El juego de lo que llamamos vida

Saltar sobre los charcos con botas de agua, sin importar lo que te mojes, hasta dejarlos secos. Jugar a construir presas con piedras y trozos de tejas y ladrillos, haciendo surcos en la tierra los días de lluvia. Rellenar de colores con lápices Alpino esos cuadernos repletos de siluetas en blanco y negro. Construir ciudades improvisadas con piezas de Lego mezcladas de diferentes cajas. Hacer burbujas soplando con la pajita en tu vaso de Coca Cola. Hinchar un globo que sabes que no se va a quedar arriba, porque tus padres no tenían bombonas de helio, y pelearte con tus amigos cuando cae para subirlo más todavía. Tener una pelea de las buenas con alguno de ellos y al día siguiente, como tarde, tan amigos y que sea lo que dios quiera. Jugar a polis y cacos, al escondite inglés, francés o español, a los clicks, a los checos, a la pelota y a lo que caiga. Contar moscas los veranos, sin moverte de la silla de la cocina, porque tienes un cuaderno Rubio al que enfrentarte sí o sí. Madrugar más que tus padres los fines de semana para ver empezar los dibujos animados. Eso si no está tu abuela en casa esos días, porque entonces te cuelas sigilosamente en su habitación, te subes a la cama y, acostado al calor de su regazo, creyendo que no la vas a despertar, acaba contándote historias muy chulas.

Jugar con el pastor alemán de tu vecino que, aun teniendo las características de un pedazo de peluche, se mueve además por iniciativa propia, te lame la cara y hace ruidos de perro perro, sin pelo de cepillo ni pilas de las gordas. Contar billetes, casas y hoteles sobre el tablero del Monopoly. Mezclar caramelos, chicles y refrescos de distintos sabores, todos a la vez. Montar maquetas de madera o plástico, barcos o aviones, y conseguir que la vigésimo-novena te quede como la que aparece en la foto de la caja. Escribir chorradas en los libros de texto y carpetas ajenas, caricaturas si eres valiente. Hacer tu primer bocadillo con lonchas de lo que encuentras en la nevera. Conseguir envolverlo en papel albal. Saber dar tobas, chopitos y rodillazos en muslos ajenos, pero ahí, donde más duele. Empezar a escuchar música que se dice, que se comenta, entre los del grupo del cole, los de natación, los de inglés, los de… Oír a algunos de la familia que sólo ves una vez al año cuánto has crecido y ¡hay que ver cómo te ha cambiado la voz!

Montar juegos de rol entre dragones y mazmorras. Calzar gafas, aparato o ambos. Hacer de tipo duro en primera persona y sentirte héroe por unas horas, pegando tiros y salvando vidas con la consola. Conseguir que Sonic o Mario pasen de nivel. Suspender un examen. Aprobar otro. Elegir entre ciencias y letras. Salir de clase y esperar que esté fuera la chica que te gusta. No ver a esa chica y sí a los 2 chulos del instituto que te hacen la zancadilla y te bajan el pantalón de chandal hasta las rodillas. Oír risas a tu costa y encontrarte solo. Cagarse en todo. Encerrar tus restos contigo en la habitación sin intención de jugar al escondite. Escuchar el Unforgiven de Metallica una y otra vez. Descolgar el teléfono y sentir el apoyo de tus amigos. Romper todos los moldes prefijados por tus padres, creías que eran dioses pero no tienen ni puta idea de nada. Ver un vídeo porno. Probar un cigarrillo. Tomar un chupito. Saludar a tus colegas chocando vuestras manos como si fuerais del Bronx. Conocer en persona lo que es un preservativo, cuando alguien que repite curso lo saca de su cartera, lo abre y te lo tira a la cara.

Montar un botellón en un parque. Jugar a beso, verdad o atrevimiento, a la botella y al yo nunca. Cerrar los ojos y descubrir cómo se eriza el bello de tus brazos con el primer beso en la boca. Querer más de esos. Enamorarte y creer que todo gira en torno a esa chica o ese chico. Elegir qué diablos vas a querer ser. Tener que pensar en el futuro, un futuro tan lejano que te la sopla. Vivir el presente, cuando lo único que te mueve es lo que hace, dice o piensa tu piña de amigos. Sufrir por ver cómo esa persona que te caló hasta los huesos se enrolla con otra. Caer y levantarte una y mil veces. Salir de bares hasta que los cierras. Vomitar hasta que no quede nada. Dormir de día. Reventar las noches. Creer que sabes pensar por tu cuenta, empapando tu hígado de cerveza y tu cerebro de marihuana. Estudiar en lo que no crees hasta que un buen día, una profesora que pasaba por ahí, desmonte tus teorías conspiratorias y veas un pequeño haz de luz en el horizonte.

Ponerte las pilas. Buscar lo que te falta e ir más allá. Currar de cajero, reponedor, camarero, repartidor y lo que surja. Sacar adelante el título y hacer esas prácticas tan bien remuneradas. Avanzar. Romper moldes. Echarte una pareja, y otra, y mientras tanto probar. Demostrar de lo que vales, aunque se lo tengas que decir en la calle. Ver cómo otros se casan, sea por amor, sea por inercia. Emancipar de tus padres si es que aún malvivías con ellos. Calzar traje hasta para ir de boda. Perder amigos por el camino por no votar al mismo partido, por no conducir un Mercedes o por ser un jodido facha, o bien porque eres gilipollas y no quieres mancharte las manos y sí vivir tu vida.

Escalar en tu profesión. Ponerte como te venga en gana. Ver más allá de tus fosas nasales. Creer en lo que haces y cómo lo haces. Buscar el futuro que ansías. Dejar todo para mañana; o pasado si se tercia. Resistir el cáncer que se lleva a tu padre, el cierre de la empresa en la que te juegas la vida o el vacío que deja el que creías ser el amor de tu vida. Aguantar la tormenta hasta que el viento amaine. Revivir entre los escombros. Llamar a ese amigo con el que compartir jarras de cerveza y lo que surja. Disfrutar el momento en ese minuto que te queda libre. Ser consciente de lo que tienes y apreciar lo que has conseguido, por difícil que parezca, por mucho que añores ser un crío y saltar sobre los charcos con botas de agua, sin importar lo que te mojes…

Cual cuadrilla de ciervos de Lledó

El Santi tiene sus cosas, es un tipo majo y noble, pero tiene un carácter de viejo vasco… Habíamos aprendido de la vida, unos más que otros, pero el Santi… El Santi había vivido lo suyo ya. Los de la cuadrilla creíamos que sería el primero en casarse y sin embargo él nunca pasó por la vicaría. Tuvo sus amores y desamores, escarceos varios cuando dejó de creer en él. Pero cuando menos se lo esperaba, cuando peor lo estaba pasando, conoció a esta chica. La Carmen, sí. Era guapa, y apareció en el pueblo de repente. Vino huyendo de la ciudad y se instaló en el pueblo. Todos nos fijamos en ella desde el primer día, hasta el cura. De hecho todos la entramos antes que el Santi. Bueno, todos menos yo, que estoy casado.

Una chica nueva en el pueblo, guapa y callada, qué quieres que te diga… El mismo Santi me lo contó, que se fijó en ella desde el primer momento. Pero ya sabes, él no es de flirtear, simplemente se la encontró un buen día en la taberna del Antonio y hablaron lo suyo. Luego pasó mucho tiempo. Todos los del pueblo queríamos saber de dónde venía, qué hacía… La entraron muchos como te decía, hasta el Albert, ya sabes. Estaba muy buena y sin embargo el Santi no quiso darle mayor importancia. El Santi no es de seguir modas ni hostias. Todos vamos los domingos a misa y él ni la pisa, y eso que luego se toma sus vinos con el Paco, el cura… Y hasta el Paco la entró. Será cura pero también es rojo, no te vayas a creer que… Al Santi le gustaba antes de que me lo dijera, lo sabía. La Carmen es ese tipo de mujer que no necesita vestir de gala para conseguir que se nos cayera la baba. Pero el Santi ya estaba redicho. Según decía él, podía estar bien buena, que no pediría limosna.

Pasó el tiempo, no sé, pero la Carmen no iba a misa tampoco, y en algún momento se encontraron y volvieron a hablar. Empezó a vérseles juntos y aquello corrió como la pólvora. Incluso el Santi parecía más alegre, y una tarde, el invierno pasado fue, a primeros de enero, me contó tras la partida de mus, terminando con el pacharán, que se habían liado. que se habían enrollado varias veces y que empezaba a quedarse a dormir en su casa. Él, que había dejado de creer en el amor mucho tiempo atrás, ¡me confesó en voz baja estar enamorado! No nos lo creíamos ni él ni yo, pero nos abrazamos borrachos los dos como dos maricas, con perdón del gremio, brindando no sé cómo sin romper los vasos.

Cuando se les veía mantenían la distancia, pero era un secreto a voces. Cuando creían que nadie les veía se miraban como si no hubiera nada que les separara. Cada uno tenía su forma de ser pero lo que les unía se olía desde lejos, como el perfume caro ese de los anuncios. Sí, sí. Iban juntos a todos lados, cada momento que tenían libre lo pasaban el uno con el otro, y hasta hicieron algún viaje los dos solos. Ella estaba de alquiler y el Santi quería que se fuera a vivir con él. De vez en cuando alguno le preguntaba. Bien tío, ahí vamos. Lo decía todo feliz, pero joder, le conozco demasiado, sus ojos tristes le delataban.

Esa relación duró muchos meses, casi un año, hasta bien entrado el otoño. Después, otra vez tras la partida de mus de los domingos, que le pregunté qué tal, se delató. Me dijo que había cosas raras, que le gustaba, pero que no terminaba de funcionar. Al parecer discutían lo suyo, por tonterías, pero que no. El Santi es de poco aguante en general, más desde que pasó esa mierda, pero a ella le aguantaba. Le aguantaba porque pretendía llegar a entenderla y quería tener un futuro con ella, fuera como fuese. La quería como hacía tiempo no quiso a nadie. Sacó su genio cuando la pendiente parecía imposible y se arrastró después con el corazón en la boca como ambos hicieron unas cuantas veces por falta de entendimiento y excesos de alcohol.

El amor, no sé cómo, a veces resulta demasiado caro de mantener, y por una cosa u otra al final no funcionó. Fue el año pasado, sí, un domingo de finales de noviembre. Discutieron a las puertas del bar, tras muchas cervezas, pacharanes y demás. Discutieron horas y horas, hasta que el bar cerró, y siguieron discutiendo. Y a punto de salir el sol aquel lunes, lo que tenían entre ellos, acabó como acaba un día con su noche y empieza otro nuevo al amanecer. Para el Santi fue duro y también muy lento. Creo que no llegó a entender el porqué ni 24 horas después, porque estaba enamorado. Nunca consiguió entenderla pero, si la sangre seguía corriendo por sus venas, era por ella. Y ella quiso resarcirse con el primero que le invitara a unas cervezas, palo mediante. Cayeron unos cuantos, cualquier macho etero con un par de ojos bien puestos no podían pasarlo por alto. Yo porque estaba casado, sí, y porque Santi es mi mejor amigo, que si no… Sí, es guapa y con carácter. Mucho, tanto de guapa como de carácter.

Fueron varios los que cayeron en la tentación a pesar de conocer su pasado, pero apenas había empezado el nuevo año, bien entrado el invierno, que vimos todo el pueblo a la Carmen cenando con el Albert en el restaurante que hay pasada la gasolinera. El Albert ese, sí, el pijo, el hijo de papá que sólo aparece los fines de semana, los pares con su novia y los impares con la cartera abierta para el club que hay a los pies de la nacional. Según nos contó la Julia el otro día, Julia sí, la camarera del asador que hay a las afueras, salieron bien agarraditos, tras dejar buena propina, cuchicheando de irse para el chalet que tiene la familia ahí arriba, pero no le dijimos nada al Santi, porque esas cosas duelen. Pero antes o después se enteró, qué te voy a contar.

Hubo un día que estuvimos en el pueblo de al lado, cenando en el Grau, un restaurante que hay en la plaza de Catalunya. Horta de San Juan, eso es. Celebramos el cumpleaños del Jordi. Estuvimos ahí todos con todas, dentro, que fuera hacía rasca. Carne, patatas y tinto, mucho tinto. Tanto que cerramos el restaurante porque les dejamos ya sin vino. Sí, nos fuimos para la Bassa a tomar una copa y justo en la puerta estaba la Carmen con el Albert. Ninguno quiso venir a la celebración pero allí que nos encontramos a los dos. El Santi no dijo nada, simplemente entró y el resto le seguimos como putas sin decir nada. Mi mujer se puso a cotillear con las del resto y los demás hicimos como si nada. Nos pedimos unas copas y hablamos del Barça y el Madrid, del Marc Márquez y el moto GP, lo típico. El Santi estaba a su bola y los demás ahí, con él, y en algún momento, que salió el tema, nos avisó que se la sudaba, que si algo sentía por ella era ascopena, porque se estaba liando con todos los del pueblo.

No sé qué pasó, cómo al Santi, que era tan cuerdo, se le fue la pinza al final. La Carmen ya estaba loca de por sí, pero tiene cosas buenas también. Es una chica guapa, sí, pero su sonrisa contagia al más triste y, con ella a tu lado, te sientes como un príncipe disney. Después de lo del Albert no hablaba mucho con ella, pero después del verano, como muchas veces coincidíamos al volver del tajo, al final nos contábamos las cosas y ya, enseguida me iba a casa con mi Belinda. Estoy casado como te decía, la quiero mucho, sí. Fue sólo que un día, la Carmen y yo, nos tomamos algo, pero ya, no pasó nada más. ¿Y? Volvimos a quedar, sí. A la semana siguiente me llamó, este jueves, a la tarde, porque había perdido el último bus, por si podía pasar a recogerla. Qué me iba a costar… Pillé la moto, la recogí y a la vuelta quiso invitarme a una cerveza. Jijís por aquí, jijís por allá, y al final fueron varias, estaba achispado y esa boquita suya me llamó tanto que… Fue ella, yo no la veía como para eso, pero nos enrollamos como dos adolescentes veinte años después.

Aun así no fue nada, una tontería, ya ves tú. Claro, tenemos una edad. Y ayer pues nada, estuve echando unas cartas como todos los sábados, en la taberna. Belinda mientras con los críos atrás, en el parque, y luego ya nos juntamos los que faltaban de la cuadrilla y demás. El Santi estaba raro, y claro, me daba cosa también decirle nada, pero bueno, estábamos todos. Vimos perder al Barça con el Atleti, corrieron las copas para variar y, a la que me fui a fumar fuera, el Santi salió con la suya en la mano y me miró de reojo, sonriendo. Terminó lo que le quedaba de un trago sin decirme nada y se fue hasta mi moto. Me quedé mirándole y vi que se sacaba la chorra y le meó toda ella. ¿Yo? ¡Qué coño iba a hacer! Le dije que coño hacía y fui a hablar con él, y a la que llegaba, el Santi, se dio la vuelta y me meó encima a mí también.

¿El qué? ¿Yo? Yo no hice nada, algún insulto, pero ya. Fue el Santi, que estaba todo loco y me calzó tal hostia que me tiró al suelo, ¡me ha roto la nariz! ¿La Carmen? Sí, la Carmen andaba por allí, porque al verlo vino corriendo y gritando. Según llegó el Santi la escupió en la cara. Ella intentó revolverse, pero la empujó, echándola para atrás hasta caer encima mía, y se volvió al bar como si nada. Algunos me recogieron para traerme a urgencias. ¿Mi mujer? No. Belinda me dejó anoche.