Siéntelo Dave

Vamos Dave, está bien que me digas que te anima escuchar la misma canción una y otra vez, pensar que es ella, ESA morena, quien la susurra a tu oído. Sí, no soy imbécil, sé que el disco es de Luz Casal, pero la voz con la que tú sueñas que te la canta es de quien te digo, ESA que quedó atrás, la que ya no volverá. ¿Qué diablos quieres? Cada uno tiene lo suyo, bien que lo sabes, Dave. A todos nos tocan nuestras cartas y tenemos que saber jugar con ellas, es lo que hay. Nada será como lo que hubo, pero Dave, maneras de seguir adelante hay muchas, dos al menos, hundirse o remar. Ese combate en el que andas metido es jodido pero, sin ser boxeadores, todos tenemos el nuestro y tú eres el fuerte, ella te lo dijo además. Eres un tipo duro, aunque te lo pases por el forro, aunque te veas sin fuerzas, pero en el fondo lo sabes, y lo eres Dave. Volverás a pelearte dentro y fuera del ring, es sólo cuestión de estima. No sé dónde la tienes ahora, si pudiera te ayudaba a encontrarla, pero ni yo, ni Luz Casal, ni ESA otra la tenemos. Sí, ya sé que no lo sientes así Dave, pero tu mierda no depende de nadie, ni del otro, depende de ti mismo, tú eres el único que puede quitársela de encima y empezar de nuevo. Sabes lo que hay, que no es poco, pero también sabes que puedes con ello si te lo propones. Cuestión de voluntad, Dave. ¿Dónde la tienes?.

No, no se la llevó nadie Dave, tu voluntad está sólo en tus manos. Es el odio quien te ciega, tanto que no ves la luz de cómo volver, y esa luz no te la va a poder mostrar nadie, vas a tener que encontrarla tú mismo. Abre los ojos, porque ese camino que has de andar es sólo tuyo, los demás sólo podemos verte llegar desde la meta. Dave, adorabas a Induráin, quisiste ser como él hace años y ahora es tu oportunidad; mete tu marcha, la que bien conoces, y dale con todas tus fuerzas. Puede que en algún momento sientas que no avanzas, pero el camino es largo y tu piñón fijo demoledor. Tira maldita sea, tira, llega a la meta y sigue rompiendo todos esos moldes que destrozaste, déjanos a todos atrás como has hecho hasta ahora. Cuando llegues tendrás tu premio Dave, te estarán esperando para recibirte con los brazos abiertos. Los demás iremos detrás, donde otras veces nos dejase. Ponte los guantes y sal a ganar; abre la puerta y deja que entre el sol. Siéntelo Dave, yo sí que creo en ti porque eres grande.

¿Dave? Mal, mal, mal…

–Dave, no es que el día que naciste hiciera frío y estuviera nublado, no hubo ni flores ni fotos ni neorromanticismo que lo ilustrara. Fue un día como otro cualquiera Dave, un amanecer en el que ya al asomar la cabeza, entre las piernas de tu madre, el tabique de tu nariz se rompió. Tu infancia pasó de largo porque no tenías cojones ni para abrir la boca. No hiciste una mierda que te diferenciara, ni saliste de tu cuarto cuando no hubo tormenta. Sólo seguiste por la puta cinta que hasta aquí te ha traído Dave. Y ahora lloras porque no aciertas con el color del semáforo al pasar, porque no tienes ni cajero de donde sacar el dinero que ya no te queda.

Silencio. El uno de pie. El otro sentado, con la vista perdida por una ventana tan húmeda como sus ojos.

–¿Te callas? Ni dices nada ni puedes con el saco Dave. Joder, mejor no hablar del último combate. ¿Dónde coño estaba tu cabeza Dave, qué hiciste con ella? Tenías un buen trabajo, en un buen puesto, y una preciosa mujer a tus pies, guapa joven y lista. Lo habías conseguido todo Dave, y lo tiraste bajo el ring. Después saliste de allí tan magullado que así te va. Lo que no te diste cuenta, Dave, es que allí mismo dejaste también olvidadas las pocas ilusiones que te quedaban. Quizá hayas despertado pero tenías un gran sueño tangible en tus manos.

Dave tenía ahora los codos apoyados en sus rodillas, tapando su cara con las manos. Ya no veía nada, ni siquiera ese sueño tangible que el amigo sacó de su chistera. Le quedaba demasiado lejos.

–Eres un pobre imbécil Dave, perdona que te lo diga pero mejor las cosas claras, tu sangre ya es demasiado espesa. Tienes el cerebro embutido en mierda, si el contrincante te hubiera terminado por abrir el cráneo habría caído redondo al suelo y tú, Dave, al menos habrías ganado el combate, porque su olor es nauseabundo. Piensas con el culo Dave y no vales un carajo, tu aspecto da buena cuenta de ello. Ahora arrástrate lo que te queda y disfruta lo que puedas. Es lo único que hay, Dave. Eso o busca una buena vertical, con buenas vistas a ser posible para disfrutar de algo por una vez, y tírate. Estar a la espera no sirve de nada, pero te faltan huevos hasta para eso.

Dave no sabía ya si reír o llorar. Fue la primera opción la que salió sola.

–Encima ahora te descojonas cuando antes lloriqueabas como el estúpido crío que siempre fuiste, Dave. Te ríes de mí y parece que no sirve de nada lo que te digo. Todo te la suda. No sé para qué pierdo el tiempo contigo, Dave. ¿Quieres un cigarro? Toma, muérete. Aunque tampoco te queda demasiado. Todo este tiempo que he estado contigo… No, no tengo mechero, no tengo fuego con el que encenderte nada ya porque eres como un jodido cáncer.

Entonces Dave se levantó, extendió los brazos y le soltó tal puñetazo en la nariz que tumbó al que hasta ahora había sido su amigo, uno de los pocos que le quedaban. –Si tocas los huevos ten cuidado de no romperlos.– Luego le cogió del cinturón, le arrastró por el suelo hasta la calle y allí le dejó. Habían compartido amistad, ahora además un tabique nasal roto. Lo único que necesitaba Dave era encenderse un maldito cigarrillo y su amigo no tenía ni fuego ni ganas de encenderlo.

Un último combate

Agachar la barbilla, subir los puños a la altura de la cabeza y cerrar los codos contra el torso. Esperar mientras esquivas y bailar, moverte para mantener el ritmo y cansar lo que puedas al adversario. Esa es la teoría que bien conoces Dave, como soltar el puño que protege tu barbilla para tantear cuando ves un hueco. Si entra, y notas que su guardia tambalea, entonces lo echas todo desprotegiéndote lo justo. Giras la cadera en seco, iniciando el movimiento desde los tobillos, y encadenas desde atrás una serie de golpes, crochés, ganchos o un codo perdido, cualquier cosa que encaje, para acabar con un buen zurdazo que le tire a la lona.

Pero esta vez es diferente y la técnica que bien sabes no funciona, Dave. Dominas a los contrincantes diestros, pero éste también es de levantarse con el pie izquierdo. No es el primer zurdo con el que te cruzas aunque sí más joven, más definido, más ágil y más sucio que tú. La experiencia es un grado pero con el viento en contra no suma, resta y mucho. Un minuto mientras esperas en tu esquina se hace largo pero tres en el ring, cuando las cosas no salen como quisieras, pueden ser eternos; más cuando no hay nada ni nadie que te sostenga ahí fuera. Ya después del último asalto, sentado en tu esquina sobre el taburete, tus ojos delataban la impotencia, la rabia contenida en un sudor frío que tu toalla no conseguía llevarse consigo.

Volvió a sonar la campana para salir de nuevo y enfrentarte a ese jodido potro, anhelando que en algún momento un centímetro de libertad separe la armadura de su carne, el espacio suficiente para soltar un golpe de gracia que le deje fuera de combate. Pero ese momento se resiste, no llega, y sin embargo son tus piernas, Dave, las que empiezan a flaquear; quizás porque notas demasiado cerca el calor de tu nocaut. Aún así aguantas, con la presión resquebrajando tu cráneo, porque no tienes más elección que la de seguir ahí. Te mueves, bloqueas los golpes que casi ni ves y aprietas la mandíbula. Tanteas un poco, retrocedes y fintas para esquivar el último de sus directos, escurriéndote por la izquierda, sacando de tus entrañas un buen puñetazo que se abre camino entre sus costillas, mientras recibes alguna indirecta por la derecha que te hace echarte atrás y cerrar de nuevo tu guardia. Ha sido un buen golpe Dave, el mejor de los pocos que has podido soltar hasta ahora. Estás solo, nadie grita tu nombre porque nadie ha venido a verte, y sin embargo ahí sigues, soportando el dudoso privilegio del temporal que arrecia sobre ti esta vez.

Todo un glioma que no se quitó de la cabeza

Astrocitoma difuso de grado II según dice el informe ya al comienzo, basándose en la OMS. Dave, nunca habías conseguido ver nada claro más allá de tu nariz, a pesar de llevar gafas, y resulta que no era la miopía el causante. Aun así, perdido en tu difusión te operaste años antes por si las moscas y no te puedes quejar Dave, hasta ahora veías de puta madre. Difuso de palabra, obra y omisión, Dave, eres difuso hasta de pensamiento. Todo un tumor el de tu maldito cerebro, tan difuso que puede variar de grado según se precie como varías de humor. Pregunten sino a familiares, amigos, jefes, compañeros de profesión y demás personal con el que el difuso de Dave se haya cruzado.

¿Qué puede pasar? Pongámonos otra de Oporto y vayamos con calma. Creo que esto último te lo dicen mucho en los últimos meses. Pero Dave, el contador sigue y ya está en marcha el temporizador, aunque no lo sepamos. Tan difuso es el asunto que de un tiempo a esta parte tampoco te enteras, pero será cosa tuya, por no llevar reloj y contar las horas que transcurren a su antojo. Te la sudan tantas cosas ahora que ya te jode pasar por esto para darte cuenta. Te encantaría que aprendiéramos el resto, pero muchas veces no vemos hasta que nos dejamos los dientes, así nos va y tú el primero. —Cada cual con lo suyo, suerte con lo vuestro—.

Más pelo asomando por los orificios de la nariz

Dave, igual que sabes dar las hostias sabes encajarlas, ya soltaste alguna por ahí cuando creíste oportuno y te dieron otras tantas bien fuerte; al final te fue bien en su momento aunque ni de coña fueron de estas, metafóricamente hablando. ¿O sí? Siempre te estás colocando los cojones, son grandes y los vaqueros te los pellizca, y esto no es una metáfora. Eso es, colócate los huevos, estamos en confianza. El peso de las cosas, ya sean físicas o no, es a veces inescrutable. También lo es rascarse las cicatrices que dejan. Tienes amigos, me tienes a mí, y encontraremos alguna forma para salir de toda esta mierda, por tus cojones y por los míos que no quede. Y por los de tu mujer seguro que tampoco, esto sí es metafórico. Ya sabes, mala hierba… Lo eres y lo sabes, pero te lo han dicho tantas veces que estarás hasta donde te rascas la entrepierna, normal que te los coloques tanto. Quizás para aliviar el asunto sea mejor no llevar calzoncillos, aunque sean de Calvin Klein, esto también es metafórico. O esta vez no… Me da que si hubiera más gente no nos iba a entender ni dios, pero ¿acaso nos importaría? Nunca te ha molestado un carajo casi nada a menos que te tocara la fibra esa que tienes a buen recaudo, pero si ahora te estabas quitando esa oxidada armadura… Al menos has aprendido, aunque fuera a hostias, el peso de la misma; ya da igual que estés incluso sin calzones, ¿eres fuerte o no? A veces.

A veces pasa que todo se tuerza y estés agotado, entonces más vale descansar. Puede que al día siguiente hayas cogido fuerzas, si es así entonces podrás subir ese maldito puerto de montaña y ver las cosas desde otro punto de vista. Lo sabes tan bien como lo sabía tu padre. Eres grande Dave y nos sobran los motivos, ya te lo dije en algún momento y te lo digo ahora. Sé que conoces la canción de Sabina, tu gesto… No sales de una y te metes en otra. Literal es tanto lo uno como lo otro. Tú lo sabrás mejor que yo, pero sí que es jodido mantener el tipo en esta maldita vida, por mucho que recortes el pelo que tengas asomando por los orificios de tu nariz, por muchas ganas que tengas, y últimamente tanto pelos como ganas tenías… Suele pasar, también literalmente.

Suele pasar que quieras un refresco para acabar de copas como suele pasar que te enamores y acabes cual buen toro, corriendo los San Fermines sin saberlo… Suele pasar. ¿Nos sobran los motivos quizás? Descansemos pues un rato con esta canción de fondo, aunque sólo sea por unas horas, porque mañana nos enfundaremos el maillot para subir a Cotos y por hoy ya hemos hecho suficiente, literalmente, como viene pasando. Buenas noches, figura.

Dave Live in Barcelona

Dave, entonces eras un chaval, apenas pasabas la veintena y llevabas ya un año sin trabajo pero fuiste listo. Tus miras apuntaban alto y eras un gran creativo. Tu padre conseguía anunciantes para revistas y tú sabías hacer campañas de publicidad. Spot Studio, como realizado por extrusión, era la puerta. Empezasteis a moverlo antes de ese verano y tan sólo era cuestión de tiempo que funcionara. Pero a veces el tiempo no corre como debiera. Aunque el dinero escaseaba aprovechaste el primer fin de semana de agosto para desplazarte a ver el primer cliente, en Barcelona ciudad, con tu novia de entonces. Cogiste un autobús que os separó en ocho horas de unos cuantos cientos de kilómetros y vuestro cariño. Pero era vuestro primer cliente y querías conocer la ciudad que le vio nacer, perderte por el barrio gótico con la reflex, subir a lo más alto del parque Güell, visitar la Sagrada Familia y comer pa amb tomàquet regado con algo de vino de la zona, como dios manda.

Llegasteis al atardecer y, tras dejar las mochilas en el hostal, os fuisteis tú y tu chica a pasear de la mano por el barrio de Gracia del que tanto habías oído hablar. Y es que mejor no se podía estar, Dave, descubrir esas calles junto a tu novia, una preciosa chica que conociste unos cuantos años atrás en la adolescencia del instituto, mientras el sol se ponía por detrás, para sentaros después en la terraza de algún bar y brindar por un viaje que parecía bueno. Al final la noche cayó como cayeron las copas de vino y bien pasadas las doce os fuisteis a dormir extasiados tras un día tan largo, aunque no más que el que os esperaba al despertar.

Al día siguiente bien cogisteis el autobús tras preguntar a unas abuelillas para subir hasta el parque Güell y tranquilamente recorristeis sus sendas, cuevas y escalones, sus pasillos inclinados bordeados por columnas con forma de árboles, sus grutas en vez caminos y sus paisajes que parecen de lava. Os hicisteis algunas fotos, descansasteis en algún banco compartiendo bocadillo y al final de la mañana os volvisteis para bajar hasta el barrio gótico. Una vez allí sonó tu rudimentario teléfono móvil. Dave, era tu hermano. El padre de ambos había sufrido un accidente en bicicleta, bajando el puerto de Navacerrada. —Bueno, pues se habrá jodido una pierna, cuestión de escayola y reposo, ¿no? —Será mejor que vengas cuanto antes, está en quirófano y no creen que salga…—.

Volvisteis al hostal a recoger lo vuestro y con el mismo taxi fuisteis al aeropuerto a esperar el primer vuelo, haciendo tiempo sin hacer nada más, interminable. Por primera vez en tu vida sentiste el silencio como nunca lo habías sentido. Aun así cuando llegaste era ya tarde para las visitas, tu padre había salido de quirófano muy grave y las cuarenta y ocho horas siguientes eran cruciales. Todo se derrumbó, lo conocido y lo desconocido, y tu madre no volvió a compartir cama ni tú con tu novia mientras el otoño se os echó encima.

Una buena fritura

Buenas expectativas y mejores esperanzas te dieron ahí fuera Dave. Pero al final, tras muchas semanas de práctica, se te consumieron desde dentro las razones para no volver a encenderte otro cigarrillo. Y mientras expulsas el humo, de los tres es tu ojo derecho el que mantiene la calma y no llora, con una relatividad y conciencia de la que, en el fondo, tampoco éste sabe porqué te dura todavía la anestesia de la cirugía en ese lado tras todo ese tiempo, y no porque seas zurdo.

Un verano cojo y tuerto, aislado por las paredes de tu vaquería, ocupando tu tiempo y tu estómago entre rompecabezas y pastillas para no soñar, y la televisión puesta bajito. Dave, te quedaste con las ganas de conseguir un par de recortadas para ayudar en su huída al Toro de la Vega, y de paso bajarnos luego a Valencia y aclarar ante las masas dónde podrían encenderse los pitones la próxima vez.

Días duros algunos como toro que eres, en los que cuentas los minutos para volver a encenderte el siguiente cigarrillo. Días en cuyas mañanas intentas levantarte y acabas llorando de rabia por no ser capaz de hacerlo, porque los dolores, desde los riñones de tu espalda hasta la frente de tu maldito cráneo, no te lo permiten. Muchos de los recuerdos que te rompieron los huesos dan buena cuenta de ello, siempre tuviste algo de memoria.

Pero por tus cojones que te levantarás, dentro de un rato o de unos días, cuando vuelvas a coger fuerzas. Te levantarás aunque sea con el pie izquierdo y los primeros metros los hagas de rodillas en el suelo. Lo sabes porque tu cabeza quiere hacer muchas cosas, tantas que no caben, y entonces yo te ayudaré.

Dave, no queda nada, sólo es cuestión de meses, o eso dicen. Qué no sabremos de largos viajes, mejores fiestas, de barbacoas y frituras y de peores resacas. Ya sólo faltan siete sesiones de treinta, treinta sesiones por defecto para freírnos el cerebro por igual, ¿acaso todos calzamos un treinta?, ¿pensamos con los pies o acaso es el mismo órgano o extremidad para todos?

Bien sabemos la talla que calzas y sobrepasa ese treintena. Quizás sea demasiado largo para pensar en nada más. Ya nos lo dijeron, cuando acabes con la terapia te irás encontrando mejor, al menos durante una temporada…

La próxima vez deja la nevera abierta

Fue cuanto menos curioso, y es que ya entrada la primavera la vida de Dave se enfrió hasta congelarse, literal y metafóricamente, porque entonces hizo frío, mucho frío. Terminó la primavera y poco a poco pasaron el verano primero y el otoño después hasta llegar de nuevo el invierno. Pero todo eso ocurrió ahí fuera, al otro lado del grueso cristal del incómodo congelador en el que él se encontraba, donde nada cambiaba desde que sin ser consciente de ello entró en él; tantas fueron las cosas que sin embargo habían mutado que no parecía una maldita nevera sino más bien un pozo, un túnel sin salida ni luz ni máquina de café ni expendedor de tabaco ni cenicero por lo tanto.

Quizás aquel pozo sería el cenicero si Dave fuera una colilla mal apagada como parecía ser. Una nevera sin puertas donde lo más probable que ocurriera es que la pequeña bombilla que aún permanecía encendida se fundiera. Entonces es cuando Dave fue consciente de lo ocurrido y se preguntara “cómo hemos llegado a esto”. Pero no había quien pudiera responderle, ni un eco siquiera que lo repitiera para alargar una estúpida esperanza. No le tocaba más que esperar y acomodarse todo lo que pudiera, buscó algo que enfriara su boca y calentara su gaznate, pero no había ni whisky ni hielo, si quería salir de esa debía tomárselo a palo seco y no el alcohol precisamente.

En cualquier caso, salir de aquel sitio no es tan difícil, pero está claro que depende de la situación de uno mismo, los puntos de vista cambian muchas veces. Desde fuera se ve la puerta, desde dentro no, y Dave desconoce cómo demonios se había metido en esa. En algún momento se le inflarán los cojones y se levantará, Dave tiene un buen genio cuando se le inflan los pies, pero ahora está hibernando, demasiada niebla en su cabeza probablemente como para ver nada claro. Quizás sea por eso, la tenue luz que se refleja en la neblina, que deja entrever lo que no es. Quizás cuando las falsas apariencias se evaporen Dave se levante y tire abajo los muros que le atrapan, quizás cuando la bombilla se funda.

La última faena de la temporada

A Dave nunca le habían entusiasmado los toros, vamos, lo que viene a ser el toreo y sus lidias; pero aún así, siendo aún un chaval, aceptó de buen grado aquella invitación por San Isidro porque siempre fue de la idea de que todo hay que probarlo… o casi todo. Y es que aún gustándole Goya no le dio más placer la corrida por ser goyesca y habiendo toros de por medio. Lo de que un diestro arranque en gallardía con sólo un capote frente a un morlaco salvaje de más de media tonelada no está mal, pero banderillas, rejoneos y estoques le sobraban. Al final, tras esa corrida, Dave cogió cierto aprecio a los cuernos y desde entonces se alegraba de las cogidas que pudieran salir en los telediarios; porque Dave siempre fue algo retorcido, salió zurdo ya del útero de su madre, tuvo problemas en el colegio y después durante la adolescencia y quizás por ello se sentía más cerca del toro que del torero.

De alguna forma Dave se sentía tan indomable y grueso como uno de esos astados, salvaje y sediento de paz, libertad y buen rollo, como maldito morlaco que era, y creía que por primera vez estaba donde debía estar, que al fin las cosas se habían organizado de algún modo en el que ahora todo funcionaba. Sus amistades, su familia, su trabajo e incluso el amor que ahora retomaba sin creer ya mucho en él estaban bien, había encontrado una buena chica con la que compartir muchas cosas a parte de los amaneceres y un buen trabajo que realizar en su mayor parte desde casa, sus amigos daban buena cuenta de ello. Dave habría vivido mejor o peor hasta entonces, quizás pecara algunas muchas veces de inconformista, pero tras todo ese tiempo pasado se sentía a gusto. De poco le sirvió, su momento le había llegado y ya tenía fecha para su próxima corrida, no se sabe si la última.

Durante largas semanas, Dave se hizo unas pruebas que empezaron por casualidad y terminaron de realizarse por obligación. Al final debía ser intervenido y cuanto antes. ¿El resultado? difícil de confirmar, así de sencillo, porque nunca había visto un matador ni su capote. Visitó diferentes médicos, quiso saber diferentes opiniones para ver si su vida iba a continuar y en qué condiciones, si era posible de restablecer tras pasar por Las Ventas, pero las respuestas dejaron muchas dudas y el pronóstico no fue mucho mejor. Tras aceptarlo a regañadientes, Dave se vio tanto como pudo con todo aquel que quería tener cerca; su chica, sus amigos de toda la vida y algunos compañeros de profesión. Quizás debía servir de algo y de alguna manera fue así, pero desde luego en lo que muchos de ellos coincidieron es que de ésta iba a salir y más fuerte. Con ese concepto se quedó el tiempo que estimó oportuno, no más de un par de días, hasta que se dio cuenta de que le sudaba la polla salir más o menos fuerte, porque flojo o imbécil desde luego no se consideraba. Todos los de su alrededor se mostraban apenados pero al que le estaban tocando los huevos en ese momento sentía que era a él, sólo a él y todos aquellos toros de lidia que estuvieran pasando por lo mismo.

Aunque sabía que no debía hacerlo y pese a las advertencias, una noche Dave se sirvió un buen whisky con hielo, el primero en muchas semanas. Estaba sólo en el salón de su casa, sentado en el sofá, mientras afuera terminaba de irse el sol tras una de esas tardes largas que preceden al verano. Se puso un buen concierto de Simple Minds en Verona que tenía en la recámara mientras vaciaba el paquete de Fortuna y la mitad de una botella con un sello de 10 años que aún quedaba en su mueble-bar. Su ánimo no pasaba por los mejores momentos desde luego, pero por sus cojones que saldría de ésta como de tantas otras había salido antes. “Someone Somewhere in Summertime” le hizo soñar con lo que podría hacer ese mismo verano cuando la última faena de la temporada, un duelo a vida o muerte que tendría lugar en un par de días, terminara saliendo él y no el diestro por la puerta grande.

Y mientras Dave paladeaba los posos del whisky fantaseaba con aquella corrida, que marcaría un antes y un después, y que bien podría ser en el estadio de Verona y no en el de Las Ventas, entre las voces de Jim Kerr y las cuerdas de la guitarra de Charlie Burchill. Sus ojos se iban cerrando por momentos, recostado en ese viejo sofá que quiso dejar en el salón de su piso cuando se mudó, porque la música era probablemente inmejorable y el sofá demasiado cómodo para lo que las tiendas de primera mano ofrecían. Y allí se quedó, poco a poco y dormido por momentos, soñando con un futuro prometedor que probablemente fuera real en cuanto despertara al día siguiente. Dave intentó que eso no pasara por si acaso no se cumplía, como lo intentó cuando vio por vez primera, siendo aún muy niño, la película “La invasión de los ultrapuertos”, pero al final no lo consiguió. Ahora necesitaba descansar y allí se quedó, mañana con un poco de suerte quizás fuera otro día.

Directora de arte en Jerry Maguire

Ya es difícil progresar en una oficina siendo madre, pero más aún cuando quien la dirige, ese tal Jerry, es un tipo lejano a la ficción y sin demasiados escrúpulos, divorciado y con amantes sin ser ese exactamente el orden, y sus secuaces unas hienas que besan el suelo que él pisa. Unos personajes ellos que bien podrían haber salido de otra película de esas en las que, como buenos secuaces, sólo responden unos segundos después en función de la de su sicario para darle la razón. Pero allí estaba Renée, una directora de arte capaz de sacar campañas como churros, dibujar bocetos con el pie izquierdo y cagar stands increíbles. Ella empezó en esa empresa antes de que existiera siquiera, cuando Jerry era aprendiz de sicario y empezaba a mover sus hilos con los clientes de otras, y durante muchos años le regaló su tiempo en vez de irse a cocinar sushi a su casa. Pero antes o después Renée conoció a un tipo, se casó con él y estando cerca de que se le pasara el arroz fue madre; eso la hizo feliz y por primera vez en su vida se sintió realizada plenamente.

Pero eso en su trabajo no gustó mucho a los de más arriba, todo el tiempo añadido que durante más de diez años les regaló Renée cerrando ella la oficina ahora ya no podía concedérselo, así que los malos se vieron obligados a mover ficha. Un día más cálido y soleado de lo que viene a ser costumbre en otoño entró a trabajar con ellos Dave, un creativo de pendiente en la ceja que aún así se las daba de bueno y pretendía llegar muy lejos. El caso es que pasados unos meses resultó ser tan bueno en lo suyo como dijo y Jerry le ofreció ser director de arte, el jefe de estudio de la agencia de publicidad para la cual todos sus clientes, independientemente de su inversión, eran tratados como iguales. Y el chaval, recién entrado en la treintena y con ganas de progresar en su carrera profesional, aceptó de sumo agrado sin saber mucho más de la película en la que se había colado.

No pasó más de una semana cuando a Renée le quitaron entonces el coche y el último modelo de teléfono móvil de empresa, las pagas extra y otros tantos beneficios para quedárselo ellos, debido por supuesto a la crisis y no a su reducción de jornada por maternidad. Eso fue tras una reunión que secuaces y sicario tuvieron con ella. Después salió de la sala de juntas y como pudo se sentó en su mesa, en la que al final no pudo contener su rabia, y sus lágrimas brotaron de sendos ojos. No muy lejos quedaba la maquina expendedora de agua fría y caliente hasta la que casualmente fue Dave, el creativo del pendiente en la ceja, cuando, tras llenar el vaso cuidadosamente, la vio llorando ocultándose tras su mesa y se acercó hasta ella para intentar calmarla, arrodillándose a sus pies y diciéndole que él sería el jefe de estudio, sí, pero ella seguiría siendo la directora de arte. Y eso tampoco le gustó a Jerry cuando se enteró.