Luces azules

Entonces miró por el ojo de la cerradura y pudo verla, borrosa, al final del pasillo. —¡Abre mecagonlaputa, que te viarreventaraostias!—. Le dolían los nudillos de golpear la puerta gritando su nombre, incapaz de entrar en su casa; resultaba irónico siendo carpintero —¡Aliciaaaaa, hostiaaaa!—. Andrés pasaba más tiempo en el bar que trabajando, con la crisis todo se había ido a la mierda. Si antes podía sacar limpios tres mil y pico al mes, ahora apenas tenía para pañales y tampoco lo gastaba en eso. Consumía las horas muertas ahogándose en cerveza y dejando pasar a los viejos por la tragaperras, esperando que ambas se calentaran, pero la suerte solía pasar vestida de largo.

Alicia venía de buena familia, tenían unos cuantos pisos de alquiler y se había quedado con uno de ellos. Hizo carrera en Trabajo Social y a ello se dedicó después muchos años, hasta dar a luz a una preciosa criatura de patucos rosas. A Andrés lo conoció un verano, escapando con sus amigas por vacaciones una semana a La Manga. Él llevaba tiempo allí buscándose la vida y, por las tardes, cuando terminaba su jornada, se bajaba a la playa con otros dos amigos que se echó en la obra. Los tres pillaron cacho en ese grupito de chicas que bajaron de la capital para divertirse y la cosa se alargó después. Cada fin de semana cogían la furgoneta para subir a Madrid y verse las caras.

El tiempo pasó, Andrés encontró trabajo cerca de Alicia y se mudó con ella. El trabajo en la construcción surgía hasta debajo de las piedras y durante unos años todo fue de lujo. Surgió la tradición de comer en asadores los viernes y seguir de tercios después hasta acabar doblados. Los excesos enaltecen tanto el amor como el odio y cada uno tira para su lado cuando toca. Estos dos en concreto se volvían muy tercos, alguno se torcía y la batalla ya estaba hecha. Así empieza todo, cómo el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York.

El daño estaba hecho, pero cuando Alicia quedó prendada acordaron dejar el alcohol. Funcionó un tiempo, vivir de tu chica cuando no ganas un duro puede ser difícil de llevar para un bastardo. Andrés volvió a caer, esta vez a solas, y eso no le fue bien. Llegaba borracho a casa, cabreado con el mundo tras hacer la calle y ofrecer sus manos en constructoras, almacenes y supermercados sin éxito alguno. Ella intentaba animarle. Él, aun arrepintiéndose después, lo pagaba de su mano una y otra vez. Tenía la suerte de apenas dejar marcas en la cara de Alicia y así ella poder volver al trabajo la mañana siguiente, con decenas de mensajes móviles de Andrés pidiendo perdón.

Las últimas semanas, estando ella de baja desde que dio a luz, fueron muy negras. Y aquel el último día. Una tarde de noviembre queriendo ser noche, mientras Alicia le daba el pecho a su bebé, Andrés entró ebrio de sangre. Dos días de curro, montando y desmontando cajas sin que le dieran el cheque a la salida le llevó al bar, y el bar a su casa. Sintió celos por unos pechos que creía suyos y sin embargo alimentaban a otro. Eso le enfureció. Cerró la puerta con violencia, la cogió del cuello y la abofeteó llamándola mala puta hasta que la tiró contra la pared. La escupió a la cara, dio media vuelta para coger su abrigo y se marchó por donde vino.

Cuando Andrés volvió, siendo medianoche, no consiguió abrir la puerta a pesar de llevar las llaves. Maldijo el nombre de ella a voz en grito, golpeando la puerta como macho encabritado, intentando tirarla abajo ya fuera de costado o a patadas. Alicia había dejado la barra del cerrojo a medio echar después de llamar al 016. Demasiadas palizas por un amor incauto, las suficientes para no volver a caer. De fondo se oían sirenas, mientras  destellos de luz azul entraba por el hueco de las persianas y algunos de los vecinos tenían puesto el ojo en las mirillas de sus puertas sin valor para abrirlas.

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Lo que antes venía a ser un SMS (parte II)

Hay edades en las que la diferencia entre chicos y chicas es abrumadora. Mientras ellos seguían dando patadas a un balón, a ver quién era más bestia, nosotras ya habíamos probado con todas las pinturas de nuestras madres, independientemente del tamaño de brocha. Y si encima podíamos contar con una hermana mayor lo teníamos todo hecho. Antes de que pudieras notar el vello surgir desde lo más profundo de tus axilas ya habías empezado con la laca de uñas y el carmín. Si no eras tú alguna amiga se te adelantaba. Y claro, no podías quedarte atrás sin ser empollona.

Nunca fui buena estudiante, ni estaba tan delgada como para entrar en el grupo de niñas guays que se juntaban en el recreo a fumar con los mayores. Era más bien entrada en carnes, odiaba el tabaco y no me gustaba ir a clase tan pintada como muchas otras, así que me daban la espalda. Por aquel entonces odiaba hasta mi nombre —¡Aaaaaay Macarena, aaaahhhhgg!— y los pocos tíos guapos que había eran demasiado creídos como para fijarse en alguien como yo. Encima, muchos ya nos conocíamos porque veníamos de la EGB en ese colegio que estaba más abajo, el Ortega y Gasset.

Entonces y siempre he pecado de vergüenza propia —tengo tanta facilidad para ponerme nerviosa como de no resistir a las onzas de chocolate, pudiendo caer tabletas enteras de una tacada— y fue ese año la primera vez que los nervios me pudieron. En clase estaba el flipao de turno que ya tenía sus seguidoras, así como el malote. También había algún que otro gracioso, que podían ser como Martes y 13 o Los Morancos, y luego estaba un chico callado, un tal Esteban, que al principio pasó desapercibido, hasta que la curiosidad me pudo. Él se sentaba justo delante de mí y veía cómo la mayor parte del tiempo lo pasaba dibujando en su cuaderno; paisajes naturales, escenas curiosas y hasta caricaturas de compañeros y profesores. A veces se daba la vuelta y me pedía la regla o la goma de borrar, y yo se la daba sin más.

Al poco de conocerle le tenía por un bicho raro, pero el jodío me fue calando poco a poco. A muchos nos gustaba lo que hacía, cómo lo hacía, y hasta alguna de las guays le pidió un dibujo para ella. Yo quise hacerlo también pero no me atreví; yo no era nadie y no pude, sólo me limitaba a felicitarle cuando más gente lo hacía al enseñar su última obra. Todo empezó por ahí y acabé fijándome hasta en su pelo fosco con raya a un lado, en esas gafas enormes de pasta atigrada que le cubrían media cara y esa sonrisa de pícaro que dibujaba en su cara sin importarle tener un diente roto y llevar aparato.

Fue por primavera, durante el recreo, cuando vi que, en un descuido, Esteban había dejado su estuche sobre la mesa. Sin apenas pensarlo, saqué un folio de color amarillo y le dejé mi primer SMS como estúpida adolescente que era entonces. No recuerdo lo que le puse pero tampoco fue demasiado romántico, le diría algo como: oye chico, me gustan tus ojos y tu forma de mirarme, tu sonrisa de hierro y tu mano con el lápiz. Lo escribí en mayúsculas —manía de adolescente— con el bolígrafo de tinta metalizada y olor a fresa que llevaba conmigo para casos especiales. Doblé el papel como pude y rápidamente lo escondí dentro de su estuche. Cuando él volvió y lo descubrió no supe dónde esconderme.

Durante un tiempo, Esteban pareció buscar a quien le dejó ese SMS particular mientras pasaba las noches sin dormir, con idas y venidas que mi cabeza no supo poner en práctica. Entonces llegó el verano, se terminaron las clases y a mi padre, que fue Guardia Civil, le destinaron a Málaga con nosotros detrás. De allí vinimos, siendo yo demasiado pequeña como para acordarme, y allí que volvimos, sin un dibujo suyo fuera de mi sesera con el que sacarle un poco al menos de ella.

Lo que antes venía a ser un SMS (parte I)

Siempre llevaba encima aquel papel, por muy largo que resultara ese curso. Entonces, que una chica te escribiera una declaración de amor y te la dejara en tu estuche era como ganar un primer premio, sin más acertantes que uno mismo, en lo que ahora se llama Euromillones; todo un imposible, vamos. Aquello ocurrió en primero de BUP, cuando Esteban dejó el colegio de curas tras hacer “noveno” y volvió a su barrio, al instituto público que había a 3 calles tras su casa. Es lo que tiene cuando se pintan maneras con tanto suspenso, repites el último curso de la EGB y acaba temblando la libreta bancaria de unos padres que apenas tienen para llegar a fin de mes. Al menos ese curso no hubo que comprar libros nuevos.

Al final, el cambio a un edificio público “institucional” resultó  incluso favorable; a Esteban no le fue tan mal con los libros, como antaño, a pesar del mundo nuevo que se abrió ante sus ojos cual abanico. El escenario y sus actores se asemejaban demasiado a los de aquellas películas “hollywoodienses” sacadas del mismo barrio llamado Bronxs, con chavales de ambos sexos y diferentes razas, muchas de ellas pintadas hasta las cejas, vestidos cada uno de su forma y manera, y fumando entre clase y clase, fuera aula o fuera pasillo. Si meses atrás iba a un colegio de pijos con ropa de saldo, intentando no desentonar y aun así parecer un mierda por falta de marca, ahora era un pijo sin perder el calificativo que ya cargaba de antemano. Calzar unas gafas de culo de vaso y llevar el pelo con la raya a un lado, como si todos los días fuera a misa de domingo, no ayudaba un carajo.

Todo tiene su lado bueno, y es que ideologías y chavales raros había unos cuantos, por eso no lo llevó tan mal tras el jetlag de las primeras semanas. Dibujar caricaturas de profesores le ayudó, y poco a poco fue ganando amigos y adeptos sin pretenderlo. Muchos de ellos quisieron quedar grabados con la destreza de su mano y un día como otro cualquiera, a mitad de curso, al volver a clase tras el recreo, encontró en su estuche ese papel que aún guarda. Doblado en dos mitades imperfectas, con tinta morada y perfumada, oliendo a flores y a pasión juvenil, alguien, una chica al parecer, le dejó su primer “sms” en versalitas, años antes de que los teléfonos móviles asomaran para gobernar el mundo. Esteban lo leyó una y mil veces, tantas como su corazón revolucionado le dejó, pero se quedó sin saber quién dejó escrito el mensaje.

Durante días anduvo buscándola, mirando cuadernos ajenos para comparar la caligrafía, e incluso dejó que todo aquel que quisiera le dejara una dedicatoria en los separadores de su carpeta. Muchos pusieron sus tonterías como buenos adolescentes pero no funcionó, y cuando parecía haber perdido la esperanza, casualidades de la vida, ésta volvió en forma de goma de borrar. Su compañero de pupitre tenía una Milán, de esas cuadradas y enormes, y en mitad de una clase, viéndola rondar por la mesa, pudo distinguir con claridad indeleble unas pocas palabras escritas en tinta morada y mayúsculas, con esa “A” cuadrada y característica que Esteban grabó en su retina tiempo atrás. Se puso tan nervioso que fue incapaz de contener el tic de la rodilla. Le cogió la goma y leyó: TONTO EL QUE LO LEA. Importándole un comino el mensaje, comparó esas mismas letras y, como pudo, hablando por lo bajini, le preguntó a Manuel quién le había escrito eso.

Jamás hubiera imaginado que una tal Macarena fuera la responsable. Alguna tontería le escribió en su carpeta, pero como ahí iba en minúsculas ni se enteró. Ahora lo sabía, y con el corazón en un puño se quedó, medio tonto, sonriendo de oreja a oreja y con los ojos perdidos en algún remoto lugar de la pizarra. En algún momento se lo confesó a su amigo, pero nunca se atrevió a decirle nada a ella. Aquel curso terminó y no volvió a saber de ella porque a la vuelta del verano ya no estaba. Esteban todavía guarda ese papel en algún lugar recóndito de su mesilla. Tiempo después, en la cara de atrás, puso como clase magistral: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

Minientrada

Amor ebrio

Nada más conocerla, en una noche de verano, soñó con ella. En ese sueño se besaron, se enamoraron y el mundo pareció hacerles un hueco a pesar de todo.
Tan embriagados estaban que la resaca fue larga, pero también dulce, y cuando despertaron él le pidió la mano y el sueño fue real.

Su princesa

Querías darlo todo por ese jodido imbécil, un perdido de la mano de dios como otros tantos, y aún así lo intentaste como no está escrito. Qué ciego es el jodido amor… Tú, una chica bien educada, callada y respetable; toda una princesa guapa, joven y lista. Él un pobre desgraciado sin ganas ni futuro. No se puede esperar gran cosa de la vida, bien que lo sabes, pero menos aún de alguien así. Él sobre la vida y sus oportunidades de alguna forma también lo sabía. Quizás esa dinámica en la que estaba metido y probablemente sin salida lo provocaron. Hay caminos vallados y por lo tanto inescrutables, hasta que entras en ellos, a veces sin mayor elección. No hay más ciego que el que no quiere ver, pero quizás en este caso su ceguera vino como defecto de fábrica, manufacturado sin obra ni conciencia. Así le fue después. De todas formas tú eres fuerte, aunque no lo creas, y a ti también te sobran los motivos. Lo intentaste con todo lo que tienes, seguro, y el muy imbécil aún así quiso cambiar cuatro pesetas por un duro. La duda, después de todo, queda en si esto era por menosprecio o sin embargo por incapacidad, pero eso ya depende de cada uno, de las sensaciones que hayan quedado tras la tormenta.

Ahora toca resguardarse y aguantar los coletazos como buenamente se pueda, cuestión de tiempo como siempre. Como nunca. Pero a veces, muy pocas veces, la vida también sorprende gratamente y entonces podrás (y sabrás) engancharte a ella, te conozco y lo sé. Sólo puedo recomendarte, como él lo intentó, que cuando salgas de casa lo hagas sin prejuicios, ni siquiera vergüenza, y que des tu maldita cara sin miedo a las alturas. Porque tú ya eres alta y a muchos les va a costar llegar a tu cima, así que no te cortes y saca lo que llevas dentro con toda confianza. Échalo maldita sea y pon tu foto en el cuaderno, deja las ovejas para conciliar el sueño que a veces te pueda faltar.

Todo un glioma que no se quitó de la cabeza

Astrocitoma difuso de grado II según dice el informe ya al comienzo, basándose en la OMS. Dave, nunca habías conseguido ver nada claro más allá de tu nariz, a pesar de llevar gafas, y resulta que no era la miopía el causante. Aun así, perdido en tu difusión te operaste años antes por si las moscas y no te puedes quejar Dave, hasta ahora veías de puta madre. Difuso de palabra, obra y omisión, Dave, eres difuso hasta de pensamiento. Todo un tumor el de tu maldito cerebro, tan difuso que puede variar de grado según se precie como varías de humor. Pregunten sino a familiares, amigos, jefes, compañeros de profesión y demás personal con el que el difuso de Dave se haya cruzado.

¿Qué puede pasar? Pongámonos otra de Oporto y vayamos con calma. Creo que esto último te lo dicen mucho en los últimos meses. Pero Dave, el contador sigue y ya está en marcha el temporizador, aunque no lo sepamos. Tan difuso es el asunto que de un tiempo a esta parte tampoco te enteras, pero será cosa tuya, por no llevar reloj y contar las horas que transcurren a su antojo. Te la sudan tantas cosas ahora que ya te jode pasar por esto para darte cuenta. Te encantaría que aprendiéramos el resto, pero muchas veces no vemos hasta que nos dejamos los dientes, así nos va y tú el primero. —Cada cual con lo suyo, suerte con lo vuestro—.

Dave Live in Barcelona

Dave, entonces eras un chaval, apenas pasabas la veintena y llevabas ya un año sin trabajo pero fuiste listo. Tus miras apuntaban alto y eras un gran creativo. Tu padre conseguía anunciantes para revistas y tú sabías hacer campañas de publicidad. Spot Studio, como realizado por extrusión, era la puerta. Empezasteis a moverlo antes de ese verano y tan sólo era cuestión de tiempo que funcionara. Pero a veces el tiempo no corre como debiera. Aunque el dinero escaseaba aprovechaste el primer fin de semana de agosto para desplazarte a ver el primer cliente, en Barcelona ciudad, con tu novia de entonces. Cogiste un autobús que os separó en ocho horas de unos cuantos cientos de kilómetros y vuestro cariño. Pero era vuestro primer cliente y querías conocer la ciudad que le vio nacer, perderte por el barrio gótico con la reflex, subir a lo más alto del parque Güell, visitar la Sagrada Familia y comer pa amb tomàquet regado con algo de vino de la zona, como dios manda.

Llegasteis al atardecer y, tras dejar las mochilas en el hostal, os fuisteis tú y tu chica a pasear de la mano por el barrio de Gracia del que tanto habías oído hablar. Y es que mejor no se podía estar, Dave, descubrir esas calles junto a tu novia, una preciosa chica que conociste unos cuantos años atrás en la adolescencia del instituto, mientras el sol se ponía por detrás, para sentaros después en la terraza de algún bar y brindar por un viaje que parecía bueno. Al final la noche cayó como cayeron las copas de vino y bien pasadas las doce os fuisteis a dormir extasiados tras un día tan largo, aunque no más que el que os esperaba al despertar.

Al día siguiente bien cogisteis el autobús tras preguntar a unas abuelillas para subir hasta el parque Güell y tranquilamente recorristeis sus sendas, cuevas y escalones, sus pasillos inclinados bordeados por columnas con forma de árboles, sus grutas en vez caminos y sus paisajes que parecen de lava. Os hicisteis algunas fotos, descansasteis en algún banco compartiendo bocadillo y al final de la mañana os volvisteis para bajar hasta el barrio gótico. Una vez allí sonó tu rudimentario teléfono móvil. Dave, era tu hermano. El padre de ambos había sufrido un accidente en bicicleta, bajando el puerto de Navacerrada. —Bueno, pues se habrá jodido una pierna, cuestión de escayola y reposo, ¿no? —Será mejor que vengas cuanto antes, está en quirófano y no creen que salga…—.

Volvisteis al hostal a recoger lo vuestro y con el mismo taxi fuisteis al aeropuerto a esperar el primer vuelo, haciendo tiempo sin hacer nada más, interminable. Por primera vez en tu vida sentiste el silencio como nunca lo habías sentido. Aun así cuando llegaste era ya tarde para las visitas, tu padre había salido de quirófano muy grave y las cuarenta y ocho horas siguientes eran cruciales. Todo se derrumbó, lo conocido y lo desconocido, y tu madre no volvió a compartir cama ni tú con tu novia mientras el otoño se os echó encima.

Un coleóptero depredador común

Bodo era un escarabajo, un coleóptero depredador común, tan habitual en las calles de la ciudad como muchos otros insectos en los meses de verano. Bodo, así como sus padres, los padres de sus padres y todos los padres de sus padres, que eran unos cuantos, se alimentaba de insectos, lombrices y demás babosas, y toda su preocupación consistía en patearse el parque en el que vivían con el único objetivo de sacar tajada que llevarse a la boca y como mucho algún adorno con el que decorar la parcela. Pero eso no era suficiente para Bodo, Bodo quería conocer mundo y salir de aquel vergel infectado de yonquis, borrachos e inmigrantes, harto de rebuscar entre la basura y la tierra húmeda —que muchas veces estaba mojada sin que hubiera llovido antes—. Bodo ansiaba conocer la gran ciudad, la capital del reino, sacarse fotos con el móvil frente a la Puerta de Alcalá, el Palacio Real, la Plaza Mayor, la fuente de la Cibeles o junto a los hermanos Alcázar en la Gran Vía con el edificio de Schweppes al fondo. Durante mucho tiempo soñó con ese viaje y ahora que era todo un apuesto escarabajo adolescente estaba más seguro que nunca de lanzarse a la aventura y hacer realidad su sueño.

Y así fue, en un todavía templado amanecer de finales de septiembre, cuando agarró su fardo cargado con unas cuantas camisetas y algún pantalón de repuesto, el emepetres repleto de música y una cartera llena de monedas —que se había ido encontrando en los quehaceres de su rutina diaria— y echó a andar, tras dejar una nota a sus padres en una de las patas de la papelera que quedaba justo enfrente del chalé unifamiliar en el que vivían. El sol estaba tan bajo aún que hasta la sombra de una miserable colilla se extendía hasta el infinito, pero eso a Bodo poco le importaba, estaba acostumbrado a las miserias de la oscuridad, y poco a poco llegó hasta el sendero principal que daba al exterior del parque para continuar por él hacia la calle asfaltada que lo rodeaba. El caso es que tardó en llegar, sortear zarpas de perro con ganas de evacuar, Nikes Air trotando y demás aves rastreras cuando debía estar tirado en la cama entrando en el segundo sueño es sumamente complicado, parecía moco de pavo y sin embargo a punto estuvo de volverse a casa, pero aun así se armó de valor y consiguió llegar sano y salvo.

Su aventura le llevó calle arriba, un camino tan arduo y largo que se prolongó durante todo el día. En ese tiempo se cruzó con otros escarabajos que se protegían del calor diurno descansando tras los bordillos de las aceras y las tapas de las alcantarillas y que le seguían con la mirada hasta perderse, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, pero a Bodo le daba igual todo eso, prefería morir en el intento antes que volver a los meados, los árboles resecos, las jeringuillas rotas y la demás basura del parque. Al caer el sol se encontraba tan cansado que pasó la noche resguardado de la intemperie en una lata de CocaCola que yacía junto a una solitaria farola y que, a pesar de ser Zero, su embriagador y dulzón aroma reseco le transportó junto a la piscina de unos apartamentos costeros, en alguna isla de las Baleares, donde restos de cerveza y vómito ponían la puntilla a su ideal paraíso soñado.

Entrada la madrugada, cuando se regocijaba revolviéndose entre los restos mal digeridos de algún tipo de comida rápida empapada en alcohol barato, Bodo sintió un cosquilleo en sus élitros que, aunque suave, le hizo despertarse de su profundo y reparador sueño para encontrarse junto a él una pequeña cucaracha de finas antenas y estilizadas patitas que trataba de entrar en calor haciéndose un hueco a su lado. Extrañado y a la vez enfurecido, Bodo soltó un gruñido tan amenazador que hizo que aquella delicada cucaracha se asustara, corriendo hasta el otro lado de la lata muerta de miedo y, mientras Bodo clavaba sus ojos amenazante a aquel insecto asustado, ella trató de disculparse sin que el miedo le dejara terminar una sola palabra completa. Bodo se sentía incómodo con su extraña compañía, sin duda su mirada le delataba, así que sin más que decir aquella cucaracha salió sigilosamente de allí y Bodo volvió finalmente a quedarse dormido plácidamente.

En cuanto los primeros rayos de sol hubieron recalentado aquella oscura lata en la que había pasado la noche, Bodo salió de allí con las pilas cargadas, probablemente de respirar toda esa cafeína que quedaba ahí dentro, y se desayunó tranquilamente los restos de un durum envuelto en papel albál para después continuar su travesía. Al poco tiempo, unos metros más arriba, dio con un plano del suburbano tirado en el suelo que descubría ante él la enormidad de la gran ciudad. No sabía muy bien en qué parte de aquel mapa se encontraba, pero era sin duda un gran hallazgo. Y allí estaba Bodo, tratando de resolver el enigma del plano cuando oyó, no muy lejos, los gritos de dolor que procedían de una linda cucaracha más negra que el alquitrán de finas antenas y estilizadas patitas. Levantó la vista y la vio tirada en mitad de la calzada a la vez que el enorme semáforo que había en la esquina cambiaba a verde y aumentaba el rugido de los motores de unas enormes máquinas con ruedas. Bodo apretó los dientes, agachó la cabeza y corrió como alma que lleva el diablo hasta aquella cucaracha, la cargó a sus espaldas y con la misma velocidad regresó hasta el borde de la acera justo cuando una de aquellas enormes ruedas estaba a punto de pasarles por encima. Bodo trató de tranquilizarla y le preguntó su nombre. Aquella tímida cucaracha se llamaba Sissi, había llegado hasta allí desorientada, pues gustaba de ensimismarse con cualquier mínimo detalle, y había perdido el rastro de su familia unas horas antes. Sissi agradeció a Bodo su heroicidad con la vergüenza que le daba después de todo haberle despertado la noche anterior y él se disculpó, pues la falta de luz no le permitió ver realmente quién era el maldito insecto que le partía el sueño.

Al final Bodo se ofreció a acompañar a Sissi para buscar a su familia y ella aceptó encantada. Pasaron el día recorriendo las zonas más habituales por las que solían transitar, la puerta trasera del mercado, los cubos de basura, la montaña de palés, el seto de la entrada…, pero después de todo el día no había habido suerte, volvió a hacerse de noche y buscaron un sitio donde refugiarse. Sissi estaba cansada y triste, y para distraerla Bodo se sentó muy cerca de ella y le contó sus planes, todo lo que ansiaba conocer y los sitios que quería visitar. Sissi quedó entusiasmada, de alguna forma le parecía hasta embriagador, tanto que cuando quiso darse cuenta se estaban besando lujuriosamente en la boca, y entonces se apartó —¿cómo una cucaracha como ella podía besar a un escarabajo como aquel?— Bodo se sintió ofendido por el comentario, ¿acaso ella esperaba que con un beso se convirtiera en el príncipe azul? Eso, como saben todos, sólo pasa con las ranas y ellos dos tan sólo eran dos jodidos insectos —aunque atractivos a su manera—. Eso pensaba Sissi, y es que en el fondo Bodo no estaba tan mal —pero que nada mal—, así que se acercó de nuevo a él con su pícara caidita de ojos, le susurró algo al oído y volvieron a besarse mientras la luna seguía su rutinario peregrinaje surcando los cielos en mitad de la noche.

A la mañana siguiente, Bodo y Sissi despertaron abrazados en el interior de un amplia caja de pizza tamaño familiar, una cuatro quesos que embriagaba sus sentidos de tal forma que desayunaron con los fríos restos de la mozzarella, gouda, azul y rulo de cabra que quedaban aún impregnados sin su masa en el cartón. Las deducciones de lo que habían ido escuchado a lo largo de sus cortas vidas les situaban en Tetuán, y Tetuán tenía parada de Metro, así que sin perder más tiempo comenzaron la búsqueda de dicha estación, preguntando a todo aquel insecto que se encontraban en su camino, fuera mosca o fuera araña, hasta que finalmente dieron con ella y accedieron a sus entrañas. Querían ser honrados y comprar un billete de metrobús, pero el esfuerzo de subir hasta la rendija donde se debían insertar las monedas era infinitamente mayor de lo que les suponía pasar por debajo del torno, a parte de que no tenían suelto —tan solo unos billetes de veinte y cargar con las monedas de vuelta era mayor trastorno aún—, así que decidieron colarse pasando por debajo del mostrador y bajar después a escondidas para no ser vistos hasta el andén que les llevaría al mismísimo centro de la ciudad.

Sentados bajo uno de los bancos compartían los auriculares del emepetres, con miradas furtivas que nunca llegaban a encontrarse, a la espera de que llegase ese tren con el que recorrer juntos al menos parte de sus vidas y el cual se retrasaba —pero quién podría decir que esa espera no fuera maravillosa…— De repente, Sissi se dio cuenta de que esa mañana no se había arreglado lo más mínimo y corrió escaleras arriba, con la excusa de unas monedas que habían visto caer, para ponerse un poco de rimel en esos pedazo de ojos que su madre le había dado y pintarse los labios para que la próxima vez que Bodo le mirara se le hiciera la boca agua cuando, a lo lejos, sonó el chirriar de las vías con los engranajes de los vagones y Bodo, hipnotizado por el sonido, se echó perdido hasta el mismísimo borde del andén para verlos llegar y subirse después al vagón que le quedaba más cerca en cuanto sus puertas se abrieron.

Después de aquello sonó un silbato y unos segundos más tarde el tren ya se había ido, el andén quedó vacío y, cuando Sissi volvió nerviosa bajo aquel banco, ya no había ningún coleóptero depredador común con nombre de escarabajo estúpido y un auricular en la mano para devolvérselo con un beso que le quitara la respiración y todo ese carmín que ella se había puesto para nada.

Sala Paradiso

Aquella noche fue la última vez que la mítica Sala Paradiso abrió sus puertas al público, tras más de medio siglo de espectáculos entre actuaciones y fiestas, pero no mucha gente se enteró ya de esto. Mi otra opción era quedarme en casa descorchando algún Rioja, pero qué demonios, peor no podía ser. Dejé enfriando el vino por si acaso, embutí mis huesos en algo de ropa y allí me fui con el primer taxi que supo dónde estaba. Cuando llegué no había más luz que la de las farolas y el rojo queriendo ser verde del semáforo de enfrente, iluminando el cartel en el que anunciaban la actuación de Milagros con su foto, de pié junto a un piano de cola, y un par de músicos cuyos nombres, Paco y José, aparecían escritos más pequeños bajo el suyo. Para entrar debías estar en una lista, y yo lo estaba, alguien había dejado mi nombre. Apuré el cigarrillo, llamé a la puerta y de alguna forma ésta se abrió sin más. Al otro lado, las estrechas escaleras bajaban hacia unas notas de cuerda amartilladas, probablemente improvisadas por el tal Paco, dando paso al final a una enorme y oscura sala con un escenario encumbrado por ese pianista que él sólo iluminaba.

Tras repostar en la barra para no esperar me senté en la primera mesita, que además quedaba muy cerca del escenario, y allí me acomodé saboreando mi copa y disfrutando aquellos raudos acordes. Entonces, en algún momento, una luz tan clara que tiñó de blanco todo el escenario hasta parecer no tener fin cubrió la sala entera, cegando mis ojos y obligándome a cubrir mi cara con las manos. Tardé en acostumbrarme a esa luz, probando a separar poco a poco mis dedos y entre ellos pude ver que era Paco el joven gallardo embutido en un inmaculado smoking blanco, con mucho pelo sobre su cabeza y muy rizado, tan oscuro como la pasta de sus gafas, sentado frente a un brillante y enorme piano de cola tan claro como su smoking y tan distraído en él bajo sus hábiles manos que, con unos pocos y lentos acordes, terminó por inundar aquel recinto. Junto a él ahora estaba acompañándole José, haciendo sonar su saxo a la vez que doblaba el tamaño de su poderoso pecho cada vez que cogía aire y vistiendo el mismo uniforme pero bien peinado, con la raya a un lado, y de pie con pose galante.

Haciendo su dueto pasamos un buen rato que consumió la mitad de mi copa, con una dulce melodía improvisada, a veces lenta y rítmica otras pero casi celestial, hasta que la estrella femenina de la noche hizo su entrada al aparecer de la nada, caminando lentamente desde el fondo del escenario y contoneándose con sutileza sobre sus caderas. Milagros, con su plateado pelo recogido en un sencillo moño y un precioso y largo vestido de lino blanco, tardó en llegar hasta los dos músicos que allí la esperaban, pero cuando lo hizo les sonrió y ellos se la devolvieron quedando rápidamente prendados de sus enormes ojos brillantes.

Entonces José dejó el saxofón cuidadosamente sobre el piano y se acercó hasta ella para, con un elegante gesto agachándose a sus pies, invitarla a bailar. Milagros aceptó con una leve reverencia flexionando las rodillas y, rodeando sus cinturas con un brazo y juntando las palmas de sus manos con el otro, continuaron con el romántico baile de sus vidas que en algún momento de ellas habían dejado a medias. Y cuando eso pasó, Paco, Paquito, les miró por un momento y, sin dejar de sonreír ya, continuó amartillando con más fuerza aún las teclas del piano que se retorcían bajo sus dedos, una bonita melodía romántica que no quiso acabarse mientras Milagros y José volvían a bailar juntos después de tantos años.

Al final, el escenario de la Sala Paradiso se fue quedando a oscuras poco a poco mientras Francisco, José y Milagros seguían con lo suyo ajenos a todo lo demás. Yo aguanté todo lo que pude hasta que ya no conseguía distinguirles, entonces acabé mi copa y les sonreí a ciegas durante un buen rato mientras saboreaba lo que habían dejado en mi paladar. Luego me levanté y allí les dejé a los tres a solas para que terminaran como sin duda se merecía la primera y última actuación de sus vidas que a medias se había quedado después de tanto tiempo.

Una pérdida de tiempo

Charly pensó que era fácil enamorarse de una chica así y que ella podría estar con cualquiera, el que ella quisiera, y sin embargo Beatriz se había quedado con él aquella noche, tomando unas cervezas en la barra de un improvisado bar. Charly no pensó mucho más, sólo en la coincidencia de dos personas que muchos años antes habían tenido cierto contacto, que Beatriz estaba algo cansada para seguir de fiesta y por eso sus amigas la dejaron sola allí con él. Charly podía sacar a Beatriz más de diez años fácilmente, tenía el pelo largo, con mechas de tinte, llevaba una fina y ajustada camiseta de tirantes negra dejando adivinar unos senos no demasiado grandes, pero sí duros y turgentes, un vientre liso con un piercing asomando en el ombligo y unos pantalones vaqueros desgastados muy bien ajustados. Charly apuraba su cerveza y la miraba con la desconfianza de quien se sabe demasiado viejo y feo para una chica como ella. Mientras, Beatriz hablaba y hablaba como hace cualquier mujer cuando no está durmiendo, riéndose y abriendo mucho la boca para decir ah y oh, mientras le cogía del brazo tirando de su camisa o posaba su mano sobre la de él, gesticulando tanto como para pensarse dos veces atarla a la banqueta en la que apenas paraba sentada.

Charly estaba casado y Beatriz lo sabía, pero eso importaba poco en aquel momento, su mujer se había ido de recogimiento a pasar el fin de semana con sus amigas a una casa rural. Charly había aprovechado para salir a tomar algo tranquilamente con un par de amigos para ponerse al día de sus rerspectivas vidas y recordar los viejos tiempos, los buenos tiempos, cuando lo que pasara al día siguiente importaba tan poco como las pocas monedas que llevaban en los bolsillos. Pero esos tiempos no eran ya más que recuerdos de otras vidas y antes o después debían volver a casa con sus obligaciones conyugales, menos Charly, por eso cuando se despidieron en la puerta del bar para echar un cigarro él se quedó con Beatriz, que le pidió que se tomara una cerveza con él, la primera vez que hacían algo así. Los padres de ambos eran vecinos y Charly casi la había visto nacer, Beatriz había pasado muchas tardes en casa de Charly cuando él aún vivía con sus progenitores, haciendo sus deberes y jugueteando inocentemente con él cuando se aburría más de la cuenta. Después Charly creció, empezó a trabajar y se fue del nido siendo aún muy joven, estuvo saliendo con alguna chica y finalmente se casó con la última, por amor, con iglesia, banquete y luna de miel, y pasaron los años.

La cerveza seguía fluyendo, Charly llevaba ya varias jarras ebrio y Beatriz le confesaba lo difícil que era encontrar un chico de su edad que tuviera dos dedos de frente y pensara en algo más que una mamada, lo excitante que resultaba encontrar a un tipo interesante como Charly con quien tomar una cerveza plácidamente. Aquel comentario hizo que Charly pensara en ello con la imagen de Beatriz abriendo la boca diciendo oh y fue entonces cuando decidió retirarse antes de bailar en la cuerda floja, sin música. Después de todo, Charly seguía queriendo a su mujer aunque las cosas hubieran cambiado. O a lo mejor después de todo nada había cambiado y ese era el problema.

Charly se conocía el camino y ofreció a Beatriz llevarla hasta su casa, apuraron sus cervezas y salieron del bar agarrados hasta el coche, encendió el motor, bajó la ventanilla y encendiéndose otro cigarrillo arrancó. No pasaron más de quince minutos sorteando las calles principales, por riesgo a ser detenido en algún control de alcoholemia, cuando Charly paró en segunda fila frente al portal. Beatriz quiso fumarse un último cigarrillo, Charly se lo prendió y ella se disculpó por haberle aburrido con sus tonterías de niña borracha. Veinte incómodos minutos en total en los que a Charly se le pasó por la cabeza cómo sería reiniciar su vida con una chica como Beatriz, joven, guapa y despierta, pero los cigarrillos se consumieron y tocó despedirse, eso era lo mejor que podía hacer, pensó Charly en un momento de lucidez, y acercó su cara hasta la de ella para los dos besos de cortesía, cuando sus labios fueron asaltados por otros unos diez años más jóvenes que los suyos, abriendo su boca e introduciendo dentro su lengua inquieta.

–Yo también estoy sola este fin de semana– le dijo Beatriz al final, –¿por qué no subes? –. Charly aparcó su coche, ¿qué podía perder? pensó, y subieron juntos en aquel viejo ascensor que jamás había imaginado en sus mejores sueños una escena como aquella. Charly la cogió a orcajadas entre sus brazos y la devolvió aquel beso envenenado a mordiscos. Luego, entraron en la casa de ella y sin encender luz alguna cayeron en el sofá comiéndosela a bocados como hacía tiempo que no lo hacía, despachándose a gusto con sus manos sobre aquella piel joven y tersa mientras ella se dejaba hacer. Charly saboreó las delicias de cada uno de los rincones de Beatriz, desnudándola a placer hasta dejarla únicamente con un retorcido tanga entre sus nalgas, gimiendo ésta entrecortadamente, con ese punto de timidez que diferencia a una niña de una señora. Pero mientras Beatriz se derretía empapando los cojines del sofá Charly tan solo saciaba la codicia de su estúpido calentón que rápidamente se había enfriado, en seguida aquello le supo a nada, y a pesar de intentarlo una y otra vez perdió el apetito, era sólo carne, tan vacía e insípida que si hubiera estado en un restaurante se hubiera largado de allí sin pagar. En vez de eso se retiró en silencio, sentándose cuidadosamente a un lado, y se declaró en bancarrota, no pintaba nada allí.

Parecía más de lo que realmente era, pensó Charly cuando entraba de nuevo en su coche. Su mujer podía sentirse envidiada, tenía diez años y otros tantos kilos más que cualquier remilgada con un tanga que le abrazara el culo y aún así se la seguía poniendo dura cuando volvía cansado del trabajo, ¿qué más podía pedir? Después de todo se sentía afortunado. Bajó la ventanilla, encendió un cigarrillo saboreando la primera bocanada como si fuera la última y arrancó con el único deseo de meterse en la cama cuanto antes y no levantarse hasta bien tarde, ya estaba bien de hacer el gilipollas.