Termodinámica aplicada

Una mala racha que había que pasar supongo. Mi mujer me había dejado, –harta de compartir lecho con un extraño –me dijo la muy golfa, por dedicarme casi en exclusiva a mi trabajo, y en mi trabajo, al que me dedicaba casi en exclusiva, resulté ser alguien lo bastante importante como para no ser imprescindible, y así lo decidió mi responsable en junta extraordinaria, con otros tantos directores ejecutivos más de departamento, en la que rodaron más cabezas a parte de la mía. Con viento fresco me mandaron, una mala racha como decía, y con él me fui tan lejos como me pudo llevar, el viento y el finiquito. Cambié el despacho por la zona de embarque de la T4, el portátil por un periódico gratuito y el menú del día del bar de abajo por el que servían en primera, con alguna copa de tinto entre cabezada y cabezada.

Todo parecía obedecer a un plan maquiavélico, a un proceso metafísico del que algún ente, probablemente divino, debía participar. Si así era realmente, debería encontrarme en lo que sería la primera fase del mismo, la de adaptación al medio pongamos, porque durante las veinte horas siguientes recorrí una distancia de unos cuantos miles de kilómetros sin yo moverme del asiento, viendo pasar por la ventanilla la orografía de medio planeta. Pronto me di cuenta de que no era yo el que se desplazaba sino el mundo el que giraba bajo mis pies, no era yo el despedido sino mi empresa la expulsada de mi, al igual que mi mujer, de la misma forma que excrecionas. No era yo pues el que viaja sino el entorno el que mutaba en el exterior del habitáculo de aluminio, titanio y fibra de vidrio, construido con el fin de preservarnos a mi y a la otra larga centena de individuos que me acompañaban, de las turbulencias de un medio ajeno e impredecible que no soportábamos, que no queríamos para nosotros.

Yo era pues el medio.

Tan pronto como Narita fluyó dentro de mí empezó la segunda fase, algo como una transformación metabólica, en la que el organismo muta su materia en energía, porque como ya dijo en su momento un tal Lavoisier, ésta ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto me llevó hasta una estrecha cama del Tokyo Grand Palace, donde la sinestesia del jetlag acabó por abrirme el mueble bar de la suite sin nada que ofrecerme más interesante que lo que las calles me podían brindar. Calé pues, después de calzarme unas ropas adecuadas que disimularan mi actual proceso termodinámico, en un pequeño pub del distrito de Guinza, escaleras abajo, donde me apropié de una rubia de cuello estrecho y culo ancho. Allí guiñé el ojo a una cajita de cerillas que encendió unos tantos Marlboros europeos que llevaba conmigo y, con nuestro pobre inglés, conversamos camarero y servidor hasta que el cierre se nos echó encima y nos fuimos a tomar otra, amigos ya, a Roppongi Hills.

Una vez allí he sentido la necesidad de detener el proceso, tan sólo unos segundos, para evaluarlo. Después de un exhaustivo análisis he concluido que todo va según lo planeado. Así pues me encuentro metido de lleno en esa segunda fase, metabolizando los etiles por las esquinas con sus masajes en la espalda, sintiendo en la misma espina dorsal pezones tan duros como ladrillos que me aguijonean el alma sin dolor alguno. La metamorfosis continúa por ende su lento proceso, desgarrándose la carne de mis huesos, evaporándose cada una de mis células ya inertes desmaterializando mi cuerpo. Me sirven otro Black Label 12 tan cargado que necesito coger aire para pasarlo garganta abajo, una garganta que en un corto espacio de tiempo dejará de pertenecerme de la misma forma que los otros órganos, conductos, músculos, cartílagos y demás componentes metafísicos ya dejaron de responder a mis impulsos nerviosos, como paso anterior a la pérdida de los mismos. Por suerte acabo de sentarme en el reservado de mi alma donde, tras el vidrio de mis aún materiales retinas, una preciosa diosa de ojos rasgados se mueve, dobla y desdobla con tan sólo un minúsculo trapecio de tela sobre su rasurada pelvis y una barra vertical que se eleva, no sabría decir, si delante, detrás o a través de ella. Dios, como ente inmaterial que es, parece estudiar mi proyecto, sometiéndolo a su estricto control analítico de calidad.

Un mundo de destellos plateados recorre la estancia, en sentido contrario a las agujas del reloj, deteniendo la maquinaria del espacio-tiempo, pausando el proceso de metamorfosis y dejando crecer sorprendentemente de la nada una erección carnal, quizá como resultado último de la ultramorfosis, mientras todo lo demás desaparecía. Sorbo un trago espiritual de mi escocés, respiro y un billete materializado en celulosa se desliza desde mi cartera hasta la goma de ese divino tanga que poco después se desentiende de las caderas que lo sostienen, mostrándome hasta el mismo monte Sinaí desde donde, tras el resguardo de su chicle sagrado en el objetivo de la videocámara de vigilancia, me sumerjo, metafóricamente hablando, a pleno pulmón, lentamente y sin oxígeno a penas, pues ya no lo necesito, encorvándose ésta, como si una estaca atravesara su maldito corazón. Cabalgando juntos por estas y otras dimensiones, despojándonos de todas las partículas enlazadas, liberamos nuestra energía (tercera y última fase, liberación de la energía). Ya no éramos nadie, no éramos nada, sólo átomos independientes disfrutando de la emancipación incontrolada de electrones, con todo un universo que recorrer, hasta encontrarse de nuevo en el polvo cósmico de alguna galaxia reventada por los excesos.

Al fin el proceso se había completado. Ni rastro quedaba ya de molécula alguna del que fuera mi cuerpo en otra vida. Era energía y sólo energía fluyendo por las calles del gran Tokio hasta que amablemente un taxi abriera la puerta de atrás del coche y me llevara de vuelta cual hilo conductor hasta mi minúscula cama (el tamaño ya no importaba) del hotel Tokyo Grand Palace, a medio camino entre el cielo y la tierra, en una vigésima planta sobre el nivel del mar. Al día siguiente la materia había vuelto, el tamaño de la cama sí importaba y la energía se había disipado produciendo una gran jaqueca en consecuencia, pero eso ya es otra historia.

Uno Nueve Nueve Siete

Eran viejos tiempos, los buenos tiempos. Entonces era fácil pelear por lo que querías, tenías un plato de comida, un techo y una cama en casa de tus padres. Por aquel entonces yo era joven y gilipollas, apenas asomaba algún pelo en mi barbilla y boxeaba por las tardes en un gimnasio del barrio. Llevaba tiempo haciéndolo, me apunté para quitarme algunos miedos y no acabó dándoseme mal, no era demasiado ágil fintando pero sabía hacer daño, castigar el hígado y no sólo el propio. Esa era mi virtud. Salía a la calle y cualquier tipo que me cruzara pensaba cuantos asaltos me duraría. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que no me gustaba demasiado la gente. Odiaba al sistema y el sistema me odiaba a mí, en algo estábamos de acuerdo. Eran los 90, los socialistas “okupaban” la Moncloa y yo la casa de mis padres.

También iba al instituto, me sentaba en la segunda fila y escribía, pero no precisamente lo que llegaba hasta mis oídos. Era un pésimo estudiante y aun así esperaba que estando cerca de la pizarra y de los “empolladuras” pudiera aprobar el curso y olvidar de una vez los libros. Ella era uno de ellos, se sentaba justo delante, pero mi proximidad en este caso no se debía sólo a mi objetivo de aprobar el bachillerato. Ella me picaba y yo la buscaba, juego de niños del que no esperaba ya mucho, que me echaran de clase. Era un perdedor y lo tenía grabado en la frente. No sé por qué carajo escogí ciencias puras, odiaba las ciencias y odiaba cualquier maldita cosa que tuviera que estudiar sólo por obligación, sin ningún tipo de motivación añadida. En aquella época yo solía vestir los mismos pantalones rotos y camisetas oscuras, con el pelo corto y cara de mala leche.

La profesora de física solía venir a clase con falda por encima de las rodillas y medias de rejilla con colores primarios. Era delgada hasta la médula, roja de pelo y creencias y cara acartonada por la cerveza y la marihuana. Era incapaz de entender lo que explicaba todas las mañanas a través de su proyector, me pasaba las horas haciendo dibujos en los márgenes y escribiendo poemas absurdos en el cuaderno, pero esa señora me gustaba. Cuando empezaba la clase traía su chisme en un carrito y siempre me pedía que extendiera la pantalla. Tenía que salir a la pizarra, delante de toda la maldita clase, y tirar de una cuerdecita hasta anclarla en un tornillo diminuto. Si no la sujetabas bien la hijadeputa se enrollaba de nuevo haciendo un ruido ensordecedor. Una de las veces, intentando asegurarme, tiré con fuerza de la cuerda, la enganché mal y se enrolló de nuevo armando un escándalo tremendo. Treinta y tres pares de ojos clavados en mi culo y en aquel silencio incómodo sólo se oyó a ella diciéndome —¡qué ímpetu tienes!—.

En inglés teníamos a un tipo calvo, bajo y regordete. Parecía simpático mientras no le conocieras, luego se acabó. En cuestión de meses sus clases acabaron siendo un auténtico coñazo, al consumir los 60 minutos despotricando del gobierno y del sistema. Se quejaba continuamente de su sueldo, de los inmigrantes sin papeles y de su exmujer. Al resto le hacía gracia, a mí me agotaba y, cuando eso sucedía, le pedía permiso para ir al baño. Sólo quería escapar de allí, y me pasaba el resto de la clase en el pasillo, fumando cigarrillos y mirando por la ventana a las chicas que hacían gimnasia en el patio.

Me aburría estudiar, desconocía su utilidad y pasaba el tiempo que duraban las clases dibujando o escribiendo. Pintaba pelos de polla con el portaminas fino en las mesas, se los enseñaba a mis compañeros de al lado y luego los soplaba hacia ellos para descojonarnos. Dibujaba gente follando en distintas posturas, hacía caricaturas de profesores y alumnos y escribía letras estúpidas de canciones que nunca sonaron; me echaban de clase. Pasé la mitad del curso allí, en el pasillo, fumando lo que podía, jugando al mus y mirando por las ventanas.

Era un tipo que se creía duro y, cuando salía a la calle, ya fuera pleno invierno, iba con mis pantalones rajados por todos lados y camisetas de manga corta debajo de mi gabardina negra. Corté los dedos de mis guantes para poder fumar sin que se me quemaran. Me emborrachaba los fines de semana con mis amigos jevis en Malasaña y regresaba como podía a casa. Si veía luz por la ventana del salón me quedaba en el parque del instituto, tumbado en un banco, medio dormido, esperando que se acostaran mis padres. Era un gallito gilipollas y ella, la chica que me gustaba, se había liado con el más palurdo de la clase un año antes, confiaba en que algo hubiera cambiado pero no las tenía todas conmigo. Consumí los últimos días de mi pubertad repartiendo puñetazos a un saco y doblando aprendices de púgiles, bebiéndome la vida en minis de los chinos, pintando monas, soñando con ella y escribiendo poemas absurdos.

Finalmente aprobé y ella, la chica que me gustaba, acabó saliendo conmigo. 1997 no fue tan mal año como pareció ser en un principio. Después vinieron años peores, no quedaba otra.