El sitio de tu recreo

Tiempos pasados siempre fueron mejores, pero no hace falta que nadie te lo recuerde, ni necesitas pensar demasiado en ellos, ellos solos vienen a ti mientras apuras un cigarro, consumiéndose tu vida con él, a cada calada. Humo es todo lo que queda de aquello, el mismo humo que con nombre de mujer se te queda agarrado a los pulmones e inútilmente intentas expulsar con el esfuerzo de una fingida tos como las putas fingen sus orgasmos o las quinceañeras sus excesos etílicos. Por un momento fijas la mirada en la foto de la mesilla de noche, te devuelve su mirada y agarras de nuevo la guitarra para sacarla algunos acordes que suenan a tiempos mejores, a amargura y a melancolía, como el llanto de las viejas, y lloras secamente con la guitarra. Hace tiempo que no la afinas, y hasta te suena mejor. Lloráis los dos pero no quedan lágrimas que derramar sobre la alfombra, la única materia acuosa que recorre tus vísceras es la cerveza que bebes, la misma cerveza que meas, la misma que ves desaparecer por el retrete queriendo irte con ella, muy lejos, volar, salir de tu cuerpo inerte castigado por el desamor de los cientos de gramos que desaparecieron con un suspiro bajo tu nariz y encontrarte con Marga, tu amada Marga, tu deseada Marga, tu preciada Marga. Una vez se te escapó, expulsó su último aliento cogiendo tu mano, pero no volverá a pasar, la buscarás, y cuando la encuentres no habrá nada ya que pueda separaros. Enciendes otro cigarro y escribes en el anverso de la factura de la luz que está sobre la mesilla las últimas notas. Miras la foto, os sonreís, le acaricias la mejilla, sabes que dentro de poco estarás con ella paseando de la mano, en el sitio de tu recreo, como cuando teníais quince años, como cuando os ruborizabais por sentaros demasiado cerca, volverás a escribir esas canciones de amor y ya ninguna guitarra llorará más, ni habrá más humo, ni cerveza ni tiempos mejores, sólo Marga, mucha Marga…

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Lucha de gigantes

Carlos la mira de reojo. Carmen está detrás de las cortinas, preparando unas tortillas de patatas, lleva el pelo recogido con un moño. Al otro lado de la barra 14 mesas están a reventar y Virgilio, sentado como cada mediodía en su taburete, apura su pincho y su vermú.

–Macarrones con tomate, dos lentejas, patatas guisadas, un pollo y un lenguado–. Carmen se apresura a servir los platos. Carlos se asoma, extiende las manos y observa su cuello desnudo con un mechón de pelo rizándose tras la nuca. A Carlos le encanta ese cuello, un bonito cuello, un cuello blanco y delicado como la nieve, un cuello para cerrar los ojos y comérselo a bocados. Por un momento se queda perdido en él, deleitándose en su fina piel, hasta que Carmen se da la vuelta y le mete prisa, –vamos, lleva esto–, le dice.

Carlos sale de la barra y Carmen le ve alejarse con un gracioso andar que provoca una sonrisa en su boca. Carlos no es mucha cosa, un tipo corriente, delgado y no muy alto, su frente empieza a despejarse y en su pelo hace tiempo que asoman ya algunas canas, tiene los ojos tristes como la del perro del anuncio y una sonrisa que contradice su mirada, su cara es una ironía por la que gusta de pasear sus dedos, antes de dormir, con el beso de buenas noches.

Ha pasado el tiempo desde que compartían pupitre, en un maltrecho instituto público de Vallecas, pero aún tienen ese brillo en los ojos cuando se cruzan sus miradas, ese brillo producto del cosquilleo que sale de la misma boca del estómago, después de veinte años peleando con la vida, la perra vida, como David contra Goliat, y lucha de gigantes es su banda sonora, la banda sonora de sus vidas, la canción que le envalentonó a Carlos para romper la distancia, cuando aún eran unos críos y estaban en un concierto de un tal Antonio Vega, para acercarse a ella lo suficiente y besarla detrás de la oreja después de susurrarle que la amaba. Veinte duros años peleando contracorriente, un juego salvaje en un mundo descomunal, y lo único que tiene seguro es que quiere seguir amaneciendo con ella otros cien.

Carmen y Carlos tienen un bar, no es gran cosa, sus vidas tampoco son gran cosa, entre albañiles, maquinistas, repartidores y curritos del polígono industrial. Quisieran tener su primer hijo pronto e irse a la playa en verano, si consiguen cerrar bien los meses que quedan hasta agosto quizá puedan hacerlo, darse una semana en Torrevieja para ellos solos y disfrutar un poquito como cuando eran esos críos que escuchaban a Nacha Pop por los bares de Madrid.