El sapo, el ángel y la princesa

Era una niñita morena muy guapa, su precioso pelo negro hacía unos tirabuzones muy graciosos a los lados de su linda carita rosada, con una naricilla como un botón cubierta de pecas en el centro de la misma y unos curiosos ojos enormes que todo querían saberlo. Era primavera y la pradera entera rebosaba de florecillas de todos los colores que hay en el arco iris. Un enorme sauce llorón, con toda la frondosidad que podía caber en sus melancólicas ramas, coronaba la colina y a sus pies descansaba una fresca charca de aguas cristalinas. El Sol la sonreía desde su altar mientras ella correteaba de un lado para otro recogiendo a su paso las flores que más bonitas le parecían. Llenó sus manos de tantas como pudo y fue a sentarse a la sombra del sauce a descansar. Puso todas las flores que tenía sobre su falda y las dividió en colores, adornó con margaritas su cabello y con otras de distintos colores hizo collares y pulseras, y en el reflejo del agua de la charca pudo cerciorarse de lo bien adornada que había quedado. No muy lejos nadaba un joven sapito, que aun siendo todavía pequeño ya ostentaba unas preciosas betas de color pardo en su lomo, y sintió la curiosidad de acercarse a esa niñita tan guapa que parecía una princesita. Al llegar a la orilla quedó enamorado de su linda carita, con esas flores tan bonitas enredadas en su pelo y esas pequitas tan graciosas que le recordaban a las betas del lomo de su mamá. También la niñita sintió curiosidad al ver aquel sapito tan pequeñito y en seguida extendió su menuda manita. Al principio el sapito se asustó, pero quedó tan hipnotizado de los ojos de la niñita que sin darse cuenta ya se había subido de un salto en la palma de su mano.
– ¡Hola sapito!, ¿cómo te llamas?
El pobre sapito no la entendía, pero le gustaba tanto que le mirara y le hablara con tan delicada voz…

– Eres muy guapo para ser un sapito. ¿Sabes?, hay sapitos que se convierten en príncipes… ¿eres tú un sapito príncipe?, yo soy una princesa, ¿ves?, las princesas llevan flores en el pelo y collares y pulseras… ¿te gustan?.

El sapito apenas se movía, ni siquiera pestañeaba, estaba ensimismado con los ojos de la niñita, su armoniosa voz era música para sus oídos y le encantaba que le acariciara las rayas de su lomo con sus delicados deditos.

– Tú serás mi príncipe, y seremos novios, y algún día nos casaremos y viviremos aquí, tendremos una casa junto a la charca para que puedas ver a tu familia y yo recoger flores para adornar la casa. Y viviremos felices porque el ángel nos protegerá.

Entonces el sauce se sintió alagado, había dicho la niñita de él que era un ángel, y no era para menos, su elegante figura con todas sus ramas desplegadas y esas hojas q caían como plumas daban ese aspecto. Y todas las mañanas de aquella primavera la niñita que soñaba con ser princesa y casarse con su príncipe de la charca iba a jugar debajo del árbol. Sentada a su sombra llamaba al sapito, el cual nada más oír su melodiosa voz acudía raudo a su encuentro. Se pasaban las horas jugando y saltando, o ella se apoyaba en el robusto tronco del sauce y el sapito quedaba dormido, sumergido en un placentero sueño, en el hueco de la falda que dejaban las piernas cruzadas de la niña. Así pasó también el verano hasta que llegó el otoño, y con él el frío. El prado no podía lucir ya sus mejores flores y tuvo que abrigarse con el manto pardo de hojas que los árboles cercanos le prestaban. El pobre sauce parecía un ángel anciano, sus ramas estaban más caídas aún y sus plumas ya canosas las iba perdiendo poco a poco. El sapito que andaba por allí tenía frío y estaba triste, su princesita ya no venía a verle, pensaba que, a lo mejor como los sapos, debía invernar durante los meses de frío hasta que llegara de nuevo la primavera. Buscándola por la pradera pasó un día junto al sauce y le preguntó si había visto a la niñita que solía venir a jugar a su sombra. Los árboles son muy sabios y entienden todas las lenguas, pero no pudo explicarle por qué la niñita ya no venía a jugar junto a la charca.

– ¡Pero ella me dijo que yo soy su príncipe!, ¡y que algún día nos casaríamos!

El árbol le respondió con su infinita sabiduría que no se conocía el caso en que dos individuos de distinta naturaleza se hubieran casado, y que para eso el sapito tendría que convertirse en una persona, en un humano, como la niñita.

– ¿Y cómo puedo convertirme en un hombre? Quiero casarme con ella, estoy muy triste desde que no viene a verme…

Entonces el sauce le narró la leyenda, que cuenta que para romper el hechizo que tiene atrapado a un príncipe en el cuerpo de un sapo, la princesa debía darle un beso de amor. Entonces el sapo, seducido por la historia que acababa de contarle el árbol, se despidió de él y volvió a su charca con su familia y, una vez allí, nadaron todos juntos a lo más profundo del estanque y en su casita se dispusieron a preparar el invierno con las mejores algas que entre todos, sus hermanos y sus padres, habían recolectado. El joven sapito quedó dormido enseguida con la feliz idea de despertar a la primavera siguiente y encontrarse de nuevo con su amor que le convertiría en humano y así poder vivir juntos para siempre.

Pasaron pues otoño e invierno y con la llegada de la primavera la pradera volvió a cubrirse con su mejor manto de flores, de tantos colores como el arco iris y fragancias dignas de la alta cuna. El anciano sauce mostraba el mejor aspecto en muchos años, sus ramas eran más fuertes y frondosas y sus verdosas plumas radiaban vitalidad. Y un buen día la niñita volvió a la charca, y después de recoger un buen puñado de flores fue a sentarse bajo la sombra de su ángel. Entonces llamó a su sapito he hizo una corona de crisantemos. Pasaron los minutos y volvió a llamar a su principito, y así una y otra vez, pero el sapito no aparecía. Su alegre sonrisa fue tornándose en tristeza y poco a poco fue apagando sus simpáticas canciones, y al final de la mañana volvió cabizbaja a su casa con el pesar de no haber encontrado a su amigo de la charca. Y así fue que transcurrieron los días y los meses y volvió a llegar el frío y la lluvia y la niñita ya no volvió por la pradera.

Ocurrió que el perezoso sapito estaba tan profundamente dormido que no despertó con la llegada del buen tiempo, estaba sumergido en tan maravilloso y fantástico sueño que durmió y durmió durante años, sucediéndose las primaveras y los inviernos. La niñita creció y un año ya dejó de ir por la pradera y quedaron solos el sauce y la charca. Por fin una primavera el sapito que ya no era tan pequeño despertó. Sus padres no podían dar crédito a lo que veían, había invernado durante tanto tiempo que creían sufría una extraña enfermedad, pero no fue así, ahora era todo un apuesto sapo, con unas increíbles vetas pardas en su poderosa y ancha espalda y una planta digna de todo un príncipe. Se sentía tan fuerte que nada más levantarse de la cama echó a nadar a toda velocidad, moviendo elegantemente sus patas y enseguida había llegado a la otra orilla de la charca. Maravillado por la potencia de sus músculos dio un atlético salto y fue brincando hasta los pies del sauce llorón. Esperaba impaciente encontrarse de nuevo con su amada princesita, pero ella no estaba allí sentada, ni oía su armoniosa voz en la pradera. Le preguntó al árbol si la había visto pasar pero solo le pudo responder que estuvo viniendo los primeros años, hacía ya tiempo de eso. Así que el pobre sapo, con los ojos inundados de amargas lágrimas, volvió a la charca y se dejó caer como cuando cae una piedra, dejándose arrastrar por su propio peso hasta el fondo del estanque. No había transcurrido una semana cuando oyó la voz de su amada y de nuevo salió a la superficie. Nervioso se ocultó tras unas piedras en la orilla donde pudo verla después de tanto tiempo. Ya no era una niñita, era una preciosa mozuela de anchas caderas y generosos pechos. Cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que iba acompañada de un joven hombre, alto, fuerte, rubio… Iban cogidos de la mano y llegaron hasta el sauce donde se sentaron y comenzaron a besarse. El sapo no daba crédito a lo que tenía delante de sus ojos, su amada había encontrado otro príncipe, se había olvidado de él, y lo peor de todo es que no podía hacer nada, no podía enfrentarse a un hombre aun siendo un sapo tan fuerte y apuesto como él. Se sentía tan mal que apenas pudo dar los pocos pasos que le separaban del agua, se dejó caer y nadó pesadamente hasta un rinconcito de la charca, oculto por unas enormes algas, y allí sentado lloró y lloró. No entendía cómo su amada princesita se había olvidado de él, después de todo lo que habían pasado y lo mucho que se habían querido, no lo entendía, no. Durante lo que restaba de verano no volvió a salir a la superficie, no quería volver a verla.

Empezaban a caer ya las primeras hojas de los árboles, los días eran más cortos y empezaba a hacer frío. La familia del sapo se preparaba como todos los años a pasar el invierno, arreglaban la casa y llenaban la despensa. Pero el sapo no quería seguir en la charca, no podía vivir con la amargura de su roto corazón en una charca y una pradera que tan malos recuerdos le traían, así que, una noche de madrugada, dejó una nota a sus padres en la puerta y se fue de casa, salió del estanque y a saltos abandonó la pradera. Pasó por lagos enormes, se sumergió en infinidad de ríos y atravesó grandes extensiones de tierra. Aprendió muchas cosas en su viaje y conoció muchos congéneres suyos. Aprendió que no existen hechizos que conviertan a sapos en príncipes ni princesas que se enamoren de sapos. Aprendió que cada individuo tiene su lugar y tiene que vivir conforme a sus limitaciones. Conoció peces de diversas especies, cangrejos, caracoles, grillos, lagartijas y acabó enamorándose de una preciosa ranita de un verde increíble. Se casaron y cuando llegó la primavera del siguiente año volvió a su charca acompañado de su nueva esposa. Su familia le recibió con gran alegría y celebraron con una fiesta la reciente unión y la vuelta del sapito príncipe de la charca. En unos meses construyeron una confortable casa para los recién casados y la normalidad volvió al estanque. El sapo era feliz de nuevo, tenía una preciosa mujer que le quería y de la cual estaba enamorado, tenía cerca a su familia y vivía en el estanque que le había visto crecer. Pasaba el tiempo y tuvieron hijitos, todos sanos y fuertes, y las primaveras se sucedieron como lo habían hecho hasta entonces. Vivieron en plenitud y vieron a sus hijos y a los hijos de sus hijos crecer en paz y armonía. Y durante todo ese tiempo de vez en cuando nuestro sapo oía la voz de la que había sido su princesa y nadando se acercaba a la orilla acudiendo a su llamada, se subía a lo alto de una roca y contemplaba a su niñita, a su princesa perdida, y ella le miraba a él, y le hablaba e incluso a veces lloraba amargamente. Jamás entendió el idioma de los humanos pero la complicidad que les unía era suficiente como para entenderla. La que fue una alegre niñita acabó siendo una desgraciada mujer que muy lejos quedó de vivir cual princesa, no encontró jamás un solo hombre bueno que la quisiera y cuidara de ella, y vivió tristemente soñando, pues era lo poco bueno que le quedaba, que aquel sapito al que iba a ver de vez en cuando a la charca en que jugaba de pequeña se convertía en su príncipe amado y como en el cuento vivían felices. Alguna vez sintió el sapo la necesidad de acercarse hasta ella y sentir el calor de sus manos, incluso llegó a dudar de que aquella leyenda del príncipe convertido por un maldito hechizo en un sapo fuera mentira, y más de una apunto estuvo de querer probar el sabor de aquellos labios de los que años atrás había quedado prendado, pero siempre, antes de que pudiera arrepentirse, saltaba de nuevo al agua y volvía junto a los suyos sin dejarse mirar atrás.

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