Encadenados

Muchas veces, la gruesa capa de la cotidianidad en nuestras vidas aburre. Recíclate y sabrás cómo hacerlo, cueste lo que cueste. Te damos las claves para subsistir. Tiras los dados de nuevo, pero no sale un 7 o un 11 ni de coña, por más que lo intentes. Es lo que hay, ni ganas ni pierdes, simplemente sigues jugando. Donde caben 2 caben 3, pero ni siquiera pasas del solitario con las cartas. Tascas de barrio que frecuentas, inmundas, lo corroboran. Rancios como tú no tenéis mejor sitio en este mundo. Donde lo bueno es bonito y lo bonito caro. Rompe la baraja y deja de llorar. Rara es la vez que no te cagas en dios, pero ¿haces algo para remediarlo? Lo que no sé es cómo cojones sigues aquí. Hincaste el codo para masturbarte, no para estudiar una mierda. Da y recibirás. Rasca y gana. Nada, por mucho que lo intentes no ganarás un carajo. Jódete. Te lo dijeron tantas veces que ríes por no llorar. Rara es la vez que lloras. Raso a cada paso. Sobran los motivos, ya lo cantaba Sabina. Nada es para siempre. Pregúntale a él, a ver qué nos dice. Centrémonos en esta copa y con las siguientes que sea lo que dios quiera. Rájate y estarás jodido. Dolor no es precisamente lo que sientes, sino rabia contenida. Dando palos de ciego. Golpes después de todo. Donde ya no queda nada. Dados tan solo. Lo único que permanece cuando todo acaba. Bailando sobre una cuerda demasiado floja, dando por sentado que no sabes un carajo. Jódete, ¿qué coño esperabas? Bastante tienes ya para haber cavado tu fosa. Salta, grita y córtate las venas, o aguanta mientras puedas si no. Notarás hervir la sangre, palpitando tu corazón como los redobles de un tambor. Bordeas los recuerdos que vienen a tu mente, cierras los ojos y respiras hondo. Dopamina pura y dura. Rasgas tu córtex buscando algún hueco donde cobijarte y que pase la tormenta. Tan locos estamos que todos lo hacemos, antes o después. Pues es lo que hay cuando a veces, muchas veces, la gruesa capa de la cotidianidad en nuestras vidas aburre…

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Un enano encabronado

El Johny decía ser francés, le gustaba sentir el francés en sus carnes, pero llevaba tiempo sin practicarlo a pesar de proclamar su orientación sexual a los cuatro vientos. Aquella noche, siendo de faena, iba embutido en un mono de cuero con tachuelas, gorra y botas incluidas. Bajó a la calle y, atusándose aquella barba de hipster que, al ser enano, le llegaba casi hasta las rodillas, esperó su taxi previa reserva. Le jodían más los rizos anudados que el tiempo de retraso.

—¿A dónde le llevo?
—Tire uzté pa Zerrano.
—¿Algún número o algo?
—Por el colon.
—Supongo que a la altura de Alcalá…
—Qué graciozo ez uzté.

El taxista no entendió lo que aquel enano quiso decir con ese chiste, pero tampoco sería la primera vez. Otro cliente raro pensó, desviando la vista a su izquierda para incorporarse a la circulación, y desde la plaza de República Argentina enfilaron por Príncipe de Vergara hasta coger Serrano calle abajo.

—Tiene un acento que no es de aquí, ¿le importa que le pregunte de dónde es?
—Noombre, no. De Marzella.
—¿Marsella?, ¿la misma Marsella donde emigraron mis padres?
—Pue ze. Loh míoh ze fueron de allí pal caló del zú.
—¿Andalucía?
—Jeré.
—¿Cádiz?
—Que no, Jeré.
—Bueno… buena mezcla, acento francés y andaluz, como una buena tortilla.
—¿Como una buena tortilla?
—Sí, bueno, como una tortilla francesa pero con camarones…
—¿Me eztá llamando gabasso tortillero?
—No hombre…
—¿Me llama hombre ponno desir enano?
—Oiga, discúlpeme, que yo no quería faltarle al respeto…
—Claro, claro… Yo zoy enano, ¿y? ¡A mussa honra!
—Bien por usted, pero no me malinterprete.
—¿Que no le malinterprete, fasha mizoginio de mierda?
—¡Mecagoenlaputa, será posible…!

El taxista pegó tal frenazo que el Johny se estampó contra su asiento para salir rebotado después hacia atrás. Entonces, dándose media vuelta, le espetó que saliera de su coche —echando leche…—. El plural del lácteo en cuestión se quedó en singular por la fuerza. Aquella “ese” faltante no pudo escapar de su garganta porque un cuchillo de más de diez dedos le rajó el cuello de lado a lado. Nadie de fuera pudo percatarse de lo sucedido por culpa de sus móviles incesantes de mensajes instantáneos. El Johny tomó su tiempo en apretar hasta que aquella laringe rota acalló su silbido. —¡Vive la France!— repetía una y otra vez. Después, empujó al muerto con todas sus fuerzas hasta el asiento del copiloto, se puso en su lugar y pisó el acelerador para escapar de allí hasta quién sabe dónde, como alma que lleva el diablo, tras atusarse la barba mirándose en el espejo.

Mientras aquel enano conducía para alejarse del centro recordó que, apartando al taxista de su puesto, una cosa muy muy dura abultaba su entrepierna. En ese momento, fue consciente de que estaba cachondo y nunca antes había probado follar con un muerto que la tenía tan erecta como él. Ya lo decía Siniestro Total, todos los ahorcados mueren empalmados, aunque éste no acabara colgado de una soga.

Esa noche, el Johny no actuó en el local de despedidas de solteras cachondas que se encontraba a escasos metros de donde todo esto tuvo lugar. El responsable de eventos tan solo recibió un esemese en el que aquel enano embutido en cuero le decía estar jodido y encamado por una gripe de última hora. Meses después, la policía encontró aquel taxi desguazado en Las Barranquillas. De ambos ocupantes nada saben los medios públicos aún.

La última vez que la llamaron amarrona

A la maestra del pueblo todos le decían amarrona, pero nadie se atrevía a soltárselo a la cara, más aún tras conocer la muerte de Tomás, su marido. Marie fue activista desde bien joven y recorrió medio continente, con la fundación que entonces se creó para salvar a los niños, hasta que se cruzó con él, y por él se quedó en Pueblo Arrecho, rompiendo su billete de vuelta. Tomás no era nadie allí, tan sólo un tipo grande y callado, de piel tan curtida que la hacía más oscura si cabe, al trabajar de sol a sol las huertas de tomates y morrones. Nada de eso evitó que quedara prendado de ella nada más verla, por amarrona que fuera.

Cosas que rara vez ocurren, cual par de agujas encontradas a lo largo y ancho de un pajar, como si fuera un milagro entre dos que no son creyentes. Por eso no tardaron en pasar por el altar. Muchos fueron sus pretendientes, incluido el ayudante del comisario, pero Marie sólo tenía ojos para su Tomás. Él fue quien la rebautizo como Marieta y fueron felices aun con las nupcias. Juanito nació poco después, con los mismos rasgos que su padre, al que apenas conoció más allá de las fotos grises que guardó su madre.

Aquella tarde, la de un recién estrenado septiembre, Marieta tuvo que pasar por comisaría tras lo sucedido días atrás. Entonces, el ayudante del comisario fue encontrado sin vida, tirado en el suelo, con la cabeza reventada, a la salida de atrás de La Tasca. Si no lo hacía ella motu proprio acabaría arrestada, y eso no sería bueno siendo madre viuda. Intentó dejar a Juanito con los hijos de la vecina pero ésta se negó por incapacidad, así que lo llevó de la mano hasta la puerta y, mientras Alfonso la interrogaba, Juanito se quedó en la habitación contigua, con su muñeco de madera y a solas.

—Cuéntemelo otra vez, preciosa. ¿Qué ocurrió la otra noche?
—Ya se lo he contado, comisario. —Marieta, aburrida de oídos sordos, cambió de codo con el que apoyarse sobre la silla—. Cuando llegué a casa la puerta estaba abierta. No le di mayor importancia porque todo estaba en su sitio y Juanito conmigo. La dejaría abierta por el bochorno, o quizás fuera la corriente…
—Bien, Marieta, Marie o como quiera que se llame, fue al colmado por unos recados y poco después ya estaba en la cama, durmiendo supongo, o no, pero… ¿qué paso entre lo uno y lo otro? ¿No tiene a nadie que pueda corroborarlo?
—Tralarí tralará… —canturreaba Juanito al otro lado de la pared.
—¿Le sirven las palabras de mi hijo?
—Me temo que no… —Juanito apenas superaba los 3 años.
—Tendría a mi marido para darle su palabra si no fuera porque alguien le asesinó —le dijo clavándole la mirada—. ¿Sabe ya quién fue, comisario?— escupió con el sarcasmo en los labios mientras una lágrima helada escurrió hasta su mejilla.

Alfonso se removió, incómodo, en su silla con tapiz de cuero seco. Tomó un trago largo de su taza. El olor de aquella infusión humeante lo delataba.

—Eso, Marieta, me da que está relacionado con lo de la noche pasada…
—Tralarí tralará —seguía cantando Juanito.
—Pues deje ese brebaje de ayahuasca y haga lo que tiene que hacer. ¿No le parece, desgraciado?
—¿Quién diablos te crees que eres, maldita zorra?

Alfonso se puso en pie, encolerizado, con los ojos fuera de sus órbitas. Era un hijo de terratenientes, mimado en su infancia y huérfano desde la adolescencia. Sus padres murieron en una noche oscura y él quedó al cuidado de sus tíos, tan lejanos ellos que dieron de bruces con su suerte, pues apenas tenían un chavo para comer.

—¿Sabe cómo la conocen a usted en el pueblo, desde que llegó? —Preguntó, intentando parecer tranquilo.
—¿Se atrevería a decírmelo, comisario?
—A-ma-rrrr…

Tras aquella tarde de cielo plomizo, al caer el sol con todo su peso, la chica que todos la conocían como amarrona se marchó con su hijo para no volver. El hecho de llevar gafas, el pelo siempre recogido en un moño y la ropa impoluta no ayudaba, que sacara de la manga de su chaqueta una vieja Derringer y se cargara de un sólo disparo al único que se atrevió a hacerlo menos aún. El mismo revólver con el que dos noches atrás vengó la muerte de su marido; un tipo receloso, ayudante del comisario, que ya no la perseguiría más. Con ese apodo recordaron a Marieta en Pueblo Arrecho durante muchos años después, sin aclarar lo sucedido allí.

* La canción de los hermanos Záizar salió de México y llegó, entre otros, hasta Pueblo Arrecho.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-99304

Cita

Feliz día de San Ballantine’s

Porque el alcohol es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, tan monos y juguetones ellos, como el Actimel con Omega 3 lo es para nuestras arterias maltrechas.

Porque sin el bendito Ballantine’s no hubiéramos soportado un día como estos, con sus gentes, sus costumbres y esos decorados de cartón pluma para fechas como ésta, o en su caso conocido (y mucho menos aguantado hasta ahora) a la que es nuestrao parientae.

Da igual si consumes ron, vodka, ginebra, oporto o cualquier otra bebida espirituosa, no es por el whisky sino por lo que representa. Porque ¿qué ha hecho San Valentín por nosotros?

¡Feliz día de San Ballantine’s!

Ella era sorda y él mudo

Cuando Fernando se presentó en la puerta, Sara ya sabía lo que le iba a decir. Le costó años verlo, tanto como los que llevaban juntos, hasta que ella misma se dio de bruces con la realidad que nunca sintió suya. En la cuadrilla, casi todos eran pareja y los chismes siempre fueron su nexo. Pero para Sara, Fernando era tan buen chico que las voces de terceras personas siempre las entendió como envidia cotidiana.

A él le gustaba seguir de fiesta con sus amigos mientras el cuerpo aguantara, a ella le afectaba la carga de sus gemelos por esos tacones que le encantaba vestir. A él no le importaba que Sara quisiera retirarse pronto, ni a ella que Fernando la acompañara hasta el primer taxi. Era una combinación tan perfecta, la de esa pareja, como la del ron y anfetas que Fernando consumía a la vuelta y sin control, hasta mojar con la primera dama que se rozara con él, fuera o no de pago.

Por muchas flores, cenas entre velas y tequieros regalados al peso, Fernando llevó una doble vida, tan oscura como el gran cerdo ibérico de pata negra que era, a espaldas de la inocente Sara. Muchos le venían avisando desde tiempo atrás, incluso algún amigo común, pero ella quiso ser sorda mientras él fuera mudo. Ciega al menos no fue a pesar de su miopía. Sara pasó por alto la bolsita de anfetaminas que encontró en su coche y algún que otro envoltorio residual de un preservativo perdido en los bolsillos. —El Manu, que se pone hasta el culo y no controla— fue siempre la coartada de Fernando, con el único soltero y perdido de la vida.

Manuel era un buen tipo, amigo de sus amigos, un tanto rezagado y demasiado sincero cuando sentía que debía serlo. A él siempre le gustó Sara, vecinos desde la infancia, pero nunca se atrevió a decirle nada. Nunca hasta entonces. Cuando las vueltas de su cabeza acumularon noches y noches sin dormir, quiso mostrarle a su amor platónico lo que por sus ojos entraba cada noche de fiesta pervertida, Fernando mediante. Quedó varias veces con ella para dar un paseo y mostrarle aquel lado oscuro de la barrera que ahora les separaba. Quiso ser suave y empezó por la no conveniencia de aquella relación y sus diferencias, para terminar con los despropósitos físicos y carnales de los que podía dar fe.

Todas las historias que habían llegado hasta los oídos de Sara nunca fueron bien entendidas, para ella tan sólo resultaron ser celos de un amor no correspondido. Pero Manuel quiso llevarlo más allá y, una de todas esas noches de descontrol desenfrenado de Fernando, usó la cámara de su móvil para dar fe de ello de manera explícita, tanto por la forma como por el contenido. La siguiente vez que quedaron, él y su amada vecina, fue un antes y un después.

De repente, el día se hizo noche y el frío de aquella realidad, tan desconocida hasta ahora por Sara, caló en lo más profundo de sus vísceras; no supo entender cómo la cornamenta que vestía le había permitido pasar por las puertas sin agacharse y embutirse aquel gorro que usaba cuando hacía frío sin agujerearlo. Tras largas horas de café y llantos, preguntándose tantos porqués sin respuesta posible, Sara lo tuvo claro; aquella relación había llegado a su fin.

Sara hizo suyas todas aquellas fotos y, nada más entrar por la puerta de su casa, encolerizada, amontonó dentro de la bañera todo lo que tuviera que ver con Fernando; su toalla de ducha, su ropa, su portátil, su maquinilla de afeitar, su cepillo de dientes, su colonia… todo, y acto seguido le prendió fuego. Después dejó una nota sobre el recibidor, siendo hijodeputa lo mejor que le pudo poner, ahí donde ambos dejaban las llaves al entrar, y volvió al lecho de sus padres tras tanto tiempo fuera.

Nada más llegar Fernando a su hogar olió la chamusquina, leyó aquella carta de Sara y cayó desmayado por el colapso que todo aquello le supuso. En cuanto pudo recuperarse, lo primero que hizo fue llamar a su Sarita hasta quedarse sin batería, su amor perdido y chamuscado por tanta mierda que ocultó a sus espaldas. Al final lo consiguió y, 24 horas después, embutido en el mejor traje así como el más caro de los anillos de compromiso que pudo encontrar en tan poco tiempo, fue hasta aquel banco a la puerta del parque donde acordaron verse de nuevo, el mismo banco donde solían sentarse años atrás a ver las horas pasar entre besos tímidos de unos recién enamorados.

Sara se adelantó para estar preparada y le esperó. Fernando apareció justo a la hora fijada, con la cara caída y los ojos vidriosos, y en cuanto estuvo a sus pies se puso de rodillas, mostrando con lágrimas su arrepentimiento. Ella no movió ni una ceja, ni siquiera pestañeó, y en cuanto él sacó de la chistera aquel anillo para ofrecerla matrimonio, le dijo impávida: para mí estás muerto, so cabrón. Antes de terminar la última sílaba, quizás llevada por la acentuación, Sara le agarró de la muñeca con una mano y con la otra, en una abrir y cerrar de ojos, le rajó el cuello de lado a lado con una pequeña navaja tan afilada que apenas tuvo que apretar.

No había pasado ni un segundo cuando Fernando cayó desplomado sobre un charco de su propia sangre y Sara, con su tez tan blanca como siempre, atusándose el pelo, salió de allí por donde había venido sin síntoma alguno de culpabilidad por lo ocurrido.

Invisible no, lo siguiente

Desde bien pequeña pasaba inadvertida, mis padres no tuvieron el valor de traer nadie más al mundo tras el error que cometieron sin marcha atrás posible. Los únicos amigos de mi infancia fueron barbies y peluches que a mí no me hicieron ni puto caso pero sí a sus homónimos; Ken se lo montó de lujo con cada una de mis muñecas mientras los ositos de peluche dieron inicio a lo que ahora se conoce como bukake. Mejor no entrar en detalles. Los que a escondidas parecían maldecir al mismo dios por traerme al mundo pasaban más tiempo fuera que dentro de casa. Apenas les veía porque, al parecer, trabajaban hasta horas intempestivas; la única persona de la faz de la tierra que me hacía algo de caso era mi tata. Conchita se llamaba a pesar de ser argentina. La muy boluda pulía los suelos a base de retorcer la fregona, pasándola conmigo encima agarrada al palo. Siempre lo hacía y aun así cada una de las veces se sorprendía —¿che, vos de dónde saliste, si no te veo?—. Era tan mulata que de niña me recordaba a la pitonisa de Gosht.

En el colegio ocurría lo mismo. Pasaba tan inadvertida que no sólo los profesores nunca me sacaron a la pizarra, sino que el resto de alumnos, independientemente de su sexo, jamás quisieron jugar conmigo. Intenté hacerme ver en el recreo pero nadie me elegía para jugar a la comba barra cuerda o cualquier juego de balón, tan sólo el escondite, pero nadie me encontraba. Eso continuó en mi pubertad, dentro y fuera de la facultad de biología; quizás mis gafas de culo de vaso y esos braquets tuvieron mucho que ver. Cómo sería que ni yo misma me veía en el espejo. Me sentí tan identificada con la niña de la curva que no sé cuántos relatos leí sobre ella, solo que nadie paró a recogerme, por mucho que de un taxi se tratara.

El tipo con el que me acabé casando le conocí por Internet. Yo no tenía puesta foto alguna en el messenger, tampoco me la pidió, y él… Enrique era calvo incipiente pero majo. Ya entonces opositaba como recaudador de impuestos. Pasamos por la vicaría como dios manda y compartimos un nuevo hogar, pero aquella relación pasó tan inadvertida como con mis padres; nunca nos veíamos. Al principio tuve la osadía de querer tener hijos y a oscuras le buscaba entre las sábanas, pero jamás le encontré. Solía quedarse hasta más allá de las doce, viendo el programa de fútbol que todos los días ponían en el canal de deporte. Demasiado plano de mente para tantos vértices y sus pliegues. Qué sería de mí sin mi joystick a pilas de 25 centímetros de goma pura con su cuarta dimensión…

Un día como otro cualquiera descubrí que, en el laboratorio al que me mudé unos cuantos meses atrás, tenía un compañero que resultaba tan etéreo como yo para el resto de los mortales. Hablábamos poquito pero después todo fluyó. Desayunábamos juntos, comíamos juntos y una tarde, como otra cualquiera, saltaron los fusibles. Estábamos cerca, sentados en las butacas e ironizando sobre la situación, cuando mi mano invisible subió por su pantalón deslizándose bajo la bata. Nos caímos al suelo y allí pasó todo. Como la chimenea de un volcán que, tras siglos de reposo, establecido por un lapsus de tiempo barra espacio, me desholliné como buen deshollinador que fue Alberto. Una dermis, la mía, enfriada por el transcurso de los siglos, rompió en todo un torrente de lava que me resquebrajó para sentirme caliente y extasiada. No sé qué fue de Enrique y tampoco me importó. Salí de de su casa para no volver, pero al menos el resto del mundo me vio pasar por fin.

Finisterre (o donde quedó la praxis)

Antón llevaba tanto tiempo solo que no esperaba a nadie en su funeral. Los únicos que le velaban en vida eran el mismo camarero y los 2 borrachos que frecuentaban más que él todavía aquel bar. Le habían dado un par años de libertad vigilada tras una subsistencia malgastada y, consumidos ambos tiempos, ya sólo le quedaban unos minutos de descuento. Se la sudaba el partido de fútbol que en ese momento emitía la televisión del local, Deportivo contra Sporting, pero estaba allí porque desde hacía días su nevera se quedó sin cervezas. Todo se estaba acabando y lo único que se preguntaba era qué hacer con el tipo que había ido a ver su apartamento apenas unas horas antes y su Citroen ZX, que rozaba la veintena y consumía más gasolina que lo que pudieron cagar los dinosaurios. Por eso, bajar al bar aquel miércoles de invierno para evadirse un rato, a pesar de la que caía, no fue tan mala idea.

Esa tarde, el comercial inmobiliario que fue a valorar su piso no salió de vuelta. Carnés, un viejo conocido desde la infancia, el mismo que le esperaba con la moto al salir de casa de sus padres para meterle una paliza, el mismo que más de una vez abusó de él, rompiéndole el culo en los baños del colegio, ese bastardo que creía ser el mismo dios, se cruzó con satanás. Antón le esperó, cuando le abrió el portal, tras la misma puerta de su casa con el cuchillo más largo y afilado que pudo encontrar. El traje de Carnés llegó empapado ya, pero ahora también en sangre. La corbata que no llevaba se la puso Antón, a la colombiana, rajándole el cuello nada más entrar. Fue rápido y sin palabras, tan sólo se escapó algún gargajo antes de derrumbarse.

Los pocos que quedaban en el bar contaban los segundos antes del pitido final, y Antón, pedía la tercera y última jarra de cerveza. Mientras veía caer aquel oro líquido, con el brío espumoso del grifo, sintió la paz dentro de sí por primera vez en mucho tiempo. Fuera, en la calle, llovía como nunca; a la hora de comer ya habían avisado del tiempo, precipitaciones con fuerte marejada. Cuando tragó el último sorbo de cebada era ya tarde. Subió a su casa, entró silbando una canción famosa de Siniestro Total y con calma, oliendo a mierda aquel cuerpo ahora inerte, ató las cuatro extremidades con la misma cuerda que cogía de su cuello. Eran pasadas las doce y, como antaño se colgaban los corzos antes de llevarlos a la hoguera, arrastró por el suelo el cadáver de Carnés hecho saco hasta meterlo en el ascensor, directo al parking.

Antón tuvo la suerte de no cruzarse con algún vecino en ese momento, pero para lo que le quedaba en este entierro se la sudaba. Dejándose los riñones, lo metió como pudo en el maletero y cerró el portón, pillándole un trozo de la chaqueta. Luego se subió él, cantando sin mucho ritmo lo de bailaré sobre tu tumba, y arrancó sin prisas para salir de allí. Antón vivió y murió en A Coruña. Y aquella noche, el nombre de Finisterre tuvo más sentido que nunca, cuando se despeñó a la mar con todo el maldito equipaje que arrastraba desde hacía años.

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Gula

Cuando Isaak se sentaba a una mesa nunca podía arrimarse demasiado a menos que se inclinara hasta ella. La oficina quedaba demasiado lejos de casa y siempre comía en el bar que estaba a los pies del edificio; si en el menú había plato de cuchara como primero volvía con la corbata manchada, ley de Newton. Para los que se cruzaban con él más de una vez, fueran nuevos y no tan nuevos, Isaak era el “Quijote de la mancha” con unas cuantas toneladas de más porque, según ellos, parecía haberse comido a su Rocinante. Él ya se lo pasaba por el gaznate, las unidades de tiempo y medida no valían más que hacer horas extras en su jornada laboral con un buen traje de saldo.

En algún momento, el de una vida ya extinguida, Isaak estuvo casado por amor carnal hasta que ésta lo vomitó. Desde entonces vivía solo; la persona que más amaba era esa niña preciosa que tuvo y ahora apenas veía los fines de semana y alguna fiesta de guardar. En su juventud perdida por el peso de los años, Isaak jugaba al tenis como McEnroe y lucía tipo a lo Bogart, poco después tan sólo veía a Federer y Master Chef por televisión. El grueso de su vida lo llevaba no sólo a sus espaldas, haciendo exiguas las opiniones que su perfil pudiera merecer, pero mientras quedaran buenos chuletones y mejores vinos que los acompañara el resto de bocas podían irse al carajo.

¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor de aquella noche; sentía que el aire fuera más denso y por eso le costara respirar. Todo le pesaba, hasta sus gafas, pero cuando soltó aquel cuchillo era demasiado tarde ya, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para ese todo y para su nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo porque su amenaza acabó siendo real. La culpa era de ella, porque ella fue quien le obligó a ejecutar su destino contra su voluntad. La casa permanecía en penumbra y aun así podía ver la silueta del cadáver tirado en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y su pelo enmarañado extendido sobre el charco de su propia sangre. El silencio se apoderó del que fue su hogar hasta entonces y con él volvió la calma; un vacío que peregrinó hasta extenderse por cada rincón, que se apoderó de cada objeto, ente y órgano que contuviera para hacerlo suyo.

La incertidumbre había entrado en aquel cuarto, colándose por la ventana, y se sentó junto a ella. Observó aquel cuerpo despojado de vida y luego, mirándole fijamente a él, le preguntó: —¿Y ahora, qué?— El aludido levantó su cabeza ebria, pero no acertó a responder más que sílabas sin sentido. En esa habitación había dos cuerpos de los que, por razones bien distintas, sus almas quedaban muy lejos. Aquel tipo hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de paseos sin horas por el parque, cogidos de la mano y palabras edulcoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y más tequieros de una época tan lejana que casi parecían ser de la vida de otros, porque ya casi ni los recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta donde ahora se encontraban. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio se diluyó entre el ruido de la calle a esas horas de la noche y, tras la puerta del dormitorio, se oyeron unos pasos que tímidamente se acercaban. Por el quicio asomó la cabeza de su pequeño, el hijo muerto de once años. —¿Mamá?— Y ella de repente parpadeó, se incorporó y se acercó hasta él. —Mamá está bien, cariño— y rodeándole con el brazo salieron tranquilamente de allí sin mirar atrás.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había más vuelta atrás. Maldecía, repitiendo hijaputa sin descanso ni respiro, suspirando con amargura desde aquella esquina en la que permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado, y rompió a llorar como malnacido que era. Estaba borracho, todo le daba vueltas, y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra. Devolvió hasta sus tripas, tan fuerte que los mocos que le colgaban de la nariz se pegaron a la comisura de sus labios. Luego se limpió, usando su antebrazo como trapo que era, intentando mantenerse erguido, y dio un traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer sujetarse, tuvo la mala suerte de no encontrar pared sino ventana, la misma que seguía abierta, y por ella se precipitó al vacío. Siete pisos de caída libre para estrellarse pocos segundos después junto a los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio su cuerpo reventarse contra el suelo a escasos metros, quedándose inmóvil y tan sorprendido que, cuando pudo reaccionar, su caniche Coco estaba metido hasta las orejas en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.