¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor de aquella noche; sentía que el aire fuera más denso y por eso le costara respirar. Todo le pesaba, hasta sus gafas, pero cuando soltó aquel cuchillo era demasiado tarde ya, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para ese todo y para su nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo porque su amenaza acabó siendo real. La culpa era de ella, porque ella fue quien le obligó a ejecutar su destino contra su voluntad. La casa permanecía en penumbra y aun así podía ver la silueta del cadáver tirado en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y su pelo enmarañado extendido sobre el charco de su propia sangre. El silencio se apoderó del que fue su hogar hasta entonces y con él volvió la calma; un vacío que peregrinó hasta extenderse por cada rincón, que se apoderó de cada objeto, ente y órgano que contuviera para hacerlo suyo.

La incertidumbre había entrado en aquel cuarto, colándose por la ventana, y se sentó junto a ella. Observó aquel cuerpo despojado de vida y luego, mirándole fijamente a él, le preguntó: —¿Y ahora, qué?— El aludido levantó su cabeza ebria, pero no acertó a responder más que sílabas sin sentido. En esa habitación había dos cuerpos de los que, por razones bien distintas, sus almas quedaban muy lejos. Aquel tipo hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de paseos sin horas por el parque, cogidos de la mano y palabras edulcoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y más tequieros de una época tan lejana que casi parecían ser de la vida de otros, porque ya casi ni los recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta donde ahora se encontraban. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio se diluyó entre el ruido de la calle a esas horas de la noche y, tras la puerta del dormitorio, se oyeron unos pasos que tímidamente se acercaban. Por el quicio asomó la cabeza de su pequeño, el hijo muerto de once años. —¿Mamá?— Y ella de repente parpadeó, se incorporó y se acercó hasta él. —Mamá está bien, cariño— y rodeándole con el brazo salieron tranquilamente de allí sin mirar atrás.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había más vuelta atrás. Maldecía, repitiendo hijaputa sin descanso ni respiro, suspirando con amargura desde aquella esquina en la que permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado, y rompió a llorar como malnacido que era. Estaba borracho, todo le daba vueltas, y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra. Devolvió hasta sus tripas, tan fuerte que los mocos que le colgaban de la nariz se pegaron a la comisura de sus labios. Luego se limpió, usando su antebrazo como trapo que era, intentando mantenerse erguido, y dio un traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer sujetarse, tuvo la mala suerte de no encontrar pared sino ventana, la misma que seguía abierta, y por ella se precipitó al vacío. Siete pisos de caída libre para estrellarse pocos segundos después junto a los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio su cuerpo reventarse contra el suelo a escasos metros, quedándose inmóvil y tan sorprendido que, cuando pudo reaccionar, su caniche Coco estaba metido hasta las orejas en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.

Minientrada

Adiós, gilipollas

Certezas no hay ninguna, nunca las hubo. Y quizás por eso muchos siguen su ritmo, descansando tras esa semana de curro, al volver del parque con los críos, cuando el que no se cansa desconfía, tanto que no baja al parque por miedo, miedo a confiar en un gilipollas. Entre medias, ese gilipollas que, harto de perder el tiempo que no tenía, se escapó. Se fue más allá de las montañas para buscar vida, y quizás en el más allá se quedó para no volver, con o sin vida.

¿Dave? Mal, mal, mal…

–Dave, no es que el día que naciste hiciera frío y estuviera nublado, no hubo ni flores ni fotos ni neorromanticismo que lo ilustrara. Fue un día como otro cualquiera Dave, un amanecer en el que ya al asomar la cabeza, entre las piernas de tu madre, el tabique de tu nariz se rompió. Tu infancia pasó de largo porque no tenías cojones ni para abrir la boca. No hiciste una mierda que te diferenciara, ni saliste de tu cuarto cuando no hubo tormenta. Sólo seguiste por la puta cinta que hasta aquí te ha traído Dave. Y ahora lloras porque no aciertas con el color del semáforo al pasar, porque no tienes ni cajero de donde sacar el dinero que ya no te queda.

Silencio. El uno de pie. El otro sentado, con la vista perdida por una ventana tan húmeda como sus ojos.

–¿Te callas? Ni dices nada ni puedes con el saco Dave. Joder, mejor no hablar del último combate. ¿Dónde coño estaba tu cabeza Dave, qué hiciste con ella? Tenías un buen trabajo, en un buen puesto, y una preciosa mujer a tus pies, guapa joven y lista. Lo habías conseguido todo Dave, y lo tiraste bajo el ring. Después saliste de allí tan magullado que así te va. Lo que no te diste cuenta, Dave, es que allí mismo dejaste también olvidadas las pocas ilusiones que te quedaban. Quizá hayas despertado pero tenías un gran sueño tangible en tus manos.

Dave tenía ahora los codos apoyados en sus rodillas, tapando su cara con las manos. Ya no veía nada, ni siquiera ese sueño tangible que el amigo sacó de su chistera. Le quedaba demasiado lejos.

–Eres un pobre imbécil Dave, perdona que te lo diga pero mejor las cosas claras, tu sangre ya es demasiado espesa. Tienes el cerebro embutido en mierda, si el contrincante te hubiera terminado por abrir el cráneo habría caído redondo al suelo y tú, Dave, al menos habrías ganado el combate, porque su olor es nauseabundo. Piensas con el culo Dave y no vales un carajo, tu aspecto da buena cuenta de ello. Ahora arrástrate lo que te queda y disfruta lo que puedas. Es lo único que hay, Dave. Eso o busca una buena vertical, con buenas vistas a ser posible para disfrutar de algo por una vez, y tírate. Estar a la espera no sirve de nada, pero te faltan huevos hasta para eso.

Dave no sabía ya si reír o llorar. Fue la primera opción la que salió sola.

–Encima ahora te descojonas cuando antes lloriqueabas como el estúpido crío que siempre fuiste, Dave. Te ríes de mí y parece que no sirve de nada lo que te digo. Todo te la suda. No sé para qué pierdo el tiempo contigo, Dave. ¿Quieres un cigarro? Toma, muérete. Aunque tampoco te queda demasiado. Todo este tiempo que he estado contigo… No, no tengo mechero, no tengo fuego con el que encenderte nada ya porque eres como un jodido cáncer.

Entonces Dave se levantó, extendió los brazos y le soltó tal puñetazo en la nariz que tumbó al que hasta ahora había sido su amigo, uno de los pocos que le quedaban. –Si tocas los huevos ten cuidado de no romperlos.– Luego le cogió del cinturón, le arrastró por el suelo hasta la calle y allí le dejó. Habían compartido amistad, ahora además un tabique nasal roto. Lo único que necesitaba Dave era encenderse un maldito cigarrillo y su amigo no tenía ni fuego ni ganas de encenderlo.

9 meses no es nada

Eras un gran tipo. Obediente de pequeño y licenciado después sin perder el tiempo, como siempre a curso por año. Trabajaste en lo tuyo nada más terminar la carrera y poco después tu mujer encontró al hombre de su vida y te casaste. Tuvisteis 2 hijos que sacaron lo mejor de cada uno, ambos en el colegio con mayor renombre de la zona, pero tus horas de empleado por cuanta ajena no te las quitaba nadie. Tu profesión quizás fuera lo primero y por eso sólo les veías acostarse. Los fines de semana con los suegros y tú llevando el portátil a cuestas. Y así pasaron los años mientras se acumulaban las canas allí donde seguía quedando pelo. Habías hecho ejercicio de chaval y ni bebías ni fumabas ya. Pero bien pasados los cuarenta, cuando el mayor de tus retoños empezaba la secundaria, a la vuelta del verano, te hiciste unas pruebas por una bronquitis que vestía de largo. Un traje bien entallado para una enfermedad avanzada que, tras el diagnóstico, te dio una cuenta atrás de no más de 9 meses de existencia en este maldito mundo. Los mismos que tardaste en venir a él.

Jodida es la vida cuando lo que persigues se diferencia y mucho de lo que consigues. La tuya, una carrera brillante e impoluta bruscamente destrozada por las cosas que pasan en la lotería de la vida. Entonces te replanteaste tu existencia, desde unos hijos que apenas conocías fuera de los resultados escolares, hasta unos padres que habías dejado perdidos en tu olvido por quién tendía ahora tus calzoncillos. Unos ojos, los tuyos, que habías dejado de usar desde bien joven, te mostraban de nuevo la maldita realidad en la que te encontrabas. No sabías si era tarde pero lo intentaste, y en esos 9 meses quisiste recuperar lo perdido en décadas. Una mujer, unos hijos, unos padres y unos hermanos a los que apenas viste en tus ratos libres. Pero ninguno de ellos creía ya en ti, en ese afecto que se congeló con el paso del tiempo que dejaste escapar. Y te sentiste solo porque te encontrabas demasiado lejos de las personas que ahora querías tener cerca. Si descuidas el horno la comida que te alimenta se quema. Tu mujer, tus hijos y el resto de tu familia lamentaban lo ocurrido, pero todos ellos respondían con una reticencia disimulada a tu necesidad imperiosa y repentina de acercamiento. La carne congelada, y más en el crudo invierno, es lo que tiene.

Así que transcurrieron los meses, según lo planeado por los profesionales mejor pagados de tu seguro sanitario, sin conseguir el calor de los que siempre te quisieron tener cerca y nunca te arrimaste. Demasiado les costó aceptar tu lejanía entonces, no se puede freír un huevo en el capó de un coche negro aunque sea verano. Lo que no sé es si te llegaste a arrepentir por ello, nunca lo sabremos. Pero al menos en tu lápida, lo que más resaltó el día de tu entierro, fue la corona de flores de tu empresa con el mensaje de “tus compañeros no te olvidan”. Eso y la fecha de tu defunción esculpida en la misma mientras a ambos lados brotaba una hierba bien frondosa en lo que iba a ser una cálida primavera. Siempre quedarán las fotos en las que aparecías, un recuerdo más como cualquier otro, en las vidas de la gente que aún sigue ahí, asomando sobre la tierra. Sobre la arena cuando llegue el verano y se bañe en la playa no sé.

Fdo.:
Tu único mejor amigo

Su princesa

Querías darlo todo por ese jodido imbécil, un perdido de la mano de dios como otros tantos, y aún así lo intentaste como no está escrito. Qué ciego es el jodido amor… Tú, una chica bien educada, callada y respetable; toda una princesa guapa, joven y lista. Él un pobre desgraciado sin ganas ni futuro. No se puede esperar gran cosa de la vida, bien que lo sabes, pero menos aún de alguien así. Él sobre la vida y sus oportunidades de alguna forma también lo sabía. Quizás esa dinámica en la que estaba metido y probablemente sin salida lo provocaron. Hay caminos vallados y por lo tanto inescrutables, hasta que entras en ellos, a veces sin mayor elección. No hay más ciego que el que no quiere ver, pero quizás en este caso su ceguera vino como defecto de fábrica, manufacturado sin obra ni conciencia. Así le fue después. De todas formas tú eres fuerte, aunque no lo creas, y a ti también te sobran los motivos. Lo intentaste con todo lo que tienes, seguro, y el muy imbécil aún así quiso cambiar cuatro pesetas por un duro. La duda, después de todo, queda en si esto era por menosprecio o sin embargo por incapacidad, pero eso ya depende de cada uno, de las sensaciones que hayan quedado tras la tormenta.

Ahora toca resguardarse y aguantar los coletazos como buenamente se pueda, cuestión de tiempo como siempre. Como nunca. Pero a veces, muy pocas veces, la vida también sorprende gratamente y entonces podrás (y sabrás) engancharte a ella, te conozco y lo sé. Sólo puedo recomendarte, como él lo intentó, que cuando salgas de casa lo hagas sin prejuicios, ni siquiera vergüenza, y que des tu maldita cara sin miedo a las alturas. Porque tú ya eres alta y a muchos les va a costar llegar a tu cima, así que no te cortes y saca lo que llevas dentro con toda confianza. Échalo maldita sea y pon tu foto en el cuaderno, deja las ovejas para conciliar el sueño que a veces te pueda faltar.

Las opciones que nos da Wall·E

Si habéis visto Wall·E, una película de Disney-Pixar de hace ya unos cuantos años, y habéis pillado el mensaje que deja para el público adulto, al cual me dirijo, no tengo mucho más que decir. Para los que no, que somos gilipollas, lo explicaré. Y es que va a resultar que las redes sociales, entre otras, van a ser los mejores círculos donde acampar para encontrarte rodeado de lo que a uno le puede interesar. Banalidades varias que condicionan y alimentan nuestro día a día. Vidas las nuestras que se mueven en círculos (y no esferas, cuidado, tan sólo 2 dimensiones) y se concentran entre sí, círculos de los que no salimos dada la comodidad de su “sírvase usted mismo”. Esto viene a ser lo que nos rodea, lo que nos ofrece el buffet libre en el que estamos metidos, y por lo tanto todo lo relevante de lo que disponemos. Al fin y al cabo es lo que tenemos y con lo que podemos contar con sólo estirar el brazo. La marea que nos lleva… Pero esto no es cuestión de tecnología ni de fronteras sino de ceguera. Parches que nos colocamos en los ojos y por lo tanto no somos capaces de ver más allá. Lo de seguir el camino marcado y esas cosas, puedo divagar y perderme con esta tontería, pero no quiero alargarlo demasiado, no soy quien.

Nada de lo que tenemos dura eternamente, el frío tampoco. Ahora viene el invierno, si es que nos había dejado, pero antes o después el viento amainará, saldrá el sol y mejorará la temperatura. Brotarán flores por doquier, hasta de debajo de las piedras, y podrás coger el camino que te plazca dentro del círculo en el que estés metido. Puedes esperar hasta entonces recostado cómodamente en tu sofá, hurgando con cariño tu ombligo y asomándote de vez en cuando a la ventana a ver qué pasa con el tiempo. Nunca llueve a gusto del consumidor, es lo que tiene. Pero si realmente quieres algo ya puedes dejar el móvil y mover el culo. Cuestión de necesidad, pero probablemente haya más opciones, que te despejes con una buena ducha, te abrigues y salgas a buscarlo es una de ellas. No esperes o acomodes demasiado porque lo de Pixar sólo es una película y no todos podremos encontrarnos con un Wall·E que nos abra los malditos ojos.

Si no lo has entendido ponte otra vez la película y apaga el jodido teléfono.

Una estrella con mi nombre se queda corta

No soy bueno, sino que muy bueno. Y no porque lo diga yo… La ingeniería es mi fuerte, la familia mi pasión y la pasta mi hobby. Ya desde muy pequeño la mira de mi escopeta apuntaba bien alto. Empecé por dibujar con ceras hasta acabar haciendo láminas de carboncillo que mis padres colgaban a lo ancho y alto de las paredes de nuestro pequeño hogar. Pasé de hacer dictados sin faltas y estúpidos ejercicios matemáticos a diplomarme en ingeniería, sin perder ni un sólo año mientras levantaba las pesas de a dos, con la punta de mi polla –que por cierto no es nada pequeña y aún menos fina, ya que pareces interesada–.

Pero no sólo me hice ingeniero honoris causa, también broker por afición, y jugué e invertí mi dinero y el de mi familia en bolsa, comprando y vendiendo acciones de empresas que apuntaban alto tras rebajarse para que comprara sus acciones. Mis padres ganaron pasta, mi abuela ganó pasta y hasta mi hermano ganó pasta. Los hay quienes nacen estrellados y quienes pretenden que el éxito les llegue algún día. Yo brillaba ya desde el útero materno, tanto que la oscuridad se ausentó por 9 meses y algunos días más. Lo malo es que, al perder la virginidad conmigo, hizo quizás que el que pasara después por aquel garaje pudiera coger mayor tamaño, pero sólo hablo de talla. Mi hermano, al fin y al cabo, es muy distinto y está a otro nivel; zurdo para empezar, moreno de pelo y piel y un poco rebelde. Él ni se acercó a mí ni consiguió diploma alguno siquiera.

Aún así nada de esto trastocó mis hobbies. Fui desde juez de pista del Jarama hasta aficionado a los rallies sin mayor problema en la conducción –punta-tacón arrás– que el tiempo que hiciera ese día en el campo. Pero en beneficio de todos diré que no me gusta fanfarronear, soy humilde –de hecho uno de mis grupos favoritos desde la adolescencia es Siniestro Total y su tema “esta vida es una mierda”–. Ya entonces iba con pantalones rotos entre cadenas colgantes y acabé dejándome el pelo largo. Kurt Cobain, aunque más rubio y más cool, era mi hermano gemelo en la distancia. De hecho mi primera novia tenía un parentesco castellanizado con Courtney Love por la misma época, aunque ella no me mató sino que me hizo más fuerte aún.

Mujeres no me faltaron pero en algún momento quise sentar la cabeza para tener a quien dejar mi legado –que dios quiera dentro de mucho tiempo– y ahora tengo una familia numerosa con la que mi profesión le gusta competir, pero ese no es mi juego. El trabajo sólo es un medio para el cual mis hijos consigan todo lo que se les antoje para seguir los pasos de su padre. Mi padre me apoyó y mucho pero quizás nunca me inculcó esos valores, como tampoco lo hizo con los del fútbol y la fuerza del Atleti si bien eso es algo que he remediado con los míos, aunque siga sin entusiasmarme. Mis hijos son ahora más rubios, más altos y más blancos si cabe –salvo el cuarto y último, que ha salido no sé si zurdo pero desde luego demasiado moreno de pelo y piel y un poco rebelde…–

La próxima vez deja la nevera abierta

Fue cuanto menos curioso, y es que ya entrada la primavera la vida de Dave se enfrió hasta congelarse, literal y metafóricamente, porque entonces hizo frío, mucho frío. Terminó la primavera y poco a poco pasaron el verano primero y el otoño después hasta llegar de nuevo el invierno. Pero todo eso ocurrió ahí fuera, al otro lado del grueso cristal del incómodo congelador en el que él se encontraba, donde nada cambiaba desde que sin ser consciente de ello entró en él; tantas fueron las cosas que sin embargo habían mutado que no parecía una maldita nevera sino más bien un pozo, un túnel sin salida ni luz ni máquina de café ni expendedor de tabaco ni cenicero por lo tanto.

Quizás aquel pozo sería el cenicero si Dave fuera una colilla mal apagada como parecía ser. Una nevera sin puertas donde lo más probable que ocurriera es que la pequeña bombilla que aún permanecía encendida se fundiera. Entonces es cuando Dave fue consciente de lo ocurrido y se preguntara “cómo hemos llegado a esto”. Pero no había quien pudiera responderle, ni un eco siquiera que lo repitiera para alargar una estúpida esperanza. No le tocaba más que esperar y acomodarse todo lo que pudiera, buscó algo que enfriara su boca y calentara su gaznate, pero no había ni whisky ni hielo, si quería salir de esa debía tomárselo a palo seco y no el alcohol precisamente.

En cualquier caso, salir de aquel sitio no es tan difícil, pero está claro que depende de la situación de uno mismo, los puntos de vista cambian muchas veces. Desde fuera se ve la puerta, desde dentro no, y Dave desconoce cómo demonios se había metido en esa. En algún momento se le inflarán los cojones y se levantará, Dave tiene un buen genio cuando se le inflan los pies, pero ahora está hibernando, demasiada niebla en su cabeza probablemente como para ver nada claro. Quizás sea por eso, la tenue luz que se refleja en la neblina, que deja entrever lo que no es. Quizás cuando las falsas apariencias se evaporen Dave se levante y tire abajo los muros que le atrapan, quizás cuando la bombilla se funda.

Haciendo eses

él era ese ciego
ella esa muda

él no cerraba la boca
ella tampoco sus oídos

él tenía demasiadas preguntas
ella se reservaba todas las respuestas

él sólo era un pobre demente
ella ataba bien sus cuerdas

él embadurnaba con sopa su barba
ella dejaba su otro brazo bajo la mesa

él escupía su última condena
ella le prestaba su servilleta

él nadaba sobre whisky
ella no sabía tirarse de cabeza

él deseó regalarle algunas flores
ella secó las que tenía

él lamentaba haber visto demasiado
ella quería salir y conocer más mundo

sin embargo ella parecía ser la ciega
porque a los ojos de cualquiera
él era un monstruo
y ella sin duda la bella

Un coleóptero depredador común

Bodo era un escarabajo, un coleóptero depredador común, tan habitual en las calles de la ciudad como muchos otros insectos en los meses de verano. Bodo, así como sus padres, los padres de sus padres y todos los padres de sus padres, que eran unos cuantos, se alimentaba de insectos, lombrices y demás babosas, y toda su preocupación consistía en patearse el parque en el que vivían con el único objetivo de sacar tajada que llevarse a la boca y como mucho algún adorno con el que decorar la parcela. Pero eso no era suficiente para Bodo, Bodo quería conocer mundo y salir de aquel vergel infectado de yonquis, borrachos e inmigrantes, harto de rebuscar entre la basura y la tierra húmeda —que muchas veces estaba mojada sin que hubiera llovido antes—. Bodo ansiaba conocer la gran ciudad, la capital del reino, sacarse fotos con el móvil frente a la Puerta de Alcalá, el Palacio Real, la Plaza Mayor, la fuente de la Cibeles o junto a los hermanos Alcázar en la Gran Vía con el edificio de Schweppes al fondo. Durante mucho tiempo soñó con ese viaje y ahora que era todo un apuesto escarabajo adolescente estaba más seguro que nunca de lanzarse a la aventura y hacer realidad su sueño.

Y así fue, en un todavía templado amanecer de finales de septiembre, cuando agarró su fardo cargado con unas cuantas camisetas y algún pantalón de repuesto, el emepetres repleto de música y una cartera llena de monedas —que se había ido encontrando en los quehaceres de su rutina diaria— y echó a andar, tras dejar una nota a sus padres en una de las patas de la papelera que quedaba justo enfrente del chalé unifamiliar en el que vivían. El sol estaba tan bajo aún que hasta la sombra de una miserable colilla se extendía hasta el infinito, pero eso a Bodo poco le importaba, estaba acostumbrado a las miserias de la oscuridad, y poco a poco llegó hasta el sendero principal que daba al exterior del parque para continuar por él hacia la calle asfaltada que lo rodeaba. El caso es que tardó en llegar, sortear zarpas de perro con ganas de evacuar, Nikes Air trotando y demás aves rastreras cuando debía estar tirado en la cama entrando en el segundo sueño es sumamente complicado, parecía moco de pavo y sin embargo a punto estuvo de volverse a casa, pero aun así se armó de valor y consiguió llegar sano y salvo.

Su aventura le llevó calle arriba, un camino tan arduo y largo que se prolongó durante todo el día. En ese tiempo se cruzó con otros escarabajos que se protegían del calor diurno descansando tras los bordillos de las aceras y las tapas de las alcantarillas y que le seguían con la mirada hasta perderse, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, pero a Bodo le daba igual todo eso, prefería morir en el intento antes que volver a los meados, los árboles resecos, las jeringuillas rotas y la demás basura del parque. Al caer el sol se encontraba tan cansado que pasó la noche resguardado de la intemperie en una lata de CocaCola que yacía junto a una solitaria farola y que, a pesar de ser Zero, su embriagador y dulzón aroma reseco le transportó junto a la piscina de unos apartamentos costeros, en alguna isla de las Baleares, donde restos de cerveza y vómito ponían la puntilla a su ideal paraíso soñado.

Entrada la madrugada, cuando se regocijaba revolviéndose entre los restos mal digeridos de algún tipo de comida rápida empapada en alcohol barato, Bodo sintió un cosquilleo en sus élitros que, aunque suave, le hizo despertarse de su profundo y reparador sueño para encontrarse junto a él una pequeña cucaracha de finas antenas y estilizadas patitas que trataba de entrar en calor haciéndose un hueco a su lado. Extrañado y a la vez enfurecido, Bodo soltó un gruñido tan amenazador que hizo que aquella delicada cucaracha se asustara, corriendo hasta el otro lado de la lata muerta de miedo y, mientras Bodo clavaba sus ojos amenazante a aquel insecto asustado, ella trató de disculparse sin que el miedo le dejara terminar una sola palabra completa. Bodo se sentía incómodo con su extraña compañía, sin duda su mirada le delataba, así que sin más que decir aquella cucaracha salió sigilosamente de allí y Bodo volvió finalmente a quedarse dormido plácidamente.

En cuanto los primeros rayos de sol hubieron recalentado aquella oscura lata en la que había pasado la noche, Bodo salió de allí con las pilas cargadas, probablemente de respirar toda esa cafeína que quedaba ahí dentro, y se desayunó tranquilamente los restos de un durum envuelto en papel albál para después continuar su travesía. Al poco tiempo, unos metros más arriba, dio con un plano del suburbano tirado en el suelo que descubría ante él la enormidad de la gran ciudad. No sabía muy bien en qué parte de aquel mapa se encontraba, pero era sin duda un gran hallazgo. Y allí estaba Bodo, tratando de resolver el enigma del plano cuando oyó, no muy lejos, los gritos de dolor que procedían de una linda cucaracha más negra que el alquitrán de finas antenas y estilizadas patitas. Levantó la vista y la vio tirada en mitad de la calzada a la vez que el enorme semáforo que había en la esquina cambiaba a verde y aumentaba el rugido de los motores de unas enormes máquinas con ruedas. Bodo apretó los dientes, agachó la cabeza y corrió como alma que lleva el diablo hasta aquella cucaracha, la cargó a sus espaldas y con la misma velocidad regresó hasta el borde de la acera justo cuando una de aquellas enormes ruedas estaba a punto de pasarles por encima. Bodo trató de tranquilizarla y le preguntó su nombre. Aquella tímida cucaracha se llamaba Sissi, había llegado hasta allí desorientada, pues gustaba de ensimismarse con cualquier mínimo detalle, y había perdido el rastro de su familia unas horas antes. Sissi agradeció a Bodo su heroicidad con la vergüenza que le daba después de todo haberle despertado la noche anterior y él se disculpó, pues la falta de luz no le permitió ver realmente quién era el maldito insecto que le partía el sueño.

Al final Bodo se ofreció a acompañar a Sissi para buscar a su familia y ella aceptó encantada. Pasaron el día recorriendo las zonas más habituales por las que solían transitar, la puerta trasera del mercado, los cubos de basura, la montaña de palés, el seto de la entrada…, pero después de todo el día no había habido suerte, volvió a hacerse de noche y buscaron un sitio donde refugiarse. Sissi estaba cansada y triste, y para distraerla Bodo se sentó muy cerca de ella y le contó sus planes, todo lo que ansiaba conocer y los sitios que quería visitar. Sissi quedó entusiasmada, de alguna forma le parecía hasta embriagador, tanto que cuando quiso darse cuenta se estaban besando lujuriosamente en la boca, y entonces se apartó —¿cómo una cucaracha como ella podía besar a un escarabajo como aquel?— Bodo se sintió ofendido por el comentario, ¿acaso ella esperaba que con un beso se convirtiera en el príncipe azul? Eso, como saben todos, sólo pasa con las ranas y ellos dos tan sólo eran dos jodidos insectos —aunque atractivos a su manera—. Eso pensaba Sissi, y es que en el fondo Bodo no estaba tan mal —pero que nada mal—, así que se acercó de nuevo a él con su pícara caidita de ojos, le susurró algo al oído y volvieron a besarse mientras la luna seguía su rutinario peregrinaje surcando los cielos en mitad de la noche.

A la mañana siguiente, Bodo y Sissi despertaron abrazados en el interior de un amplia caja de pizza tamaño familiar, una cuatro quesos que embriagaba sus sentidos de tal forma que desayunaron con los fríos restos de la mozzarella, gouda, azul y rulo de cabra que quedaban aún impregnados sin su masa en el cartón. Las deducciones de lo que habían ido escuchado a lo largo de sus cortas vidas les situaban en Tetuán, y Tetuán tenía parada de Metro, así que sin perder más tiempo comenzaron la búsqueda de dicha estación, preguntando a todo aquel insecto que se encontraban en su camino, fuera mosca o fuera araña, hasta que finalmente dieron con ella y accedieron a sus entrañas. Querían ser honrados y comprar un billete de metrobús, pero el esfuerzo de subir hasta la rendija donde se debían insertar las monedas era infinitamente mayor de lo que les suponía pasar por debajo del torno, a parte de que no tenían suelto —tan solo unos billetes de veinte y cargar con las monedas de vuelta era mayor trastorno aún—, así que decidieron colarse pasando por debajo del mostrador y bajar después a escondidas para no ser vistos hasta el andén que les llevaría al mismísimo centro de la ciudad.

Sentados bajo uno de los bancos compartían los auriculares del emepetres, con miradas furtivas que nunca llegaban a encontrarse, a la espera de que llegase ese tren con el que recorrer juntos al menos parte de sus vidas y el cual se retrasaba —pero quién podría decir que esa espera no fuera maravillosa…— De repente, Sissi se dio cuenta de que esa mañana no se había arreglado lo más mínimo y corrió escaleras arriba, con la excusa de unas monedas que habían visto caer, para ponerse un poco de rimel en esos pedazo de ojos que su madre le había dado y pintarse los labios para que la próxima vez que Bodo le mirara se le hiciera la boca agua cuando, a lo lejos, sonó el chirriar de las vías con los engranajes de los vagones y Bodo, hipnotizado por el sonido, se echó perdido hasta el mismísimo borde del andén para verlos llegar y subirse después al vagón que le quedaba más cerca en cuanto sus puertas se abrieron.

Después de aquello sonó un silbato y unos segundos más tarde el tren ya se había ido, el andén quedó vacío y, cuando Sissi volvió nerviosa bajo aquel banco, ya no había ningún coleóptero depredador común con nombre de escarabajo estúpido y un auricular en la mano para devolvérselo con un beso que le quitara la respiración y todo ese carmín que ella se había puesto para nada.