So bring it on

Te colaste silbando y sin entrada, con esa petaca de aguardiente en tu bolsillo.
Como música de cañerías en una ciudad de desagües congelados, detenida en el tiempo y sin espacio presente, en la que un ciego apenas siente lo que a sus oídos llega, perdiendo los ojos por no gustarle sus vistas, y aún así disfrutar de esa música tan suya como rota.

Te colaste con los bolsillos vacíos, sabiendo aun así que lo hacías de prestado.
Llegaste con la boca pequeña para no llamar la atención y sin embargo acabaste sobre el escenario pidiendo disculpas a gritos, no porque estuvieras afónico sino por incapacidad auditiva de los allí presentes, tan sordos como ellos solos, como lo están las masas de sus extremos.

Te colaste por la puerta de atrás, sin dar la talla a pesar del número que calzas.
Entraste en traje y corbata, llevando las luces de prestado y unos zapatos para pisar arenas movedizas. Alguna vez llegaste a tocar algo que ahora te queda demasiado grande e intentas mantener la cabeza fría, sin embargo resbalas a cada paso. Quisiste estar más cerca y acabaste más lejos aún.

Te colaste sobrio, queriendo ser alguien en un mundo repartido a tus espaldas.
Porque la música era ese mundo, a pesar de la ebriedad en la gente presente, y con esas te abriste hueco sin pestañear. Tocaste techo y dejaste tu firma, pero un público falto de talla carece del aprecio a su paladar. Saliste por donde entraste, y aun así bien sabes que hiciste todo lo que tenías en tu mano.

Silbando te fuiste con alguna copa de más en tus entrañas.
Saliste por donde entraste, y lo que ella te dio no te lo quita nadie.
So bring it on.

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El trofeo de Ben-Hur

Pego un trago de mi copa e inexplicablemente se me escurre de las manos para ir a despedazarse contra el suelo y derramar los fluidos alcohólicos que esperaba ingerir. Oigo un “lo siento” y trato de hacerle comprender que las disculpas, a veces, no bastan. Pero mientras se lo explico, dos entes en sí mismas con alguna dimensión de más que yo, me invitan a cruzar el umbral de la mía y de repente me encuentro aparcado en un coche mal apoyado, más solo que la luna, con una docena de copas en mi haber y restos de sangre en mis manos. Calándome el otoño en su lluvia tan fina como alfileres, sin entender cómo momentos antes estaba hablando con una rubia oxigenada sin nada que le rellenara la blusa y ahora no, reviso que mis orificios y apéndices se encuentren en perfecto estado. La deducción final es que la sangre no es mía, porque sí, y tiro calle abajo, chapoteando en los charcos como cuando uno era un crío y los mocos me colgaban hasta la barbilla.

Es en mi peregrinar cuando me veo asaltado por una extraña mujer. Esmarelda, una bonita mexicana de rasgos tan exóticos como ellos sólos, me incita a teletransportarme a su cubículo, entre patio de recreo y antro de lujuria, que tiene tras de sí a cielo abierto, invitándome a un trago. “Llévame contigo” la susurro al oído, y con su cintura ocupando mi brazo introduzco mis pantalones en algo tan grandioso como lo que guardo bajo ellos. Entramos y se abre ante mí un lugar enorme, infestado de extranjeros y barras en las que sorber mojitos y mendigar amor. Esmarelda pide los tragos, nos sirven dos tequilas con sal y limón y brindamos. Me deshago de la sal y el limón y degluto el resto. —Reina, ponme un güiscola—, y la descendiente de los grandes pueblos Mayas, Aztecas e Incas, medio bruja medio ninfa, le dice algo al cuello de mi camisa y me besa, me atrapa en sus fauces, me pierde y me enamora para luego desaparecer por delante de su trasero.

Tomo mi copa, ocupo mi boca, lo paladeo y tranquilamente lo degluto. Repito la misma rutina con el humo de mi cigarro, cuestión de tragaderas. Veo raro, parpadeo y descubro estar rodeado de maniquíes de plástico y vinilo, perfectamente engalanados, doblando y contorsionándose al ritmo de los sonidos que hacen palpitar los líquidos de los vasos que descansan sobre la barra. Abrumado, me abro camino por el interior del paraíso hasta las puertas del excusado para, de rodillas frente al inodoro, meterme una raya tan larga como la autopista que cruza Texas. Cierro los ojos, exhalo, suspiro, finiquito mi copa y al salir de nuevo soy deslumbrado por un lejano destello, una luz cuasicelestial y omnipotente que probablemente poco tenga que ver con nada divino o su contrario; una luz parpadeante, deambulante e irisciente que quema mi retina y atraviesa mi cráneo como un rayo X, iluminando las cabezas y sus pelucas que me acompañan en la noche.

Me siento como Kirk Douglas en el coliseo romano de Ben-Hur, avanzando entre el ruido de los bultos hacia la luz, camino de la arena. Muevo los pies y el suelo se mueve con ellos, es arena sin duda. La luz me inunda, me atrapa, oigo el rugir de los leones cartón piedra y siento sus zarpazos, amenazándome con sus movimientos bestiales, con sus bocas atroces, enseñando colmillos como sables, y me río a carcajada limpia. Están ahí, y les escupo y les tiro el cigarrillo. Las luces me abrasan la piel de tal forma que tengo que echarme la copa por encima y desabrocharme la camisa, un hombre no puede enfrentarse a las bestias vestido de domingo, dónde se ha visto… Y me muevo y esquivo las garras mortales de esas criaturas que silban en el aire.

Soy rápido y escurridizo, soy inmaterial, soy un fantasma, un ángel del averno, y como tal me río de las criaturas de cartón pluma tan falsas como Judas. Dios ha muerto en sus manos, Enrique Iglesias ha acabado con él y se impone con ese amigo suyo que se hace llamar Descemer Bueno. Me siento como Kirk Douglas subido en su cuadriga, peleando contra los romanos, ebrios de poder; ellos luchando por la bondad del César y yo por esa mujer que me trajo hasta aquí para salvarla.

En lo alto del palco está Esmarelda junto a su malvado pretendiente, un tipo sin prejuicios que la obliga a contraer matrimonio para salvar la vida y tierras de sus padres y hermanas. Tan borracho estoy de amor por ella que mordería su polvo, mataría a mi madre muerta y profanaría su tumba por sólo el susurro de sus cabellos en mi piel, por la caricia de los besos con sus labios embriagando los míos. Flagelo mis cuatro caballos indoeuropeos y escupo y pateo a los romanos que osan acercarse hasta mí. Soy el dueño y señor, soy el príncipe destronado, el amo de la pista, el Checo Pérez de las cuadrigas, y ni los Iglesias arrebatarán mi triunfo, la hasta ahora futura esposa del César. Oigo los ánimos del público desde el otro lado de la grada, empujándome a la victoria que les lleve a su libertad. Suena una corneta, última vuelta. Aprieto los dientes y le doy a la fusta, la gloria será mía, ningún desgraciado con falda y casco orejero me la arrebatará. Mis caballos cortan el viento, cabalgan raudos hacia la meta, salen chispas de sus herraduras y al fin llegamos los primeros. Bajo del carro y tiro el látigo, he ganado la carrera y quiero mi trofeo, mi Oscar de Hollywood, la cabeza del César.

Desenfundo del cinturón mi cuchillo, y con él entre los dientes escalo por las gradas hasta el palco presidencial. Todo es nada, poco me importa, la quiero a ella, oyéndola gritar mi nombre, y sudar mucho amor juntos. Mi reina, mi diosa, voy por ti Esmarelda, ya siento tu aliento, el calor de tus muslos… Y duele, duele porque no es tu sudor sino mi sangre adulterada la que chorrea por mi piel. Malditos sean estos sucios romanos, malditas sean sus malas artes, las que me derriban sacándome del coliseo. Maldita sea la lluvia que empapa mis ropas y malditas sean mis fuerzas, las que me abandonan en el peor momento. Estos romanos embutidos con sus faldas me golpean una y otra vez de forma afeminada, sí, pero contundente también.

Siento los adoquines de la calle bajo mi cráneo abandonado. Kirk Douglas fue un borracho, su hijo un mujeriego y yo me siento como un maniquí de bazar. Me caen más hostias que en las misas de Semana Santa, recibo y recibo, pero soy el Ave Fénix y resurgiré de mis cenizas para cobrar cara mi derrota. Soy Yahvé, el creador del todo a partir de la nada. Vengaré mis heridas, mataré a los fariseos y engendraré una larga estirpe que comande mis ejércitos con el apoyo de mi voluptuoso trofeo de apretado sostén llamado Esmarelda. Hasta entonces descansaré, celestiales y…

…trataré de levantar mis huesos del húmedo pavimento…

…sobre el que tienden mis aún humanas vísceras cárnicas…

…y volveré,

…juro por Yahvé que volveré…

…cuando…

…recupere…

…el…

 

Nota: la idea original es de octubre de 2008, mientras escuchaba a The Cure con su Fascination Street. Enrique Iglesias bailando lo cambió todo aunque bien podría haber sido Ricky Martin con “La Mordidita”, sin pastillas ni mierdas eso sí ;)

Duele cuando no estáis

Resulta muy duro seguir solo el camino, todo un desafío literalmente. Por mucha pluma y vino que se tercie me faltáis en cada mano. Os siento tan lejos después del tiempo que hemos pasado juntos, de todas esas noches en las que tardaba en salir el sol, que ya no queda luna, la botella está vacía y mis manos congeladas. Me abandonasteis en el peor momento, os fuisteis con el mejor postor y postrado me quedé en mitad del vacío. Sin vosotras siento frío, el de este amanecer tan gris, con un cielo de nubes tan denso como descolorido que no atraviesa ni la luz. Despierto entre montañas y no parece que fuera ayer cuando estábamos en la playa, oliendo a arena y aguamarina los tres. Tan lentas pasan las horas que me ahogo, por muy lejos que esté ahora de la mar.

Me vengaré, ya lo creo que me vengaré, aquel que se os llevó tiene las horas contadas, rajaré sus venas y si hace falta mancharé el papel aún en blanco con su sangre a borbotones. Juro venganza contra aquel que osó llevaros con él, el que os quitó de mi lado. Las fuerzas que todavía me faltan de nada importarán, porque cuando menos se lo espere ese canalla allí que estaré para defender mi honor perdido. Vosotras lo sabéis, os fuisteis con esos que aúllan ser lo que yo y por ellos que volveréis conmigo. Os traeré de nuevo a mi lado, a la cama os ataré si hace falta, pero volveremos a ser lo que antes fuimos, las musas de un tipo que os serigrafía, siempre con mi tinta y por escrito.

Eblouie par la nuit

ZAZ

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales,
rozando los coches, los ojos como cabezas de alfiler,
te esperé cien años por las calles en blanco y negro
y tú viniste silbando.

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales,
dando patadas a las latas, perdida como un barco a la deriva.
Sí, perdí la cabeza, te amé y peor aún,
llegaste silvando.

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales.
¿Vas a amar la vida o simplemente dejarla pasar?
De nuestras noches fumando ya no queda nada,
más que las cenizas a la mañana siguiente.

En este vagón de metro, lleno del vértigo que es la vida,
en la siguiente estación, pequeño europeo,
coloca tu mano, que descienda por debajo de mi corazón.

Deslumbrada por la noche
con destellos de luz mortales.
Un último saludo, aunque sea con la mano.
Te esperé cien años por las calles en blanco y negro
y tú viniste silbando.

Minientrada

Amor ebrio

Nada más conocerla, en una noche de verano, soñó con ella. En ese sueño se besaron, se enamoraron y el mundo pareció hacerles un hueco a pesar de todo.
Tan embriagados estaban que la resaca fue larga, pero también dulce, y cuando despertaron él le pidió la mano y el sueño fue real.

Siéntelo Dave

Vamos Dave, está bien que me digas que te anima escuchar la misma canción una y otra vez, pensar que es ella, ESA morena, quien la susurra a tu oído. Sí, no soy imbécil, sé que el disco es de Luz Casal, pero la voz con la que tú sueñas que te la canta es de quien te digo, ESA que quedó atrás, la que ya no volverá. ¿Qué diablos quieres? Cada uno tiene lo suyo, bien que lo sabes, Dave. A todos nos tocan nuestras cartas y tenemos que saber jugar con ellas, es lo que hay. Nada será como lo que hubo, pero Dave, maneras de seguir adelante hay muchas, dos al menos, hundirse o remar. Ese combate en el que andas metido es jodido pero, sin ser boxeadores, todos tenemos el nuestro y tú eres el fuerte, ella te lo dijo además. Eres un tipo duro, aunque te lo pases por el forro, aunque te veas sin fuerzas, pero en el fondo lo sabes, y lo eres Dave. Volverás a pelearte dentro y fuera del ring, es sólo cuestión de estima. No sé dónde la tienes ahora, si pudiera te ayudaba a encontrarla, pero ni yo, ni Luz Casal, ni ESA otra la tenemos. Sí, ya sé que no lo sientes así Dave, pero tu mierda no depende de nadie, ni del otro, depende de ti mismo, tú eres el único que puede quitársela de encima y empezar de nuevo. Sabes lo que hay, que no es poco, pero también sabes que puedes con ello si te lo propones. Cuestión de voluntad, Dave. ¿Dónde la tienes?.

No, no se la llevó nadie Dave, tu voluntad está sólo en tus manos. Es el odio quien te ciega, tanto que no ves la luz de cómo volver, y esa luz no te la va a poder mostrar nadie, vas a tener que encontrarla tú mismo. Abre los ojos, porque ese camino que has de andar es sólo tuyo, los demás sólo podemos verte llegar desde la meta. Dave, adorabas a Induráin, quisiste ser como él hace años y ahora es tu oportunidad; mete tu marcha, la que bien conoces, y dale con todas tus fuerzas. Puede que en algún momento sientas que no avanzas, pero el camino es largo y tu piñón fijo demoledor. Tira maldita sea, tira, llega a la meta y sigue rompiendo todos esos moldes que destrozaste, déjanos a todos atrás como has hecho hasta ahora. Cuando llegues tendrás tu premio Dave, te estarán esperando para recibirte con los brazos abiertos. Los demás iremos detrás, donde otras veces nos dejase. Ponte los guantes y sal a ganar; abre la puerta y deja que entre el sol. Siéntelo Dave, yo sí que creo en ti porque eres grande.

Minientrada

Adiós, gilipollas

Certezas no hay ninguna, nunca las hubo. Y quizás por eso muchos siguen su ritmo, descansando tras esa semana de curro, al volver del parque con los críos, cuando el que no se cansa desconfía, tanto que no baja al parque por miedo, miedo a confiar en un gilipollas. Entre medias, ese gilipollas que, harto de perder el tiempo que no tenía, se escapó. Se fue más allá de las montañas para buscar vida, y quizás en el más allá se quedó para no volver, con o sin vida.

Seres móviles

Dos vidas en dos maletas que al poco de abrirse se cierran de nuevo. Muchos caminos con no menos cruces, entre atascos y accidentes que se van quedando atrás, que por un momento se olvidan al repostar en distintas gasolineras. Lo suficiente para llenar el depósito y proseguir con el viaje para no volver jamás. Querer avanzar hasta la meta para encontrar lo deseado es una buena forma de vivir, pero sólo si se disfruta del trayecto… y acertamos con esa meta. Otra cosa es el precio del peaje, pero siempre hay carreteras secundarias, con las que evadir algunos de los precios que se ven impuestos, y además mejores vistas entre pueblos no menos interesantes muchas veces.

Son miles de millones de vidas, las existentes sobre la única faz tangible de una maldita realidad que es ésta, y sólo a una por barba sin apenas sitio, porque no somos gatos. Y muchas de estas vidas se cruzan, otras tantas se comparten y pocas perduran. Son muchas las vidas perdidas y otras muchas las encontradas. Dos a veces se unen. Dos a veces se recuerdan. Dos vidas al fin y al cabo, con tanta historia como kilómetros recorridos, que no llegarán donde otras no hayan estado ya. Los lugares no cambian demasiado, las personas me temo que tampoco, a veces quizás… Y a veces, tanto las personas como los viajes, cansan y aburren, a veces sorprenden y hasta a veces recompensan. A veces no hay maleta y a veces tampoco destino, pero siempre hay una maldita carretera.

¿Dave? Mal, mal, mal…

–Dave, no es que el día que naciste hiciera frío y estuviera nublado, no hubo ni flores ni fotos ni neorromanticismo que lo ilustrara. Fue un día como otro cualquiera Dave, un amanecer en el que ya al asomar la cabeza, entre las piernas de tu madre, el tabique de tu nariz se rompió. Tu infancia pasó de largo porque no tenías cojones ni para abrir la boca. No hiciste una mierda que te diferenciara, ni saliste de tu cuarto cuando no hubo tormenta. Sólo seguiste por la puta cinta que hasta aquí te ha traído Dave. Y ahora lloras porque no aciertas con el color del semáforo al pasar, porque no tienes ni cajero de donde sacar el dinero que ya no te queda.

Silencio. El uno de pie. El otro sentado, con la vista perdida por una ventana tan húmeda como sus ojos.

–¿Te callas? Ni dices nada ni puedes con el saco Dave. Joder, mejor no hablar del último combate. ¿Dónde coño estaba tu cabeza Dave, qué hiciste con ella? Tenías un buen trabajo, en un buen puesto, y una preciosa mujer a tus pies, guapa joven y lista. Lo habías conseguido todo Dave, y lo tiraste bajo el ring. Después saliste de allí tan magullado que así te va. Lo que no te diste cuenta, Dave, es que allí mismo dejaste también olvidadas las pocas ilusiones que te quedaban. Quizá hayas despertado pero tenías un gran sueño tangible en tus manos.

Dave tenía ahora los codos apoyados en sus rodillas, tapando su cara con las manos. Ya no veía nada, ni siquiera ese sueño tangible que el amigo sacó de su chistera. Le quedaba demasiado lejos.

–Eres un pobre imbécil Dave, perdona que te lo diga pero mejor las cosas claras, tu sangre ya es demasiado espesa. Tienes el cerebro embutido en mierda, si el contrincante te hubiera terminado por abrir el cráneo habría caído redondo al suelo y tú, Dave, al menos habrías ganado el combate, porque su olor es nauseabundo. Piensas con el culo Dave y no vales un carajo, tu aspecto da buena cuenta de ello. Ahora arrástrate lo que te queda y disfruta lo que puedas. Es lo único que hay, Dave. Eso o busca una buena vertical, con buenas vistas a ser posible para disfrutar de algo por una vez, y tírate. Estar a la espera no sirve de nada, pero te faltan huevos hasta para eso.

Dave no sabía ya si reír o llorar. Fue la primera opción la que salió sola.

–Encima ahora te descojonas cuando antes lloriqueabas como el estúpido crío que siempre fuiste, Dave. Te ríes de mí y parece que no sirve de nada lo que te digo. Todo te la suda. No sé para qué pierdo el tiempo contigo, Dave. ¿Quieres un cigarro? Toma, muérete. Aunque tampoco te queda demasiado. Todo este tiempo que he estado contigo… No, no tengo mechero, no tengo fuego con el que encenderte nada ya porque eres como un jodido cáncer.

Entonces Dave se levantó, extendió los brazos y le soltó tal puñetazo en la nariz que tumbó al que hasta ahora había sido su amigo, uno de los pocos que le quedaban. –Si tocas los huevos ten cuidado de no romperlos.– Luego le cogió del cinturón, le arrastró por el suelo hasta la calle y allí le dejó. Habían compartido amistad, ahora además un tabique nasal roto. Lo único que necesitaba Dave era encenderse un maldito cigarrillo y su amigo no tenía ni fuego ni ganas de encenderlo.

Éxtasis sin precedentes

Resulta brutal, un pecado carnal en toda regla (o sin ella), con tanta gente y no sólo encima, también debajo, en los costados… Por todos lados y mucha que hasta resulta familiar. ¡Quién me iba a decir de montarnos semejantes orgías de lujuria pasional y fluido desenfrenado! Puritanos los justos y metamos todo lo que podamos, qué coño… O por el culo. Tan extasiado me quedo que estoy sin palabras ante semejantes acontecimientos improvisados. Pero esto sigue, no para, y el uso y disfrute es tremendo. La primera, que cayó a finales del año pasado, fue la hostia. La siguiente y ahora penúltima, estas navidades sin ir más lejos, casi tenemos que llamar a emergencias. En esta ocasión las ambulancias ya están fuera y algunos médicos, enfermeras, auxiliares y demás gente que pasaba por la calle se han sumado ya. Es un terminar para empezar de nuevo, con tanto individuo de ambos géneros, desnudos todos y en las posiciones más inverosímiles.

Yo, para recuperar fuerzas, me he sentado este rato aquí, enfrente del ordenador, entre un cigarrillo y una cerveza, y de paso hacerlo público y si puede ser animaros a participar en la fiesta. Ya que estamos tiremos la casa por la ventana, porque no se sabe lo que queda pero parece que va para largo. Seremos muchos pero te abrimos un hueco exista o no. No sabéis en la que os metéis si venís, si es que no os la meten antes, pero no os lo perdáis por nada del mundo. Mis vecinos se quejaron al principio, pero luego se animaron y el que entra no sale después.

Esto iba a ser para San Valentín, porque el amor es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, como el actimel lo es para nuestras arterias, pero al final se nos ha adelantado porque algunos no se aguantan y… Mierda, el gay de Paco está en la puerta clavándome su mirada y apuntándome con su recortada, me da que va a ser esa segunda más bien la que me termine por clavar… Estoy jodi987654321ºqefgefbpuhqorpbfe084