Qué pintará un marsellés en Cartagena

Otra mañana de domingo para dar una vuelta a las polillas del traje por el paseo marítimo. El sol y el mar eran sus cómplices, los bolsillos su cesta, con mendrugos de pan para las palomas. Antes escuchó la palabra del señor —óyenos— para santiguarse, una y mil veces, tras mojar los dedos en agua bendita y de paso limpiar la herida de su mano. La misa de las 11 es la suya. Uno y uno, el uno con el otro, pero no para don Viriato, que llevaba tiempo yendo sólo. Su mujer, la Pepis, nacida en Sevilla y adoptada en Cartagena, encontró algo mejor que hacer con su vida.

“Je t’aime” sonaba mucho en los diales de entonces. Estaba de moda aunque a alguno no le gustara. A él desde luego que no. El radiocasete reventó aquella mañana al dejar escapar sus primeros acordes y la voz de Jane Birkin no pudo entrar a tiempo. Sentado en la mesita de la cocina, mientras desayunaba sus tostadas con membrillo, Viriato estrelló el aparato contra el suelo de un manotazo, cortándose la mano con ese alambre que él puso para sujetar el asa al aparato.

Años atrás, la señora Pepis se hartó de aguantar al rancio de su marido, incapaz de proporcionarle ni una criatura siquiera. Se fue con un gabacho, un jubilado adinerado, cortés y educado, qué emigró al sur para vivir la vida sin preocuparse por la cartera. Sería más viejo que ellos, pero con ese romanticismo marsellés podía volver loca a cualquiera. Con ella funcionó. Ese tipo podía ser el hombre más puro del mundo para su Pepis, pero desde entonces, don Viriato, odió a cualquier maldito francés.

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Un perdido de tantos

Jaume Puig se sentía un escritor frustrado. Como un niño de bien venido a menos, un estúpido crío de buena familia. Un fracasado. Otro perdido de tantos. Antes, había estudiado periodismo en la Autónoma de Barcelona, y salió de allí con un expediente académico intachable. Pasó de las historias de Fray Perico y su borrico y El Pirata Garrapata a leer a Bukowski, a Miller y a Burroughs sin intermediarios. Jaume no sólo se creía distinto al resto, se creía mejor que el resto; con una capacidad innata para la supervivencia y la ingesta de alcohol. Un tipo no muy alto pero con buenos brazos, a pesar de perder todas las peleas en los bares del Raval. El mayor de los Puig era de ese tipo de gente que imita a sus ídolos al carecer de una identidad propia. De hecho, quería ser el mismo tipo duro que el Chinaski ese, pero sólo conseguía nadar en su propio vómito después de litros de cerveza, antes de coger un VTC hasta la lujosa mansión de sus papás, a los pies del Tibidabo.

Jaume se metió tanto en su papel, el de un perdido sin futuro alguno, que empezó a trabajar como mozo de almacén, camarero en un “fast food” y buzoneador de barrio, a la vez que intentaba escribir la novela de su vida, la que dejase a sus ídolos en la sombra. Así pasaron los años, hasta que cumplió los 39. El manuscrito que le quitaba el sueño seguía inacabado, algo en el papel de su vida no funcionaba. Vivir en un barrio de ricos, en casa de papá y con todas las comodidades que eso conllevaba no parecía ser el mejor camino. Al día siguiente de su cumpleaños, una calurosa y húmeda mañana de agosto, decidió salir de allí y buscar la quimera que su cerebro ansiaba en otra ciudad. Necesitaba algo de mierda en su maldita existencia y creyó que moverse por el fango sería el paso correcto hacia el éxito. Pensaba que si quería ser escritor bohemio y consagrarse como tal era lo que debía hacer. Metió todo lo que pudo en su maletita de viaje, se despidió de sus padres y marchó bien temprano a terreno hostil. Quizás los nuevos aires de la capital le serían de mayor ayuda.

El AVE salió con retraso de Sants Estació, los CDR debían estar aburridos ese día. Al menos Jaume llevaba la petaca de su abuelo con ron miel y pudo tomárselo con calma, esperando sentado en un banco bajo el chorro de aire acondicionado. Notaba que empezaba a refrescar su sesera. Una vez en Madrid, anduvo desde Atocha hasta la Puerta del Sol buscando la sombra por las calles serpenteantes de Lavapiés. El sol seco de la ciudad apretaba y, a pesar de perderse varias veces, aun llevando consigo el Google Maps abierto, encontró finalmente la pensión en que tenía reserva. En una semana, con la ayuda de papá, Jaume ya estaba cubriendo la baja de una redactora en la sección rosa de un periódico gratuito, de esos que se reparten estratégicamente junto a las salidas del suburbano y que dicen medir un metro. Fue cómodo y le sirvió como inspiración. El medio compraba un par de fotos de saldo a la agencia correspondiente, el jefe de redacción le pasaba los datos y él sólo tenía que echarle un poco de imaginación. De hecho, podía trabajar desde desde el bar que había junto a la pensión y pasarse tan sólo un par de veces a la semana por la oficina.

Jaume solía escribir de noche, le gustaba imitar el modo de vida de sus escritores más selectos. En su cuarto de apenas 9 metros cuadrados convivían su cama deshecha, la mesa con el portátil y una botella siempre de Arehucas, y la papelera a rebosar de latas de cerveza. Ser un asiduo bebedor de ron le daba un poco de vergüenza admitirlo. Lo había intentado con el whisky, pero sólo su olor le producía nauseas. Esa era una de las cosas que no le gustaban de sí mismo y por las que ninguno de sus ídolos seguramente ni parpadearían. Ni Bukowski, ni Miller, ni Burroughs se inmutarían ante el olor a vómito y orina en los retretes de los bares, el de las gallinejas, entresijos y demás casquería refrita, el hedor de los vagabundos o el sudor de las prostitutas a saldo en las barras de un pub.

Había intentado superarlo una y otra vez, lo del whisky, pero su estómago siempre se le adelantaba. Eso le atormentaba, había llegado a la conclusión de que los hombres no son fuertes por sus brazos musculosos o por el grueso de su billetera, sino por su estómago y por su tranca. Según él, un tipo es fuerte cuando puede comerse una cagada de perro, vaciar después media docena de botellines de cerveza seguidos y encender un cigarro antes de echar un buen polvo como si nada. Lo de la tranca sin embargo no era tanto problema para Jaume. A Jaume le gustaba medírsela cuando estaba empalmado. y solía trampear al hacerlo, poniendo el cero detrás de los huevos, sumando así unos cuantos centímetros de más. Luego se sentaba con el móvil en mano, abría el Tinder y se la cascaba con la otra mientras chateaba con alguna cerda estúpida (que conocía a través de Internet) para terminar de ambientarse.

Malvivió mientras pudo. Compró un coche de segunda mano con el dinero que le mandó su padre y de vez en cuando visitaba el género africano del polígono Marconi para satisfacer sus necesidades, no sólo sexuales sino también profesionales, como el escritor sucio que vendía ser. Iba siempre de noche, borracho, tras terminar el artículo rosa de turno. Cuando llegaba, metía segunda y despacio recorría los caminos hasta encontrar alguna negra que se la pusiera dura. Paraba a su altura, extendía el brazo a través de la ventanilla bajada y le tocaba el culo.

La prostituta seleccionada subía al coche y alguna vez le acariciaban su media melena, haciendo bucles con sus dedos negros. A unos cuantos metros después aparcaba fuera de la carretera, detrás de algún árbol, seto o valla que le proporcionara cierto grado de intimidad sexual. En algún momento, Jaume pensó que quizás debería cortarse su precioso pelo, pero creía que eso le hacía atractivo, como a Pablo Iglesias, y de alguna forma le proporcionaba un aspecto más tosco y desaliñado. Creía ser heredero de la generación perdida. Y lo fue. Jaume quería ser ese feo extravagante, pero su cara de bollo bien cuidada no se lo permitía. El caso es que tan sólo conseguía llenar el asiento trasero de su Seat Ibiza de negras mal operadas, sin papa de español ni documento legal, por poco más de 20 euros el polvo.

Llegaron sus segundas navidades en Madrid, llevaba desde verano sin escribir una sola línea decente en su manuscrito, el que le haría famoso como escritor underground. El trabajo no le iba mal, saltó a la sección de actualidad y le pagaban algo más, pero nada de su obra maestra. Tanto se resistía que Jaume decidió coger toda esa quincena de vacaciones para atrincherarse día y noche en la habitación del hostal. Compró litros y litros de cerveza, latas varias de conservas y pizzas congeladas; iba a acabar esa maldita novela como fuera. Pero después de 10 días borracho, saliendo de su cuarto sólo para cagar y sin escribir nada que mereciera la pena, a punto de volverse loco, empezó a tener alucinaciones. Recordó sus tiempos de colegio y las primeras juergas con sus amigos de Barcelona, las chicas de entonces… Se sintió tan solo y desgraciado que empezó a dar cabezazos contra las paredes, mamado como una cuba, hasta que cayó al suelo desmayado. Así permaneció horas, muchas horas, hasta que la sangre derramada se secó y, al salir, el sol quiso asomar entre las nubes.

Cuando Jaume despertó calzaba una buena resaca y le dolía todo el cuerpo. Acariciándose las sienes, se incorporó como pudo, se sentó en la mesa y, sin saber cómo, empezó a escribir de corrido. Sus dedos iban solos, más rápido incluso que su cabeza, golpeando las teclas con furia. Las palabras fluían de su cerebro como salivazos contra la pantalla. Abrió otra botella de ron y continuó escribiendo. Todo empezaba a encajar, y después de una semana sin parar de escribir, en la Nochevieja de ese año y bien entrada la madrugada, concluyó su eterna novela. Se sentía tan lleno, tan feliz, que guardó un par de copias en esos artilugios diminutos que creen tener memoria.

Borracho como estaba decidió celebrarlo, quizá no podría follarse a nadie, pero una buena mamada le vendría de perlas. Sacó el coche del garaje y volvió a la Colonia Marconi. Quería darse el homenaje con una asiática esta vez. Una chinita de aspecto infantil, complexión delgada y pechos pequeños, su gran sueño erótico. Esta vez no había tantos coches como otras veces por esos corredores asilvestrados, estarían celebrando su año nuevo en alguna de las muchas fiestas para monógamos de las corrientes sociales. Jaume recorrió con calma cada manzana del polígono, pasó por la zona de los transexuales, dejó atrás a las negras y a las rumanas y polacas y al final encontró a su musa, en mitad de la nada, iluminada por una misteriosa aura anaranjada. La miró y la estudió con calma, comiéndosela con la sangre que inyectaban sus pupilas. Luego abrió la puerta y se la llevó unos metros más adelante.

En cuanto aparcó, empezó a desnudarla con tanto deseo que besaba cada trozo de piel que iba dejando al descubierto. Después, se bajó la bragueta y sacó su tranca mientras cogía de la cabeza a la prostituta para llevar su boca hasta aquella extensión de él. Ella empezó a trabajárselo, con el preservativo que manda su profesión, pero a fondo, succionando como una aspiradora sin cables, golpeando con fuerza el glande a lengüetazos para luego tocar fondo con la misma campanilla. Arriba y abajo, arriba y abajo.

Estaba tan embrutecido, tan cachondo, que Jaume se la quitó de encima, le dio la vuelta como pudo y se la metió por el culo. La chinita intentó proteger su oscuro agujero, gritaba y se movía intentando liberarse, pero poco pudo hacer. Sus cuarenta kilos eran muy pocos para los ochenta y tantos de Jaume, que se encontraba en su momento de gloria. Había terminado su novela y se sentía tan sucio como Bukowski o Miller o Burroughs. Satanás era un aficionado a su lado y lo estaba disfrutando, ebrio de poder y alcohol.

Jaume bombeaba rajando las entrañas de la chinita, entraba y salía una y otra vez, con tanta fuerza, que parecía querérsela sacar por la boca. Ella seguía chillando pero eso sólo conseguía calentarle aún más. De repente sintió un golpe tremendo detrás de la cabeza y se vio arrastrado fuera del coche hasta quedar tirado en el suelo, con una bota frente a sus ojos. La bota se movió levemente hacia atrás, luego se le echó encima.

Pocas horas después, Jordi Puig, abogado de prestigio entre los grandes empresarios y algún que otro político y demás chusma, felizmente casado desde hacía más de treinta años con una farmacéutica de familia acomodada, y padre de Ángeles Puig, fiscal del estado, y Jaume Puig, periodista y escritor frustrado, viajaba en el puente aéreo hasta Madrid. Nada más amanecer recibió una llamada de emergencia para el reconocimiento de un cadáver, probablemente el de su hijo.

*Ideado el 21 de diciembre de 2006

Frases encadenadas

Muchas veces, la gruesa capa de la cotidianidad en nuestras vidas aburre. Recíclate y sabrás cómo hacerlo, cueste lo que cueste. Te damos las claves para subsistir. Tiras los dados de nuevo, pero no sale un 7 o un 11 ni de coña, por más que lo intentes. Es lo que hay, ni ganas ni pierdes, simplemente sigues jugando. Donde caben 2 caben 3, pero ni siquiera pasas del solitario con las cartas. Tascas de barrio que frecuentas, inmundas, lo corroboran. Rancios como tú no tenéis mejor sitio en este mundo. Donde lo bueno es bonito y lo bonito caro. Rompe la baraja y deja de llorar. Rara es la vez que no te cagas en dios, pero ¿haces algo para remediarlo? Lo que no sé es cómo cojones sigues aquí. Hincaste el codo para masturbarte, no para estudiar una mierda. Da y recibirás. Rasca y gana. Nada, por mucho que lo intentes no ganarás un carajo. Jódete. Te lo dijeron tantas veces que ríes por no llorar. Rara es la vez que lloras. Raso a cada paso. Sobran los motivos, ya lo cantaba Sabina. Nada es para siempre. Pregúntale a él, a ver qué nos dice. Centrémonos en esta copa y con las siguientes que sea lo que dios quiera. Rájate y estarás jodido. Dolor no es precisamente lo que sientes, sino rabia contenida. Dando palos de ciego. Golpes después de todo. Donde ya no queda nada. Dados tan solo. Lo único que permanece cuando todo acaba. Bailando sobre una cuerda demasiado floja, dando por sentado que no sabes un carajo. Jódete, ¿qué coño esperabas? Bastante tienes ya para haber cavado tu fosa. Salta, grita y córtate las venas, o aguanta mientras puedas si no. Notarás hervir la sangre, palpitando tu corazón como los redobles de un tambor. Bordeas los recuerdos que vienen a tu mente, cierras los ojos y respiras hondo. Dopamina pura y dura. Rasgas tu córtex buscando algún hueco donde cobijarte y que pase la tormenta. Tan locos estamos que todos lo hacemos, antes o después. Pues es lo que hay cuando a veces, muchas veces, la gruesa capa de la cotidianidad en nuestras vidas aburre…

Un enano encabronado

El Johny decía ser francés, le gustaba sentir el francés en sus carnes, pero llevaba tiempo sin practicarlo a pesar de proclamar su orientación sexual a los cuatro vientos. Aquella noche, siendo de faena, iba embutido en un mono de cuero con tachuelas, gorra y botas incluidas. Bajó a la calle y, atusándose aquella barba de hipster que, al ser enano, le llegaba casi hasta las rodillas, esperó su taxi previa reserva. Le jodían más los rizos anudados que el tiempo de retraso.

—¿A dónde le llevo?
—Tire uzté pa Zerrano.
—¿Algún número o algo?
—Por el colon.
—Supongo que a la altura de Alcalá…
—Qué graciozo ez uzté.

El taxista no entendió lo que aquel enano quiso decir con ese chiste, pero tampoco sería la primera vez. Otro cliente raro pensó, desviando la vista a su izquierda para incorporarse a la circulación, y desde la plaza de República Argentina enfilaron por Príncipe de Vergara hasta coger Serrano calle abajo.

—Tiene un acento que no es de aquí, ¿le importa que le pregunte de dónde es?
—Noombre, no. De Marzella.
—¿Marsella?, ¿la misma Marsella donde emigraron mis padres?
—Pue ze. Loh míoh ze fueron de allí pal caló del zú.
—¿Andalucía?
—Jeré.
—¿Cádiz?
—Que no, Jeré.
—Bueno… buena mezcla, acento francés y andaluz, como una buena tortilla.
—¿Como una buena tortilla?
—Sí, bueno, como una tortilla francesa pero con camarones…
—¿Me eztá llamando gabasso tortillero?
—No hombre…
—¿Me llama hombre ponno desir enano?
—Oiga, discúlpeme, que yo no quería faltarle al respeto…
—Claro, claro… Yo zoy enano, ¿y? ¡A mussa honra!
—Bien por usted, pero no me malinterprete.
—¿Que no le malinterprete, fasha mizoginio de mierda?
—¡Mecagoenlaputa, será posible…!

El taxista pegó tal frenazo que el Johny se estampó contra su asiento para salir rebotado después hacia atrás. Entonces, dándose media vuelta, le espetó que saliera de su coche —echando leche…—. El plural del lácteo en cuestión se quedó en singular por la fuerza. Aquella “ese” faltante no pudo escapar de su garganta porque un cuchillo de más de diez dedos le rajó el cuello de lado a lado. Nadie de fuera pudo percatarse de lo sucedido por culpa de sus móviles incesantes de mensajes instantáneos. El Johny tomó su tiempo en apretar hasta que aquella laringe rota acalló su silbido. —¡Vive la France!— repetía una y otra vez. Después, empujó al muerto con todas sus fuerzas hasta el asiento del copiloto, se puso en su lugar y pisó el acelerador para escapar de allí hasta quién sabe dónde, como alma que lleva el diablo, tras atusarse la barba mirándose en el espejo.

Mientras aquel enano conducía para alejarse del centro recordó que, apartando al taxista de su puesto, una cosa muy muy dura abultaba su entrepierna. En ese momento, fue consciente de que estaba cachondo y nunca antes había probado follar con un muerto que la tenía tan erecta como él. Ya lo decía Siniestro Total, todos los ahorcados mueren empalmados, aunque éste no acabara colgado de una soga.

Esa noche, el Johny no actuó en el local de despedidas de solteras cachondas que se encontraba a escasos metros de donde todo esto tuvo lugar. El responsable de eventos tan solo recibió un esemese en el que aquel enano embutido en cuero le decía estar jodido y encamado por una gripe de última hora. Meses después, la policía encontró aquel taxi desguazado en Las Barranquillas. De ambos ocupantes nada saben los medios públicos aún.

La última vez que la llamaron amarrona

A la maestra del pueblo todos le decían amarrona, pero nadie se atrevía a soltárselo a la cara, más aún tras conocer la muerte de Tomás, su marido. Marie fue activista desde bien joven y recorrió medio continente, con la fundación que entonces se creó para salvar a los niños, hasta que se cruzó con él, y por él se quedó en Pueblo Arrecho, rompiendo su billete de vuelta. Tomás no era nadie allí, tan sólo un tipo grande y callado, de piel tan curtida que la hacía más oscura si cabe, al trabajar de sol a sol las huertas de tomates y morrones. Nada de eso evitó que quedara prendado de ella nada más verla, por amarrona que fuera.

Cosas que rara vez ocurren, cual par de agujas encontradas a lo largo y ancho de un pajar, como si fuera un milagro entre dos que no son creyentes. Por eso no tardaron en pasar por el altar. Muchos fueron sus pretendientes, incluido el ayudante del comisario, pero Marie sólo tenía ojos para su Tomás. Él fue quien la rebautizo como Marieta y fueron felices aun con las nupcias. Juanito nació poco después, con los mismos rasgos que su padre, al que apenas conoció más allá de las fotos grises que guardó su madre.

Aquella tarde, la de un recién estrenado septiembre, Marieta tuvo que pasar por comisaría tras lo sucedido días atrás. Entonces, el ayudante del comisario fue encontrado sin vida, tirado en el suelo, con la cabeza reventada, a la salida de atrás de La Tasca. Si no lo hacía ella motu proprio acabaría arrestada, y eso no sería bueno siendo madre viuda. Intentó dejar a Juanito con los hijos de la vecina pero ésta se negó por incapacidad, así que lo llevó de la mano hasta la puerta y, mientras Alfonso la interrogaba, Juanito se quedó en la habitación contigua, con su muñeco de madera y a solas.

—Cuéntemelo otra vez, preciosa. ¿Qué ocurrió la otra noche?
—Ya se lo he contado, comisario. —Marieta, aburrida de oídos sordos, cambió de codo con el que apoyarse sobre la silla—. Cuando llegué a casa la puerta estaba abierta. No le di mayor importancia porque todo estaba en su sitio y Juanito conmigo. La dejaría abierta por el bochorno, o quizás fuera la corriente…
—Bien, Marieta, Marie o como quiera que se llame, fue al colmado por unos recados y poco después ya estaba en la cama, durmiendo supongo, o no, pero… ¿qué paso entre lo uno y lo otro? ¿No tiene a nadie que pueda corroborarlo?
—Tralarí tralará… —canturreaba Juanito al otro lado de la pared.
—¿Le sirven las palabras de mi hijo?
—Me temo que no… —Juanito apenas superaba los 3 años.
—Tendría a mi marido para darle su palabra si no fuera porque alguien le asesinó —le dijo clavándole la mirada—. ¿Sabe ya quién fue, comisario?— escupió con el sarcasmo en los labios mientras una lágrima helada escurrió hasta su mejilla.

Alfonso se removió, incómodo, en su silla con tapiz de cuero seco. Tomó un trago largo de su taza. El olor de aquella infusión humeante lo delataba.

—Eso, Marieta, me da que está relacionado con lo de la noche pasada…
—Tralarí tralará —seguía cantando Juanito.
—Pues deje ese brebaje de ayahuasca y haga lo que tiene que hacer. ¿No le parece, desgraciado?
—¿Quién diablos te crees que eres, maldita zorra?

Alfonso se puso en pie, encolerizado, con los ojos fuera de sus órbitas. Era un hijo de terratenientes, mimado en su infancia y huérfano desde la adolescencia. Sus padres murieron en una noche oscura y él quedó al cuidado de sus tíos, tan lejanos ellos que dieron de bruces con su suerte, pues apenas tenían un chavo para comer.

—¿Sabe cómo la conocen a usted en el pueblo, desde que llegó? —Preguntó, intentando parecer tranquilo.
—¿Se atrevería a decírmelo, comisario?
—A-ma-rrrr…

Tras aquella tarde de cielo plomizo, al caer el sol con todo su peso, la chica que todos la conocían como amarrona se marchó con su hijo para no volver. El hecho de llevar gafas, el pelo siempre recogido en un moño y la ropa impoluta no ayudaba, que sacara de la manga de su chaqueta una vieja Derringer y se cargara de un sólo disparo al único que se atrevió a hacerlo menos aún. El mismo revólver con el que dos noches atrás vengó la muerte de su marido; un tipo receloso, ayudante del comisario, que ya no la perseguiría más. Con ese apodo recordaron a Marieta en Pueblo Arrecho durante muchos años después, sin aclarar lo sucedido allí.

* La canción de los hermanos Záizar salió de México y llegó, entre otros, hasta Pueblo Arrecho.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-99304

Cita

Feliz día de San Ballantine’s

Porque el alcohol es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, tan monos y juguetones ellos, como el Actimel con Omega 3 lo es para nuestras arterias maltrechas.

Porque sin el bendito Ballantine’s no hubiéramos soportado un día como estos, con sus gentes, sus costumbres y esos decorados de cartón pluma para fechas como ésta, o en su caso conocido (y mucho menos aguantado hasta ahora) a la que es nuestrao parientae.

Da igual si consumes ron, vodka, ginebra, oporto o cualquier otra bebida espirituosa, no es por el whisky sino por lo que representa. Porque ¿qué ha hecho San Valentín por nosotros?

¡Feliz día de San Ballantine’s!

Ella era sorda y él mudo

Cuando Fernando se presentó en la puerta, Sara ya sabía lo que le iba a decir. Le costó años verlo, tanto como los que llevaban juntos, hasta que ella misma se dio de bruces con la realidad que nunca sintió suya. En la cuadrilla, casi todos eran pareja y los chismes siempre fueron su nexo. Pero para Sara, Fernando era tan buen chico que las voces de terceras personas siempre las entendió como envidia cotidiana.

A él le gustaba seguir de fiesta con sus amigos mientras el cuerpo aguantara, a ella le afectaba la carga de sus gemelos por esos tacones que le encantaba vestir. A él no le importaba que Sara quisiera retirarse pronto, ni a ella que Fernando la acompañara hasta el primer taxi. Era una combinación tan perfecta, la de esa pareja, como la del ron y anfetas que Fernando consumía a la vuelta y sin control, hasta mojar con la primera dama que se rozara con él, fuera o no de pago.

Por muchas flores, cenas entre velas y tequieros regalados al peso, Fernando llevó una doble vida, tan oscura como el gran cerdo ibérico de pata negra que era, a espaldas de la inocente Sara. Muchos le venían avisando desde tiempo atrás, incluso algún amigo común, pero ella quiso ser sorda mientras él fuera mudo. Ciega al menos no fue a pesar de su miopía. Sara pasó por alto la bolsita de anfetaminas que encontró en su coche y algún que otro envoltorio residual de un preservativo perdido en los bolsillos. —El Manu, que se pone hasta el culo y no controla— fue siempre la coartada de Fernando, con el único soltero y perdido de la vida.

Manuel era un buen tipo, amigo de sus amigos, un tanto rezagado y demasiado sincero cuando sentía que debía serlo. A él siempre le gustó Sara, vecinos desde la infancia, pero nunca se atrevió a decirle nada. Nunca hasta entonces. Cuando las vueltas de su cabeza acumularon noches y noches sin dormir, quiso mostrarle a su amor platónico lo que por sus ojos entraba cada noche de fiesta pervertida, Fernando mediante. Quedó varias veces con ella para dar un paseo y mostrarle aquel lado oscuro de la barrera que ahora les separaba. Quiso ser suave y empezó por la no conveniencia de aquella relación y sus diferencias, para terminar con los despropósitos físicos y carnales de los que podía dar fe.

Todas las historias que habían llegado hasta los oídos de Sara nunca fueron bien entendidas, para ella tan sólo resultaron ser celos de un amor no correspondido. Pero Manuel quiso llevarlo más allá y, una de todas esas noches de descontrol desenfrenado de Fernando, usó la cámara de su móvil para dar fe de ello de manera explícita, tanto por la forma como por el contenido. La siguiente vez que quedaron, él y su amada vecina, fue un antes y un después.

De repente, el día se hizo noche y el frío de aquella realidad, tan desconocida hasta ahora por Sara, caló en lo más profundo de sus vísceras; no supo entender cómo la cornamenta que vestía le había permitido pasar por las puertas sin agacharse y embutirse aquel gorro que usaba cuando hacía frío sin agujerearlo. Tras largas horas de café y llantos, preguntándose tantos porqués sin respuesta posible, Sara lo tuvo claro; aquella relación había llegado a su fin.

Sara hizo suyas todas aquellas fotos y, nada más entrar por la puerta de su casa, encolerizada, amontonó dentro de la bañera todo lo que tuviera que ver con Fernando; su toalla de ducha, su ropa, su portátil, su maquinilla de afeitar, su cepillo de dientes, su colonia… todo, y acto seguido le prendió fuego. Después dejó una nota sobre el recibidor, siendo hijodeputa lo mejor que le pudo poner, ahí donde ambos dejaban las llaves al entrar, y volvió al lecho de sus padres tras tanto tiempo fuera.

Nada más llegar Fernando a su hogar olió la chamusquina, leyó aquella carta de Sara y cayó desmayado por el colapso que todo aquello le supuso. En cuanto pudo recuperarse, lo primero que hizo fue llamar a su Sarita hasta quedarse sin batería, su amor perdido y chamuscado por tanta mierda que ocultó a sus espaldas. Al final lo consiguió y, 24 horas después, embutido en el mejor traje así como el más caro de los anillos de compromiso que pudo encontrar en tan poco tiempo, fue hasta aquel banco a la puerta del parque donde acordaron verse de nuevo, el mismo banco donde solían sentarse años atrás a ver las horas pasar entre besos tímidos de unos recién enamorados.

Sara se adelantó para estar preparada y le esperó. Fernando apareció justo a la hora fijada, con la cara caída y los ojos vidriosos, y en cuanto estuvo a sus pies se puso de rodillas, mostrando con lágrimas su arrepentimiento. Ella no movió ni una ceja, ni siquiera pestañeó, y en cuanto él sacó de la chistera aquel anillo para ofrecerla matrimonio, le dijo impávida: para mí estás muerto, so cabrón. Antes de terminar la última sílaba, quizás llevada por la acentuación, Sara le agarró de la muñeca con una mano y con la otra, en una abrir y cerrar de ojos, le rajó el cuello de lado a lado con una pequeña navaja tan afilada que apenas tuvo que apretar.

No había pasado ni un segundo cuando Fernando cayó desplomado sobre un charco de su propia sangre y Sara, con su tez tan blanca como siempre, atusándose el pelo, salió de allí por donde había venido sin síntoma alguno de culpabilidad por lo ocurrido.

Invisible no, lo siguiente

Desde bien pequeña pasaba inadvertida, mis padres no tuvieron el valor de traer nadie más al mundo tras el error que cometieron sin marcha atrás posible. Los únicos amigos de mi infancia fueron barbies y peluches que a mí no me hicieron ni puto caso pero sí a sus homónimos; Ken se lo montó de lujo con cada una de mis muñecas mientras los ositos de peluche dieron inicio a lo que ahora se conoce como bukake. Mejor no entrar en detalles. Los que a escondidas parecían maldecir al mismo dios por traerme al mundo pasaban más tiempo fuera que dentro de casa. Apenas les veía porque, al parecer, trabajaban hasta horas intempestivas; la única persona de la faz de la tierra que me hacía algo de caso era mi tata. Conchita se llamaba a pesar de ser argentina. La muy boluda pulía los suelos a base de retorcer la fregona, pasándola conmigo encima agarrada al palo. Siempre lo hacía y aun así cada una de las veces se sorprendía —¿che, vos de dónde saliste, si no te veo?—. Era tan mulata que de niña me recordaba a la pitonisa de Gosht.

En el colegio ocurría lo mismo. Pasaba tan inadvertida que no sólo los profesores nunca me sacaron a la pizarra, sino que el resto de alumnos, independientemente de su sexo, jamás quisieron jugar conmigo. Intenté hacerme ver en el recreo pero nadie me elegía para jugar a la comba barra cuerda o cualquier juego de balón, tan sólo el escondite, pero nadie me encontraba. Eso continuó en mi pubertad, dentro y fuera de la facultad de biología; quizás mis gafas de culo de vaso y esos braquets tuvieron mucho que ver. Cómo sería que ni yo misma me veía en el espejo. Me sentí tan identificada con la niña de la curva que no sé cuántos relatos leí sobre ella, solo que nadie paró a recogerme, por mucho que de un taxi se tratara.

El tipo con el que me acabé casando le conocí por Internet. Yo no tenía puesta foto alguna en el messenger, tampoco me la pidió, y él… Enrique era calvo incipiente pero majo. Ya entonces opositaba como recaudador de impuestos. Pasamos por la vicaría como dios manda y compartimos un nuevo hogar, pero aquella relación pasó tan inadvertida como con mis padres; nunca nos veíamos. Al principio tuve la osadía de querer tener hijos y a oscuras le buscaba entre las sábanas, pero jamás le encontré. Solía quedarse hasta más allá de las doce, viendo el programa de fútbol que todos los días ponían en el canal de deporte. Demasiado plano de mente para tantos vértices y sus pliegues. Qué sería de mí sin mi joystick a pilas de 25 centímetros de goma pura con su cuarta dimensión…

Un día como otro cualquiera descubrí que, en el laboratorio al que me mudé unos cuantos meses atrás, tenía un compañero que resultaba tan etéreo como yo para el resto de los mortales. Hablábamos poquito pero después todo fluyó. Desayunábamos juntos, comíamos juntos y una tarde, como otra cualquiera, saltaron los fusibles. Estábamos cerca, sentados en las butacas e ironizando sobre la situación, cuando mi mano invisible subió por su pantalón deslizándose bajo la bata. Nos caímos al suelo y allí pasó todo. Como la chimenea de un volcán que, tras siglos de reposo, establecido por un lapsus de tiempo barra espacio, me desholliné como buen deshollinador que fue Alberto. Una dermis, la mía, enfriada por el transcurso de los siglos, rompió en todo un torrente de lava que me resquebrajó para sentirme caliente y extasiada. No sé qué fue de Enrique y tampoco me importó. Salí de de su casa para no volver, pero al menos el resto del mundo me vio pasar por fin.

Finisterre (o donde quedó la praxis)

Antón llevaba tanto tiempo solo que no esperaba a nadie en su funeral. Los únicos que le velaban en vida eran el mismo camarero y los 2 borrachos que frecuentaban más que él todavía aquel bar. Le habían dado un par años de libertad vigilada tras una subsistencia malgastada y, consumidos ambos tiempos, ya sólo le quedaban unos minutos de descuento. Se la sudaba el partido de fútbol que en ese momento emitía la televisión del local, Deportivo contra Sporting, pero estaba allí porque desde hacía días su nevera se quedó sin cervezas. Todo se estaba acabando y lo único que se preguntaba era qué hacer con el tipo que había ido a ver su apartamento apenas unas horas antes y su Citroen ZX, que rozaba la veintena y consumía más gasolina que lo que pudieron cagar los dinosaurios. Por eso, bajar al bar aquel miércoles de invierno para evadirse un rato, a pesar de la que caía, no fue tan mala idea.

Esa tarde, el comercial inmobiliario que fue a valorar su piso no salió de vuelta. Carnés, un viejo conocido desde la infancia, el mismo que le esperaba con la moto al salir de casa de sus padres para meterle una paliza, el mismo que más de una vez abusó de él, rompiéndole el culo en los baños del colegio, ese bastardo que creía ser el mismo dios, se cruzó con satanás. Antón le esperó, cuando le abrió el portal, tras la misma puerta de su casa con el cuchillo más largo y afilado que pudo encontrar. El traje de Carnés llegó empapado ya, pero ahora también en sangre. La corbata que no llevaba se la puso Antón, a la colombiana, rajándole el cuello nada más entrar. Fue rápido y sin palabras, tan sólo se escapó algún gargajo antes de derrumbarse.

Los pocos que quedaban en el bar contaban los segundos antes del pitido final, y Antón, pedía la tercera y última jarra de cerveza. Mientras veía caer aquel oro líquido, con el brío espumoso del grifo, sintió la paz dentro de sí por primera vez en mucho tiempo. Fuera, en la calle, llovía como nunca; a la hora de comer ya habían avisado del tiempo, precipitaciones con fuerte marejada. Cuando tragó el último sorbo de cebada era ya tarde. Subió a su casa, entró silbando una canción famosa de Siniestro Total y con calma, oliendo a mierda aquel cuerpo ahora inerte, ató las cuatro extremidades con la misma cuerda que cogía de su cuello. Eran pasadas las doce y, como antaño se colgaban los corzos antes de llevarlos a la hoguera, arrastró por el suelo el cadáver de Carnés hecho saco hasta meterlo en el ascensor, directo al parking.

Antón tuvo la suerte de no cruzarse con algún vecino en ese momento, pero para lo que le quedaba en este entierro se la sudaba. Dejándose los riñones, lo metió como pudo en el maletero y cerró el portón, pillándole un trozo de la chaqueta. Luego se subió él, cantando sin mucho ritmo lo de bailaré sobre tu tumba, y arrancó sin prisas para salir de allí. Antón vivió y murió en A Coruña. Y aquella noche, el nombre de Finisterre tuvo más sentido que nunca, cuando se despeñó a la mar con todo el maldito equipaje que arrastraba desde hacía años.