So bring it on

Te colaste silbando y sin entrada, con esa petaca de aguardiente en tu bolsillo.
Como música de cañerías en una ciudad de desagües congelados, detenida en el tiempo y sin espacio presente, en la que un ciego apenas siente lo que a sus oídos llega, perdiendo los ojos por no gustarle sus vistas, y aún así disfrutar de esa música tan suya como rota.

Te colaste con los bolsillos vacíos, sabiendo aun así que lo hacías de prestado.
Llegaste con la boca pequeña para no llamar la atención y sin embargo acabaste sobre el escenario pidiendo disculpas a gritos, no porque estuvieras afónico sino por incapacidad auditiva de los allí presentes, tan sordos como ellos solos, como lo están las masas de sus extremos.

Te colaste por la puerta de atrás, sin dar la talla a pesar del número que calzas.
Entraste en traje y corbata, llevando las luces de prestado y unos zapatos para pisar arenas movedizas. Alguna vez llegaste a tocar algo que ahora te queda demasiado grande e intentas mantener la cabeza fría, sin embargo resbalas a cada paso. Quisiste estar más cerca y acabaste más lejos aún.

Te colaste sobrio, queriendo ser alguien en un mundo repartido a tus espaldas.
Porque la música era ese mundo, a pesar de la ebriedad en la gente presente, y con esas te abriste hueco sin pestañear. Tocaste techo y dejaste tu firma, pero un público falto de talla carece del aprecio a su paladar. Saliste por donde entraste, y aun así bien sabes que hiciste todo lo que tenías en tu mano.

Silbando te fuiste con alguna copa de más en tus entrañas.
Saliste por donde entraste, y lo que ella te dio no te lo quita nadie.
So bring it on.

Born into this

Charles Bukowski

born like this
into this
as the chalk faces smile
as Mrs. Death laughs
as the elevators break
as political landscapes dissolve
as the supermarket bag boy holds a college degree
as the oily fish spit out their oily prey
as the sun is masked

we are
born like this
into this
into these carefully mad wars
into the sight of broken factory windows of emptiness
into bars where people no longer speak to each other
into fist fights that end as shootings and knifings

born into this
into hospitals which are so expensive that it’s cheaper to die
into lawyers who charge so much it’s cheaper to plead guilty
into a country where the jails are full and the madhouses closed
into a place where the masses elevate fools into rich heroes

born into this
walking and living through this
dying because of this
muted because of this
castrated
debauched
disinherited
because of this
fooled by this
used by this
pissed on by this
made crazy and sick by this
made violent
made inhuman
by this
the heart is blackened
the fingers reach for the throat
the gun
the knife
the bomb
the fingers reach toward an unresponsive god
the fingers reach for the bottle
the pill
the powder

we are born into this sorrowful deadliness
we are born into a government 60 years in debt
that soon will be unable to even pay the interest on that debt
and the banks will burn
money will be useless
there will be open and unpunished murder in the streets
it will be guns and roving mobs
land will be useless
food will become a diminishing return
nuclear power will be taken over by the many
explosions will continually shake the earth
radiated robot men will stalk each other
the rich and the chosen will watch from space platforms
Dante’s Inferno will be made to look like a children’s playground
the sun will not be seen and it will always be night
trees will die
all vegetation will die
radiated men will eat the flesh of radiated men
the sea will be poisoned
the lakes and rivers will vanish
rain will be the new gold
the rotting bodies of men and animals will stink in the dark wind
the last few survivors will be overtaken by new and hideous diseases
and the space platforms will be destroyed by attrition
the petering out of supplies
the natural effect of general decay
and there will be the most beautiful silence never heard

born out of that
the sun still hidden there
awaiting the next chapter

Deje de mirarme las tetas, señor.

Charles Bukowski

Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.

Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos. Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:

—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!

Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.

Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.

—¡Eh, chico! —dijo.

El chico no contestó.

—Te estoy hablando, chaval…
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.

El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.

—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la mierda a hostias.

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz… Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio.

Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.

—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart-. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.
—Escucha, nena…
—¡Que te den por el culo!
—Escucha, nena, contempla…

Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo. Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:

—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!

La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.

—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás. ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.

—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto…
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito…

Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.

>—Mira, Niño…
—¿Sí, hijoputa…?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño…
—¡Aléjate y listo para disparar!

Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía. Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.

—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.

Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.

—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!

La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

Yo también puedo desconectar

Charles Bukowski

Sonó el teléfono. Estaba sentado en la alfombra. Arrastró hasta el suelo todo el teléfono tirando del cable. Luego descolgó. Se oía un sonido.

—¿Diga? —dijo.
—¿McCuller?
—¿Sí?
—Son ya tres días.
—¿De qué?
—De no venir a trabajar.
—Es que estoy haciendo una Botella de Leyden.
—¿Qué es eso?
—Un aparato para almacenar electricidad estática que inventó Cuneo de Leyden en 1746.

Colgó el teléfono y luego lo tiró al otro extremo de la habitación. Quedó descolgado. Terminó la cerveza y entró a cagar. Se puso los pantalones y volvió a la otra habitación.

—¡DA DA! —cantó, —DA DA DA DA ¡DA DA DA DA!

Le gustaba T. Brass de Herb A. Dios, qué amarga melancolía.

—RA DA RA DA RA DA DA DA…

Cuando se sentó en el centro de la alfombra, allí estaba su hija de tres años y medio. Él se tiró un pedo.

—¡Eh! ¡Te has tirado un PEDO! —dijo ella.
—¡ME TIRÉ UN PEDO! —dijo él.

Los dos se echaron a reír.

—Fred —dijo ella.
—¿Sí?
—Tengo que contarte una cosa.
—Suéltala.
—A mamá le sacaron toda aquella mierda del culo.
—¿Sí?
—Sí, aquellas personas andaban en su culo con los dedos y le sacaron toda aquella mierda de allí.
—¿Pero por qué dices eso? sabes que no pasó.
—Sí, pasó, ¡pasó! ¡lo vi yo!
—tráeme una cerveza.
—Vale.

Fue corriendo a la otra habitación.

—RA DA —cantó él, —RA DA RA DA ¡RA DA DA DA!

Volvió su hija con la cerveza.

—Cariño —dijo él—, quiero contarte una cosa.
—De acuerdo.
—El dolor es ahora casi absolutamente total. Cuando sea absolutamente total, ya no podré aguantarlo.
—¿Por qué no te pones azul como yo? —preguntó ella.
—Ya estoy azul.
—¿Por qué no te pones azul como yo y como las flores?
—Lo intentaré —dijo él.
—Vamos a bailar «El hombre de la Mancha» —dijo ella.

Él puso «El hombre de la Mancha», bailaron, él dos metros de altura y ella más o menos un tercio o un cuarto del tamaño de él. Bailaban independientemente, con movimientos distintos, muy serios, aunque a veces se reían a la vez.
El disco se paró.

—Marty me pegó —dijo ella.
—¿Qué?
—Sí, Marty y mamá estaban abrazándose y besándose en la cocina y yo tenía sed y le pedí a Marty un vaso de agua y no quiso dármelo y entonces yo lloré y Marty me pegó.
—¡Tráeme una cerveza!
—¡Una cerveza! ¡cerveza!

Él se levantó y se acercó el teléfono y lo colgó, en cuanto lo hizo, sonó.

—¿Señor McCuller?
—¿Sí?
—Ha caducado el seguro de su automóvil, su nueva cuota es de doscientos cuarenta y ocho dólares anuales a pagar por adelantado, ha tenido usted tres multas de tráfico, consideramos cada infracción equivalente a un accidente de automóvil…
—¡Mierda!
—¿Qué?
—Un accidente de automóvil le cuesta a usted dinero; una supuesta infracción me cuesta dinero a mí. y los muchachos de las motos, que nos protegen de nosotros mismos, tienen una cuota de dieciséis a treinta multas al día que cumplimentar para pagar sus casas, sus coches nuevos y ropa y baratijas para sus mujeres clase media baja, guárdese sus cuentos, he dejado de conducir, tiré el coche por el muelle anoche, sólo lamento una cosa.
—¿El qué?
—Que yo no estuviese dentro de aquel jodido coche cuando se hundió.

McCuller colgó y cogió la cerveza que le había traído su hija.

—Doncellita —dijo—, ojalá que algunas de tus horas sean menos duras que las mías.
—Te quiero mucho, Freddie —dijo ella.

Y le rodeó con sus brazos, pero los brazos no podían rodear su cuerpo por completo.

—¡Te aprieto! ¡te quiero! ¡te aprieto!
—¡Yo te quiero también, doncellita!

La abrazó y la apretó. Ella resplandecía, resplandecía. Si hubiese sido un gato habría ronroneado.

—Ay, ay, qué mundo extraño —dijo él—. Lo hemos conseguido todo pero no podemos tenerlo.

Se agacharon y se pusieron a jugar en el suelo a un juego llamado CONSTRUYE UNA CIUDAD. Hubo cierta discusión sobre dónde estaban las vías férreas y a quién se permitía utilizarlas.
Luego sonó el timbre. Él se levantó y abrió la puerta. Su hija les vio.

—¡Mamá! ¡Marty!
—Coge tus cosas querida, tenemos que irnos.
—¡Yo quiero estar con Freddie!
—Te he dicho que cojas tus cosas.
—¡Pero yo quiero estar con Freddie!
—¡No voy a repetírtelo! ¡Coge tus cosas o te pegaré en el culo!
—¡Freddie, diles tú que quiero quedarme!
—Ella quiere quedarse.
—Estás borracho otra vez, Freddie. ¡Te dije que no quería que bebieras estando con la niña!
—¡Bueno, tú estás borracha!
—No la llames borracha, Freddie —dijo Marty encendiendo un cigarrillo—. No me gustas nada. Siempre me pareciste medio marica.
—Gracias por decirme lo que piensas que soy.
—No la llames borracha, Freddie, o las llevas…
—Un momento, tengo que enseñarte algo.

Freddie entró en la cocina, cuando salió cantaba:
—RA DA RA DA ¡RA DA DA DA!

Marty vio el cuchillo de carnicero.

—¿Qué te propones hacer con ese chisme? te lo voy a meter por el culo.
—Claro, hombre, pero quería decirte algo. la chica de la oficina de la compañía telefónica me llamó y dijo que me desconectarían el servicio porque no se habían pagado las últimas facturas. Yo le dije que me gustaría echarle un polvo y colgó.
—¿Y qué?
—Quiero decir que yo también puedo desconectar.

Freddie actuó muy rápido. La rapidez fue una magia quieta. El cuchillo de carnicero tajó cuatro o cinco veces el cuello de Marty antes de que éste cayera de espaldas, escaleras abajo…

—Dios mío… no me mates, no me mates, por favor.

Freddie volvió a la otra habitación, tiró el cuchillo en la chimenea y se sentó de nuevo en la alfombra. su hija se sentó con él:

—Ahora podemos acabar el juego.
—Claro.
—Ningún coche en la vía del tren.
—No, demonios, la policía nos detendría.
—Y no queremos que la policía nos detenga, ¿verdad?
—Je je.
—Marty es todo sangre, ¿verdad?
—Claro que lo es.
—¿Es de eso de lo que estamos hechos?
—Principalmente.
—¿Principalmente qué?
—Principalmente sangre y huesos y dolor.

Siguieron sentados allí jugando a «Construye una Ciudad». Se oían las sirenas, una ambulancia, demasiado tarde. Tres coches patrulla. Pasó caminando un gato blanco, miró a Marty, alzó la nariz, salió corriendo. Una hormiga empezó a subir por la suela de su zapato izquierdo.

—Freddie.
—¿Qué?
—Quiero decirte una cosa.
—Dila.
—Aquella gente le andaba a mamá en el culo, y le sacaban toda aquella mierda de allí con los dedos…
—Vale, te creo.
—¿Dónde está mamá ahora?
—No sé.

Andaba mamá recorriendo las calles arriba y abajo contándoselo todo a los vendedores de periódicos y a los dependientes de las tiendas de ultramarinos y a los camareros y a los subnormales y a los sádicos y a los motoristas y a los comedores de sal y a los ex-marineros y a los haraganes y golfos y tramposos y a los lectores de Matt Weinstock, y aquí y allá, y el cielo era azul y el pan estaba envuelto y por primera vez en años los ojos de aquella mujer eran vivos y bellos. Pero sin duda la muerte era aburrimiento, la muerte era sin duda un latazo y ni siquiera los tigres y las hormigas sabrían nunca cómo y el melocotón chillaría un día.

Un perdido de tantos

Jaume Puig era un escritor frustrado, un niño bien venido a menos, un estúpido crío de buena familia, un fracasado, un perdido de tantos. Estudió periodismo en la Autónoma de Barcelona y salió de allí con un expediente académico intachable. Pasó de las historias de Fray Perico y su borrico y el Pirata Garrapata a leer a Bukowski, a Miller y a Burroughs sin intermediarios. Jaume no sólo se creía distinto al resto, se creía mejor que el resto, con una capacidad innata para la supervivencia y la ingesta de alcohol. Un tipo no muy alto pero con buenos brazos, a pesar de perder todas las peleas en los bares del bajo Barcelona. El mayor de los Puig era de ese tipo de gente que imita a sus ídolos al carecer de una identidad propia, quería ser el mismo tipo duro que Bukowski o Miller pero sólo conseguía nadar en su propio vómito después de la octava cerveza, antes de coger un taxi hasta la lujosa mansión de sus papás.

Jaume se metió tanto en su papel, el de mente perdida sin futuro alguno, que empezó a trabajar como mozo de almacén, camarero de comidas rápidas o buzoneador de barrio, a la vez que intentaba escribir una novela que dejara a sus ídolos en la sombra. Así pasó los años, hasta que cumplió los 30. Su novela seguía inacabada, había algo en su vida adoptada que no funcionaba y pensó que vivir en un barrio rico, en casa de papá, no era el camino. Al día siguiente de su cumpleaños, una calurosa tarde de agosto, decidió salir de allí y buscar eso que le faltaba en otra ciudad. Necesitaba algo de mierda en su vida, creyó que arrastrarse por el fango sería el último paso hacia el éxito, si quería ser un bohemio escritor y consagrarse como tal debía hacerlo. Así que metió lo que pudo en una mochila, se despidió de sus padres y marchó a Madrid. Nuevos aires, mucha mierda. Quizá de esa manera le fuera mejor.

Una vez en Madrid, después de andar desde Atocha hasta la Plaza Mayor con un horrible viaje en tren a sus espaldas; de noche, bebiendo ron de una petaca que de vez en cuando sacaba del bolsillo pequeño de su mochila y un tipo asiático durmiéndose en su hombro, con el sol que empezaba a apretar desde el infernal cielo de verano de la capital, encontró una pensión en un estrecho portal y allí se instaló. En unas semanas consiguió un empleo de redactor en la sección rosa de un periódico gratuito, de esos que se reparten estratégicamente en la calle. Era un trabajo sencillo, el periódico compraba un par de fotos a la agencia correspondiente, el jefe de redacción le pasaba los datos y el sólo tenía que echarle un poco de imaginación. De hecho, podía trabajar desde su habitación de la pensión y pasarse tan sólo un par de veces a la semana por la redacción.

Solía trabajar de noche, le gustaba imitar el modo de vida de sus escritores más selectos. En su cuarto de 9 metros cuadrados convivían una estrecha cama de 70, una mesa con el portátil, una papelera y media docena de botellas de cerveza y ron. Lo del ron le daba un poco de vergüenza admitirlo, lo había intentado con el whisky, pero sólo su olor le producía nauseas. Esa era una de las cosas que no le gustaban de sí mismo, de las muchas que le producían nauseas y por las que ninguno de sus ídolos seguramente ni parpadeaban, como el olor a vómito y orina en los retretes de los bares, las gallinejas, entresijos y demás casquería, el hedor de los vagabundos o el sudor de las prostitutas.

Había intentado superarlo una y otra vez, lo del whisky, pero su estómago siempre se le adelantaba. Eso le atormentaba, había llegado a la conclusión de que los hombres no son fuertes por sus brazos musculosos o por el grueso de su billetera, sino por su estómago y por su tranca. Para él, un tipo es fuerte cuando puede comerse una cagada de perro, después vaciar 3 botellines de cerveza seguidos y encender un cigarro antes de echar un buen polvo como si nada. Lo de la tranca sin embargo no era tanto problema para Jaume, le gustaba medírsela cuando estaba empalmado y solía trampear al hacerlo, poniendo el cero detrás de los huevos, sumando así unos cuantos centímetros de más. Luego se sentaba frente al portátil, abría el messeger y se la cascaba mientras chateaba con alguna estúpida calientapollas que conocía a través de Internet para terminar de ambientarse.

Así malvivió 2 años, compró un coche de segunda mano con el dinero que le mandó su padre y de vez en cuando visitaba el género africano de la Casa de Campo para satisfacer sus necesidades, no sólo sexuales sino también profesionales, como escritor sucio que se sentía. Iba siempre de noche, después de escribir su artículo rosa y tomarse unas cuantas cervezas. Entonces llegaba, metía segunda y lentamente recorría los caminos hasta que encontraba alguna negra que se la pusiera dura. Paraba a su altura, extendía el brazo a través de la ventanilla bajada y les tocaba el culo. Luego subían al coche y le acariciaban su media melena, haciendo bucles con sus dedos negros, hasta que finalmente aparcaba fuera de la carretera, detrás de algún árbol. Jaume había pensado en cortarse su precioso pelo, pero creía que eso le hacía atractivo y de alguna forma le proporcionaba un aspecto más tosco y desaliñado. Jaume quería ser ese feo extravagante, pero su cara de bollo bien cuidada no se lo permitía. El caso es que únicamente conseguía llenar el asiento trasero de su Seat Ibiza de negras mal operadas, sin papa de español, por poco más de 20 euros.

Llegaron sus segundas navidades en Madrid, llevaba desde ese verano sin escribir una sola línea decente en su maldito manuscrito, la que le haría famoso como escritor underground. En el periódico no le iba mal, había conseguido saltar a la sección de actualidad y le pagaban algo más, pero nada de su obra maestra. Tanto se resistía que Jaume decidió coger toda esa quincena de vacaciones y se atrincheró en la habitación del hostal con montones de botellas y algunas latas de conserva. Iba a acabar su novela como fuera. Pero después de 10 días borracho, saliendo del pequeño cuarto sólo para cagar y sin escribir nada que mereciera la pena, a punto de volverse loco, empezó a tener alucinaciones. Recordó sus tiempos de colegio y las primeras juergas con sus amigos de Barcelona, se sintió tan solo y desgraciado que empezó a golpearse con las paredes, borracho como una cuba, hasta que cayó desmayado al suelo. Así permaneció muchas horas, hasta que la sangre derramada se secó.

Cuando Jaume se despertó, tenía una buena resaca y le dolía todo el cuerpo. Se incorporó como pudo, se sentó en la mesa y, sin saber cómo, empezó a escribir. Sus dedos iban solos, más rápido incluso que su cabeza, golpeando con furia las teclas. Las palabras fluían de su cerebro como salivazos contra la pantalla. Abrió otra botella de ron y continuó escribiendo. Todo empezaba a encajar, y después de dos días seguidos sin parar de escribir, por fin en la Nochevieja de ese año, bien entrada la madrugada, concluyó su eterna novela. Se sentía tan lleno, tan feliz, que guardó un par de copias en esos artilugios diminutos que creen tener memoria.

Borracho como estaba decidió celebrarlo, quizá no podría follarse a nadie, pero una mamada le vendría de perlas. Sacó el coche del garaje y se fue a la Casa de Campo. Quería darse un homenaje, buscaría una asiática esta vez, alguna chiquilla delgada y de pechos pequeños, su gran sueño erótico. Esta vez no había tanta gente como otras noches por esos corredores asilvestrados, estarían de traje y corbata en alguna de las muchas fiestas para monógamos de las corrientes sociales. Recorrió las cerradas curvas del parque, pasó por la zona de los transexuales, dejó atrás a las negras y a las rumanas y polacas y al final encontró su musa, en mitad de la nada, iluminada por una misteriosa aura amarilla. La miró y estudió sin prisas, comiéndosela con la sangre que inyectaban sus pupilas. Luego abrió la otra puerta y se la llevó un par de metros más adelante.

Cuando paró el coche la desnudó con tanto deseo que besaba cada trozo de piel que iba dejando al descubierto. Después se bajó los pantalones y sacó su tranca mientras cogía la cabeza de la puta para acercarla hasta él. Ella empezó a trabajárselo, con el preservativo que manda su profesión, pero a fondo, succionando como una aspiradora, golpeando el glande fuertemente con la lengua para luego tocar fondo con la campanilla.

Jaume estaba embrutecido, estaba tan cachondo y borracho que se la quitó de encima, le dio la vuelta como pudo y se la metió por el culo. La chinita intentó proteger su oscuro agujero, gritaba y se movía intentando liberarse, pero no podía hacer nada, sus cuarenta kilos eran muy pocos para los ochenta y tantos de Jaume, que se encontraba en su momento de gloria. Había terminado su novela y se sentía tan sucio como Bukowski o Miller o Burroughs, dios era un aficionado de mierda a su lado y lo estaba disfrutando como merecía. Jaume bombeaba su cacho de carne rajando las entrañas de la chinita, entraba y salía una y otra vez con tanta fuerza que parecía querérsela sacar por la boca. Ella seguía chillando pero eso sólo conseguía calentarle aún más. De repente sintió un golpe tremendo detrás de la cabeza y se vio fuera del coche, boca arriba, con una bota frente a sus ojos. La bota se movió levemente hacia atrás, luego se le echó encima.

Dos días después, Jordi Puig, abogado de prestigio entre los grandes empresarios y algún que otro politicucho catalán y demás chusma, felizmente casado desde hacía más de treinta años con una farmacéutica de familia acomodada y padre de Ángeles Puig, fiscal del estado, y Jaume Puig, periodista y escritor frustrado, viajaba en el puente aéreo hacia Madrid para el reconocimiento de un cadáver, probablemente el de su hijo.