Luces azules

Entonces miró por el ojo de la cerradura y pudo verla, borrosa, al final del pasillo. —¡Abre mecagonlaputa, que te viarreventaraostias!—. Le dolían los nudillos de golpear la puerta gritando su nombre, incapaz de entrar en su casa; resultaba irónico siendo carpintero —¡Aliciaaaaa, hostiaaaa!—. Andrés pasaba más tiempo en el bar que trabajando, con la crisis todo se había ido a la mierda. Si antes podía sacar limpios tres mil y pico al mes, ahora apenas tenía para pañales y tampoco lo gastaba en eso. Consumía las horas muertas ahogándose en cerveza y dejando pasar a los viejos por la tragaperras, esperando que ambas se calentaran, pero la suerte solía pasar vestida de largo.

Alicia venía de buena familia, tenían unos cuantos pisos de alquiler y se había quedado con uno de ellos. Hizo carrera en Trabajo Social y a ello se dedicó después muchos años, hasta dar a luz a una preciosa criatura de patucos rosas. A Andrés lo conoció un verano, escapando con sus amigas por vacaciones una semana a La Manga. Él llevaba tiempo allí buscándose la vida y, por las tardes, cuando terminaba su jornada, se bajaba a la playa con otros dos amigos que se echó en la obra. Los tres pillaron cacho en ese grupito de chicas que bajaron de la capital para divertirse y la cosa se alargó después. Cada fin de semana cogían la furgoneta para subir a Madrid y verse las caras.

El tiempo pasó, Andrés encontró trabajo cerca de Alicia y se mudó con ella. El trabajo en la construcción surgía hasta debajo de las piedras y durante unos años todo fue de lujo. Surgió la tradición de comer en asadores los viernes y seguir de tercios después hasta acabar doblados. Los excesos enaltecen tanto el amor como el odio y cada uno tira para su lado cuando toca. Estos dos en concreto se volvían muy tercos, alguno se torcía y la batalla ya estaba hecha. Así empieza todo, cómo el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York.

El daño estaba hecho, pero cuando Alicia quedó prendada acordaron dejar el alcohol. Funcionó un tiempo, vivir de tu chica cuando no ganas un duro puede ser difícil de llevar para un bastardo. Andrés volvió a caer, esta vez a solas, y eso no le fue bien. Llegaba borracho a casa, cabreado con el mundo tras hacer la calle y ofrecer sus manos en constructoras, almacenes y supermercados sin éxito alguno. Ella intentaba animarle. Él, aun arrepintiéndose después, lo pagaba de su mano una y otra vez. Tenía la suerte de apenas dejar marcas en la cara de Alicia y así ella poder volver al trabajo la mañana siguiente, con decenas de mensajes móviles de Andrés pidiendo perdón.

Las últimas semanas, estando ella de baja desde que dio a luz, fueron muy negras. Y aquel el último día. Una tarde de noviembre queriendo ser noche, mientras Alicia le daba el pecho a su bebé, Andrés entró ebrio de sangre. Dos días de curro, montando y desmontando cajas sin que le dieran el cheque a la salida le llevó al bar, y el bar a su casa. Sintió celos por unos pechos que creía suyos y sin embargo alimentaban a otro. Eso le enfureció. Cerró la puerta con violencia, la cogió del cuello y la abofeteó llamándola mala puta hasta que la tiró contra la pared. La escupió a la cara, dio media vuelta para coger su abrigo y se marchó por donde vino.

Cuando Andrés volvió, siendo medianoche, no consiguió abrir la puerta a pesar de llevar las llaves. Maldijo el nombre de ella a voz en grito, golpeando la puerta como macho encabritado, intentando tirarla abajo ya fuera de costado o a patadas. Alicia había dejado la barra del cerrojo a medio echar después de llamar al 016. Demasiadas palizas por un amor incauto, las suficientes para no volver a caer. De fondo se oían sirenas, mientras  destellos de luz azul entraba por el hueco de las persianas y algunos de los vecinos tenían puesto el ojo en las mirillas de sus puertas sin valor para abrirlas.

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Fuera de lugar (Rocket Man)

No pudiste elegir, es lo que tiene, pero escapaste de allí, más allá de donde asoma el sol y todo se fabrica, siendo un cortaúñas made in China. Podría haber sido peor, de ahí salen caramelos con sabor a judías, féretros sellados de peces panga y preservativos que se rompen antes de ser usados. Tú sólo fuiste un cortaúñas, sin más ni menos.

En cuanto hiciste los papeles, embarcaste en el primer crucero que te recomendó la agencia de viajes. Aquel no fue el mejor camarote con el que pudiste soñar ni tuviste la mejor compañía, sin opción a poder viajar solo, pero oye, tenías esa pulsera que te permitía comer, cuando te diera la gana, en cualquiera de los 7 buffets especializados en las cocinas de medio mundo. Fue ahí cuando empezaste a defenderte, especializándote en la apertura y despiece del marisco, fuera chileno, argentino o gallego. Tus cuchillas estaban bien afiladas, cortaban que daba gusto y, a pesar de no ser puro acero toledano, de mucho te sirvieron sin saberlo aún.

Una noche, cuando todo parecía estar en calma y tú descansabas, enredado entre las sábanas de tu contenedor, un grupo de terroristas sudafricanos asaltaron el carguero. Redujeron a toda la comandancia para hacerse con el mando, desviándolo de su ruta y, sin hacerle ascos a nada, intentar amarrarlo en algún cabo desconocido por los restos donde piratear después con toda la mercancía.

Entonces fuiste listo y estuviste al desquite cuando, pasando cerca del sur de Madagascar, te lanzaste al agua para escapar de sus redes. Nadaste hasta reventar, sin nada que perder, pero llegaste a tierra y el consulado hizo el resto. Sin saber aún cómo, pasaste de mano en mano para acabar en Londres, el 10 de Downing Street concretamente, en las mismas de una tal Theresa May. Aquellos fueron los mejores meses de tu vida, cortando uñas a diestro y siniestro, té mediante, con el poder que una maldita fábrica de la Asia más profunda te concedió. Dormías tus horas, librabas fines de semana y festivos y viviste como un marajá hasta que un día, escuchando la BBC, te enteraste del Brexit.

Tan mal lo pasaste estudiando, por muchas asignaturas que te quedaran para septiembre, y luego buscándote la vida, que no entendiste una mierda de los politiqueos y sus barbaries populistas. Habías recorrido medio mundo, arrastrando toda su mierda entre tus filos, que la salida de esos hijos de la Gran Bretaña del eurogrupo no cabía entre ellos. Esto se quedó grabado a fuego entre tus sienes. Fueron tantas las noches sin dormir que, cuando Theresa te cogió entre sus manos con el objetivo de arreglárselas, te quedaste con lo marcada que tenía la arteria carótida de su cuello. Si la vida te había enseñado algo es que soló puedes fiarte de una cosa: de tus cuchillas.

¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor de aquella noche; sentía que el aire fuera más denso y por eso le costara respirar. Todo le pesaba, hasta sus gafas, pero cuando soltó aquel cuchillo era demasiado tarde ya, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para ese todo y para su nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo porque su amenaza acabó siendo real. La culpa era de ella, porque ella fue quien le obligó a ejecutar su destino contra su voluntad. La casa permanecía en penumbra y aun así podía ver la silueta del cadáver tirado en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y su pelo enmarañado extendido sobre el charco de su propia sangre. El silencio se apoderó del que fue su hogar hasta entonces y con él volvió la calma; un vacío que peregrinó hasta extenderse por cada rincón, que se apoderó de cada objeto, ente y órgano que contuviera para hacerlo suyo.

La incertidumbre había entrado en aquel cuarto, colándose por la ventana, y se sentó junto a ella. Observó aquel cuerpo despojado de vida y luego, mirándole fijamente a él, le preguntó: —¿Y ahora, qué?— El aludido levantó su cabeza ebria, pero no acertó a responder más que sílabas sin sentido. En esa habitación había dos cuerpos de los que, por razones bien distintas, sus almas quedaban muy lejos. Aquel tipo hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de paseos sin horas por el parque, cogidos de la mano y palabras edulcoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y más tequieros de una época tan lejana que casi parecían ser de la vida de otros, porque ya casi ni los recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta donde ahora se encontraban. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio se diluyó entre el ruido de la calle a esas horas de la noche y, tras la puerta del dormitorio, se oyeron unos pasos que tímidamente se acercaban. Por el quicio asomó la cabeza de su pequeño, el hijo muerto de once años. —¿Mamá?— Y ella de repente parpadeó, se incorporó y se acercó hasta él. —Mamá está bien, cariño— y rodeándole con el brazo salieron tranquilamente de allí sin mirar atrás.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había más vuelta atrás. Maldecía, repitiendo hijaputa sin descanso ni respiro, suspirando con amargura desde aquella esquina en la que permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado, y rompió a llorar como malnacido que era. Estaba borracho, todo le daba vueltas, y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra. Devolvió hasta sus tripas, tan fuerte que los mocos que le colgaban de la nariz se pegaron a la comisura de sus labios. Luego se limpió, usando su antebrazo como trapo que era, intentando mantenerse erguido, y dio un traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer sujetarse, tuvo la mala suerte de no encontrar pared sino ventana, la misma que seguía abierta, y por ella se precipitó al vacío. Siete pisos de caída libre para estrellarse pocos segundos después junto a los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio su cuerpo reventarse contra el suelo a escasos metros, quedándose inmóvil y tan sorprendido que, cuando pudo reaccionar, su caniche Coco estaba metido hasta las orejas en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.

El trofeo de Ben-Hur

Pego un trago de mi copa e inexplicablemente se me escurre de las manos para ir a despedazarse contra el suelo y derramar los fluidos alcohólicos que esperaba ingerir. Oigo un “lo siento” y trato de hacerle comprender que las disculpas, a veces, no bastan. Pero mientras se lo explico, dos entes en sí mismas con alguna dimensión de más que yo, me invitan a cruzar el umbral de la mía y de repente me encuentro aparcado en un coche mal apoyado, más solo que la luna, con una docena de copas en mi haber y restos de sangre en mis manos. Calándome el otoño en su lluvia tan fina como alfileres, sin entender cómo momentos antes estaba hablando con una rubia oxigenada sin nada que le rellenara la blusa y ahora no, reviso que mis orificios y apéndices se encuentren en perfecto estado. La deducción final es que la sangre no es mía, porque sí, y tiro calle abajo, chapoteando en los charcos como cuando uno era un crío y los mocos me colgaban hasta la barbilla.

Es en mi peregrinar cuando me veo asaltado por una extraña mujer. Esmarelda, una bonita mexicana de rasgos tan exóticos como ellos sólos, me incita a teletransportarme a su cubículo, entre patio de recreo y antro de lujuria, que tiene tras de sí a cielo abierto, invitándome a un trago. “Llévame contigo” la susurro al oído, y con su cintura ocupando mi brazo introduzco mis pantalones en algo tan grandioso como lo que guardo bajo ellos. Entramos y se abre ante mí un lugar enorme, infestado de extranjeros y barras en las que sorber mojitos y mendigar amor. Esmarelda pide los tragos, nos sirven dos tequilas con sal y limón y brindamos. Me deshago de la sal y el limón y degluto el resto. —Reina, ponme un güiscola—, y la descendiente de los grandes pueblos Mayas, Aztecas e Incas, medio bruja medio ninfa, le dice algo al cuello de mi camisa y me besa, me atrapa en sus fauces, me pierde y me enamora para luego desaparecer por delante de su trasero.

Tomo mi copa, ocupo mi boca, lo paladeo y tranquilamente lo degluto. Repito la misma rutina con el humo de mi cigarro, cuestión de tragaderas. Veo raro, parpadeo y descubro estar rodeado de maniquíes de plástico y vinilo, perfectamente engalanados, doblando y contorsionándose al ritmo de los sonidos que hacen palpitar los líquidos de los vasos que descansan sobre la barra. Abrumado, me abro camino por el interior del paraíso hasta las puertas del excusado para, de rodillas frente al inodoro, meterme una raya tan larga como la autopista que cruza Texas. Cierro los ojos, exhalo, suspiro, finiquito mi copa y al salir de nuevo soy deslumbrado por un lejano destello, una luz cuasicelestial y omnipotente que probablemente poco tenga que ver con nada divino o su contrario; una luz parpadeante, deambulante e irisciente que quema mi retina y atraviesa mi cráneo como un rayo X, iluminando las cabezas y sus pelucas que me acompañan en la noche.

Me siento como Kirk Douglas en el coliseo romano de Ben-Hur, avanzando entre el ruido de los bultos hacia la luz, camino de la arena. Muevo los pies y el suelo se mueve con ellos, es arena sin duda. La luz me inunda, me atrapa, oigo el rugir de los leones cartón piedra y siento sus zarpazos, amenazándome con sus movimientos bestiales, con sus bocas atroces, enseñando colmillos como sables, y me río a carcajada limpia. Están ahí, y les escupo y les tiro el cigarrillo. Las luces me abrasan la piel de tal forma que tengo que echarme la copa por encima y desabrocharme la camisa, un hombre no puede enfrentarse a las bestias vestido de domingo, dónde se ha visto… Y me muevo y esquivo las garras mortales de esas criaturas que silban en el aire.

Soy rápido y escurridizo, soy inmaterial, soy un fantasma, un ángel del averno, y como tal me río de las criaturas de cartón pluma tan falsas como Judas. Dios ha muerto en sus manos, Enrique Iglesias ha acabado con él y se impone con ese amigo suyo que se hace llamar Descemer Bueno. Me siento como Kirk Douglas subido en su cuadriga, peleando contra los romanos, ebrios de poder; ellos luchando por la bondad del César y yo por esa mujer que me trajo hasta aquí para salvarla.

En lo alto del palco está Esmarelda junto a su malvado pretendiente, un tipo sin prejuicios que la obliga a contraer matrimonio para salvar la vida y tierras de sus padres y hermanas. Tan borracho estoy de amor por ella que mordería su polvo, mataría a mi madre muerta y profanaría su tumba por sólo el susurro de sus cabellos en mi piel, por la caricia de los besos con sus labios embriagando los míos. Flagelo mis cuatro caballos indoeuropeos y escupo y pateo a los romanos que osan acercarse hasta mí. Soy el dueño y señor, soy el príncipe destronado, el amo de la pista, el Checo Pérez de las cuadrigas, y ni los Iglesias arrebatarán mi triunfo, la hasta ahora futura esposa del César. Oigo los ánimos del público desde el otro lado de la grada, empujándome a la victoria que les lleve a su libertad. Suena una corneta, última vuelta. Aprieto los dientes y le doy a la fusta, la gloria será mía, ningún desgraciado con falda y casco orejero me la arrebatará. Mis caballos cortan el viento, cabalgan raudos hacia la meta, salen chispas de sus herraduras y al fin llegamos los primeros. Bajo del carro y tiro el látigo, he ganado la carrera y quiero mi trofeo, mi Oscar de Hollywood, la cabeza del César.

Desenfundo del cinturón mi cuchillo, y con él entre los dientes escalo por las gradas hasta el palco presidencial. Todo es nada, poco me importa, la quiero a ella, oyéndola gritar mi nombre, y sudar mucho amor juntos. Mi reina, mi diosa, voy por ti Esmarelda, ya siento tu aliento, el calor de tus muslos… Y duele, duele porque no es tu sudor sino mi sangre adulterada la que chorrea por mi piel. Malditos sean estos sucios romanos, malditas sean sus malas artes, las que me derriban sacándome del coliseo. Maldita sea la lluvia que empapa mis ropas y malditas sean mis fuerzas, las que me abandonan en el peor momento. Estos romanos embutidos con sus faldas me golpean una y otra vez de forma afeminada, sí, pero contundente también.

Siento los adoquines de la calle bajo mi cráneo abandonado. Kirk Douglas fue un borracho, su hijo un mujeriego y yo me siento como un maniquí de bazar. Me caen más hostias que en las misas de Semana Santa, recibo y recibo, pero soy el Ave Fénix y resurgiré de mis cenizas para cobrar cara mi derrota. Soy Yahvé, el creador del todo a partir de la nada. Vengaré mis heridas, mataré a los fariseos y engendraré una larga estirpe que comande mis ejércitos con el apoyo de mi voluptuoso trofeo de apretado sostén llamado Esmarelda. Hasta entonces descansaré, celestiales y…

…trataré de levantar mis huesos del húmedo pavimento…

…sobre el que tienden mis aún humanas vísceras cárnicas…

…y volveré,

…juro por Yahvé que volveré…

…cuando…

…recupere…

…el…

 

Nota: la idea original es de octubre de 2008, mientras escuchaba a The Cure con su Fascination Street. Enrique Iglesias bailando lo cambió todo aunque bien podría haber sido Ricky Martin con “La Mordidita”, sin pastillas ni mierdas eso sí ;)

Minientrada

Adiós, gilipollas

Certezas no hay ninguna, nunca las hubo. Y quizás por eso muchos siguen su ritmo, descansando tras esa semana de curro, al volver del parque con los críos, cuando el que no se cansa desconfía, tanto que no baja al parque por miedo, miedo a confiar en un gilipollas. Entre medias, ese gilipollas que, harto de perder el tiempo que no tenía, se escapó. Se fue más allá de las montañas para buscar vida, y quizás en el más allá se quedó para no volver, con o sin vida.

Una pérdida de tiempo

Charly pensó que era fácil enamorarse de una chica así y que ella podría estar con cualquiera, el que ella quisiera, y sin embargo Beatriz se había quedado con él aquella noche, tomando unas cervezas en la barra de un improvisado bar. Charly no pensó mucho más, sólo en la coincidencia de dos personas que muchos años antes habían tenido cierto contacto, que Beatriz estaba algo cansada para seguir de fiesta y por eso sus amigas la dejaron sola allí con él. Charly podía sacar a Beatriz más de diez años fácilmente, tenía el pelo largo, con mechas de tinte, llevaba una fina y ajustada camiseta de tirantes negra dejando adivinar unos senos no demasiado grandes, pero sí duros y turgentes, un vientre liso con un piercing asomando en el ombligo y unos pantalones vaqueros desgastados muy bien ajustados. Charly apuraba su cerveza y la miraba con la desconfianza de quien se sabe demasiado viejo y feo para una chica como ella. Mientras, Beatriz hablaba y hablaba como hace cualquier mujer cuando no está durmiendo, riéndose y abriendo mucho la boca para decir ah y oh, mientras le cogía del brazo tirando de su camisa o posaba su mano sobre la de él, gesticulando tanto como para pensarse dos veces atarla a la banqueta en la que apenas paraba sentada.

Charly estaba casado y Beatriz lo sabía, pero eso importaba poco en aquel momento, su mujer se había ido de recogimiento a pasar el fin de semana con sus amigas a una casa rural. Charly había aprovechado para salir a tomar algo tranquilamente con un par de amigos para ponerse al día de sus rerspectivas vidas y recordar los viejos tiempos, los buenos tiempos, cuando lo que pasara al día siguiente importaba tan poco como las pocas monedas que llevaban en los bolsillos. Pero esos tiempos no eran ya más que recuerdos de otras vidas y antes o después debían volver a casa con sus obligaciones conyugales, menos Charly, por eso cuando se despidieron en la puerta del bar para echar un cigarro él se quedó con Beatriz, que le pidió que se tomara una cerveza con él, la primera vez que hacían algo así. Los padres de ambos eran vecinos y Charly casi la había visto nacer, Beatriz había pasado muchas tardes en casa de Charly cuando él aún vivía con sus progenitores, haciendo sus deberes y jugueteando inocentemente con él cuando se aburría más de la cuenta. Después Charly creció, empezó a trabajar y se fue del nido siendo aún muy joven, estuvo saliendo con alguna chica y finalmente se casó con la última, por amor, con iglesia, banquete y luna de miel, y pasaron los años.

La cerveza seguía fluyendo, Charly llevaba ya varias jarras ebrio y Beatriz le confesaba lo difícil que era encontrar un chico de su edad que tuviera dos dedos de frente y pensara en algo más que una mamada, lo excitante que resultaba encontrar a un tipo interesante como Charly con quien tomar una cerveza plácidamente. Aquel comentario hizo que Charly pensara en ello con la imagen de Beatriz abriendo la boca diciendo oh y fue entonces cuando decidió retirarse antes de bailar en la cuerda floja, sin música. Después de todo, Charly seguía queriendo a su mujer aunque las cosas hubieran cambiado. O a lo mejor después de todo nada había cambiado y ese era el problema.

Charly se conocía el camino y ofreció a Beatriz llevarla hasta su casa, apuraron sus cervezas y salieron del bar agarrados hasta el coche, encendió el motor, bajó la ventanilla y encendiéndose otro cigarrillo arrancó. No pasaron más de quince minutos sorteando las calles principales, por riesgo a ser detenido en algún control de alcoholemia, cuando Charly paró en segunda fila frente al portal. Beatriz quiso fumarse un último cigarrillo, Charly se lo prendió y ella se disculpó por haberle aburrido con sus tonterías de niña borracha. Veinte incómodos minutos en total en los que a Charly se le pasó por la cabeza cómo sería reiniciar su vida con una chica como Beatriz, joven, guapa y despierta, pero los cigarrillos se consumieron y tocó despedirse, eso era lo mejor que podía hacer, pensó Charly en un momento de lucidez, y acercó su cara hasta la de ella para los dos besos de cortesía, cuando sus labios fueron asaltados por otros unos diez años más jóvenes que los suyos, abriendo su boca e introduciendo dentro su lengua inquieta.

–Yo también estoy sola este fin de semana– le dijo Beatriz al final, –¿por qué no subes? –. Charly aparcó su coche, ¿qué podía perder? pensó, y subieron juntos en aquel viejo ascensor que jamás había imaginado en sus mejores sueños una escena como aquella. Charly la cogió a orcajadas entre sus brazos y la devolvió aquel beso envenenado a mordiscos. Luego, entraron en la casa de ella y sin encender luz alguna cayeron en el sofá comiéndosela a bocados como hacía tiempo que no lo hacía, despachándose a gusto con sus manos sobre aquella piel joven y tersa mientras ella se dejaba hacer. Charly saboreó las delicias de cada uno de los rincones de Beatriz, desnudándola a placer hasta dejarla únicamente con un retorcido tanga entre sus nalgas, gimiendo ésta entrecortadamente, con ese punto de timidez que diferencia a una niña de una señora. Pero mientras Beatriz se derretía empapando los cojines del sofá Charly tan solo saciaba la codicia de su estúpido calentón que rápidamente se había enfriado, en seguida aquello le supo a nada, y a pesar de intentarlo una y otra vez perdió el apetito, era sólo carne, tan vacía e insípida que si hubiera estado en un restaurante se hubiera largado de allí sin pagar. En vez de eso se retiró en silencio, sentándose cuidadosamente a un lado, y se declaró en bancarrota, no pintaba nada allí.

Parecía más de lo que realmente era, pensó Charly cuando entraba de nuevo en su coche. Su mujer podía sentirse envidiada, tenía diez años y otros tantos kilos más que cualquier remilgada con un tanga que le abrazara el culo y aún así se la seguía poniendo dura cuando volvía cansado del trabajo, ¿qué más podía pedir? Después de todo se sentía afortunado. Bajó la ventanilla, encendió un cigarrillo saboreando la primera bocanada como si fuera la última y arrancó con el único deseo de meterse en la cama cuanto antes y no levantarse hasta bien tarde, ya estaba bien de hacer el gilipollas.

Jimmy dos turbos

La historia de Jimmy dos turbos fue tan breve como intensa, digna de cualquier artista americano como James Dean o Elvis Presley, aunque éstos dejaran un bonito cadaver y Jimmy no. Porque Jimmy era muy feo, pero esa no es la cuestión. Como toda historia tiene sus comienzos en la que un estúpido detalle marca la diferencia y en el caso de Jimmy dos turbos todo empezó por la temprana pasión del pequeño Pepe por los motores. Su padre le enseñó a arreglar las averías de su viejo tractor Ebro. Con él empezó arando los campos de su padre y pronto trabajó para todos los del pueblo. Con el dinero que ganó, Pepe compró un R5 al que trucó el motor, le hacía de todo al coche y fue el primer tuneado que se conoció en el pueblo, probablemente el primer coche tuneado del país. Con él chuleaba haciendo el cabra por los caminos de la zona, reunía a sus amigos en los descampados haciendo derrapes y pruebas de habilidad utilizándoles de conos. Un día se enteró que en Cuenca se celebraba un rally y se apuntó, quedó segundo. Ahí empezó todo. Después de eso corrió todas las carreras de rallyes que se hicieron por la zona y los ganó casi todos. Entonces vendió su R5 y se hizo con el coche que más ansiaba tener, con el que tantas noches había soñado, un R5 Copa Turbo de color amarillo.

Pepe siguió corriendo algunos rallyes con su nuevo coche y continuó ganando bastante dinero, corría como una bala, tomaba las curvas a todo gas, las enlazaba como si fuera un juego de niños, cruzando los prados en un abrir y cerrar de ojos. El público se embalaba al verle pasar, las vacas, los caballos y hasta los grillos se embalaban cuando la mancha amarilla de Pepe recorría brevemente sus pupilas al pasar frente a ellos como alma que lleva el diablo. Ganó tanto dinero que compró el viejo establo abandonado a las afueras del pueblo, lo reformó y allí montó la primera discoteca de la zona a la que bautizó como a él le gustaba que le llamaran: Jimmy’s. Porque a Pepe no le gustaba en absoluto su nombre, el nombre que le pusieron sus padres al nacer y constaba en el registro. Pepe quería algo más internacional, con más clase, y poco a poco a Pepe se le fue conociendo por el sobrenombre de Jimmy. Pero Jimmy dos turbos no se hizo famoso por su nombre, arar los campos de la zona o correr rallyes, eso de dos turbos no era por tener un Renault Copa Turbo, ni por ser más veloz que el rayo, a Jimmy le llamaban dos turbos porque llegó al mundo con la extraña anomalía, por increíble que parezca, de tener dos penes, así es. La matrona, que no era otra que su tía segunda por parte de madre, primeriza en estos asuntos de ver dar a luz un varón, a punto estuvo de amputarle uno de ellos creyendo, pobre estúpida, que era el cordón umbilical mal cortado, pero pronto se dio cuenta llevándose la mano a la boca no llegando a seccionar dicho apéndice.

Pepe, perdón, Jimmy dos turbos, ya desde bien pequeño, era un tipo feo, muy feo, difícil de ver, con la cara llena de pegas y granos, medio calvo medio pelirrojo, delgado, tan delgado que se le adivinaban los huesos bajo el pellejo que cubría su pobre esqueleto, pero sus dos penes eran demasiado, volvía locas a las chicas del pueblo, que también se embalaban, y pronto se hizo eco en los de alrededor. La culpa la tuvo su primera novia, en aquella pubertad que tan famoso le hizo, cuando ella le dejó por feo aun siendo ella tan fea como él, haciendo correr el rumor de su extraña anomalía inguinal. Entonces, una de las amigas de ésta, que era muy golfa, quiso probarlo y ahí empezó todo. Al poco tiempo Jimmy dos turbos se las beneficiaba a todas, ya fueran solteras, viudas o casadas, cualquiera que se pusiera a tiro. Toda mujer de la zona quería probar los dos turbos de Pepe, es decir, Jimmy, y hacían cola en su discoteca para entrar. Jimmy era muy feo, tan feo que resultaba gracioso, y él sabía ser gracioso. Jimmy sabía muy bien cómo tratarlas, sabía ser gentil y cuándo serlo y cuando convertirse en un cerdo pervertido sediento de sexo. Sabía jugar con ellas y cualquiera que pasara a su lado caía entre sus piernas saciando toda depravación.

Aquel rumor sobre Jimmy dos turbos se extendió y llegó hasta oídos de los maridos, padres y hermanos cuyas mujeres, hijas y hermanas se habían acostado con Jimmy. Probablemente fuera culpa de los celos de su exnovia, que había visto como su deformidad había sido recibida de buen grado por el resto de mujeres seducidas por sus dos encantos, pero eso nunca se llegó a saber realmente. Esos hombres, cuyas mujeres, hijas o hermanas les habían deshonrado primero se lo tomaron a broma, nadie se podía imaginar a un tipo con dos penes, pero pronto se dieron cuenta de que el rumor era cierto cuando con sus mismos ojos vieron sus dos turbos a pleno rendimiento en la parte de atrás de la discoteca de Jimmy, entrando y saliendo de los agujeros de su exnovia, bombeando a todo gas, cuando ésta le emborrachó y le pidió un polvo por los viejos tiempos. Al día siguiente, domingo de ramos, se encontró su cadáver lleno de moretones y sus dos penes, que tantos agujeros habían tapado, cortados de cuajo. Y esto tampoco se llegó a saber realmente porque así nadie lo quiso, quien o quienes lo hicieron.

Sus padres se enteraron tan pronto como hubo amanecido, con el canto de los gallos y antes de arreglarse para ir a misa, tiempo que usó el párroco para improvisar el funeral. Lloraron amargamente la pérdida de su único hijo y las mujeres del pueblo, con el vientre vacío no sólo por la pena, también hicieron lo propio a escondidas. El silencio sobre aquel asunto reinó para siempre y nunca más se supo, bien fuera por envidias o lujurias escondidas, porque así nadie lo quería. La discoteca se cerró y fue derruida para, muchos años después, construir la piscina municipal. En la lápida de Pepe sólo se grabó bajo su nombre la palabra Jimmy, como a él le gustaba que le llamaran, sin el dos turbos.

Paris 96

Llegué a la habitación del hotel, tiré las llaves en la cama y según me iba desnudando por el pasillo me metí en el baño. Era ya tarde y aún no había comido, estaba cansado y llevaba días durmiendo poco. Llené la bañera con agua caliente, descorché el vino y encendí uno de esos cigarrillos que venden en las tiendas del barrio latino con grandes letreros árabes donde puedes comprar de todo, desde carne de camella hasta juegos de bolsillo. Con el cuerpo sumergido a lo largo de la bañera no recuerdo estar pensado nada especial, tan solo tenía aquella botella de vino que había comprado días antes en una gasolinera de Burdeos agarrada por el pescuezo, bebiendo de ella a tragos cortos. Hacía un frío que congelaba las ratas allá afuera, en la calle. Paris no era la deslumbrante ciudad que había imaginado, que me habían vendido, París era triste, gris, sin alma, la gente entraba y salía del metro como autómatas sin hilos, como parte del decorado, caminaban por la calle con la cabeza hundida entre los hombros, sin detenerse ni para mirar los semáforos, en silencio. Podía oler su soledad sólo con pasar a su lado, un hedor familiar, como si mi vacío conectara de alguna forma con el suyo… París apestaba a melancolía, a crepes y a vino barato. O quizá no fuera realmente así, quizá era yo quien quería imaginarlo de esta manera. El viaje se estaba torciendo, nada había salido bien y aquello se me escapaba irremediablemente de las manos. Yo no podía hacer nada para evitarlo, lo único que podía hacer era relajarme en aquella bañera y dejar que pasara el tiempo, que corriera el tinto junto con las manillas del reloj y esperar que todo aquello acabara. Habían hecho un gran pastel para mi pero iba a ser otro el que se lo comiera, simplemente a mi no me habían puesto el plato la noche de la gala. Maldita mi suerte, acabé emborrachándome con el servicio.

Aquel baño fue como encontrar un oasis después de caminar una semana por el maldito desierto, al fin y al cabo sólo me quedaban dos días en París y después de eso, pasara lo que pasara con la tarta, volvería a mi ciudad, a mi casa, y probablemente en mi ciudad haría más calor. El ser humano no era más que una masa estúpida y amorfa moviéndose por inercia, sin sentido, como lo hacen las gallinas en un corral. Yo estaba bien en mi parte del gallinero sin salir allá fuera, ya lo creo si se estaba bien allí, sólo, con el agua caliente que me cubría empañando el espejo, jugando a hacer pompas con el ombligo, dejando que las caladas llegaran hasta abajo del estómago, echando el humo despacio, como si dejaras escapar un largo gemido, como si te la chuparan hasta el éxtasis, haciendo roscas con la boca. Estando en la bañera, con el vapor colgando del techo, arrugadas las yemas de los dedos y el vino a punto de acabarse, E. se podía ir al carajo, el tipo que se fuera a empachar con E. se podía ir al carajo y el mundo entero se podía ir también al carajo.

Gilipollas

Hacía mucho tiempo que había olvidado ese rasgo de mi estúpido rostro y sin embargo fue de nuevo una mujer quien me recordó que tenía cara de gilipollas, necesitó sólo un par de segundos para hacerme hurgar en la memoria y sacar la careta de ese bolsillo en el que no meto la mano ni para buscar un último pitillo. Un gran gilipollas. De pequeño rodaba por las calles la leyenda urbana de que gilipollas significaba sin-pene: gili=sin, pollas=pene. Más tarde el tiempo desmontó aquella teoría cuando intenté perder la virginidad y costó dios y ayuda meter aquel trasto. Quizás por eso se me quedó esta cara que paseo allá por donde voy. Y haciendo un esfuerzo como el que aprieta en el inodoro agarrándose las pantorrillas, recordé también que en mi adolescencia tenía un ridículo diario algo breve llamado “Tristes memorias de un gilipollas”, rótulo ideal para el cartel de una película cualquiera de Woody Allen, personaje con el que además compartía similitudes de ciertos rasgos de gilipollas. Gilipollas, sí, pero no tonto, como ya le dije, o imaginé que le decía, a una novia que tuve, ahora felizmente separada de mí, cuando me la jugó y quise darme cuenta: seré gilipollas pero no tonto. Finalmente hice el tonto para después quedarme con cara de gilipollas. Si ser gilipollas estuviera remunerado hoy sería insultántemente rico.

Los años hicieron que la careta de gilipollas que me había acostumbrado a llevar se fuera mimetizando con la carne, los cartílagos y los huesos del cráneo, empezó a crecer pelo por doquier a lo largo, más que ancho, de mi cara y comencé a beberme los cubatas en mis gafas de culo de vaso. Cambié de casa y olvidé limpiar los espejos (ya no se fijaban en mí) y con el olvido se fue mi conciencia de mi cara de gilipollas, y así hasta la fecha que no había vuelto a hacer acto de presencia. Rememorado de nuevo alcancé a ver cuan gilipollas había sido, y de nuevo, lamentándolo mucho, era consciente de que nunca había dejado de ser un gilipollas, porque gilipollas es el que hace gilipolleces, porque gilipollas se nace, no se hace. Así que supongo que arrastraré mi careta de gilipollas hasta que un novio celoso o cualquier otro borracho me la arranque a puñetazos por meterme donde no me llaman, porque soy gilipollas.

Quiero ser un mono

Hace una calor de cojones, me sudan hasta los huevos y aquí estoy, intentando escribir algo después de mucho tiempo, creo que casi una semana, pero me parece toda una vida. Eso me alegra porque quiere decir, o así al menos lo entiendo yo, que soy capaz de morir y resucitar al cabo de 7 días, unos más tardo que algún funcionario. Normalmente muero el lunes, tras agonizar todo el domingo, resucitando los martes. Y es que los lunes suelen ser, son, muy jodidos. La reencarnación en uno mismo no está tan mal, visto lo visto, virgencita que me quede como estoy. Hablando de estar, que no de ser, estoy algo preocupado porque últimamente entra más trabajo que mujeres en mi casa, quizá por este motivo el otro día me sorprendí buscando scorts por internet, curiosidad… Y hallé una rusa con cuyo nombre no me quedé, pongamos que Melani. Melani vive a una parada de metro de mi casa, justo de camino a mi oficina. 21 añitos, morena, 95-60-90, francés natural, beso negro y todas las cerdadas que pueda imaginar, recibe en su apartamento de Antonio Machado y también a domicilio. Buenas fotos y mejores servicios. Alguna vez conocí alguien así, pero no creo que ésta fuera tan puta, al menos fuera de horario.

Al final todo se queda en el morbo, y el morbo por el morbo es un estúpido entretenimiento que los vídeos porno resuelven sin mayor problema ni gasto. La profesionalidad en estos asuntos enfría mucho el tema. Es mejor alguien más cercano y sano. Cuántos polvos habríamos echado a las novias de los colegas, las hermanas de los colegas, las amigas de sus novias o una melé con todas juntas… Esto me lleva a pensar que el reino animal nos lleva mucha ventaja en eso. Cuando vuelva a morir creo que voy a pasar de reencarnarme en mí mismo, quiero ser un chimpancé de zoo, quiero mear a los curiosos que se amontonen frente a mi jaula en sus estúpidas caras, quiero comer cacahuetes a mansalva y follarme a las monas que metan entre los barrotes de mis dominios… Eso es vida y no estar a las dos de la mañana bebiendo cerveza fría porque hasta las sábanas me sobran en la cama, sentado frente al ordenador y golpeando unas teclas que sólo escriben gilipolleces, tú bien lo sabes. Te hago de menos, añoro tu silencio, tu sonrisa mordida y esos ojos flirteando con el vacío que nos separa, tus menudas manos con esas uñas pintadas de rojo puta sosteniendo el taco y pegándome una soberana paliza al billar. Me gusta el universo que nos separa, planeta y satélite, y me gusta el jamón cortado fino de las lonchas de tus piernas. Pero aquí sigo, refrescando mi gaznate y escribiendo tonterías, cuando acabo de nacer y me parecen toda una vida los días que no te he visto.