himnos y bandas sonoras que aún suenan en más de medio mundo.

Cristiano el papagayo

Desde que el planeta Tierra se pusiera a dar vueltas alrededor del Sol cual plato de microondas, los organismos unicelulares montaron sus cooperativas con el objetivo de mantenerse con vida. Al final, entre célula va y célula viene, como quien no quiere la cosa, acabaron siendo pluriempleados para ganarse el pan con el que adaptarse al medio, fuera por enzima o por debajo de la cuerda. Poco a poco crecieron, se reprodujeron y, algunos, hasta evolucionaron. Otros murieron y desaparecieron, como esos cacho dinosaurios, pero éste no es el caso que nos okupa. Entonces ésto era literalmente el paraíso, todavía no existían las venéreas y, desde los pequeños pececillos que surcaban las aguas de cabo a rabo, surgieron anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Los invertebrados sin costillas los dejaremos aparte.

Tuvieron que pasar milenios, miles de ellos, para que las especies animales evolucionaran como las conocemos ahora, ofreciendo sus servicios a gusto del consumidor en su mayoría. Cristiano malvivía entre rejas por el hecho de tener alas y nacer en occidente, ese mundo inflado por el propio regocijo de sentirse ¡primer!. Él era el único preso allí presente y su jaula no ocupaba más de la veinteava parte del tamaño del salón. Por buen papagayo que fuera, vistiendo un plumaje blanco y morado, tan brillante como una final de Champions en el mismo Bernabeu, tan sólo se le permitía salir de allí para recorrer el pasillo y alguna otra habitación que tuviera la puerta abierta. Libertad vigilada una hora al día como mucho, antes de la cena, justo cuando venía a estar presente la mayor parte de los funcionarios de su prisión.

Cada uno se expresa como puede y Cristiano no iba a ser menos. Piaba a su manera cuando no repetía algún exabrupto, como alamadrid, putobarca, catalonia, pusdemon, queilornavas, mesi, rajoi, los nombres del personal adyacente, el suyo propio… y si podía, cuando estaba suelto y la mesa puesta, se cagaba en el primer lugar que se le antojara. Pero no todo eran desgracias para unos y otros, muchas alegrías proporcionó al alcaide y sus secuaces cuando mostraba su capacidad autocopiativa de aquellas palabras que llegaban hasta sus oídos, incluido el comienzo del himno del Real Madrid, ante las miradas atónitas de los que estuvieran allí presentes. Entonces era premiado con muesli de marca y se sentía menos infeliz, a pesar de llevar atada lo que parecía la bandera de España en una de sus patas.

Una noche de primeros de octubre, de esas en las que hace tanto calor que aún parece verano, sus plumas estaban empapadas de sudor y el alcaide, que al ser sábado y haber empezado la liga, no había vuelto aún. Paseándose Cristiano por las dependencias de la cárcel, olió el hedor de unos huevos fritos que provenía del final del pasillo. —Ésta es la mía, josdeputa— y corriendo siguió su instinto. Llevaba aguantándose toda la tarde y a hurtadillas fue tras la mujer al ver que portaba la mercancía, saliendo de la cocina bandeja en mano. Cuando quedó sobre la mesa del comedor sin vigilancia aparente, miró hacia ambos lados y se subió a ella como alma que lleva el diablo. Cristiano soltó allí lo que no está escrito. En seguida los críos gritaron, su madre gritó ya antes de asomar y hasta el maximus, que entraba por la puerta en ese mismo instante, también gritó. Todos pusieron su voz en grito, hasta el papagayo, que corriendo por todas partes tras evacuar sus intestinos no supo dónde meterse. Recorrió tierra y aire de un lado a otro de la casa mientras la jauría humana le perseguía sin miramientos.

En algún momento Cristiano se encontró entre la espada y la pared. Estaba en la cocina, acorralado por toda la familia humana. Su mirada se repartía entre el horno y el alcaide, medio agachado éste, con los brazos extendidos cual portero de fútbol ante un penalti en la final de la copa del rey. Se preguntó si todo había terminado, pero si una cosa tenía clara es que no iba a acabar dorado como otros pollos fueron cremados allí mismo, rodeado de patatas y cebollas. ¿Qué podía hacer? Entonces su mente lo vislumbró, como si un relámpago partiera el cielo en dos en ese momento. Sintió en la cola la brisa del aire que entraba desde el patio y sin pensarlo dos veces saltó al vacío en pos de la libertad.

Aquella prisión en la que vivió desde que tuvo uso de razón le hizo arriesgar más de lo que un ser con al menos dos dedos de frente se lo pensaría. Apenas había usado sus alas para volar un par de metros bajo techo, entonces las sacudió por instinto a cielo abierto, como si no hubiera un mañana. Pero lo hubo, Cristiano consiguió escapar de su maldita zona de confort y, cuando pudo darse cuenta, volaba ya dirección Guadalajara. Aquella fue una noche preciosa, la primera que vivió al raso, con un manto de luces en el cielo coronados por una inmensa luna en cuarto creciente. Lejos de la ciudad el aire era limpio, las vistas preciosas hasta decir prou (basta en castellano) y su sentimiento de libertad exacerbada cual ingesta de toda una barrica de Redbulls.

Cristiano voló y voló, y cuando quiso darse cuenta salía ya el sol ante su pico. Sin saberlo, había cruzado media península, la humedad era palpable en su plumaje y a sus pies asomaban tejados y calles con masas de gente recorriéndolas a pesar de ser temprano. El cansancio empezó a hacerle mella y, en cuanto vislumbró un llano extenso a sus pies, bajó hasta posarse sobre una de las farolas. Aún sin estar tan alto la perspectiva era buena, y pudo ver cómo las masas se agolpaban unas frente a otras, entre banderas bicolor. Una bola de goma pasó rozando su pico, perdió el equilibrio y acabó al hombro de un humano que enseguida le soltó el codo en todo su pecho. El papagayo de plumas blancas y moradas acabó en el suelo, entre gritos, oyendo palabras como puto, cullons, ocell y senyera. El pobre intentó zafarse, haciendo uso de lo aprendido todo el tiempo que estuvo en la cárcel. Tiró de garganta y soltó lo primero que le vino a la cabeza, como putobarsa, pusdemonalahoguera, el inicio del himno del Real Madrid… No estuvo acertado y la cuenta le salió cara.

Horas después, Cristiano yacía en el suelo, desplumado, aplastado y con el pico medio roto, pero sin bandera alguna que le apretara la pata. Por fin era libre.

Sólo sé que cada vez sé menos

Al parecer está en los malditos genes de muchos, salvo en los míos y los de algún otro perdido de la vida. Cuestión de mayorías, es lo que tiene ser bicho humano. La experiencia es un grado y llega un momento, antes o después, en que todo sapiente sabe, no sólo lo que tiene que hacer, sino lo que tú deberías hacer también. Da igual de dónde vengas, lo que hayas aprendido o lleves a rastras; estar ahí, en este lugar, es razón suficiente para seguir las pautas que ese otro ente te recomienda. Porque si te lo dice por algo será, porque cree que sabe más que tú y la experiencia facultativa de su miserable vida es mayor que la tuya. No preguntes, tampoco insistas. Es porque sí, porque es lo que hay, y punto.

Todo lo que sube tiende a bajar, las nubes son el resultante por cúmulos de vapor y la Tierra viene a ser más o menos redonda. En casos más extravagantes hasta gira alrededor del Sol. Eso es a lo que se reducen los principios de todos esos gurús del espacio intelectual, mentes brillantes doctoradas en facultades de pocilgas acolchadas con paja seca. Luego, a media noche o en la hora de comer, entre turnos si eso, pagan prostitutas independientes a su sexo y embutidas en cuero, vistiendo rabos artificiales atados a su cintura según el caso, para que les den lo que sus parejas no pueden y llenar así sus ojales, escasos de gozo y perversamente desesperados por su maldita vida.

Yo soy uno más de la inmensa minoría que todavía se asombra entre lo cotidiano, que no sabe una mierda y cada vez me da que menos aún. Fui cayado para aprender de los demás y ese silencio es el que me enseña entre tanto ruido. Lo poco que sé es que las palabras se las lleva el viento, que no valen nada. Haz lo que tengas que hacer si quieres, o no lo hagas, tú mismo, pero no perjures. Las promesas no cumplidas se convierten en mierda que otro ha de cargar, y esa mierda lleva tu maldita firma en ella. ¿Quieres tener amigos? Tápate la nariz y de paso los oídos, diles lo que quieren oír y comerás perdices. O dicho de otro modo, pequeños falos escondidos entre los matojos que antes o después te servirán de colchón.

En algún momento descubrirás que ese alguien, sea gurú o sea amigo supuesto, te está hablando en arameo. Es cuestión de experiencia poder diferenciarlo y no te pille por sorpresa, por mucho que sigas sin entenderlo. Son demasiados los que hablan esa lengua supuesta y superpuesta, basta con levantar una colilla para que aparezca uno de ellos, así que se rápido para evitar malas sorpresas. Yo, lo poco que sé, y cada vez sé menos, es que la experiencia es un grado y ese dialecto lo distingo a la legua. Crecí y ahora envejezco por culpa de ello, las canas y mis arrugas demuestran la experiencia. No somos nadie y aún me queda por aprender, pero desnudo soy el mismo crío que se ríe de todo, que se asusta por lo demás y duerme del tirón por pura fatiga craneoencefálica en mitad de la jungla cual Tarzán.

Un final feliz

69 años a sus espaldas y, como el Yin y el Yang, tras décadas de vivir sumergido en su cómoda felicidad, pasó al lado oscuro. Ya de por sí, Félix era un tipo gris, de pocos alardes, repitiendo el mismo papel hasta entonces. Siempre entendió ese color como la mejor manera de mantener el tipo. Él vivió subsistiendo, mojándose lo justo para que sus axilas no contaminaran la oficina que transitó, desde que su tío le metiera en Telefónica, hasta que se jubiló unos años atrás sin más remedio. Se casó joven, antes de cumplir los 25, y Felisa, aún más joven que él, le dio 3 críos tras dejar su trabajo como chica del cable. Cada agosto pasaron sus 2 semanas de vacaciones en el mismo piso Benidorm, a cuatro manzanas de la línea de playa, la Nochebuena y Navidad repartiéndose entre los cuñados, y el día de Reyes comiendo en la propia, dejando que ella buscara los juguetes de los críos y regalándola agua de colonia de Álvarez Gómez traída por los Magos de Oriente.

Los niños fueron educados en un colegio de curas. Crecieron, estudiaron sus carreras y uno a uno fueron abandonando su nicho para continuar con sus vidas por otros derroteros. La monotonía entonces cogió mayor volumen pero eso no alteró la rutina de Félix. Él siguió desayunando su taza de café con tostadas cubiertas por mantequilla y mermelada, alternando de traje según si el día fuera par o impar, mientras Felisa ocupaba el vació que habían dejado sus hijos leyendo a Antonio Gala, Paco Umbral y Camilo José Cela entre otros. A ella siempre le gustaron los bichos domesticados y quiso más de una vez hacerse con algún animal, fuera gato o fuera perro, pero eso Félix nunca se lo permitió.

Ese enero, antes de que llegaran los Reyes, Félix quiso salir de su rutina para intentar sorprender a su esposa por primera vez en mucho tiempo. Él sólo vio ventajas y optó, en vez del agua de colonia de Álvarez Gómez, por una aspiradora Phillips último modelo con la que jubilar ese viejo trasto que no chupaba ya ni el humo. Fue a El Corte Inglés, debatió entre las dependientas de la planta de electrodomésticos y se hizo con el más caro y potente de los aspirantes, envoltorio de papel de regalo incluido por primera vez. Llegado el día, tras recoger la casa y ordenar con pulcritud extrema hasta la docena de tomos de la enciclopedia, de esas antiguas con lomo de pseudocuero verde oscuro con grabado en tonos dorados, bajó al garaje para sacar del maletero de su coche aquel tremendo paquete. Subió en el ascensor e, intentando pasar inadvertido al entrar en casa tan cargado, lo dejó sobre el sofá, entre los regalos que Felisa compró para toda la familia, antes de cerrar la puerta del comedor.

—Félix, ¿qué andas cargando?
—Nada… cariño… es una sorpresa. —Félix se sentía orgulloso.

Entrado el mediodía, en cuanto estuvieron sus hijos, Fernando, Francisco y Fátima, y todos los hijos de sus hijos, los invitados hicieron cola, de menor a mayor edad, frente a la puerta que se mantenía cerrada separándoles de sus regalos. En cuanto Félix la abrió, los niños salieron escopetados en busca de las cajas empapeladas que tuvieran su nombre con los padres detrás. Los mayores fueron los últimos en abrirlos salvo Felisa que, sin creerse el tamaño de tan tremendo paquete, saltó cual liebre sobre él. Unos y otros correteaban de alegría cada vez que descubrían lo que les habían traído y, cuando ella despojó el suyo del envoltorio, simplemente soltó: ¡ay que se me quema el pavo!. Nadie le dio mayor importancia, el aparato era de esos modernos que aspiran sin bolsa y, cuando fue la hora, todos comieron hasta reventar antes de que llegara el roscón de Reyes y una bandeja de tazas de chocolate caliente. Era bonito juntarse la familia entera para despedir la Navidad otro año más.

La mañana siguiente, mientras Félix fumaba su cigarrillo celta, escuchando Radio Intercontinental en el despachito que tenía para él y sus menesteres, antes de ponerse con el álbum de sellos, empezó a oír golpes al otro lado de las paredes. Probablemente serían los vecinos guardando todos los abalorios navideños, cosas que pasan en esas fechas, y sin darle mayor importancia siguió con su filatelia. Estaba resultando una mañana productiva, se sentía contento por su afición y, cuando expiró el aire orgulloso, la puerta se abrió con tal violencia que chocó contra la pared y rebotó hasta dar con el pie de Felisa, resonando en toda la casa.

—Te he soportado demasiados años, Felisito. He sido la ama de casa complaciente que prometí cuando nos casamos, pero ya no aguanto más…
—Pero…
—¡Ni peros ni peras! ¡No sólo aburres hasta a las ovejas sino que encima, tras regalarme la misma maldita colonia cada año, vas ahora y me compras una puta aspiradora!
—Felisa, cariño, la podemos devolver si no te gusta y…
—¡Vete al cuerno! ¡Me largo! —Expulsó de su boca antes de dar media vuelta con la maleta a rastras.
—¿Te… te vas? ¿Me abandonas?
—¡Y te dejo, pero ya mismo! —Añadiendo ese “te dejo” para completar el estribillo de aquella canción gitana que cantaban los Chichos.

La puerta de la casa se cerró con más estruendo todavía haciendo crepitar los cuadros de las paredes. Félix calzó los primeros zapatos que pudo encontrar, cogió su abrigo y salió corriendo tras ella, pero antes de que pudiera alcanzarla Felisa se subió a un taxi para no volver.

El tiempo pasó tan lento que el transcurso de todos esos meses resultaron eternos. Félix buscó la forma de arreglar el asunto, habló con hijos, vecinos y todo aquel ser que pudiera lidiar entre ellos dos sin mayor éxito. No llegó a entenderlo pero de alguna manera lo aceptó, a pesar del vacío que ella dejó en su casa. Quizás por eso pasaba el menor tiempo posible en ella; comía siempre fuera, en alguno de los bares que había por allí, buscando distracción con un paseo, echando migas a las palomas con el cuscurro de pan que le quedara o entre banco y banco del parque que le quedaba cerca, leyendo alguno de esos periódicos gratuitos que ahora repartían por las esquinas. Fue entonces cuando se dio cuenta que más de la mitad de los locales de la zona pertenecían a familias chinas emprendedoras: antiguos colmados, tiendas de ropa y decoración, restaurantes… Ahora todo el negocio lo llevaban ellos.

Para él, el mundo parecía haberse vuelto loco, pero cuando se dio cuenta de que el poco pelo que le quedaba empezaba a colgar demasiado tras sus orejas buscó dónde cortárselo. Hasta entonces eso siempre se lo había hecho su Felisa, pero ella ya no estaba. Recorrió todas las calles, más allá de su barrio, y descubrió que cada una de las peluquerías que vió tenían caracteres chinos por algún lado de la fachada. No le quedó más remedio que enfrentarse a ello. Estudio pormenorizadamente dónde acudir y, tras días de estrujarse el cerebro y espiar su clientela, decidió aquel donde más gente con rasgos occidentales acudiera, que además era el que más caro resultaba. Lo que no sabía y al final descubrió, por eso lo del precio, es que allí te lo hacían con final feliz.

Luces azules

Entonces miró por el ojo de la cerradura y pudo verla, borrosa, al final del pasillo. —¡Abre mecagonlaputa, que te viarreventaraostias!—. Le dolían los nudillos de golpear la puerta gritando su nombre, incapaz de entrar en su casa; resultaba irónico siendo carpintero —¡Aliciaaaaa, hostiaaaa!—. Andrés pasaba más tiempo en el bar que trabajando, con la crisis todo se había ido a la mierda. Si antes podía sacar limpios tres mil y pico al mes, ahora apenas tenía para pañales y tampoco lo gastaba en eso. Consumía las horas muertas ahogándose en cerveza y dejando pasar a los viejos por la tragaperras, esperando que ambas se calentaran, pero la suerte solía pasar vestida de largo.

Alicia venía de buena familia, tenían unos cuantos pisos de alquiler y se había quedado con uno de ellos. Hizo carrera en Trabajo Social y a ello se dedicó después muchos años, hasta dar a luz a una preciosa criatura de patucos rosas. A Andrés lo conoció un verano, escapando con sus amigas por vacaciones una semana a La Manga. Él llevaba tiempo allí buscándose la vida y, por las tardes, cuando terminaba su jornada, se bajaba a la playa con otros dos amigos que se echó en la obra. Los tres pillaron cacho en ese grupito de chicas que bajaron de la capital para divertirse y la cosa se alargó después. Cada fin de semana cogían la furgoneta para subir a Madrid y verse las caras.

El tiempo pasó, Andrés encontró trabajo cerca de Alicia y se mudó con ella. El trabajo en la construcción surgía hasta debajo de las piedras y durante unos años todo fue de lujo. Surgió la tradición de comer en asadores los viernes y seguir de tercios después hasta acabar doblados. Los excesos enaltecen tanto el amor como el odio y cada uno tira para su lado cuando toca. Estos dos en concreto se volvían muy tercos, alguno se torcía y la batalla ya estaba hecha. Así empieza todo, cómo el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York.

El daño estaba hecho, pero cuando Alicia quedó prendada acordaron dejar el alcohol. Funcionó un tiempo, vivir de tu chica cuando no ganas un duro puede ser difícil de llevar para un bastardo. Andrés volvió a caer, esta vez a solas, y eso no le fue bien. Llegaba borracho a casa, cabreado con el mundo tras hacer la calle y ofrecer sus manos en constructoras, almacenes y supermercados sin éxito alguno. Ella intentaba animarle. Él, aun arrepintiéndose después, lo pagaba de su mano una y otra vez. Tenía la suerte de apenas dejar marcas en la cara de Alicia y así ella poder volver al trabajo la mañana siguiente, con decenas de mensajes móviles de Andrés pidiendo perdón.

Las últimas semanas, estando ella de baja desde que dio a luz, fueron muy negras. Y aquel el último día. Una tarde de noviembre queriendo ser noche, mientras Alicia le daba el pecho a su bebé, Andrés entró ebrio de sangre. Dos días de curro, montando y desmontando cajas sin que le dieran el cheque a la salida le llevó al bar, y el bar a su casa. Sintió celos por unos pechos que creía suyos y sin embargo alimentaban a otro. Eso le enfureció. Cerró la puerta con violencia, la cogió del cuello y la abofeteó llamándola mala puta hasta que la tiró contra la pared. La escupió a la cara, dio media vuelta para coger su abrigo y se marchó por donde vino.

Cuando Andrés volvió, siendo medianoche, no consiguió abrir la puerta a pesar de llevar las llaves. Maldijo el nombre de ella a voz en grito, golpeando la puerta como macho encabritado, intentando tirarla abajo ya fuera de costado o a patadas. Alicia había dejado la barra del cerrojo a medio echar después de llamar al 016. Demasiadas palizas por un amor incauto, las suficientes para no volver a caer. De fondo se oían sirenas, mientras  destellos de luz azul entraba por el hueco de las persianas y algunos de los vecinos tenían puesto el ojo en las mirillas de sus puertas sin valor para abrirlas.

Lo que antes venía a ser un SMS (parte II)

Hay edades en las que la diferencia entre chicos y chicas es abrumadora. Mientras ellos seguían dando patadas a un balón, a ver quién era más bestia, nosotras ya habíamos probado con todas las pinturas de nuestras madres, independientemente del tamaño de brocha. Y si encima podíamos contar con una hermana mayor lo teníamos todo hecho. Antes de que pudieras notar el vello surgir desde lo más profundo de tus axilas ya habías empezado con la laca de uñas y el carmín. Si no eras tú alguna amiga se te adelantaba. Y claro, no podías quedarte atrás sin ser empollona.

Nunca fui buena estudiante, ni estaba tan delgada como para entrar en el grupo de niñas guays que se juntaban en el recreo a fumar con los mayores. Era más bien entrada en carnes, odiaba el tabaco y no me gustaba ir a clase tan pintada como muchas otras, así que me daban la espalda. Por aquel entonces odiaba hasta mi nombre —¡Aaaaaay Macarena, aaaahhhhgg!— y los pocos tíos guapos que había eran demasiado creídos como para fijarse en alguien como yo. Encima, muchos ya nos conocíamos porque veníamos de la EGB en ese colegio que estaba más abajo, el Ortega y Gasset.

Entonces y siempre he pecado de vergüenza propia —tengo tanta facilidad para ponerme nerviosa como de no resistir a las onzas de chocolate, pudiendo caer tabletas enteras de una tacada— y fue ese año la primera vez que los nervios me pudieron. En clase estaba el flipao de turno que ya tenía sus seguidoras, así como el malote. También había algún que otro gracioso, que podían ser como Martes y 13 o Los Morancos, y luego estaba un chico callado, un tal Esteban, que al principio pasó desapercibido, hasta que la curiosidad me pudo. Él se sentaba justo delante de mí y veía cómo la mayor parte del tiempo lo pasaba dibujando en su cuaderno; paisajes naturales, escenas curiosas y hasta caricaturas de compañeros y profesores. A veces se daba la vuelta y me pedía la regla o la goma de borrar, y yo se la daba sin más.

Al poco de conocerle le tenía por un bicho raro, pero el jodío me fue calando poco a poco. A muchos nos gustaba lo que hacía, cómo lo hacía, y hasta alguna de las guays le pidió un dibujo para ella. Yo quise hacerlo también pero no me atreví; yo no era nadie y no pude, sólo me limitaba a felicitarle cuando más gente lo hacía al enseñar su última obra. Todo empezó por ahí y acabé fijándome hasta en su pelo fosco con raya a un lado, en esas gafas enormes de pasta atigrada que le cubrían media cara y esa sonrisa de pícaro que dibujaba en su cara sin importarle tener un diente roto y llevar aparato.

Fue por primavera, durante el recreo, cuando vi que, en un descuido, Esteban había dejado su estuche sobre la mesa. Sin apenas pensarlo, saqué un folio de color amarillo y le dejé mi primer SMS como estúpida adolescente que era entonces. No recuerdo lo que le puse pero tampoco fue demasiado romántico, le diría algo como: oye chico, me gustan tus ojos y tu forma de mirarme, tu sonrisa de hierro y tu mano con el lápiz. Lo escribí en mayúsculas —manía de adolescente— con el bolígrafo de tinta metalizada y olor a fresa que llevaba conmigo para casos especiales. Doblé el papel como pude y rápidamente lo escondí dentro de su estuche. Cuando él volvió y lo descubrió no supe dónde esconderme.

Durante un tiempo, Esteban pareció buscar a quien le dejó ese SMS particular mientras pasaba las noches sin dormir, con idas y venidas que mi cabeza no supo poner en práctica. Entonces llegó el verano, se terminaron las clases y a mi padre, que fue Guardia Civil, le destinaron a Málaga con nosotros detrás. De allí vinimos, siendo yo demasiado pequeña como para acordarme, y allí que volvimos, sin un dibujo suyo fuera de mi sesera con el que sacarle un poco al menos de ella.

Lo que antes venía a ser un SMS (parte I)

Siempre llevaba encima aquel papel, por muy largo que resultara ese curso. Entonces, que una chica te escribiera una declaración de amor y te la dejara en tu estuche era como ganar un primer premio, sin más acertantes que uno mismo, en lo que ahora se llama Euromillones; todo un imposible, vamos. Aquello ocurrió en primero de BUP, cuando Esteban dejó el colegio de curas tras hacer “noveno” y volvió a su barrio, al instituto público que había a 3 calles tras su casa. Es lo que tiene cuando se pintan maneras con tanto suspenso, repites el último curso de la EGB y acaba temblando la libreta bancaria de unos padres que apenas tienen para llegar a fin de mes. Al menos ese curso no hubo que comprar libros nuevos.

Al final, el cambio a un edificio público “institucional” resultó  incluso favorable; a Esteban no le fue tan mal con los libros, como antaño, a pesar del mundo nuevo que se abrió ante sus ojos cual abanico. El escenario y sus actores se asemejaban demasiado a los de aquellas películas “hollywoodienses” sacadas del mismo barrio llamado Bronxs, con chavales de ambos sexos y diferentes razas, muchas de ellas pintadas hasta las cejas, vestidos cada uno de su forma y manera, y fumando entre clase y clase, fuera aula o fuera pasillo. Si meses atrás iba a un colegio de pijos con ropa de saldo, intentando no desentonar y aun así parecer un mierda por falta de marca, ahora era un pijo sin perder el calificativo que ya cargaba de antemano. Calzar unas gafas de culo de vaso y llevar el pelo con la raya a un lado, como si todos los días fuera a misa de domingo, no ayudaba un carajo.

Todo tiene su lado bueno, y es que ideologías y chavales raros había unos cuantos, por eso no lo llevó tan mal tras el jetlag de las primeras semanas. Dibujar caricaturas de profesores le ayudó, y poco a poco fue ganando amigos y adeptos sin pretenderlo. Muchos de ellos quisieron quedar grabados con la destreza de su mano y un día como otro cualquiera, a mitad de curso, al volver a clase tras el recreo, encontró en su estuche ese papel que aún guarda. Doblado en dos mitades imperfectas, con tinta morada y perfumada, oliendo a flores y a pasión juvenil, alguien, una chica al parecer, le dejó su primer “sms” en versalitas, años antes de que los teléfonos móviles asomaran para gobernar el mundo. Esteban lo leyó una y mil veces, tantas como su corazón revolucionado le dejó, pero se quedó sin saber quién dejó escrito el mensaje.

Durante días anduvo buscándola, mirando cuadernos ajenos para comparar la caligrafía, e incluso dejó que todo aquel que quisiera le dejara una dedicatoria en los separadores de su carpeta. Muchos pusieron sus tonterías como buenos adolescentes pero no funcionó, y cuando parecía haber perdido la esperanza, casualidades de la vida, ésta volvió en forma de goma de borrar. Su compañero de pupitre tenía una Milán, de esas cuadradas y enormes, y en mitad de una clase, viéndola rondar por la mesa, pudo distinguir con claridad indeleble unas pocas palabras escritas en tinta morada y mayúsculas, con esa “A” cuadrada y característica que Esteban grabó en su retina tiempo atrás. Se puso tan nervioso que fue incapaz de contener el tic de la rodilla. Le cogió la goma y leyó: TONTO EL QUE LO LEA. Importándole un comino el mensaje, comparó esas mismas letras y, como pudo, hablando por lo bajini, le preguntó a Manuel quién le había escrito eso.

Jamás hubiera imaginado que una tal Macarena fuera la responsable. Alguna tontería le escribió en su carpeta, pero como ahí iba en minúsculas ni se enteró. Ahora lo sabía, y con el corazón en un puño se quedó, medio tonto, sonriendo de oreja a oreja y con los ojos perdidos en algún remoto lugar de la pizarra. En algún momento se lo confesó a su amigo, pero nunca se atrevió a decirle nada a ella. Aquel curso terminó y no volvió a saber de ella porque a la vuelta del verano ya no estaba. Esteban todavía guarda ese papel en algún lugar recóndito de su mesilla. Tiempo después, en la cara de atrás, puso como clase magistral: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

Si la prensa rosa hiciera eco

Ya podía estar empezando el verano que caía la de dios. Noé estaría terminando de construir su crucero para atravesar el Pacífico mientras la madre de Moisés preparaba la comida de ese día. Con el paso de los siglos llegaron a etiquetar a sus padres como faraones y él hijo adoptivo, pero no todo lo que se dice es verdad, la prensa rosa peca más de lo que debiera por intereses mediáticos entre otros. Él era el hijo menor de 3 hermanos, el único que aún no se había emancipado, y ese día, que se levantó poco antes con una buena resaca, se quedó con la Nintendo tirado en el sofá. En ese momento entró su padre en casa, maldiciendo, tras volver de su rutina con el ganado.

—Vienes empapado, Amram. ¿Te saco una toalla? —le dijo Iojebed a su marido.
—¡Pero qué diablos…! ¿Tú has visto la que está cayendo? —respondió ofuscado.
—Sí, lo que no me bebí anoche, jajaa —interrumpió Moisés queriendo no ser pretencioso sin conseguirlo. Entonces su padre dio media vuelta, ofuscado, y clavó sus ojos en él.
—¡A saber qué harías con tus amigotes!
—Pues a falta de vírgenes nos bajamos al río con unos litros de kalimocho. Por si pescábamos algo…
—¿Y qué, lo conseguisteis? —le preguntó con sorna.
—Nah, alguna langosta.
—¿Sí, dónde está entonces? —y Amrad volvió a girar su cabeza 180 grados por la violencia decrépita de su estómago vacío— ¿Iojebed, acaso la paella es marinera? Porque no huele a marisco…
—No cariño, es valenciana. Le he puesto conejo, pollo…
—Papá, las langostas nos picaron hasta en los huevos. ¿No ves cómo tengo el cuerpo?
—¡Si pensaras con lo que debieras ya estarías en la facultad, maldita sea tu estampa!
—Cariño, déjale, ¿no ves lo mal que lo está pasando?
—Escucha a mamá. Si me hubierais comprado la play otro gallo cantaría…
—¡Claro, y qué más! —El cuello de Amrad se contorsionaba entre uno y otro.
—Pues sí, porque entonces podría jugar online con Séfora. Pero como no la tengo pasa de mi culo, joder.
—¿Bueno, y qué pasa con esa kushita del instituto? El otro día me crucé con ella y preguntó por ti… —intentó animarle su madre.
—¡No me gusta!
—Pero si es muy simpática…
—¡Es muy fea!
—Pues parece buena chica, y además quiere ser ingeniera… —continuó Iojebed.
—¡Es una empollona de mierda!
—Si fueras como ella otro gallo cantaría… —pensó Amrad en voz alta.
—Ya puede cantar 3 veces que no, no y no.
—Mira niño, ahora mismo te estás sentando a la mesa. Na’ más comer te subes y hasta que no termines con… ¿de qué es el próximo examen?
—De filosofíiiiiia… —respondió cansado, alargando las últimas vocales con la mirada perdida en algún punto inexacto del techo.
—Pues esta noche te bajas media hora antes de la cena con el libro y me lo cantas —concluyó su padre sin mayor dilación. —¡Y ahora, a comer!

La familia se sentó a la mesa y cada uno llenó su gaznate sin nada más que hablar salvo del ganado y lo que Amram pudiera sacar de él a final de mes. Nada más terminar, Moisés subió sin ganas a su habitación como su padre le había dicho. La idea era que se encerrara entre libros y estudiara, pero la pubertad fue más fuerte que la constancia. Moisés no se lo pensó dos veces, lo tenía planeado desde hacía años y cargó todo lo que pudo en su chistera, Nintendo incluida, y escapó de allí para no volver en mucho tiempo. Lo que pasara o no después es otra historia.

Tiznado de polvo gris

Antes de que pasara aquello no recordaba casi nada. Entonces Chico era un crío de 7 años recién cumplidos. Sabía que tenía padres, siempre con un pañuelo en la cabeza, y 2 hermanos; uno mayor y otra un poco más pequeña. Vivían a las afueras de la ciudad y detrás de la casa era todo campo; cada vecino con su huerto, sus gallinas y alguna vaca que les daba leche. El único recuerdo que le quedaba era una estampa con apenas movimiento, como un corto de 8 milímetros que ni siquiera duraba un par de segundos, grabado en su cerebro a carne viva.

No supo qué pasó entonces, pero cuando Chico despertó aquella mañana era todo silencio y polvo y un fuerte dolor en la cabeza. Restregó sus ojos con los puños, queriendo despertar de su sueño, y sin embargo no vio paredes sino ruinas. El cielo parecía haber caído con todo su peso sobre las casas; los muros apenas asomaban un palmo del suelo y el aire resultaba tan espeso que incluso se podía masticar. Lo que fue hierva ahora eran cascotes, cubiertos por una gruesa capa de polvo que tuvo el valor de disecar hasta el riachuelo que bordeaba lo que antes fue una aldea. A Chico le costó pero consiguió escapar de lo poco que quedaba de su casa, y buscó, sollozando entre lágrimas, a su mamá por aquel paraje desolado. Pronunciaba su nombre a gritos porque ni siquiera se oía a sí mismo, sólo un pitido que se había instalado con disimulo en su cráneo dolorido.

Lloviznaba azabache donde el ambiente era gris decenas de kilómetros a la redonda, tan sólido que ni siquiera la ciudad se podía ver de fondo. Aquel caluroso día de agosto Chico buscó a sus hermanos y a sus padres, llamándoles hasta quedarse sin voz, pero ni tuvo respuesta ni los encontró. Lloró hasta quedarse vacío y seco. El ruido que tuvo el pueblo se había extinguido, no se oía el cacareo de las gallinas, los mugidos de las vacas ni el sonido de cualquier ser que tuviera vida. Sólo cuando parecía oscurecer el cielo, esa misma tarde, vio una camioneta que paró delante suya. De ella salieron personas que vestían de rojo y ese fue el primer color que pudo distinguir. Días después, Japón anunció su rendición incondicional entre sus Aliados, haciéndose formal para el mundo entero el 2 de septiembre. La Segunda Guerra Mundial había concluido y Chico volvió a nacer entre los escombros de un vacío absoluto.