La última vez que la llamaron amarrona

A la maestra del pueblo todos le decían amarrona, pero nadie se atrevía a soltárselo a la cara, más aún tras conocer la muerte de Tomás, su marido. Marie fue activista desde bien joven y recorrió medio continente, con la fundación que entonces se creó para salvar a los niños, hasta que se cruzó con él, y por él se quedó en Pueblo Arrecho, rompiendo su billete de vuelta. Tomás no era nadie allí, tan sólo un tipo grande y callado, de piel tan curtida que la hacía más oscura si cabe, al trabajar de sol a sol las huertas de tomates y morrones. Nada de eso evitó que quedara prendado de ella nada más verla, por amarrona que fuera.

Cosas que rara vez ocurren, cual par de agujas encontradas a lo largo y ancho de un pajar, como si fuera un milagro entre dos que no son creyentes. Por eso no tardaron en pasar por el altar. Muchos fueron sus pretendientes, incluido el ayudante del comisario, pero Marie sólo tenía ojos para su Tomás. Él fue quien la rebautizo como Marieta y fueron felices aun con las nupcias. Juanito nació poco después, con los mismos rasgos que su padre, al que apenas conoció más allá de las fotos grises que guardó su madre.

Aquella tarde, la de un recién estrenado septiembre, Marieta tuvo que pasar por comisaría tras lo sucedido días atrás. Entonces, el ayudante del comisario fue encontrado sin vida, tirado en el suelo, con la cabeza reventada, a la salida de atrás de La Tasca. Si no lo hacía ella motu proprio acabaría arrestada, y eso no sería bueno siendo madre viuda. Intentó dejar a Juanito con los hijos de la vecina pero ésta se negó por incapacidad, así que lo llevó de la mano hasta la puerta y, mientras Alfonso la interrogaba, Juanito se quedó en la habitación contigua, con su muñeco de madera y a solas.

—Cuéntemelo otra vez, preciosa. ¿Qué ocurrió la otra noche?
—Ya se lo he contado, comisario. —Marieta, aburrida de oídos sordos, cambió de codo con el que apoyarse sobre la silla—. Cuando llegué a casa la puerta estaba abierta. No le di mayor importancia porque todo estaba en su sitio y Juanito conmigo. La dejaría abierta por el bochorno, o quizás fuera la corriente…
—Bien, Marieta, Marie o como quiera que se llame, fue al colmado por unos recados y poco después ya estaba en la cama, durmiendo supongo, o no, pero… ¿qué paso entre lo uno y lo otro? ¿No tiene a nadie que pueda corroborarlo?
—Tralarí tralará… —canturreaba Juanito al otro lado de la pared.
—¿Le sirven las palabras de mi hijo?
—Me temo que no… —Juanito apenas superaba los 3 años.
—Tendría a mi marido para darle su palabra si no fuera porque alguien le asesinó —le dijo clavándole la mirada—. ¿Sabe ya quién fue, comisario?— escupió con el sarcasmo en los labios mientras una lágrima helada escurrió hasta su mejilla.

Alfonso se removió, incómodo, en su silla con tapiz de cuero seco. Tomó un trago largo de su taza. El olor de aquella infusión humeante lo delataba.

—Eso, Marieta, me da que está relacionado con lo de la noche pasada…
—Tralarí tralará —seguía cantando Juanito.
—Pues deje ese brebaje de ayahuasca y haga lo que tiene que hacer. ¿No le parece, desgraciado?
—¿Quién diablos te crees que eres, maldita zorra?

Alfonso se puso en pie, encolerizado, con los ojos fuera de sus órbitas. Era un hijo de terratenientes, mimado en su infancia y huérfano desde la adolescencia. Sus padres murieron en una noche oscura y él quedó al cuidado de sus tíos, tan lejanos ellos que dieron de bruces con su suerte, pues apenas tenían un chavo para comer.

—¿Sabe cómo la conocen a usted en el pueblo, desde que llegó? —Preguntó, intentando parecer tranquilo.
—¿Se atrevería a decírmelo, comisario?
—A-ma-rrrr…

Tras aquella tarde de cielo plomizo, al caer el sol con todo su peso, la chica que todos la conocían como amarrona se marchó con su hijo para no volver. El hecho de llevar gafas, el pelo siempre recogido en un moño y la ropa impoluta no ayudaba, que sacara de la manga de su chaqueta una vieja Derringer y se cargara de un sólo disparo al único que se atrevió a hacerlo menos aún. El mismo revólver con el que dos noches atrás vengó la muerte de su marido; un tipo receloso, ayudante del comisario, que ya no la perseguiría más. Con ese apodo recordaron a Marieta en Pueblo Arrecho durante muchos años después, sin aclarar lo sucedido allí.

* La canción de los hermanos Záizar salió de México y llegó, entre otros, hasta Pueblo Arrecho.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-99304

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Cita

Feliz día de San Ballantine’s

Porque el alcohol es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, tan monos y juguetones ellos, como el Actimel con Omega 3 lo es para nuestras arterias maltrechas.

Porque sin el bendito Ballantine’s no hubiéramos soportado un día como estos, con sus gentes, sus costumbres y esos decorados de cartón pluma para fechas como ésta, o en su caso conocido (y mucho menos aguantado hasta ahora) a la que es nuestrao parientae.

Da igual si consumes ron, vodka, ginebra, oporto o cualquier otra bebida espirituosa, no es por el whisky sino por lo que representa. Porque ¿qué ha hecho San Valentín por nosotros?

¡Feliz día de San Ballantine’s!

Ella era sorda y él mudo

Cuando Fernando se presentó en la puerta, Sara ya sabía lo que le iba a decir. Le costó años verlo, tanto como los que llevaban juntos, hasta que ella misma se dio de bruces con la realidad que nunca sintió suya. En la cuadrilla, casi todos eran pareja y los chismes siempre fueron su nexo. Pero para Sara, Fernando era tan buen chico que las voces de terceras personas siempre las entendió como envidia cotidiana.

A él le gustaba seguir de fiesta con sus amigos mientras el cuerpo aguantara, a ella le afectaba la carga de sus gemelos por esos tacones que le encantaba vestir. A él no le importaba que Sara quisiera retirarse pronto, ni a ella que Fernando la acompañara hasta el primer taxi. Era una combinación tan perfecta, la de esa pareja, como la del ron y anfetas que Fernando consumía a la vuelta y sin control, hasta mojar con la primera dama que se rozara con él, fuera o no de pago.

Por muchas flores, cenas entre velas y tequieros regalados al peso, Fernando llevó una doble vida, tan oscura como el gran cerdo ibérico de pata negra que era, a espaldas de la inocente Sara. Muchos le venían avisando desde tiempo atrás, incluso algún amigo común, pero ella quiso ser sorda mientras él fuera mudo. Ciega al menos no fue a pesar de su miopía. Sara pasó por alto la bolsita de anfetaminas que encontró en su coche y algún que otro envoltorio residual de un preservativo perdido en los bolsillos. —El Manu, que se pone hasta el culo y no controla— fue siempre la coartada de Fernando, con el único soltero y perdido de la vida.

Manuel era un buen tipo, amigo de sus amigos, un tanto rezagado y demasiado sincero cuando sentía que debía serlo. A él siempre le gustó Sara, vecinos desde la infancia, pero nunca se atrevió a decirle nada. Nunca hasta entonces. Cuando las vueltas de su cabeza acumularon noches y noches sin dormir, quiso mostrarle a su amor platónico lo que por sus ojos entraba cada noche de fiesta pervertida, Fernando mediante. Quedó varias veces con ella para dar un paseo y mostrarle aquel lado oscuro de la barrera que ahora les separaba. Quiso ser suave y empezó por la no conveniencia de aquella relación y sus diferencias, para terminar con los despropósitos físicos y carnales de los que podía dar fe.

Todas las historias que habían llegado hasta los oídos de Sara nunca fueron bien entendidas, para ella tan sólo resultaron ser celos de un amor no correspondido. Pero Manuel quiso llevarlo más allá y, una de todas esas noches de descontrol desenfrenado de Fernando, usó la cámara de su móvil para dar fe de ello de manera explícita, tanto por la forma como por el contenido. La siguiente vez que quedaron, él y su amada vecina, fue un antes y un después.

De repente, el día se hizo noche y el frío de aquella realidad, tan desconocida hasta ahora por Sara, caló en lo más profundo de sus vísceras; no supo entender cómo la cornamenta que vestía le había permitido pasar por las puertas sin agacharse y embutirse aquel gorro que usaba cuando hacía frío sin agujerearlo. Tras largas horas de café y llantos, preguntándose tantos porqués sin respuesta posible, Sara lo tuvo claro; aquella relación había llegado a su fin.

Sara hizo suyas todas aquellas fotos y, nada más entrar por la puerta de su casa, encolerizada, amontonó dentro de la bañera todo lo que tuviera que ver con Fernando; su toalla de ducha, su ropa, su portátil, su maquinilla de afeitar, su cepillo de dientes, su colonia… todo, y acto seguido le prendió fuego. Después dejó una nota sobre el recibidor, siendo hijodeputa lo mejor que le pudo poner, ahí donde ambos dejaban las llaves al entrar, y volvió al lecho de sus padres tras tanto tiempo fuera.

Nada más llegar Fernando a su hogar olió la chamusquina, leyó aquella carta de Sara y cayó desmayado por el colapso que todo aquello le supuso. En cuanto pudo recuperarse, lo primero que hizo fue llamar a su Sarita hasta quedarse sin batería, su amor perdido y chamuscado por tanta mierda que ocultó a sus espaldas. Al final lo consiguió y, 24 horas después, embutido en el mejor traje así como el más caro de los anillos de compromiso que pudo encontrar en tan poco tiempo, fue hasta aquel banco a la puerta del parque donde acordaron verse de nuevo, el mismo banco donde solían sentarse años atrás a ver las horas pasar entre besos tímidos de unos recién enamorados.

Sara se adelantó para estar preparada y le esperó. Fernando apareció justo a la hora fijada, con la cara caída y los ojos vidriosos, y en cuanto estuvo a sus pies se puso de rodillas, mostrando con lágrimas su arrepentimiento. Ella no movió ni una ceja, ni siquiera pestañeó, y en cuanto él sacó de la chistera aquel anillo para ofrecerla matrimonio, le dijo impávida: para mí estás muerto, so cabrón. Antes de terminar la última sílaba, quizás llevada por la acentuación, Sara le agarró de la muñeca con una mano y con la otra, en una abrir y cerrar de ojos, le rajó el cuello de lado a lado con una pequeña navaja tan afilada que apenas tuvo que apretar.

No había pasado ni un segundo cuando Fernando cayó desplomado sobre un charco de su propia sangre y Sara, con su tez tan blanca como siempre, atusándose el pelo, salió de allí por donde había venido sin síntoma alguno de culpabilidad por lo ocurrido.

Invisible no, lo siguiente

Desde bien pequeña pasaba inadvertida, mis padres no tuvieron el valor de traer nadie más al mundo tras el error que cometieron sin marcha atrás posible. Los únicos amigos de mi infancia fueron barbies y peluches que a mí no me hicieron ni puto caso pero sí a sus homónimos; Ken se lo montó de lujo con cada una de mis muñecas mientras los ositos de peluche dieron inicio a lo que ahora se conoce como bukake. Mejor no entrar en detalles. Los que a escondidas parecían maldecir al mismo dios por traerme al mundo pasaban más tiempo fuera que dentro de casa. Apenas les veía porque, al parecer, trabajaban hasta horas intempestivas; la única persona de la faz de la tierra que me hacía algo de caso era mi tata. Conchita se llamaba a pesar de ser argentina. La muy boluda pulía los suelos a base de retorcer la fregona, pasándola conmigo encima agarrada al palo. Siempre lo hacía y aun así cada una de las veces se sorprendía —¿che, vos de dónde saliste, si no te veo?—. Era tan mulata que de niña me recordaba a la pitonisa de Gosht.

En el colegio ocurría lo mismo. Pasaba tan inadvertida que no sólo los profesores nunca me sacaron a la pizarra, sino que el resto de alumnos, independientemente de su sexo, jamás quisieron jugar conmigo. Intenté hacerme ver en el recreo pero nadie me elegía para jugar a la comba barra cuerda o cualquier juego de balón, tan sólo el escondite, pero nadie me encontraba. Eso continuó en mi pubertad, dentro y fuera de la facultad de biología; quizás mis gafas de culo de vaso y esos braquets tuvieron mucho que ver. Cómo sería que ni yo misma me veía en el espejo. Me sentí tan identificada con la niña de la curva que no sé cuántos relatos leí sobre ella, solo que nadie paró a recogerme, por mucho que de un taxi se tratara.

El tipo con el que me acabé casando le conocí por Internet. Yo no tenía puesta foto alguna en el messenger, tampoco me la pidió, y él… Enrique era calvo incipiente pero majo. Ya entonces opositaba como recaudador de impuestos. Pasamos por la vicaría como dios manda y compartimos un nuevo hogar, pero aquella relación pasó tan inadvertida como con mis padres; nunca nos veíamos. Al principio tuve la osadía de querer tener hijos y a oscuras le buscaba entre las sábanas, pero jamás le encontré. Solía quedarse hasta más allá de las doce, viendo el programa de fútbol que todos los días ponían en el canal de deporte. Demasiado plano de mente para tantos vértices y sus pliegues. Qué sería de mí sin mi joystick a pilas de 25 centímetros de goma pura con su cuarta dimensión…

Un día como otro cualquiera descubrí que, en el laboratorio al que me mudé unos cuantos meses atrás, tenía un compañero que resultaba tan etéreo como yo para el resto de los mortales. Hablábamos poquito pero después todo fluyó. Desayunábamos juntos, comíamos juntos y una tarde, como otra cualquiera, saltaron los fusibles. Estábamos cerca, sentados en las butacas e ironizando sobre la situación, cuando mi mano invisible subió por su pantalón deslizándose bajo la bata. Nos caímos al suelo y allí pasó todo. Como la chimenea de un volcán que, tras siglos de reposo, establecido por un lapsus de tiempo barra espacio, me desholliné como buen deshollinador que fue Alberto. Una dermis, la mía, enfriada por el transcurso de los siglos, rompió en todo un torrente de lava que me resquebrajó para sentirme caliente y extasiada. No sé qué fue de Enrique y tampoco me importó. Salí de de su casa para no volver, pero al menos el resto del mundo me vio pasar por fin.

Finisterre (o donde quedó la praxis)

Antón llevaba tanto tiempo solo que no esperaba a nadie en su funeral. Los únicos que le velaban en vida eran el mismo camarero y los 2 borrachos que frecuentaban más que él todavía aquel bar. Le habían dado un par años de libertad vigilada tras una subsistencia malgastada y, consumidos ambos tiempos, ya sólo le quedaban unos minutos de descuento. Se la sudaba el partido de fútbol que en ese momento emitía la televisión del local, Deportivo contra Sporting, pero estaba allí porque desde hacía días su nevera se quedó sin cervezas. Todo se estaba acabando y lo único que se preguntaba era qué hacer con el tipo que había ido a ver su apartamento apenas unas horas antes y su Citroen ZX, que rozaba la veintena y consumía más gasolina que lo que pudieron cagar los dinosaurios. Por eso, bajar al bar aquel miércoles de invierno para evadirse un rato, a pesar de la que caía, no fue tan mala idea.

Esa tarde, el comercial inmobiliario que fue a valorar su piso no salió de vuelta. Carnés, un viejo conocido desde la infancia, el mismo que le esperaba con la moto al salir de casa de sus padres para meterle una paliza, el mismo que más de una vez abusó de él, rompiéndole el culo en los baños del colegio, ese bastardo que creía ser el mismo dios, se cruzó con satanás. Antón le esperó, cuando le abrió el portal, tras la misma puerta de su casa con el cuchillo más largo y afilado que pudo encontrar. El traje de Carnés llegó empapado ya, pero ahora también en sangre. La corbata que no llevaba se la puso Antón, a la colombiana, rajándole el cuello nada más entrar. Fue rápido y sin palabras, tan sólo se escapó algún gargajo antes de derrumbarse.

Los pocos que quedaban en el bar contaban los segundos antes del pitido final, y Antón, pedía la tercera y última jarra de cerveza. Mientras veía caer aquel oro líquido, con el brío espumoso del grifo, sintió la paz dentro de sí por primera vez en mucho tiempo. Fuera, en la calle, llovía como nunca; a la hora de comer ya habían avisado del tiempo, precipitaciones con fuerte marejada. Cuando tragó el último sorbo de cebada era ya tarde. Subió a su casa, entró silbando una canción famosa de Siniestro Total y con calma, oliendo a mierda aquel cuerpo ahora inerte, ató las cuatro extremidades con la misma cuerda que cogía de su cuello. Eran pasadas las doce y, como antaño se colgaban los corzos antes de llevarlos a la hoguera, arrastró por el suelo el cadáver de Carnés hecho saco hasta meterlo en el ascensor, directo al parking.

Antón tuvo la suerte de no cruzarse con algún vecino en ese momento, pero para lo que le quedaba en este entierro se la sudaba. Dejándose los riñones, lo metió como pudo en el maletero y cerró el portón, pillándole un trozo de la chaqueta. Luego se subió él, cantando sin mucho ritmo lo de bailaré sobre tu tumba, y arrancó sin prisas para salir de allí. Antón vivió y murió en A Coruña. Y aquella noche, el nombre de Finisterre tuvo más sentido que nunca, cuando se despeñó a la mar con todo el maldito equipaje que arrastraba desde hacía años.

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Gula

Cuando Isaak se sentaba a una mesa nunca podía arrimarse demasiado a menos que se inclinara hasta ella. La oficina quedaba demasiado lejos de casa y siempre comía en el bar que estaba a los pies del edificio; si en el menú había plato de cuchara como primero volvía con la corbata manchada, ley de Newton. Para los que se cruzaban con él más de una vez, fueran nuevos y no tan nuevos, Isaak era el “Quijote de la mancha” con unas cuantas toneladas de más porque, según ellos, parecía haberse comido a su Rocinante. Él ya se lo pasaba por el gaznate, las unidades de tiempo y medida no valían más que hacer horas extras en su jornada laboral con un buen traje de saldo.

En algún momento, el de una vida ya extinguida, Isaak estuvo casado por amor carnal hasta que ésta lo vomitó. Desde entonces vivía solo; la persona que más amaba era esa niña preciosa que tuvo y ahora apenas veía los fines de semana y alguna fiesta de guardar. En su juventud perdida por el peso de los años, Isaak jugaba al tenis como McEnroe y lucía tipo a lo Bogart, poco después tan sólo veía a Federer y Master Chef por televisión. El grueso de su vida lo llevaba no sólo a sus espaldas, haciendo exiguas las opiniones que su perfil pudiera merecer, pero mientras quedaran buenos chuletones y mejores vinos que los acompañara el resto de bocas podían irse al carajo.

¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor de aquella noche; sentía que el aire fuera más denso y por eso le costara respirar. Todo le pesaba, hasta sus gafas, pero cuando soltó aquel cuchillo era demasiado tarde ya, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para ese todo y para su nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo porque su amenaza acabó siendo real. La culpa era de ella, porque ella fue quien le obligó a ejecutar su destino contra su voluntad. La casa permanecía en penumbra y aun así podía ver la silueta del cadáver tirado en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y su pelo enmarañado extendido sobre el charco de su propia sangre. El silencio se apoderó del que fue su hogar hasta entonces y con él volvió la calma; un vacío que peregrinó hasta extenderse por cada rincón, que se apoderó de cada objeto, ente y órgano que contuviera para hacerlo suyo.

La incertidumbre había entrado en aquel cuarto, colándose por la ventana, y se sentó junto a ella. Observó aquel cuerpo despojado de vida y luego, mirándole fijamente a él, le preguntó: —¿Y ahora, qué?— El aludido levantó su cabeza ebria, pero no acertó a responder más que sílabas sin sentido. En esa habitación había dos cuerpos de los que, por razones bien distintas, sus almas quedaban muy lejos. Aquel tipo hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de paseos sin horas por el parque, cogidos de la mano y palabras edulcoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y más tequieros de una época tan lejana que casi parecían ser de la vida de otros, porque ya casi ni los recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta donde ahora se encontraban. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio se diluyó entre el ruido de la calle a esas horas de la noche y, tras la puerta del dormitorio, se oyeron unos pasos que tímidamente se acercaban. Por el quicio asomó la cabeza de su pequeño, el hijo muerto de once años. —¿Mamá?— Y ella de repente parpadeó, se incorporó y se acercó hasta él. —Mamá está bien, cariño— y rodeándole con el brazo salieron tranquilamente de allí sin mirar atrás.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había más vuelta atrás. Maldecía, repitiendo hijaputa sin descanso ni respiro, suspirando con amargura desde aquella esquina en la que permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado, y rompió a llorar como malnacido que era. Estaba borracho, todo le daba vueltas, y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra. Devolvió hasta sus tripas, tan fuerte que los mocos que le colgaban de la nariz se pegaron a la comisura de sus labios. Luego se limpió, usando su antebrazo como trapo que era, intentando mantenerse erguido, y dio un traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer sujetarse, tuvo la mala suerte de no encontrar pared sino ventana, la misma que seguía abierta, y por ella se precipitó al vacío. Siete pisos de caída libre para estrellarse pocos segundos después junto a los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio su cuerpo reventarse contra el suelo a escasos metros, quedándose inmóvil y tan sorprendido que, cuando pudo reaccionar, su caniche Coco estaba metido hasta las orejas en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.

El trofeo de Ben-Hur

Pego un trago de mi copa e inexplicablemente se me escurre de las manos para ir a despedazarse contra el suelo y derramar los fluidos alcohólicos que esperaba ingerir. Oigo un “lo siento” y trato de hacerle comprender que las disculpas, a veces, no bastan. Pero mientras se lo explico, dos entes en sí mismas con alguna dimensión de más que yo, me invitan a cruzar el umbral de la mía y de repente me encuentro aparcado en un coche mal apoyado, más solo que la luna, con una docena de copas en mi haber y restos de sangre en mis manos. Calándome el otoño en su lluvia tan fina como alfileres, sin entender cómo momentos antes estaba hablando con una rubia oxigenada sin nada que le rellenara la blusa y ahora no, reviso que mis orificios y apéndices se encuentren en perfecto estado. La deducción final es que la sangre no es mía, porque sí, y tiro calle abajo, chapoteando en los charcos como cuando uno era un crío y los mocos me colgaban hasta la barbilla.

Es en mi peregrinar cuando me veo asaltado por una extraña mujer. Esmarelda, una bonita mexicana de rasgos tan exóticos como ellos sólos, me incita a teletransportarme a su cubículo, entre patio de recreo y antro de lujuria, que tiene tras de sí a cielo abierto, invitándome a un trago. “Llévame contigo” la susurro al oído, y con su cintura ocupando mi brazo introduzco mis pantalones en algo tan grandioso como lo que guardo bajo ellos. Entramos y se abre ante mí un lugar enorme, infestado de extranjeros y barras en las que sorber mojitos y mendigar amor. Esmarelda pide los tragos, nos sirven dos tequilas con sal y limón y brindamos. Me deshago de la sal y el limón y degluto el resto. —Reina, ponme un güiscola—, y la descendiente de los grandes pueblos Mayas, Aztecas e Incas, medio bruja medio ninfa, le dice algo al cuello de mi camisa y me besa, me atrapa en sus fauces, me pierde y me enamora para luego desaparecer por delante de su trasero.

Tomo mi copa, ocupo mi boca, lo paladeo y tranquilamente lo degluto. Repito la misma rutina con el humo de mi cigarro, cuestión de tragaderas. Veo raro, parpadeo y descubro estar rodeado de maniquíes de plástico y vinilo, perfectamente engalanados, doblando y contorsionándose al ritmo de los sonidos que hacen palpitar los líquidos de los vasos que descansan sobre la barra. Abrumado, me abro camino por el interior del paraíso hasta las puertas del excusado para, de rodillas frente al inodoro, meterme una raya tan larga como la autopista que cruza Texas. Cierro los ojos, exhalo, suspiro, finiquito mi copa y al salir de nuevo soy deslumbrado por un lejano destello, una luz cuasicelestial y omnipotente que probablemente poco tenga que ver con nada divino o su contrario; una luz parpadeante, deambulante e irisciente que quema mi retina y atraviesa mi cráneo como un rayo X, iluminando las cabezas y sus pelucas que me acompañan en la noche.

Me siento como Kirk Douglas en el coliseo romano de Ben-Hur, avanzando entre el ruido de los bultos hacia la luz, camino de la arena. Muevo los pies y el suelo se mueve con ellos, es arena sin duda. La luz me inunda, me atrapa, oigo el rugir de los leones cartón piedra y siento sus zarpazos, amenazándome con sus movimientos bestiales, con sus bocas atroces, enseñando colmillos como sables, y me río a carcajada limpia. Están ahí, y les escupo y les tiro el cigarrillo. Las luces me abrasan la piel de tal forma que tengo que echarme la copa por encima y desabrocharme la camisa, un hombre no puede enfrentarse a las bestias vestido de domingo, dónde se ha visto… Y me muevo y esquivo las garras mortales de esas criaturas que silban en el aire.

Soy rápido y escurridizo, soy inmaterial, soy un fantasma, un ángel del averno, y como tal me río de las criaturas de cartón pluma tan falsas como Judas. Dios ha muerto en sus manos, Enrique Iglesias ha acabado con él y se impone con ese amigo suyo que se hace llamar Descemer Bueno. Me siento como Kirk Douglas subido en su cuadriga, peleando contra los romanos, ebrios de poder; ellos luchando por la bondad del César y yo por esa mujer que me trajo hasta aquí para salvarla.

En lo alto del palco está Esmarelda junto a su malvado pretendiente, un tipo sin prejuicios que la obliga a contraer matrimonio para salvar la vida y tierras de sus padres y hermanas. Tan borracho estoy de amor por ella que mordería su polvo, mataría a mi madre muerta y profanaría su tumba por sólo el susurro de sus cabellos en mi piel, por la caricia de los besos con sus labios embriagando los míos. Flagelo mis cuatro caballos indoeuropeos y escupo y pateo a los romanos que osan acercarse hasta mí. Soy el dueño y señor, soy el príncipe destronado, el amo de la pista, el Checo Pérez de las cuadrigas, y ni los Iglesias arrebatarán mi triunfo, la hasta ahora futura esposa del César. Oigo los ánimos del público desde el otro lado de la grada, empujándome a la victoria que les lleve a su libertad. Suena una corneta, última vuelta. Aprieto los dientes y le doy a la fusta, la gloria será mía, ningún desgraciado con falda y casco orejero me la arrebatará. Mis caballos cortan el viento, cabalgan raudos hacia la meta, salen chispas de sus herraduras y al fin llegamos los primeros. Bajo del carro y tiro el látigo, he ganado la carrera y quiero mi trofeo, mi Oscar de Hollywood, la cabeza del César.

Desenfundo del cinturón mi cuchillo, y con él entre los dientes escalo por las gradas hasta el palco presidencial. Todo es nada, poco me importa, la quiero a ella, oyéndola gritar mi nombre, y sudar mucho amor juntos. Mi reina, mi diosa, voy por ti Esmarelda, ya siento tu aliento, el calor de tus muslos… Y duele, duele porque no es tu sudor sino mi sangre adulterada la que chorrea por mi piel. Malditos sean estos sucios romanos, malditas sean sus malas artes, las que me derriban sacándome del coliseo. Maldita sea la lluvia que empapa mis ropas y malditas sean mis fuerzas, las que me abandonan en el peor momento. Estos romanos embutidos con sus faldas me golpean una y otra vez de forma afeminada, sí, pero contundente también.

Siento los adoquines de la calle bajo mi cráneo abandonado. Kirk Douglas fue un borracho, su hijo un mujeriego y yo me siento como un maniquí de bazar. Me caen más hostias que en las misas de Semana Santa, recibo y recibo, pero soy el Ave Fénix y resurgiré de mis cenizas para cobrar cara mi derrota. Soy Yahvé, el creador del todo a partir de la nada. Vengaré mis heridas, mataré a los fariseos y engendraré una larga estirpe que comande mis ejércitos con el apoyo de mi voluptuoso trofeo de apretado sostén llamado Esmarelda. Hasta entonces descansaré, celestiales y…

…trataré de levantar mis huesos del húmedo pavimento…

…sobre el que tienden mis aún humanas vísceras cárnicas…

…y volveré,

…juro por Yahvé que volveré…

…cuando…

…recupere…

…el…

 

Nota: la idea original es de octubre de 2008, mientras escuchaba a The Cure con su Fascination Street. Enrique Iglesias bailando lo cambió todo aunque bien podría haber sido Ricky Martin con “La Mordidita”, sin pastillas ni mierdas eso sí ;)

Duele cuando no estáis

Resulta muy duro seguir solo el camino, todo un desafío literalmente. Por mucha pluma y vino que se tercie me faltáis en cada mano. Os siento tan lejos después del tiempo que hemos pasado juntos, de todas esas noches en las que tardaba en salir el sol, que ya no queda luna, la botella está vacía y mis manos congeladas. Me abandonasteis en el peor momento, os fuisteis con el mejor postor y postrado me quedé en mitad del vacío. Sin vosotras siento frío, el de este amanecer tan gris, con un cielo de nubes tan denso como descolorido que no atraviesa ni la luz. Despierto entre montañas y no parece que fuera ayer cuando estábamos en la playa, oliendo a arena y aguamarina los tres. Tan lentas pasan las horas que me ahogo, por muy lejos que esté ahora de la mar.

Me vengaré, ya lo creo que me vengaré, aquel que se os llevó tiene las horas contadas, rajaré sus venas y si hace falta mancharé el papel aún en blanco con su sangre a borbotones. Juro venganza contra aquel que osó llevaros con él, el que os quitó de mi lado. Las fuerzas que todavía me faltan de nada importarán, porque cuando menos se lo espere ese canalla allí que estaré para defender mi honor perdido. Vosotras lo sabéis, os fuisteis con esos que aúllan ser lo que yo y por ellos que volveréis conmigo. Os traeré de nuevo a mi lado, a la cama os ataré si hace falta, pero volveremos a ser lo que antes fuimos, las musas de un tipo que os serigrafía, siempre con mi tinta y por escrito.