Finisterre (o donde quedó la praxis)

Antón llevaba tanto tiempo solo que no esperaba a nadie en su funeral. Los únicos que le velaban en vida eran el mismo camarero y los 2 borrachos que frecuentaban más que él todavía aquel bar. Le habían dado un par años de libertad vigilada tras una subsistencia malgastada y, consumidos ambos tiempos, ya sólo le quedaban unos minutos de descuento. Se la sudaba el partido de fútbol que en ese momento emitía la televisión del local, Deportivo contra Sporting, pero estaba allí porque desde hacía días su nevera se quedó sin cervezas. Todo se estaba acabando y lo único que se preguntaba era qué hacer con el tipo que había ido a ver su apartamento apenas unas horas antes y su Citroen ZX, que rozaba la veintena y consumía más gasolina que lo que pudieron cagar los dinosaurios. Por eso, bajar al bar aquel miércoles de invierno para evadirse un rato, a pesar de la que caía, no fue tan mala idea.

Esa tarde, el comercial inmobiliario que fue a valorar su piso no salió de vuelta. Carnés, un viejo conocido desde la infancia, el mismo que le esperaba con la moto al salir de casa de sus padres para meterle una paliza, el mismo que más de una vez abusó de él, rompiéndole el culo en los baños del colegio, ese bastardo que creía ser el mismo dios, se cruzó con satanás. Antón le esperó, cuando le abrió el portal, tras la misma puerta de su casa con el cuchillo más largo y afilado que pudo encontrar. El traje de Carnés llegó empapado ya, pero ahora también en sangre. La corbata que no llevaba se la puso Antón, a la colombiana, rajándole el cuello nada más entrar. Fue rápido y sin palabras, tan sólo se escapó algún gargajo antes de derrumbarse.

Los pocos que quedaban en el bar contaban los segundos antes del pitido final, y Antón, pedía la tercera y última jarra de cerveza. Mientras veía caer aquel oro líquido, con el brío espumoso del grifo, sintió la paz dentro de sí por primera vez en mucho tiempo. Fuera, en la calle, llovía como nunca; a la hora de comer ya habían avisado del tiempo, precipitaciones con fuerte marejada. Cuando tragó el último sorbo de cebada era ya tarde. Subió a su casa, entró silbando una canción famosa de Siniestro Total y con calma, oliendo a mierda aquel cuerpo ahora inerte, ató las cuatro extremidades con la misma cuerda que cogía de su cuello. Eran pasadas las doce y, como antaño se colgaban los corzos antes de llevarlos a la hoguera, arrastró por el suelo el cadáver de Carnés hecho saco hasta meterlo en el ascensor, directo al parking.

Antón tuvo la suerte de no cruzarse con algún vecino en ese momento, pero para lo que le quedaba en este entierro se la sudaba. Dejándose los riñones, lo metió como pudo en el maletero y cerró el portón, pillándole un trozo de la chaqueta. Luego se subió él, cantando sin mucho ritmo lo de bailaré sobre tu tumba, y arrancó sin prisas para salir de allí. Antón vivió y murió en A Coruña. Y aquella noche, el nombre de Finisterre tuvo más sentido que nunca, cuando se despeñó a la mar con todo el maldito equipaje que arrastraba desde hacía años.

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Gula

Cuando Isaak se sentaba a una mesa nunca podía arrimarse demasiado a menos que se inclinara hasta ella. La oficina quedaba demasiado lejos de casa y siempre comía en el bar que estaba a los pies del edificio; si en el menú había plato de cuchara como primero volvía con la corbata manchada, ley de Newton. Para los que se cruzaban con él más de una vez, fueran nuevos y no tan nuevos, Isaak era el “Quijote de la mancha” con unas cuantas toneladas de más porque, según ellos, parecía haberse comido a su Rocinante. Él ya se lo pasaba por el gaznate, las unidades de tiempo y medida no valían más que hacer horas extras en su jornada laboral con un buen traje de saldo.

En algún momento, el de una vida ya extinguida, Isaak estuvo casado por amor carnal hasta que ésta lo vomitó. Desde entonces vivía solo; la persona que más amaba era esa niña preciosa que tuvo y ahora apenas veía los fines de semana y alguna fiesta de guardar. En su juventud perdida por el peso de los años, Isaak jugaba al tenis como McEnroe y lucía tipo a lo Bogart, poco después tan sólo veía a Federer y Master Chef por televisión. El grueso de su vida lo llevaba no sólo a sus espaldas, haciendo exiguas las opiniones que su perfil pudiera merecer, pero mientras quedaran buenos chuletones y mejores vinos que los acompañara el resto de bocas podían irse al carajo.

¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor de aquella noche; sentía que el aire fuera más denso y por eso le costara respirar. Todo le pesaba, hasta sus gafas, pero cuando soltó aquel cuchillo era demasiado tarde ya, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para ese todo y para su nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo porque su amenaza acabó siendo real. La culpa era de ella, porque ella fue quien le obligó a ejecutar su destino contra su voluntad. La casa permanecía en penumbra y aun así podía ver la silueta del cadáver tirado en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y su pelo enmarañado extendido sobre el charco de su propia sangre. El silencio se apoderó del que fue su hogar hasta entonces y con él volvió la calma; un vacío que peregrinó hasta extenderse por cada rincón, que se apoderó de cada objeto, ente y órgano que contuviera para hacerlo suyo.

La incertidumbre había entrado en aquel cuarto, colándose por la ventana, y se sentó junto a ella. Observó aquel cuerpo despojado de vida y luego, mirándole fijamente a él, le preguntó: —¿Y ahora, qué?— El aludido levantó su cabeza ebria, pero no acertó a responder más que sílabas sin sentido. En esa habitación había dos cuerpos de los que, por razones bien distintas, sus almas quedaban muy lejos. Aquel tipo hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de paseos sin horas por el parque, cogidos de la mano y palabras edulcoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y más tequieros de una época tan lejana que casi parecían ser de la vida de otros, porque ya casi ni los recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta donde ahora se encontraban. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio se diluyó entre el ruido de la calle a esas horas de la noche y, tras la puerta del dormitorio, se oyeron unos pasos que tímidamente se acercaban. Por el quicio asomó la cabeza de su pequeño, el hijo muerto de once años. —¿Mamá?— Y ella de repente parpadeó, se incorporó y se acercó hasta él. —Mamá está bien, cariño— y rodeándole con el brazo salieron tranquilamente de allí sin mirar atrás.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había más vuelta atrás. Maldecía, repitiendo hijaputa sin descanso ni respiro, suspirando con amargura desde aquella esquina en la que permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado, y rompió a llorar como malnacido que era. Estaba borracho, todo le daba vueltas, y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra. Devolvió hasta sus tripas, tan fuerte que los mocos que le colgaban de la nariz se pegaron a la comisura de sus labios. Luego se limpió, usando su antebrazo como trapo que era, intentando mantenerse erguido, y dio un traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer sujetarse, tuvo la mala suerte de no encontrar pared sino ventana, la misma que seguía abierta, y por ella se precipitó al vacío. Siete pisos de caída libre para estrellarse pocos segundos después junto a los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio su cuerpo reventarse contra el suelo a escasos metros, quedándose inmóvil y tan sorprendido que, cuando pudo reaccionar, su caniche Coco estaba metido hasta las orejas en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.

El trofeo de Ben-Hur

Pego un trago de mi copa e inexplicablemente se me escurre de las manos para ir a despedazarse contra el suelo y derramar los fluidos alcohólicos que esperaba ingerir. Oigo un “lo siento” y trato de hacerle comprender que las disculpas, a veces, no bastan. Pero mientras se lo explico, dos entes en sí mismas con alguna dimensión de más que yo, me invitan a cruzar el umbral de la mía y de repente me encuentro aparcado en un coche mal apoyado, más sólo que la luna, con una docena de copas en mi haber y restos de sangre en mis manos. Calándome el otoño en su lluvia tan fina como alfileres, sin entender como momentos antes estaba hablando con una rubia oxigenada sin nada que le rellenara la blusa y ahora no, reviso que mis orificios y apéndices se encuentren en perfecto estado. La deducción final es que la sangre no es mía, porque sí, y tiro calle abajo, chapoteando en los charcos como cuando uno era un crío y los mocos me colgaban hasta la barbilla.

Es en mi peregrinar cuando me veo asaltado por una extraña mujer. Esmarelda, una bonita mexicana de rasgos tan exóticos como ellos sólos, me incita a teletransportarme a su cubículo, entre patio de recreo y antro de lujuria, que tiene tras de sí a cielo abierto, invitándome a un trago. “Llévame contigo” la susurro al oído, y con su cintura ocupando mi brazo introduzco mis pantalones en algo tan grandioso como lo que guardo bajo ellos. Entramos y se abre ante mí un lugar enorme, infestado de extranjeros y barras en las que sorber mojitos y mendigar amor. Esmarelda pide los tragos, nos sirven dos tequilas con sal y limón y brindamos. Me deshago de la sal y el limón y degluto el resto. —Reina, ponme un guiscola—, y la descendiente de los grandes pueblos Mayas, Aztecas e Incas, medio bruja medio ninfa, le dice algo al cuello de mi camisa y me besa, me atrapa en sus fauces, me pierde y me enamora para luego desaparecer por delante de su trasero.

Tomo mi copa, ocupo mi boca, lo paladeo y tranquilamente lo degluto. Repito la misma rutina con el humo de mi cigarro, cuestión de tragaderas. Entonces parpadeo y me veo rodeado de maniquíes de plástico y vinilo, perfectamente engalanados, que se doblan y contorsionan al ritmo de los sonidos que hacen palpitar los líquidos de los vasos que descansan sobre la barra. Abrumado, me abro camino por el interior del paraíso hasta las puertas del excusado para, de rodillas frente al inodoro, meterme una raya tan larga como la autopista que cruza Texas. Cierro los ojos, exhalo, suspiro, finiquito mi copa y al salir de nuevo soy deslumbrado por un lejano destello, una luz cuasicelestial y omnipotente que probablemente poco tenga que ver con nada divino o su contrario; una luz parpadeante, deambulante e irisciente que quema mi retina y atraviesa mi cráneo como un rayo X, iluminando las cabezas y sus pelucas que me acompañan en la noche.

Me siento como Kirk Douglas en el coliseo romano de Ben-Hur, avanzando entre el ruido de los bultos hacia la luz, camino de la arena. Muevo los pies y el suelo se mueve con ellos, es arena sin duda. La luz me inunda, me atrapa, oigo el rugir de los leones cartón piedra y siento sus zarpazos, amenazándome con sus movimientos bestiales, con sus bocas atroces, enseñando colmillos como sables, y me río a carcajada limpia. Están ahí, y les escupo y les tiro el cigarrillo. Las luces me abrasan la piel de tal forma que tengo que echarme la copa por encima y desabrocharme la camisa, un hombre no puede enfrentarse a las bestias vestido de domingo, dónde se ha visto… Y me muevo y esquivo las garras mortales de esas criaturas que silban en el aire.

Soy rápido y escurridizo, soy inmaterial, soy un fantasma, un ángel del averno, y como tal me río de las criaturas de cartón pluma tan falsas como Judas. Dios ha muerto en sus manos, Enrique Iglesias ha acabado con él y se impone con ese amigo suyo que se hace llamar Descemer Bueno. Me siento como Kirk Douglas subido en su cuadriga, peleando contra los romanos, ebrios de poder; ellos luchando por la bondad del César y yo por esa mujer que me trajo hasta aquí para salvarla.

En lo alto del palco está Esmarelda junto a su malvado pretendiente, un tipo sin prejuicios que la obliga a contraer matrimonio para salvar la vida y tierras de sus padres y hermanas. Tan borracho estoy de amor por ella que mordería su polvo, mataría a mi madre muerta y profanaría su tumba por sólo el susurro de sus cabellos en mi piel, por la caricia de los besos con sus labios embriagando los míos. Flagelo mis cuatro caballos indoeuropeos y escupo y pateo a los romanos que osan acercarse hasta mí, soy el dueño y señor, soy el príncipe destronado, el amo de la pista, el Checo Pérez de las cuadrigas, y ni los Iglesias arrebatarán mi triunfo, la hasta ahora futura esposa del César. Oigo los ánimos del público desde el otro lado de la grada, empujándome a la victoria que les lleve a su libertad. Suena una corneta, última vuelta. Aprieto los dientes y le doy a la fusta, la gloria será mía, ningún desgraciado con falda y casco orejero me la arrebatará. Mis caballos cortan el viento, cabalgan raudos hacia la meta, salen chispas de sus herraduras y al fin llegamos los primeros. Bajo del carro y tiro el látigo, he ganado la carrera y quiero mi trofeo, mi Oscar de Hollywood, la cabeza del César.

Desenfundo del cinturón mi cuchillo, y con él entre los dientes escalo por las gradas hasta el palco presidencial. Todo es nada, poco me importa, la quiero a ella, oyéndola gritar mi nombre, y sudar mucho amor juntos. Mi reina, mi diosa, voy por ti Esmarelda, ya siento tu aliento, el calor de tus muslos… Y duele, duele porque no es tu sudor sino mi sangre adulterada la que chorrea por mi piel. Malditos sean estos sucios romanos, malditas sean sus malas artes, las que me derriban sacándome del coliseo. Maldita sea la lluvia que empapa mis ropas y malditas sean mis fuerzas, las que me abandonan en el peor momento. Estos romanos embutidos con sus faldas me golpean una y otra vez de forma afeminada, sí, pero contundente también.

Siento los adoquines de la calle bajo mi cráneo abandonado. Kirk Douglas fue un borracho, su hijo un mujeriego y yo me siento como un maniquí de bazar. Me caen más hostias que en las misas de Semana Santa, recibo y recibo, pero soy el Ave Fénix y resurgiré de mis cenizas para cobrar cara mi derrota. Soy Yahvé, el creador del todo a partir de la nada. Vengaré mis heridas, mataré a los fariseos y engendraré una larga estirpe que comande mis ejércitos con el apoyo de mi voluptuoso trofeo de apretado sostén llamado Esmarelda. Hasta entonces descansaré, celestiales y…

…trataré de levantar mis huesos del húmedo pavimento…

…sobre el que tienden mis aún humanas vísceras cárnicas…

…y volveré,

…juro por Yahvé que volveré…

…cuando…

…recupere…

…el…

 

Nota: la idea original es de octubre de 2008, mientras escuchaba a The Cure con su Fascination Street. Enrique Iglesias bailando lo cambió todo aunque bien podría haber sido Ricky Martin con “La Mordidita”, sin pastillas ni mierdas eso sí ;)

Duele cuando no estáis

Resulta muy duro seguir solo el camino, todo un desafío literalmente. Por mucha pluma y vino que se tercie me faltáis en cada mano. Os siento tan lejos después del tiempo que hemos pasado juntos, de todas esas noches en las que tardaba en salir el sol, que ya no queda luna, la botella está vacía y mis manos congeladas. Me abandonasteis en el peor momento, os fuisteis con el mejor postor y postrado me quedé en mitad del vacío. Sin vosotras siento frío, el de este amanecer tan gris, con un cielo de nubes tan denso como descolorido que no atraviesa ni la luz. Despierto entre montañas y no parece que fuera ayer cuando estábamos en la playa, oliendo a arena y aguamarina los tres. Tan lentas pasan las horas que me ahogo, por muy lejos que esté ahora de la mar.

Me vengaré, ya lo creo que me vengaré, aquel que se os llevó tiene las horas contadas, rajaré sus venas y si hace falta mancharé el papel aún en blanco con su sangre a borbotones. Juro venganza contra aquel que osó llevaros con él, el que os quitó de mi lado. Las fuerzas que todavía me faltan de nada importarán, porque cuando menos se lo espere ese canalla allí que estaré para defender mi honor perdido. Vosotras lo sabéis, os fuisteis con esos que aúllan ser lo que yo y por ellos que volveréis conmigo. Os traeré de nuevo a mi lado, a la cama os ataré si hace falta, pero volveremos a ser lo que antes fuimos, las musas de un tipo que os serigrafía, siempre con mi tinta y por escrito.

Minientrada

Amor ebrio

Nada más conocerla, en una noche de verano, soñó con ella. En ese sueño se besaron, se enamoraron y el mundo pareció hacerles un hueco a pesar de todo.
Tan embriagados estaban que la resaca fue larga, pero también dulce, y cuando despertaron él le pidió la mano y el sueño fue real.

Seres móviles

Dos vidas en dos maletas que al poco de abrirse se cierran de nuevo. Muchos caminos con no menos cruces, entre atascos y accidentes que se van quedando atrás, que por un momento se olvidan al repostar en distintas gasolineras. Lo suficiente para llenar el depósito y proseguir con el viaje para no volver jamás. Querer avanzar hasta la meta para encontrar lo deseado es una buena forma de vivir, pero sólo si se disfruta del trayecto… y acertamos con esa meta. Otra cosa es el precio del peaje, pero siempre hay carreteras secundarias, con las que evadir algunos de los precios que se ven impuestos, y además mejores vistas entre pueblos no menos interesantes muchas veces.

Son miles de millones de vidas, las existentes sobre la única faz tangible de una maldita realidad que es ésta, y sólo a una por barba sin apenas sitio, porque no somos gatos. Y muchas de estas vidas se cruzan, otras tantas se comparten y pocas perduran. Son muchas las vidas perdidas y otras muchas las encontradas. Dos a veces se unen. Dos a veces se recuerdan. Dos vidas al fin y al cabo, con tanta historia como kilómetros recorridos, que no llegarán donde otras no hayan estado ya. Los lugares no cambian demasiado, las personas me temo que tampoco, a veces quizás… Y a veces, tanto las personas como los viajes, cansan y aburren, a veces sorprenden y hasta a veces recompensan. A veces no hay maleta y a veces tampoco destino, pero siempre hay una maldita carretera.

Jimmy dos turbos

La historia de Jimmy dos turbos fue tan breve como intensa, digna de cualquier artista americano como James Dean o Elvis Presley, aunque éstos dejaran un bonito cadaver y Jimmy no. Porque Jimmy era muy feo, pero esa no es la cuestión. Como toda historia tiene sus comienzos en la que un estúpido detalle marca la diferencia y en el caso de Jimmy dos turbos todo empezó por la temprana pasión del pequeño Pepe por los motores. Su padre le enseñó a arreglar las averías de su viejo tractor Ebro. Con él empezó arando los campos de su padre y pronto trabajó para todos los del pueblo. Con el dinero que ganó, Pepe compró un R5 al que trucó el motor, le hacía de todo al coche y fue el primer tuneado que se conoció en el pueblo, probablemente el primer coche tuneado del país. Con él chuleaba haciendo el cabra por los caminos de la zona, reunía a sus amigos en los descampados haciendo derrapes y pruebas de habilidad utilizándoles de conos. Un día se enteró que en Cuenca se celebraba un rally y se apuntó, quedó segundo. Ahí empezó todo. Después de eso corrió todas las carreras de rallyes que se hicieron por la zona y los ganó casi todos. Entonces vendió su R5 y se hizo con el coche que más ansiaba tener, con el que tantas noches había soñado, un R5 Copa Turbo de color amarillo.

Pepe siguió corriendo algunos rallyes con su nuevo coche y continuó ganando bastante dinero, corría como una bala, tomaba las curvas a todo gas, las enlazaba como si fuera un juego de niños, cruzando los prados en un abrir y cerrar de ojos. El público se embalaba al verle pasar, las vacas, los caballos y hasta los grillos se embalaban cuando la mancha amarilla de Pepe recorría brevemente sus pupilas al pasar frente a ellos como alma que lleva el diablo. Ganó tanto dinero que compró el viejo establo abandonado a las afueras del pueblo, lo reformó y allí montó la primera discoteca de la zona a la que bautizó como a él le gustaba que le llamaran: Jimmy’s. Porque a Pepe no le gustaba en absoluto su nombre, el nombre que le pusieron sus padres al nacer y constaba en el registro. Pepe quería algo más internacional, con más clase, y poco a poco a Pepe se le fue conociendo por el sobrenombre de Jimmy. Pero Jimmy dos turbos no se hizo famoso por su nombre, arar los campos de la zona o correr rallyes, eso de dos turbos no era por tener un Renault Copa Turbo, ni por ser más veloz que el rayo, a Jimmy le llamaban dos turbos porque llegó al mundo con la extraña anomalía, por increíble que parezca, de tener dos penes, así es. La matrona, que no era otra que su tía segunda por parte de madre, primeriza en estos asuntos de ver dar a luz un varón, a punto estuvo de amputarle uno de ellos creyendo, pobre estúpida, que era el cordón umbilical mal cortado, pero pronto se dio cuenta llevándose la mano a la boca no llegando a seccionar dicho apéndice.

Pepe, perdón, Jimmy dos turbos, ya desde bien pequeño, era un tipo feo, muy feo, difícil de ver, con la cara llena de pegas y granos, medio calvo medio pelirrojo, delgado, tan delgado que se le adivinaban los huesos bajo el pellejo que cubría su pobre esqueleto, pero sus dos penes eran demasiado, volvía locas a las chicas del pueblo, que también se embalaban, y pronto se hizo eco en los de alrededor. La culpa la tuvo su primera novia, en aquella pubertad que tan famoso le hizo, cuando ella le dejó por feo aun siendo ella tan fea como él, haciendo correr el rumor de su extraña anomalía inguinal. Entonces, una de las amigas de ésta, que era muy golfa, quiso probarlo y ahí empezó todo. Al poco tiempo Jimmy dos turbos se las beneficiaba a todas, ya fueran solteras, viudas o casadas, cualquiera que se pusiera a tiro. Toda mujer de la zona quería probar los dos turbos de Pepe, es decir, Jimmy, y hacían cola en su discoteca para entrar. Jimmy era muy feo, tan feo que resultaba gracioso, y él sabía ser gracioso. Jimmy sabía muy bien cómo tratarlas, sabía ser gentil y cuándo serlo y cuando convertirse en un cerdo pervertido sediento de sexo. Sabía jugar con ellas y cualquiera que pasara a su lado caía entre sus piernas saciando toda depravación.

Aquel rumor sobre Jimmy dos turbos se extendió y llegó hasta oídos de los maridos, padres y hermanos cuyas mujeres, hijas y hermanas se habían acostado con Jimmy. Probablemente fuera culpa de los celos de su exnovia, que había visto como su deformidad había sido recibida de buen grado por el resto de mujeres seducidas por sus dos encantos, pero eso nunca se llegó a saber realmente. Esos hombres, cuyas mujeres, hijas o hermanas les habían deshonrado primero se lo tomaron a broma, nadie se podía imaginar a un tipo con dos penes, pero pronto se dieron cuenta de que el rumor era cierto cuando con sus mismos ojos vieron sus dos turbos a pleno rendimiento en la parte de atrás de la discoteca de Jimmy, entrando y saliendo de los agujeros de su exnovia, bombeando a todo gas, cuando ésta le emborrachó y le pidió un polvo por los viejos tiempos. Al día siguiente, domingo de ramos, se encontró su cadáver lleno de moretones y sus dos penes, que tantos agujeros habían tapado, cortados de cuajo. Y esto tampoco se llegó a saber realmente porque así nadie lo quiso, quien o quienes lo hicieron.

Sus padres se enteraron tan pronto como hubo amanecido, con el canto de los gallos y antes de arreglarse para ir a misa, tiempo que usó el párroco para improvisar el funeral. Lloraron amargamente la pérdida de su único hijo y las mujeres del pueblo, con el vientre vacío no sólo por la pena, también hicieron lo propio a escondidas. El silencio sobre aquel asunto reinó para siempre y nunca más se supo, bien fuera por envidias o lujurias escondidas, porque así nadie lo quería. La discoteca se cerró y fue derruida para, muchos años después, construir la piscina municipal. En la lápida de Pepe sólo se grabó bajo su nombre la palabra Jimmy, como a él le gustaba que le llamaran, sin el dos turbos.

Termodinámica aplicada

Una mala racha que había que pasar supongo. Mi mujer me había dejado, –harta de compartir lecho con un extraño –me dijo la muy golfa, por dedicarme casi en exclusiva a mi trabajo, y en mi trabajo, al que me dedicaba casi en exclusiva, resulté ser alguien lo bastante importante como para no ser imprescindible, y así lo decidió mi responsable en junta extraordinaria, con otros tantos directores ejecutivos más de departamento, en la que rodaron más cabezas a parte de la mía. Con viento fresco me mandaron, una mala racha como decía, y con él me fui tan lejos como me pudo llevar, el viento y el finiquito. Cambié el despacho por la zona de embarque de la T4, el portátil por un periódico gratuito y el menú del día del bar de abajo por el que servían en primera, con alguna copa de tinto entre cabezada y cabezada.

Todo parecía obedecer a un plan maquiavélico, a un proceso metafísico del que algún ente, probablemente divino, debía participar. Si así era realmente, debería encontrarme en lo que sería la primera fase del mismo, la de adaptación al medio pongamos, porque durante las veinte horas siguientes recorrí una distancia de unos cuantos miles de kilómetros sin yo moverme del asiento, viendo pasar por la ventanilla la orografía de medio planeta. Pronto me di cuenta de que no era yo el que se desplazaba sino el mundo el que giraba bajo mis pies, no era yo el despedido sino mi empresa la expulsada de mi, al igual que mi mujer, de la misma forma que excrecionas. No era yo pues el que viaja sino el entorno el que mutaba en el exterior del habitáculo de aluminio, titanio y fibra de vidrio, construido con el fin de preservarnos a mi y a la otra larga centena de individuos que me acompañaban, de las turbulencias de un medio ajeno e impredecible que no soportábamos, que no queríamos para nosotros.

Yo era pues el medio.

Tan pronto como Narita fluyó dentro de mí empezó la segunda fase, algo como una transformación metabólica, en la que el organismo muta su materia en energía, porque como ya dijo en su momento un tal Lavoisier, ésta ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto me llevó hasta una estrecha cama del Tokyo Grand Palace, donde la sinestesia del jetlag acabó por abrirme el mueble bar de la suite sin nada que ofrecerme más interesante que lo que las calles me podían brindar. Calé pues, después de calzarme unas ropas adecuadas que disimularan mi actual proceso termodinámico, en un pequeño pub del distrito de Guinza, escaleras abajo, donde me apropié de una rubia de cuello estrecho y culo ancho. Allí guiñé el ojo a una cajita de cerillas que encendió unos tantos Marlboros europeos que llevaba conmigo y, con nuestro pobre inglés, conversamos camarero y servidor hasta que el cierre se nos echó encima y nos fuimos a tomar otra, amigos ya, a Roppongi Hills.

Una vez allí he sentido la necesidad de detener el proceso, tan sólo unos segundos, para evaluarlo. Después de un exhaustivo análisis he concluido que todo va según lo planeado. Así pues me encuentro metido de lleno en esa segunda fase, metabolizando los etiles por las esquinas con sus masajes en la espalda, sintiendo en la misma espina dorsal pezones tan duros como ladrillos que me aguijonean el alma sin dolor alguno. La metamorfosis continúa por ende su lento proceso, desgarrándose la carne de mis huesos, evaporándose cada una de mis células ya inertes desmaterializando mi cuerpo. Me sirven otro Black Label 12 tan cargado que necesito coger aire para pasarlo garganta abajo, una garganta que en un corto espacio de tiempo dejará de pertenecerme de la misma forma que los otros órganos, conductos, músculos, cartílagos y demás componentes metafísicos ya dejaron de responder a mis impulsos nerviosos, como paso anterior a la pérdida de los mismos. Por suerte acabo de sentarme en el reservado de mi alma donde, tras el vidrio de mis aún materiales retinas, una preciosa diosa de ojos rasgados se mueve, dobla y desdobla con tan sólo un minúsculo trapecio de tela sobre su rasurada pelvis y una barra vertical que se eleva, no sabría decir, si delante, detrás o a través de ella. Dios, como ente inmaterial que es, parece estudiar mi proyecto, sometiéndolo a su estricto control analítico de calidad.

Un mundo de destellos plateados recorre la estancia, en sentido contrario a las agujas del reloj, deteniendo la maquinaria del espacio-tiempo, pausando el proceso de metamorfosis y dejando crecer sorprendentemente de la nada una erección carnal, quizá como resultado último de la ultramorfosis, mientras todo lo demás desaparecía. Sorbo un trago espiritual de mi escocés, respiro y un billete materializado en celulosa se desliza desde mi cartera hasta la goma de ese divino tanga que poco después se desentiende de las caderas que lo sostienen, mostrándome hasta el mismo monte Sinaí desde donde, tras el resguardo de su chicle sagrado en el objetivo de la videocámara de vigilancia, me sumerjo, metafóricamente hablando, a pleno pulmón, lentamente y sin oxígeno a penas, pues ya no lo necesito, encorvándose ésta, como si una estaca atravesara su maldito corazón. Cabalgando juntos por estas y otras dimensiones, despojándonos de todas las partículas enlazadas, liberamos nuestra energía (tercera y última fase, liberación de la energía). Ya no éramos nadie, no éramos nada, sólo átomos independientes disfrutando de la emancipación incontrolada de electrones, con todo un universo que recorrer, hasta encontrarse de nuevo en el polvo cósmico de alguna galaxia reventada por los excesos.

Al fin el proceso se había completado. Ni rastro quedaba ya de molécula alguna del que fuera mi cuerpo en otra vida. Era energía y sólo energía fluyendo por las calles del gran Tokio hasta que amablemente un taxi abriera la puerta de atrás del coche y me llevara de vuelta cual hilo conductor hasta mi minúscula cama (el tamaño ya no importaba) del hotel Tokyo Grand Palace, a medio camino entre el cielo y la tierra, en una vigésima planta sobre el nivel del mar. Al día siguiente la materia había vuelto, el tamaño de la cama sí importaba y la energía se había disipado produciendo una gran jaqueca en consecuencia, pero eso ya es otra historia.

Blah blah blah…

– Blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah blah…………………………….. ¡y mi abuela fuma!
– Bueh, no jodas…
– Lo que oyes. Y mi padre bebe a morro del tetrabrik de vino……….
– No somos nadie…
– Tenía ganas de verte.
– Sí, bueno, a veces pasa. Voy a pedir algo, ¿quieres otra?
– Mmmm, es que se me ha hecho tarde, me voy a tener que ir, otro día…
– Claro, otro día, con más calma y eso.
– Me alegro de verte.
– También yo.
– Hasta luego. ¡Llámame!

Dos besos. No tengo tu teléfono, nunca me lo diste, así que jodido…

– Sí, claro, un día de estos.
– Nos vemos ;)
– Adiós.

Se fue.

– Tu copa. ¿En serio su abuela fumaba?
– Ya lo creo, y su padre bebía el vino a morro del tetrabrik…
– Cómo está la gente…
– Fatal, ¿haces algo después?