Si la prensa rosa hiciera eco

Ya podía estar empezando el verano que caía la de dios. Noé estaría terminando de construir su crucero para atravesar el Pacífico mientras la madre de Moisés preparaba la comida de ese día. Con el paso de los siglos llegaron a etiquetar a sus padres como faraones y él hijo adoptivo, pero no todo lo que se dice es verdad, la prensa rosa peca más de lo que debiera por intereses mediáticos entre otros. Él era el hijo menor de 3 hermanos, el único que aún no se había emancipado, y ese día, que se levantó poco antes con una buena resaca, se quedó con la Nintendo tirado en el sofá. En ese momento entró su padre en casa, maldiciendo, tras volver de su rutina con el ganado.

—Vienes empapado, Amram. ¿Te saco una toalla? —le dijo Iojebed a su marido.
—¡Pero qué diablos…! ¿Tú has visto la que está cayendo? —respondió ofuscado.
—Sí, lo que no me bebí anoche, jajaa —interrumpió Moisés queriendo no ser pretencioso sin conseguirlo. Entonces su padre dio media vuelta, ofuscado, y clavó sus ojos en él.
—¡A saber qué harías con tus amigotes!
—Pues a falta de vírgenes nos bajamos al río con unos litros de kalimocho. Por si pescábamos algo…
—¿Y qué, lo conseguisteis? —le preguntó con sorna.
—Nah, alguna langosta.
—¿Sí, dónde está entonces? —y Amrad volvió a girar su cabeza 180 grados por la violencia decrépita de su estómago vacío— ¿Iojebed, acaso la paella es marinera? Porque no huele a marisco…
—No cariño, es valenciana. Le he puesto conejo, pollo…
—Papá, las langostas nos picaron hasta en los huevos. ¿No ves cómo tengo el cuerpo?
—¡Si pensaras con lo que debieras ya estarías en la facultad, maldita sea tu estampa!
—Cariño, déjale, ¿no ves lo mal que lo está pasando?
—Escucha a mamá. Si me hubierais comprado la play otro gallo cantaría…
—¡Claro, y qué más! —El cuello de Amrad se contorsionaba entre uno y otro.
—Pues sí, porque entonces podría jugar online con Séfora. Pero como no la tengo pasa de mi culo, joder.
—¿Bueno, y qué pasa con esa kushita del instituto? El otro día me crucé con ella y preguntó por ti… —intentó animarle su madre.
—¡No me gusta!
—Pero si es muy simpática…
—¡Es muy fea!
—Pues parece buena chica, y además quiere ser ingeniera… —continuó Iojebed.
—¡Es una empollona de mierda!
—Si fueras como ella otro gallo cantaría… —pensó Amrad en voz alta.
—Ya puede cantar 3 veces que no, no y no.
—Mira niño, ahora mismo te estás sentando a la mesa. Na’ más comer te subes y hasta que no termines con… ¿de qué es el próximo examen?
—De filosofíiiiiia… —respondió cansado, alargando las últimas vocales con la mirada perdida en algún punto inexacto del techo.
—Pues esta noche te bajas media hora antes de la cena con el libro y me lo cantas —concluyó su padre sin mayor dilación. —¡Y ahora, a comer!

La familia se sentó a la mesa y cada uno llenó su gaznate sin nada más que hablar salvo del ganado y lo que Amram pudiera sacar de él a final de mes. Nada más terminar, Moisés subió sin ganas a su habitación como su padre le había dicho. La idea era que se encerrara entre libros y estudiara, pero la pubertad fue más fuerte que la constancia. Moisés no se lo pensó dos veces, lo tenía planeado desde hacía años y cargó todo lo que pudo en su chistera, Nintendo incluida, y escapó de allí para no volver en mucho tiempo. Lo que pasara o no después es otra historia.

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