Si la prensa rosa hiciera eco

Ya podía estar empezando el verano que caía la de dios. Noé estaría terminando de construir su crucero para atravesar el Pacífico mientras la madre de Moisés preparaba la comida de ese día. Con el paso de los siglos llegaron a etiquetar a sus padres como faraones y él hijo adoptivo, pero no todo lo que se dice es verdad, la prensa rosa peca más de lo que debiera por intereses mediáticos entre otros. Él era el hijo menor de 3 hermanos, el único que aún no se había emancipado, y ese día, que se levantó poco antes con una buena resaca, se quedó con la Nintendo tirado en el sofá. En ese momento entró su padre en casa, maldiciendo, tras volver de su rutina con el ganado.

—Vienes empapado, Amram. ¿Te saco una toalla? —le dijo Iojebed a su marido.
—¡Pero qué diablos…! ¿Tú has visto la que está cayendo? —respondió ofuscado.
—Sí, lo que no me bebí anoche, jajaa —interrumpió Moisés queriendo no ser pretencioso sin conseguirlo. Entonces su padre dio media vuelta, ofuscado, y clavó sus ojos en él.
—¡A saber qué harías con tus amigotes!
—Pues a falta de vírgenes nos bajamos al río con unos litros de kalimocho. Por si pescábamos algo…
—¿Y qué, lo conseguisteis? —le preguntó con sorna.
—Nah, alguna langosta.
—¿Sí, dónde está entonces? —y Amrad volvió a girar su cabeza 180 grados por la violencia decrépita de su estómago vacío— ¿Iojebed, acaso la paella es marinera? Porque no huele a marisco…
—No cariño, es valenciana. Le he puesto conejo, pollo…
—Papá, las langostas nos picaron hasta en los huevos. ¿No ves cómo tengo el cuerpo?
—¡Si pensaras con lo que debieras ya estarías en la facultad, maldita sea tu estampa!
—Cariño, déjale, ¿no ves lo mal que lo está pasando?
—Escucha a mamá. Si me hubierais comprado la play otro gallo cantaría…
—¡Claro, y qué más! —El cuello de Amrad se contorsionaba entre uno y otro.
—Pues sí, porque entonces podría jugar online con Séfora. Pero como no la tengo pasa de mi culo, joder.
—¿Bueno, y qué pasa con esa kushita del instituto? El otro día me crucé con ella y preguntó por ti… —intentó animarle su madre.
—¡No me gusta!
—Pero si es muy simpática…
—¡Es muy fea!
—Pues parece buena chica, y además quiere ser ingeniera… —continuó Iojebed.
—¡Es una empollona de mierda!
—Si fueras como ella otro gallo cantaría… —pensó Amrad en voz alta.
—Ya puede cantar 3 veces que no, no y no.
—Mira niño, ahora mismo te estás sentando a la mesa. Na’ más comer te subes y hasta que no termines con… ¿de qué es el próximo examen?
—De filosofíiiiiia… —respondió cansado, alargando las últimas vocales con la mirada perdida en algún punto inexacto del techo.
—Pues esta noche te bajas media hora antes de la cena con el libro y me lo cantas —concluyó su padre sin mayor dilación. —¡Y ahora, a comer!

La familia se sentó a la mesa y cada uno llenó su gaznate sin nada más que hablar salvo del ganado y lo que Amram pudiera sacar de él a final de mes. Nada más terminar, Moisés subió sin ganas a su habitación como su padre le había dicho. La idea era que se encerrara entre libros y estudiara, pero la pubertad fue más fuerte que la constancia. Moisés no se lo pensó dos veces, lo tenía planeado desde hacía años y cargó todo lo que pudo en su chistera, Nintendo incluida, y escapó de allí para no volver en mucho tiempo. Lo que pasara o no después es otra historia.

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Tiznado de polvo gris

Antes de que pasara aquello no recordaba casi nada. Entonces Chico era un crío de 7 años recién cumplidos. Sabía que tenía padres, siempre con un pañuelo en la cabeza, y 2 hermanos; uno mayor y otra un poco más pequeña. Vivían a las afueras de la ciudad y detrás de la casa era todo campo; cada vecino con su huerto, sus gallinas y alguna vaca que les daba leche. El único recuerdo que le quedaba era una estampa con apenas movimiento, como un corto de 8 milímetros que ni siquiera duraba un par de segundos, grabado en su cerebro a carne viva.

No supo qué pasó entonces, pero cuando Chico despertó aquella mañana era todo silencio y polvo y un fuerte dolor en la cabeza. Restregó sus ojos con los puños, queriendo despertar de su sueño, y sin embargo no vio paredes sino ruinas. El cielo parecía haber caído con todo su peso sobre las casas; los muros apenas asomaban un palmo del suelo y el aire resultaba tan espeso que incluso se podía masticar. Lo que fue hierva ahora eran cascotes, cubiertos por una gruesa capa de polvo que tuvo el valor de disecar hasta el riachuelo que bordeaba lo que antes fue una aldea. A Chico le costó pero consiguió escapar de lo poco que quedaba de su casa, y buscó, sollozando entre lágrimas, a su mamá por aquel paraje desolado. Pronunciaba su nombre a gritos porque ni siquiera se oía a sí mismo, sólo un pitido que se había instalado con disimulo en su cráneo dolorido.

Lloviznaba azabache donde el ambiente era gris decenas de kilómetros a la redonda, tan sólido que ni siquiera la ciudad se podía ver de fondo. Aquel caluroso día de agosto Chico buscó a sus hermanos y a sus padres, llamándoles hasta quedarse sin voz, pero ni tuvo respuesta ni los encontró. Lloró hasta quedarse vacío y seco. El ruido que tuvo el pueblo se había extinguido, no se oía el cacareo de las gallinas, los mugidos de las vacas ni el sonido de cualquier ser que tuviera vida. Sólo cuando parecía oscurecer el cielo, esa misma tarde, vio una camioneta que paró delante suya. De ella salieron personas que vestían de rojo y ese fue el primer color que pudo distinguir. Días después, Japón anunció su rendición incondicional entre sus Aliados, haciéndose formal para el mundo entero el 2 de septiembre. La Segunda Guerra Mundial había concluido y Chico volvió a nacer entre los escombros de un vacío absoluto.

Fuera de lugar (Rocket Man)

No pudiste elegir, es lo que tiene, pero escapaste de allí, más allá de donde asoma el sol y todo se fabrica, siendo un cortaúñas made in China. Podría haber sido peor, de ahí salen caramelos con sabor a judías, féretros sellados de peces panga y preservativos que se rompen antes de ser usados. Tú sólo fuiste un cortaúñas, sin más ni menos.

En cuanto hiciste los papeles, embarcaste en el primer crucero que te recomendó la agencia de viajes. Aquel no fue el mejor camarote con el que pudiste soñar ni tuviste la mejor compañía, sin opción a poder viajar solo, pero oye, tenías esa pulsera que te permitía comer, cuando te diera la gana, en cualquiera de los 7 buffets especializados en las cocinas de medio mundo. Fue ahí cuando empezaste a defenderte, especializándote en la apertura y despiece del marisco, fuera chileno, argentino o gallego. Tus cuchillas estaban bien afiladas, cortaban que daba gusto y, a pesar de no ser puro acero toledano, de mucho te sirvieron sin saberlo aún.

Una noche, cuando todo parecía estar en calma y tú descansabas, enredado entre las sábanas de tu contenedor, un grupo de terroristas sudafricanos asaltaron el carguero. Redujeron a toda la comandancia para hacerse con el mando, desviándolo de su ruta y, sin hacerle ascos a nada, intentar amarrarlo en algún cabo desconocido por los restos donde piratear después con toda la mercancía.

Entonces fuiste listo y estuviste al desquite cuando, pasando cerca del sur de Madagascar, te lanzaste al agua para escapar de sus redes. Nadaste hasta reventar, sin nada que perder, pero llegaste a tierra y el consulado hizo el resto. Sin saber aún cómo, pasaste de mano en mano para acabar en Londres, el 10 de Downing Street concretamente, en las mismas de una tal Theresa May. Aquellos fueron los mejores meses de tu vida, cortando uñas a diestro y siniestro, té mediante, con el poder que una maldita fábrica de la Asia más profunda te concedió. Dormías tus horas, librabas fines de semana y festivos y viviste como un marajá hasta que un día, escuchando la BBC, te enteraste del Brexit.

Tan mal lo pasaste estudiando, por muchas asignaturas que te quedaran para septiembre, y luego buscándote la vida, que no entendiste una mierda de los politiqueos y sus barbaries populistas. Habías recorrido medio mundo, arrastrando toda su mierda entre tus filos, que la salida de esos hijos de la Gran Bretaña del eurogrupo no cabía entre ellos. Esto se quedó grabado a fuego entre tus sienes. Fueron tantas las noches sin dormir que, cuando Theresa te cogió entre sus manos con el objetivo de arreglárselas, te quedaste con lo marcada que tenía la arteria carótida de su cuello. Si la vida te había enseñado algo es que soló puedes fiarte de una cosa: de tus cuchillas.

Éxtasis sin precedentes

Resulta brutal, un pecado carnal en toda regla (o sin ella), con tanta gente y no sólo encima, también debajo, en los costados… Por todos lados y mucha que hasta resulta familiar. ¡Quién me iba a decir de montarnos semejantes orgías de lujuria pasional y fluido desenfrenado! Puritanos los justos y metamos todo lo que podamos, qué coño… O por el culo. Tan extasiado me quedo que estoy sin palabras ante semejantes acontecimientos improvisados. Pero esto sigue, no para, y el uso y disfrute es tremendo. La primera, que cayó a finales del año pasado, fue la hostia. La siguiente y ahora penúltima, estas navidades sin ir más lejos, casi tenemos que llamar a emergencias. En esta ocasión las ambulancias ya están fuera y algunos médicos, enfermeras, auxiliares y demás gente que pasaba por la calle se han sumado ya. Es un terminar para empezar de nuevo, con tanto individuo de ambos géneros, desnudos todos y en las posiciones más inverosímiles.

Yo, para recuperar fuerzas, me he sentado este rato aquí, enfrente del ordenador, entre un cigarrillo y una cerveza, y de paso hacerlo público y si puede ser animaros a participar en la fiesta. Ya que estamos tiremos la casa por la ventana, porque no se sabe lo que queda pero parece que va para largo. Seremos muchos pero te abrimos un hueco exista o no. No sabéis en la que os metéis si venís, si es que no os la meten antes, pero no os lo perdáis por nada del mundo. Mis vecinos se quejaron al principio, pero luego se animaron y el que entra no sale después.

Esto iba a ser para San Valentín, porque el amor es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, como el actimel lo es para nuestras arterias, pero al final se nos ha adelantado porque algunos no se aguantan y… Mierda, el gay de Paco está en la puerta clavándome su mirada y apuntándome con su recortada, me da que va a ser esa segunda más bien la que me termine por clavar… Estoy jodi987654321ºqefgefbpuhqorpbfe084

9 meses no es nada

Eras un gran tipo. Obediente de pequeño y licenciado después sin perder el tiempo, como siempre a curso por año. Trabajaste en lo tuyo nada más terminar la carrera y poco después tu mujer encontró al hombre de su vida y te casaste. Tuvisteis 2 hijos que sacaron lo mejor de cada uno, ambos en el colegio con mayor renombre de la zona, pero tus horas de empleado por cuanta ajena no te las quitaba nadie. Tu profesión quizás fuera lo primero y por eso sólo les veías acostarse. Los fines de semana con los suegros y tú llevando el portátil a cuestas. Y así pasaron los años mientras se acumulaban las canas allí donde seguía quedando pelo. Habías hecho ejercicio de chaval y ni bebías ni fumabas ya. Pero bien pasados los cuarenta, cuando el mayor de tus retoños empezaba la secundaria, a la vuelta del verano, te hiciste unas pruebas por una bronquitis que vestía de largo. Un traje bien entallado para una enfermedad avanzada que, tras el diagnóstico, te dio una cuenta atrás de no más de 9 meses de existencia en este maldito mundo. Los mismos que tardaste en venir a él.

Jodida es la vida cuando lo que persigues se diferencia y mucho de lo que consigues. La tuya, una carrera brillante e impoluta bruscamente destrozada por las cosas que pasan en la lotería de la vida. Entonces te replanteaste tu existencia, desde unos hijos que apenas conocías fuera de los resultados escolares, hasta unos padres que habías dejado perdidos en tu olvido por quién tendía ahora tus calzoncillos. Unos ojos, los tuyos, que habías dejado de usar desde bien joven, te mostraban de nuevo la maldita realidad en la que te encontrabas. No sabías si era tarde pero lo intentaste, y en esos 9 meses quisiste recuperar lo perdido en décadas. Una mujer, unos hijos, unos padres y unos hermanos a los que apenas viste en tus ratos libres. Pero ninguno de ellos creía ya en ti, en ese afecto que se congeló con el paso del tiempo que dejaste escapar. Y te sentiste solo porque te encontrabas demasiado lejos de las personas que ahora querías tener cerca. Si descuidas el horno la comida que te alimenta se quema. Tu mujer, tus hijos y el resto de tu familia lamentaban lo ocurrido, pero todos ellos respondían con una reticencia disimulada a tu necesidad imperiosa y repentina de acercamiento. La carne congelada, y más en el crudo invierno, es lo que tiene.

Así que transcurrieron los meses, según lo planeado por los profesionales mejor pagados de tu seguro sanitario, sin conseguir el calor de los que siempre te quisieron tener cerca y nunca te arrimaste. Demasiado les costó aceptar tu lejanía entonces, no se puede freír un huevo en el capó de un coche negro aunque sea verano. Lo que no sé es si te llegaste a arrepentir por ello, nunca lo sabremos. Pero al menos en tu lápida, lo que más resaltó el día de tu entierro, fue la corona de flores de tu empresa con el mensaje de “tus compañeros no te olvidan”. Eso y la fecha de tu defunción esculpida en la misma mientras a ambos lados brotaba una hierba bien frondosa en lo que iba a ser una cálida primavera. Siempre quedarán las fotos en las que aparecías, un recuerdo más como cualquier otro, en las vidas de la gente que aún sigue ahí, asomando sobre la tierra. Sobre la arena cuando llegue el verano y se bañe en la playa no sé.

Fdo.:
Tu único mejor amigo

Su princesa

Querías darlo todo por ese jodido imbécil, un perdido de la mano de dios como otros tantos, y aún así lo intentaste como no está escrito. Qué ciego es el jodido amor… Tú, una chica bien educada, callada y respetable; toda una princesa guapa, joven y lista. Él un pobre desgraciado sin ganas ni futuro. No se puede esperar gran cosa de la vida, bien que lo sabes, pero menos aún de alguien así. Él sobre la vida y sus oportunidades de alguna forma también lo sabía. Quizás esa dinámica en la que estaba metido y probablemente sin salida lo provocaron. Hay caminos vallados y por lo tanto inescrutables, hasta que entras en ellos, a veces sin mayor elección. No hay más ciego que el que no quiere ver, pero quizás en este caso su ceguera vino como defecto de fábrica, manufacturado sin obra ni conciencia. Así le fue después. De todas formas tú eres fuerte, aunque no lo creas, y a ti también te sobran los motivos. Lo intentaste con todo lo que tienes, seguro, y el muy imbécil aún así quiso cambiar cuatro pesetas por un duro. La duda, después de todo, queda en si esto era por menosprecio o sin embargo por incapacidad, pero eso ya depende de cada uno, de las sensaciones que hayan quedado tras la tormenta.

Ahora toca resguardarse y aguantar los coletazos como buenamente se pueda, cuestión de tiempo como siempre. Como nunca. Pero a veces, muy pocas veces, la vida también sorprende gratamente y entonces podrás (y sabrás) engancharte a ella, te conozco y lo sé. Sólo puedo recomendarte, como él lo intentó, que cuando salgas de casa lo hagas sin prejuicios, ni siquiera vergüenza, y que des tu maldita cara sin miedo a las alturas. Porque tú ya eres alta y a muchos les va a costar llegar a tu cima, así que no te cortes y saca lo que llevas dentro con toda confianza. Échalo maldita sea y pon tu foto en el cuaderno, deja las ovejas para conciliar el sueño que a veces te pueda faltar.

Manuel P. (a los pies de Pedro IV en Lisboa)

Manuel fue militar en otros tiempos, mejores a pesar de todo. Más de lo deseado había conocido entre cascos azules, polvo y miseria y aun así no fue suficiente. Pero antes que todo eso fue un chaval que aunque nunca estudió demasiado no le fue tan mal, sólo ocurrió que era el más pequeño de 4 hermanos y el menos productivo, por lo que acabó en filas del servicio militar sin pretenderlo. Por aquel entonces ya estaba saliendo con una chica, una bella princesa de pelo largo y oscuro de la que con sólo intentar describírtela después de todo era capaz de enamorarte de ella. Mientras, sus ojos se enturbian por el mismo principio sencillo de causa y efecto que tiene el agua para pasar de liquido a gas y viceversa. Nunca me dijo su nombre pero con ella se casó tan pronto ésta terminó sus estudios y encontró trabajo de lo suyo. Al mismo tiempo estalló algo que por un tiempo parecía exageradamente lejano para sus vidas, el conflicto de los Balcanes. Entonces aún eran demasiado jóvenes y no quisieron tener hijos tan pronto, el alquiler ya se llevaba buena parte de los ingresos.

Pocos años después y tras alguna mala noche que le costó a la organización conciliar el sueño, la OTAN decidió tomar cartas en el asunto y sus socios acordaron enviar diferentes tropas, portuguesas incluidas, a lo que en Yugoslavia quedara aún con vida. Manuel estaba de los primeros en las listas de su país y llegado el momento tuvo que despedirse de su mujer, mochila en mano a parte del anillo. Él amaba con locura a su mujer y bien se hubiera roto a sí mismo lo que fuera necesario para no separarse de ella. Pero para bien o para mal, eso nunca llegó a ocurrir a tiempo por iniciativa propia, y lo suyo les costó despedirse. Manuel entraba virgen en filas dirección al otro lado de la vieja Europa, sin saber lo que allí estaba pasando más allá de las instrucciones, a pie de calle, contando éste con sólo veintitantos.

Transcurrieron años separados él y ella sin apenas noticias el uno del otro, tan duros como fue esa última emboscada a fuego abierto entre diferentes bandos en la que Manuel y sus compañeros se vieron envueltos. Él tuvo suerte, salió con vida de aquello y las heridas le hicieron dejar de ser apto para sus labores como soldado de la OTAN. Manuel fue repatriado a su Portugal y devuelto a su mujer. Pero cuando él regresó, ahora medio cojo, ella tampoco era la misma como tampoco lo era su peinado. Tanto tiempo fuera había sido muy duro para Manuel, por lo ocurrido al otro lado de sus retinas, allí en los Balcanes, pero sobre todo por encontrarse de vuelta algo no esperado. Él pasaba las 24 horas en casa, periódico en mano y mirando el reloj, para contar los minutos con sus segundos hasta que su amada volviera del trabajo.

Durante un tiempo todo fue bien, pero todo pasa y lo que era transparente se enturbió. Sin darse cuenta ninguno de los dos, las cosas fueron cambiando y antes o después ella regresaba de la oficina trayendo  consigo mala cara y peores gestos. Una convivencia que se fue enfriando en un silencio quebrado tan sólo por absurdas discusiones que produce el contraste de quien trae dinero a casa frente al que nada hace apenas por ello. Entonces Manuel empezó a beber de diario tirando de la poca pensión que le quedaba. Lo que había visto fuera ya era bastante duro, lo que ahora tenía en casa no parecía ser mejor. Pasado un tiempo, Manuel descubrió que su mujer estaba con otro tipo y cuando quiso darse cuenta ya estaba fuera. Fue buscando refugio alojándose en casas de familiares y amigos que pudieron hacerlo, pero el alcohol se hizo fuerte y al final, sin quererlo, acabó en la calle sin más paredes que sus cartones.

En la plaza de Pedro IV, durante la semana santa de 2010, coincidí con don Manuel, sentados los dos a los pies de la estatua que le da su nombre. Yo de escapada por vacaciones, aprovechando para descansar el sol de la tarde, y él por no tener mejor sitio a donde ir, con su piel de cara y extremidades sucia y curtida, ropa vieja y un cartón de vino del que pausadamente pegaba algunos tragos. Tenía unas enormes manos con las que se restregaba continuamente los ojos, cuando no se tapaba de las fotos que golpeaban su rostro. Había mucha gente de fuera, la mayoría españoles, dando voces y sacando sus cámaras digitales a pasear sin orden ni concierto, pero se estaba bien allí. Yo sólo saqué un par de cigarros, él me miró y le ofrecí uno, nos lo encendimos y enseguida acertó de dónde venía.

Manuel parecía conocer España y chapurreaba algo de castellano, no mucho, pero charlamos largamente, mezclando nuestros idiomas. A buen entendedor ya se sabe. Él alternaba su perfecto portugués con alguna palabra serbocroata, inglesa o española para contarme sus historias. Hablamos de los turistas y sus malditas fotos, de mujeres, de España y de Portugal, del atentado en el metro de Moscú, del ébola de entonces y de otras tantas cosas. No arreglamos nada ni me contó mucho más de lo ocurrido, pero fue agradable. Manuel debía rozar los cuarenta, pero por su cara parecía llevar varias vidas ya en este maldito mundo. No era mal tipo, mostraba sin quererlo estar en paz con el universo y no parecía necesitar mucho más de nadie que lo poco que tenía. Fue un placer conocerle y así se lo hice saber tras las pocas horas que nos juntaron al estrechar su mano para despedirnos mientras no muy lejos alguien cantaba “meu amor, neu amor” de Amalia Rodrigues.

Una estrella con mi nombre se queda corta

No soy bueno, sino que muy bueno. Y no porque lo diga yo… La ingeniería es mi fuerte, la familia mi pasión y la pasta mi hobby. Ya desde muy pequeño la mira de mi escopeta apuntaba bien alto. Empecé por dibujar con ceras hasta acabar haciendo láminas de carboncillo que mis padres colgaban a lo ancho y alto de las paredes de nuestro pequeño hogar. Pasé de hacer dictados sin faltas y estúpidos ejercicios matemáticos a diplomarme en ingeniería, sin perder ni un sólo año mientras levantaba las pesas de a dos, con la punta de mi polla –que por cierto no es nada pequeña y aún menos fina, ya que pareces interesada–.

Pero no sólo me hice ingeniero honoris causa, también broker por afición, y jugué e invertí mi dinero y el de mi familia en bolsa, comprando y vendiendo acciones de empresas que apuntaban alto tras rebajarse para que comprara sus acciones. Mis padres ganaron pasta, mi abuela ganó pasta y hasta mi hermano ganó pasta. Los hay quienes nacen estrellados y quienes pretenden que el éxito les llegue algún día. Yo brillaba ya desde el útero materno, tanto que la oscuridad se ausentó por 9 meses y algunos días más. Lo malo es que, al perder la virginidad conmigo, hizo quizás que el que pasara después por aquel garaje pudiera coger mayor tamaño, pero sólo hablo de talla. Mi hermano, al fin y al cabo, es muy distinto y está a otro nivel; zurdo para empezar, moreno de pelo y piel y un poco rebelde. Él ni se acercó a mí ni consiguió diploma alguno siquiera.

Aún así nada de esto trastocó mis hobbies. Fui desde juez de pista del Jarama hasta aficionado a los rallies sin mayor problema en la conducción –punta-tacón arrás– que el tiempo que hiciera ese día en el campo. Pero en beneficio de todos diré que no me gusta fanfarronear, soy humilde –de hecho uno de mis grupos favoritos desde la adolescencia es Siniestro Total y su tema “esta vida es una mierda”–. Ya entonces iba con pantalones rotos entre cadenas colgantes y acabé dejándome el pelo largo. Kurt Cobain, aunque más rubio y más cool, era mi hermano gemelo en la distancia. De hecho mi primera novia tenía un parentesco castellanizado con Courtney Love por la misma época, aunque ella no me mató sino que me hizo más fuerte aún.

Mujeres no me faltaron pero en algún momento quise sentar la cabeza para tener a quien dejar mi legado –que dios quiera dentro de mucho tiempo– y ahora tengo una familia numerosa con la que mi profesión le gusta competir, pero ese no es mi juego. El trabajo sólo es un medio para el cual mis hijos consigan todo lo que se les antoje para seguir los pasos de su padre. Mi padre me apoyó y mucho pero quizás nunca me inculcó esos valores, como tampoco lo hizo con los del fútbol y la fuerza del Atleti si bien eso es algo que he remediado con los míos, aunque siga sin entusiasmarme. Mis hijos son ahora más rubios, más altos y más blancos si cabe –salvo el cuarto y último, que ha salido no sé si zurdo pero desde luego demasiado moreno de pelo y piel y un poco rebelde…–

El paso del tiempo

Cada vez iba siendo menos habitual, pero aquella fue una de las pocas veces que volvían a juntarse y fue buena, cuando por el cumpleaños de uno de ellos se vieron de nuevo las caras en uno de esos pocos bares antiguos que quedan en los laterales de la avenida del Brasil. Empezaron primero con unas cuantas cervezas y siguieron después con algo que las acompañara, alargando la conversación entre ibéricos, bandejas de calamares, chopitos y cazón y un par de raciones de croquetas de jamón. Se contaron sus vidas, rieron y maldijeron y no se privaron de la exaltación de esa profunda amistad ni del deseo de gritar cuando así lo creyeron necesario.

El decorado fue agradablemente acompañado por el resto de invitados entre parejas, amigos y compañeros de oficina que como mucho profundizaban con un “buen vino este Rioja” o “qué rico es el jamón de Teruel”. Había pasado algún tiempo desde la última vez, en unas vidas perdidas en la cotidianidad obligada de sus estúpidas necesidades, pero lo mejor fue lo de verse de nuevo a pesar de todo; podrían pasar los años pero lo que ellos compartían ni el paso del tiempo podría cambiarlo.

Una pérdida de tiempo

Charly pensó que era fácil enamorarse de una chica así y que ella podría estar con cualquiera, el que ella quisiera, y sin embargo Beatriz se había quedado con él aquella noche, tomando unas cervezas en la barra de un improvisado bar. Charly no pensó mucho más, sólo en la coincidencia de dos personas que muchos años antes habían tenido cierto contacto, que Beatriz estaba algo cansada para seguir de fiesta y por eso sus amigas la dejaron sola allí con él. Charly podía sacar a Beatriz más de diez años fácilmente, tenía el pelo largo, con mechas de tinte, llevaba una fina y ajustada camiseta de tirantes negra dejando adivinar unos senos no demasiado grandes, pero sí duros y turgentes, un vientre liso con un piercing asomando en el ombligo y unos pantalones vaqueros desgastados muy bien ajustados. Charly apuraba su cerveza y la miraba con la desconfianza de quien se sabe demasiado viejo y feo para una chica como ella. Mientras, Beatriz hablaba y hablaba como hace cualquier mujer cuando no está durmiendo, riéndose y abriendo mucho la boca para decir ah y oh, mientras le cogía del brazo tirando de su camisa o posaba su mano sobre la de él, gesticulando tanto como para pensarse dos veces atarla a la banqueta en la que apenas paraba sentada.

Charly estaba casado y Beatriz lo sabía, pero eso importaba poco en aquel momento, su mujer se había ido de recogimiento a pasar el fin de semana con sus amigas a una casa rural. Charly había aprovechado para salir a tomar algo tranquilamente con un par de amigos para ponerse al día de sus rerspectivas vidas y recordar los viejos tiempos, los buenos tiempos, cuando lo que pasara al día siguiente importaba tan poco como las pocas monedas que llevaban en los bolsillos. Pero esos tiempos no eran ya más que recuerdos de otras vidas y antes o después debían volver a casa con sus obligaciones conyugales, menos Charly, por eso cuando se despidieron en la puerta del bar para echar un cigarro él se quedó con Beatriz, que le pidió que se tomara una cerveza con él, la primera vez que hacían algo así. Los padres de ambos eran vecinos y Charly casi la había visto nacer, Beatriz había pasado muchas tardes en casa de Charly cuando él aún vivía con sus progenitores, haciendo sus deberes y jugueteando inocentemente con él cuando se aburría más de la cuenta. Después Charly creció, empezó a trabajar y se fue del nido siendo aún muy joven, estuvo saliendo con alguna chica y finalmente se casó con la última, por amor, con iglesia, banquete y luna de miel, y pasaron los años.

La cerveza seguía fluyendo, Charly llevaba ya varias jarras ebrio y Beatriz le confesaba lo difícil que era encontrar un chico de su edad que tuviera dos dedos de frente y pensara en algo más que una mamada, lo excitante que resultaba encontrar a un tipo interesante como Charly con quien tomar una cerveza plácidamente. Aquel comentario hizo que Charly pensara en ello con la imagen de Beatriz abriendo la boca diciendo oh y fue entonces cuando decidió retirarse antes de bailar en la cuerda floja, sin música. Después de todo, Charly seguía queriendo a su mujer aunque las cosas hubieran cambiado. O a lo mejor después de todo nada había cambiado y ese era el problema.

Charly se conocía el camino y ofreció a Beatriz llevarla hasta su casa, apuraron sus cervezas y salieron del bar agarrados hasta el coche, encendió el motor, bajó la ventanilla y encendiéndose otro cigarrillo arrancó. No pasaron más de quince minutos sorteando las calles principales, por riesgo a ser detenido en algún control de alcoholemia, cuando Charly paró en segunda fila frente al portal. Beatriz quiso fumarse un último cigarrillo, Charly se lo prendió y ella se disculpó por haberle aburrido con sus tonterías de niña borracha. Veinte incómodos minutos en total en los que a Charly se le pasó por la cabeza cómo sería reiniciar su vida con una chica como Beatriz, joven, guapa y despierta, pero los cigarrillos se consumieron y tocó despedirse, eso era lo mejor que podía hacer, pensó Charly en un momento de lucidez, y acercó su cara hasta la de ella para los dos besos de cortesía, cuando sus labios fueron asaltados por otros unos diez años más jóvenes que los suyos, abriendo su boca e introduciendo dentro su lengua inquieta.

–Yo también estoy sola este fin de semana– le dijo Beatriz al final, –¿por qué no subes? –. Charly aparcó su coche, ¿qué podía perder? pensó, y subieron juntos en aquel viejo ascensor que jamás había imaginado en sus mejores sueños una escena como aquella. Charly la cogió a orcajadas entre sus brazos y la devolvió aquel beso envenenado a mordiscos. Luego, entraron en la casa de ella y sin encender luz alguna cayeron en el sofá comiéndosela a bocados como hacía tiempo que no lo hacía, despachándose a gusto con sus manos sobre aquella piel joven y tersa mientras ella se dejaba hacer. Charly saboreó las delicias de cada uno de los rincones de Beatriz, desnudándola a placer hasta dejarla únicamente con un retorcido tanga entre sus nalgas, gimiendo ésta entrecortadamente, con ese punto de timidez que diferencia a una niña de una señora. Pero mientras Beatriz se derretía empapando los cojines del sofá Charly tan solo saciaba la codicia de su estúpido calentón que rápidamente se había enfriado, en seguida aquello le supo a nada, y a pesar de intentarlo una y otra vez perdió el apetito, era sólo carne, tan vacía e insípida que si hubiera estado en un restaurante se hubiera largado de allí sin pagar. En vez de eso se retiró en silencio, sentándose cuidadosamente a un lado, y se declaró en bancarrota, no pintaba nada allí.

Parecía más de lo que realmente era, pensó Charly cuando entraba de nuevo en su coche. Su mujer podía sentirse envidiada, tenía diez años y otros tantos kilos más que cualquier remilgada con un tanga que le abrazara el culo y aún así se la seguía poniendo dura cuando volvía cansado del trabajo, ¿qué más podía pedir? Después de todo se sentía afortunado. Bajó la ventanilla, encendió un cigarrillo saboreando la primera bocanada como si fuera la última y arrancó con el único deseo de meterse en la cama cuanto antes y no levantarse hasta bien tarde, ya estaba bien de hacer el gilipollas.