Un coleóptero depredador común

Bodo era un escarabajo, un coleóptero depredador común, tan habitual en las calles de la ciudad como muchos otros insectos en los meses de verano. Bodo, así como sus padres, los padres de sus padres y todos los padres de sus padres, que eran unos cuantos, se alimentaba de insectos, lombrices y demás babosas, y toda su preocupación consistía en patearse el parque en el que vivían con el único objetivo de sacar tajada que llevarse a la boca y como mucho algún adorno con el que decorar la parcela. Pero eso no era suficiente para Bodo, Bodo quería conocer mundo y salir de aquel vergel infectado de yonquis, borrachos e inmigrantes, harto de rebuscar entre la basura y la tierra húmeda —que muchas veces estaba mojada sin que hubiera llovido antes—. Bodo ansiaba conocer la gran ciudad, la capital del reino, sacarse fotos con el móvil frente a la Puerta de Alcalá, el Palacio Real, la Plaza Mayor, la fuente de la Cibeles o junto a los hermanos Alcázar en la Gran Vía con el edificio de Schweppes al fondo. Durante mucho tiempo soñó con ese viaje y ahora que era todo un apuesto escarabajo adolescente estaba más seguro que nunca de lanzarse a la aventura y hacer realidad su sueño.

Y así fue, en un todavía templado amanecer de finales de septiembre, cuando agarró su fardo cargado con unas cuantas camisetas y algún pantalón de repuesto, el emepetres repleto de música y una cartera llena de monedas —que se había ido encontrando en los quehaceres de su rutina diaria— y echó a andar, tras dejar una nota a sus padres en una de las patas de la papelera que quedaba justo enfrente del chalé unifamiliar en el que vivían. El sol estaba tan bajo aún que hasta la sombra de una miserable colilla se extendía hasta el infinito, pero eso a Bodo poco le importaba, estaba acostumbrado a las miserias de la oscuridad, y poco a poco llegó hasta el sendero principal que daba al exterior del parque para continuar por él hacia la calle asfaltada que lo rodeaba. El caso es que tardó en llegar, sortear zarpas de perro con ganas de evacuar, Nikes Air trotando y demás aves rastreras cuando debía estar tirado en la cama entrando en el segundo sueño es sumamente complicado, parecía moco de pavo y sin embargo a punto estuvo de volverse a casa, pero aun así se armó de valor y consiguió llegar sano y salvo.

Su aventura le llevó calle arriba, un camino tan arduo y largo que se prolongó durante todo el día. En ese tiempo se cruzó con otros escarabajos que se protegían del calor diurno descansando tras los bordillos de las aceras y las tapas de las alcantarillas y que le seguían con la mirada hasta perderse, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, pero a Bodo le daba igual todo eso, prefería morir en el intento antes que volver a los meados, los árboles resecos, las jeringuillas rotas y la demás basura del parque. Al caer el sol se encontraba tan cansado que pasó la noche resguardado de la intemperie en una lata de CocaCola que yacía junto a una solitaria farola y que, a pesar de ser Zero, su embriagador y dulzón aroma reseco le transportó junto a la piscina de unos apartamentos costeros, en alguna isla de las Baleares, donde restos de cerveza y vómito ponían la puntilla a su ideal paraíso soñado.

Entrada la madrugada, cuando se regocijaba revolviéndose entre los restos mal digeridos de algún tipo de comida rápida empapada en alcohol barato, Bodo sintió un cosquilleo en sus élitros que, aunque suave, le hizo despertarse de su profundo y reparador sueño para encontrarse junto a él una pequeña cucaracha de finas antenas y estilizadas patitas que trataba de entrar en calor haciéndose un hueco a su lado. Extrañado y a la vez enfurecido, Bodo soltó un gruñido tan amenazador que hizo que aquella delicada cucaracha se asustara, corriendo hasta el otro lado de la lata muerta de miedo y, mientras Bodo clavaba sus ojos amenazante a aquel insecto asustado, ella trató de disculparse sin que el miedo le dejara terminar una sola palabra completa. Bodo se sentía incómodo con su extraña compañía, sin duda su mirada le delataba, así que sin más que decir aquella cucaracha salió sigilosamente de allí y Bodo volvió finalmente a quedarse dormido plácidamente.

En cuanto los primeros rayos de sol hubieron recalentado aquella oscura lata en la que había pasado la noche, Bodo salió de allí con las pilas cargadas, probablemente de respirar toda esa cafeína que quedaba ahí dentro, y se desayunó tranquilamente los restos de un durum envuelto en papel albál para después continuar su travesía. Al poco tiempo, unos metros más arriba, dio con un plano del suburbano tirado en el suelo que descubría ante él la enormidad de la gran ciudad. No sabía muy bien en qué parte de aquel mapa se encontraba, pero era sin duda un gran hallazgo. Y allí estaba Bodo, tratando de resolver el enigma del plano cuando oyó, no muy lejos, los gritos de dolor que procedían de una linda cucaracha más negra que el alquitrán de finas antenas y estilizadas patitas. Levantó la vista y la vio tirada en mitad de la calzada a la vez que el enorme semáforo que había en la esquina cambiaba a verde y aumentaba el rugido de los motores de unas enormes máquinas con ruedas. Bodo apretó los dientes, agachó la cabeza y corrió como alma que lleva el diablo hasta aquella cucaracha, la cargó a sus espaldas y con la misma velocidad regresó hasta el borde de la acera justo cuando una de aquellas enormes ruedas estaba a punto de pasarles por encima. Bodo trató de tranquilizarla y le preguntó su nombre. Aquella tímida cucaracha se llamaba Sissi, había llegado hasta allí desorientada, pues gustaba de ensimismarse con cualquier mínimo detalle, y había perdido el rastro de su familia unas horas antes. Sissi agradeció a Bodo su heroicidad con la vergüenza que le daba después de todo haberle despertado la noche anterior y él se disculpó, pues la falta de luz no le permitió ver realmente quién era el maldito insecto que le partía el sueño.

Al final Bodo se ofreció a acompañar a Sissi para buscar a su familia y ella aceptó encantada. Pasaron el día recorriendo las zonas más habituales por las que solían transitar, la puerta trasera del mercado, los cubos de basura, la montaña de palés, el seto de la entrada…, pero después de todo el día no había habido suerte, volvió a hacerse de noche y buscaron un sitio donde refugiarse. Sissi estaba cansada y triste, y para distraerla Bodo se sentó muy cerca de ella y le contó sus planes, todo lo que ansiaba conocer y los sitios que quería visitar. Sissi quedó entusiasmada, de alguna forma le parecía hasta embriagador, tanto que cuando quiso darse cuenta se estaban besando lujuriosamente en la boca, y entonces se apartó —¿cómo una cucaracha como ella podía besar a un escarabajo como aquel?— Bodo se sintió ofendido por el comentario, ¿acaso ella esperaba que con un beso se convirtiera en el príncipe azul? Eso, como saben todos, sólo pasa con las ranas y ellos dos tan sólo eran dos jodidos insectos —aunque atractivos a su manera—. Eso pensaba Sissi, y es que en el fondo Bodo no estaba tan mal —pero que nada mal—, así que se acercó de nuevo a él con su pícara caidita de ojos, le susurró algo al oído y volvieron a besarse mientras la luna seguía su rutinario peregrinaje surcando los cielos en mitad de la noche.

A la mañana siguiente, Bodo y Sissi despertaron abrazados en el interior de un amplia caja de pizza tamaño familiar, una cuatro quesos que embriagaba sus sentidos de tal forma que desayunaron con los fríos restos de la mozzarella, gouda, azul y rulo de cabra que quedaban aún impregnados sin su masa en el cartón. Las deducciones de lo que habían ido escuchado a lo largo de sus cortas vidas les situaban en Tetuán, y Tetuán tenía parada de Metro, así que sin perder más tiempo comenzaron la búsqueda de dicha estación, preguntando a todo aquel insecto que se encontraban en su camino, fuera mosca o fuera araña, hasta que finalmente dieron con ella y accedieron a sus entrañas. Querían ser honrados y comprar un billete de metrobús, pero el esfuerzo de subir hasta la rendija donde se debían insertar las monedas era infinitamente mayor de lo que les suponía pasar por debajo del torno, a parte de que no tenían suelto —tan solo unos billetes de veinte y cargar con las monedas de vuelta era mayor trastorno aún—, así que decidieron colarse pasando por debajo del mostrador y bajar después a escondidas para no ser vistos hasta el andén que les llevaría al mismísimo centro de la ciudad.

Sentados bajo uno de los bancos compartían los auriculares del emepetres, con miradas furtivas que nunca llegaban a encontrarse, a la espera de que llegase ese tren con el que recorrer juntos al menos parte de sus vidas y el cual se retrasaba —pero quién podría decir que esa espera no fuera maravillosa…— De repente, Sissi se dio cuenta de que esa mañana no se había arreglado lo más mínimo y corrió escaleras arriba, con la excusa de unas monedas que habían visto caer, para ponerse un poco de rimel en esos pedazo de ojos que su madre le había dado y pintarse los labios para que la próxima vez que Bodo le mirara se le hiciera la boca agua cuando, a lo lejos, sonó el chirriar de las vías con los engranajes de los vagones y Bodo, hipnotizado por el sonido, se echó perdido hasta el mismísimo borde del andén para verlos llegar y subirse después al vagón que le quedaba más cerca en cuanto sus puertas se abrieron.

Después de aquello sonó un silbato y unos segundos más tarde el tren ya se había ido, el andén quedó vacío y, cuando Sissi volvió nerviosa bajo aquel banco, ya no había ningún coleóptero depredador común con nombre de escarabajo estúpido y un auricular en la mano para devolvérselo con un beso que le quitara la respiración y todo ese carmín que ella se había puesto para nada.

A las pipas les gusta los 40 Principales

Estaba anocheciendo. Una familia de pipas de girasol cruzaban toda Guadalajara, casi desde Soria y hasta la Alcarria, amontonados todos los miembros en un hueco del salpicadero de un Seat 127. Un poco más arriba, en el cielo, una luna llena y enorme seguía de lejos la mirada de Carlitos, un crío de apenas 5 años. En estos tiempos, las pipas de girasol tienen muchas salidas profesionalmente hablando: el pan multicereales, los productos cosméticos, piensos avícolas o como ingrediente secreto de salsas, estofados y ensaladas. Pero entonces, el ser chupadas, peladas, masticadas y devoradas por homos dos veces sapiens era su final más glorioso y probablemente al que todas aspiraban. En la radio del coche, que conducía el papá de Carlitos, sonaba “por qué te vas” en los 40 Principales. Por alguna extraña razón, a las pipas de girasol, que eran unas saladas, les encantaban los 40 Principales y deleitarse con Serrat, Ana Belén, Jeanette y Miguel Ríos.

En algún momento de esos viajes, a la familia de Carlitos le gustaba saborear un puñado de pipas de girasol, y entonces se ponían como locas, saltando y empujándose entre ellas, acicalando su cáscara. Carlitos era muy pequeño y no sabía pelarlas, hasta entonces siempre lo hacía su madre, pero aquella vez en la que volvían de la sierra, con esa enorme luna correteando por encima de los cables del tendido eléctrico, decidió intentarlo él mismo. Su madre le dio una pipa de girasol, tan contenta ella que casi no cabía en sí misma de la emoción, aguantando la respiración para no reventar la cáscara. Entonces Carlitos se puso a ello, tratando de abrir la pipa a dos manos, con sus diminutos dientes de leche, pero la pipa se escurría y cuanto más tiempo pasaba más húmeda estaba, más se resbalaba y más difícil se hacía sacar la semilla de su cáscara.

La pobre pipa de girasol intentaba ayudar a Carlitos en su tarea inhumana pero, con tanta saliva sobre sí misma, su corteza se había vuelto elástica y flexible y no era capaz siquiera de abrir una pequeña hendidura en alguno de sus vértices para salir de allí. Carlitos lo intentó todo, mordisqueando como pudo cada borde, incluso llegó a metérsela entera en la boca. No funcionó, su sabor dejó tanto que desear que, enfadado por no poder pelarla y degustar su sabrosa semilla, accionó el mecanismo de apertura de la ventanilla trasera izquierda y la dejó caer al exterior.

No hubo pasado más de 5 minutos cuando Carlitos empezó a pensar en la pipa de girasol, la que había dejado abandonada a su suerte carretera atrás. Se puso de rodillas sobre el asiento y miró por el cristal de atrás, viendo perderse en la oscuridad las rayas blancas de la carretera. Pudo ver también cómo la luna se había quedado a lo lejos con gesto de desaprobación, dejando ya de seguirles, y empezó a ponerse triste; oía a sus otras amigas, pipas de girasol como ella, tarareando felices las canciones que sonaban en la radio, ignorando su pérdida.

Carlitos volvió a sentarse y empezó a pensar en la oscura y solitaria cuneta de la carretera. Imaginaba a esa pequeña pipa corriendo a saltitos cortos, siguiendo el rastro de un Seat 127 amarillo, y la veía cómo al fin quedaba exhausta, sentada sobre una china de gravilla y tiritando de frío sin saber qué sería de ella a partir de entonces. Y fue entonces cuando Carlitos se echó a llorar, arrepentido, pidiéndole a su padre entre sollozos que diera media vuelta porque una pipa se había “caído” del coche en marcha y debían recogerla, porque estaba triste y sola sin ellos.

Lo que fue de aquella pobre pipa nadie lo sabe con certeza. Se rumorea que, poco después del amanecer, tras aquella noche tan fría, se encontró con un risketo que andaba en sus mismas condiciones y juntos caminaron hasta el pueblo más cercano donde, en un bar, echaron mano de las páginas amarillas para dar con sus respectivos familiares. Llamaron a uno y a otro pero, como no andaban bien de suelto para hacer todas esas llamadas (porque los apellidos eran muy comunes y, por lo tanto, las posibilidades de acierto eran muy reducidas), decidieron plantarse para crear todo un campo de girasoles y risketos con los que costear las conferencias.

La pipa consiguió con éxito germinar unos cuantos girasoles magníficos, no así el risketo, inconsciente de su carencia genética como semilla, lo cual les entristeció a los dos, uno por incapacidad y la otra por solidaridad. Sin darse cuenta, con todo ese tiempo que habían pasado juntos, se habían enamorado el uno del otro. Se lo pensaron de todas formas, haciendo largas las noches, pero al final decidieron vivir su vida independientemente del destino de sus respectivas familias; siendo felices, comiendo perdices y engendrando (esta vez empujando) toda una camada de aperitivos salados que hoy se conocen con el sobrenombre de “cóctel de frutos secos”.

El sapo, el ángel y la princesa

Era una niñita morena muy guapa, su precioso pelo negro hacía unos tirabuzones muy graciosos a los lados de su linda carita rosada, con una naricilla como un botón cubierta de pecas en el centro de la misma y unos curiosos ojos enormes que todo querían saberlo. Era primavera y la pradera entera rebosaba de florecillas de todos los colores que hay en el arco iris. Un enorme sauce llorón, con toda la frondosidad que podía caber en sus melancólicas ramas, coronaba la colina y a sus pies descansaba una fresca charca de aguas cristalinas. El Sol la sonreía desde su altar mientras ella correteaba de un lado para otro recogiendo a su paso las flores que más bonitas le parecían. Llenó sus manos de tantas como pudo y fue a sentarse a la sombra del sauce a descansar. Puso todas las flores que tenía sobre su falda y las dividió en colores, adornó con margaritas su cabello y con otras de distintos colores hizo collares y pulseras, y en el reflejo del agua de la charca pudo cerciorarse de lo bien adornada que había quedado. No muy lejos nadaba un joven sapito, que aun siendo todavía pequeño ya ostentaba unas preciosas betas de color pardo en su lomo, y sintió la curiosidad de acercarse a esa niñita tan guapa que parecía una princesita. Al llegar a la orilla quedó enamorado de su linda carita, con esas flores tan bonitas enredadas en su pelo y esas pequitas tan graciosas que le recordaban a las betas del lomo de su mamá. También la niñita sintió curiosidad al ver aquel sapito tan pequeñito y en seguida extendió su menuda manita. Al principio el sapito se asustó, pero quedó tan hipnotizado de los ojos de la niñita que sin darse cuenta ya se había subido de un salto en la palma de su mano.
– ¡Hola sapito!, ¿cómo te llamas?
El pobre sapito no la entendía, pero le gustaba tanto que le mirara y le hablara con tan delicada voz…

– Eres muy guapo para ser un sapito. ¿Sabes?, hay sapitos que se convierten en príncipes… ¿eres tú un sapito príncipe?, yo soy una princesa, ¿ves?, las princesas llevan flores en el pelo y collares y pulseras… ¿te gustan?.

El sapito apenas se movía, ni siquiera pestañeaba, estaba ensimismado con los ojos de la niñita, su armoniosa voz era música para sus oídos y le encantaba que le acariciara las rayas de su lomo con sus delicados deditos.

– Tú serás mi príncipe, y seremos novios, y algún día nos casaremos y viviremos aquí, tendremos una casa junto a la charca para que puedas ver a tu familia y yo recoger flores para adornar la casa. Y viviremos felices porque el ángel nos protegerá.

Entonces el sauce se sintió alagado, había dicho la niñita de él que era un ángel, y no era para menos, su elegante figura con todas sus ramas desplegadas y esas hojas q caían como plumas daban ese aspecto. Y todas las mañanas de aquella primavera la niñita que soñaba con ser princesa y casarse con su príncipe de la charca iba a jugar debajo del árbol. Sentada a su sombra llamaba al sapito, el cual nada más oír su melodiosa voz acudía raudo a su encuentro. Se pasaban las horas jugando y saltando, o ella se apoyaba en el robusto tronco del sauce y el sapito quedaba dormido, sumergido en un placentero sueño, en el hueco de la falda que dejaban las piernas cruzadas de la niña. Así pasó también el verano hasta que llegó el otoño, y con él el frío. El prado no podía lucir ya sus mejores flores y tuvo que abrigarse con el manto pardo de hojas que los árboles cercanos le prestaban. El pobre sauce parecía un ángel anciano, sus ramas estaban más caídas aún y sus plumas ya canosas las iba perdiendo poco a poco. El sapito que andaba por allí tenía frío y estaba triste, su princesita ya no venía a verle, pensaba que, a lo mejor como los sapos, debía invernar durante los meses de frío hasta que llegara de nuevo la primavera. Buscándola por la pradera pasó un día junto al sauce y le preguntó si había visto a la niñita que solía venir a jugar a su sombra. Los árboles son muy sabios y entienden todas las lenguas, pero no pudo explicarle por qué la niñita ya no venía a jugar junto a la charca.

– ¡Pero ella me dijo que yo soy su príncipe!, ¡y que algún día nos casaríamos!

El árbol le respondió con su infinita sabiduría que no se conocía el caso en que dos individuos de distinta naturaleza se hubieran casado, y que para eso el sapito tendría que convertirse en una persona, en un humano, como la niñita.

– ¿Y cómo puedo convertirme en un hombre? Quiero casarme con ella, estoy muy triste desde que no viene a verme…

Entonces el sauce le narró la leyenda, que cuenta que para romper el hechizo que tiene atrapado a un príncipe en el cuerpo de un sapo, la princesa debía darle un beso de amor. Entonces el sapo, seducido por la historia que acababa de contarle el árbol, se despidió de él y volvió a su charca con su familia y, una vez allí, nadaron todos juntos a lo más profundo del estanque y en su casita se dispusieron a preparar el invierno con las mejores algas que entre todos, sus hermanos y sus padres, habían recolectado. El joven sapito quedó dormido enseguida con la feliz idea de despertar a la primavera siguiente y encontrarse de nuevo con su amor que le convertiría en humano y así poder vivir juntos para siempre.

Pasaron pues otoño e invierno y con la llegada de la primavera la pradera volvió a cubrirse con su mejor manto de flores, de tantos colores como el arco iris y fragancias dignas de la alta cuna. El anciano sauce mostraba el mejor aspecto en muchos años, sus ramas eran más fuertes y frondosas y sus verdosas plumas radiaban vitalidad. Y un buen día la niñita volvió a la charca, y después de recoger un buen puñado de flores fue a sentarse bajo la sombra de su ángel. Entonces llamó a su sapito he hizo una corona de crisantemos. Pasaron los minutos y volvió a llamar a su principito, y así una y otra vez, pero el sapito no aparecía. Su alegre sonrisa fue tornándose en tristeza y poco a poco fue apagando sus simpáticas canciones, y al final de la mañana volvió cabizbaja a su casa con el pesar de no haber encontrado a su amigo de la charca. Y así fue que transcurrieron los días y los meses y volvió a llegar el frío y la lluvia y la niñita ya no volvió por la pradera.

Ocurrió que el perezoso sapito estaba tan profundamente dormido que no despertó con la llegada del buen tiempo, estaba sumergido en tan maravilloso y fantástico sueño que durmió y durmió durante años, sucediéndose las primaveras y los inviernos. La niñita creció y un año ya dejó de ir por la pradera y quedaron solos el sauce y la charca. Por fin una primavera el sapito que ya no era tan pequeño despertó. Sus padres no podían dar crédito a lo que veían, había invernado durante tanto tiempo que creían sufría una extraña enfermedad, pero no fue así, ahora era todo un apuesto sapo, con unas increíbles vetas pardas en su poderosa y ancha espalda y una planta digna de todo un príncipe. Se sentía tan fuerte que nada más levantarse de la cama echó a nadar a toda velocidad, moviendo elegantemente sus patas y enseguida había llegado a la otra orilla de la charca. Maravillado por la potencia de sus músculos dio un atlético salto y fue brincando hasta los pies del sauce llorón. Esperaba impaciente encontrarse de nuevo con su amada princesita, pero ella no estaba allí sentada, ni oía su armoniosa voz en la pradera. Le preguntó al árbol si la había visto pasar pero solo le pudo responder que estuvo viniendo los primeros años, hacía ya tiempo de eso. Así que el pobre sapo, con los ojos inundados de amargas lágrimas, volvió a la charca y se dejó caer como cuando cae una piedra, dejándose arrastrar por su propio peso hasta el fondo del estanque. No había transcurrido una semana cuando oyó la voz de su amada y de nuevo salió a la superficie. Nervioso se ocultó tras unas piedras en la orilla donde pudo verla después de tanto tiempo. Ya no era una niñita, era una preciosa mozuela de anchas caderas y generosos pechos. Cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que iba acompañada de un joven hombre, alto, fuerte, rubio… Iban cogidos de la mano y llegaron hasta el sauce donde se sentaron y comenzaron a besarse. El sapo no daba crédito a lo que tenía delante de sus ojos, su amada había encontrado otro príncipe, se había olvidado de él, y lo peor de todo es que no podía hacer nada, no podía enfrentarse a un hombre aun siendo un sapo tan fuerte y apuesto como él. Se sentía tan mal que apenas pudo dar los pocos pasos que le separaban del agua, se dejó caer y nadó pesadamente hasta un rinconcito de la charca, oculto por unas enormes algas, y allí sentado lloró y lloró. No entendía cómo su amada princesita se había olvidado de él, después de todo lo que habían pasado y lo mucho que se habían querido, no lo entendía, no. Durante lo que restaba de verano no volvió a salir a la superficie, no quería volver a verla.

Empezaban a caer ya las primeras hojas de los árboles, los días eran más cortos y empezaba a hacer frío. La familia del sapo se preparaba como todos los años a pasar el invierno, arreglaban la casa y llenaban la despensa. Pero el sapo no quería seguir en la charca, no podía vivir con la amargura de su roto corazón en una charca y una pradera que tan malos recuerdos le traían, así que, una noche de madrugada, dejó una nota a sus padres en la puerta y se fue de casa, salió del estanque y a saltos abandonó la pradera. Pasó por lagos enormes, se sumergió en infinidad de ríos y atravesó grandes extensiones de tierra. Aprendió muchas cosas en su viaje y conoció muchos congéneres suyos. Aprendió que no existen hechizos que conviertan a sapos en príncipes ni princesas que se enamoren de sapos. Aprendió que cada individuo tiene su lugar y tiene que vivir conforme a sus limitaciones. Conoció peces de diversas especies, cangrejos, caracoles, grillos, lagartijas y acabó enamorándose de una preciosa ranita de un verde increíble. Se casaron y cuando llegó la primavera del siguiente año volvió a su charca acompañado de su nueva esposa. Su familia le recibió con gran alegría y celebraron con una fiesta la reciente unión y la vuelta del sapito príncipe de la charca. En unos meses construyeron una confortable casa para los recién casados y la normalidad volvió al estanque. El sapo era feliz de nuevo, tenía una preciosa mujer que le quería y de la cual estaba enamorado, tenía cerca a su familia y vivía en el estanque que le había visto crecer. Pasaba el tiempo y tuvieron hijitos, todos sanos y fuertes, y las primaveras se sucedieron como lo habían hecho hasta entonces. Vivieron en plenitud y vieron a sus hijos y a los hijos de sus hijos crecer en paz y armonía. Y durante todo ese tiempo de vez en cuando nuestro sapo oía la voz de la que había sido su princesa y nadando se acercaba a la orilla acudiendo a su llamada, se subía a lo alto de una roca y contemplaba a su niñita, a su princesa perdida, y ella le miraba a él, y le hablaba e incluso a veces lloraba amargamente. Jamás entendió el idioma de los humanos pero la complicidad que les unía era suficiente como para entenderla. La que fue una alegre niñita acabó siendo una desgraciada mujer que muy lejos quedó de vivir cual princesa, no encontró jamás un solo hombre bueno que la quisiera y cuidara de ella, y vivió tristemente soñando, pues era lo poco bueno que le quedaba, que aquel sapito al que iba a ver de vez en cuando a la charca en que jugaba de pequeña se convertía en su príncipe amado y como en el cuento vivían felices. Alguna vez sintió el sapo la necesidad de acercarse hasta ella y sentir el calor de sus manos, incluso llegó a dudar de que aquella leyenda del príncipe convertido por un maldito hechizo en un sapo fuera mentira, y más de una apunto estuvo de querer probar el sabor de aquellos labios de los que años atrás había quedado prendado, pero siempre, antes de que pudiera arrepentirse, saltaba de nuevo al agua y volvía junto a los suyos sin dejarse mirar atrás.