Todo un glioma que no se quitó de la cabeza

Astrocitoma difuso de grado II según dice el informe ya al comienzo, basándose en la OMS. Dave, nunca habías conseguido ver nada claro más allá de tu nariz, a pesar de llevar gafas, y resulta que no era la miopía el causante. Aun así, perdido en tu difusión te operaste años antes por si las moscas y no te puedes quejar Dave, hasta ahora veías de puta madre. Difuso de palabra, obra y omisión, Dave, eres difuso hasta de pensamiento. Todo un tumor el de tu maldito cerebro, tan difuso que puede variar de grado según se precie como varías de humor. Pregunten sino a familiares, amigos, jefes, compañeros de profesión y demás personal con el que el difuso de Dave se haya cruzado.

¿Qué puede pasar? Pongámonos otra de Oporto y vayamos con calma. Creo que esto último te lo dicen mucho en los últimos meses. Pero Dave, el contador sigue y ya está en marcha el temporizador, aunque no lo sepamos. Tan difuso es el asunto que de un tiempo a esta parte tampoco te enteras, pero será cosa tuya, por no llevar reloj y contar las horas que transcurren a su antojo. Te la sudan tantas cosas ahora que ya te jode pasar por esto para darte cuenta. Te encantaría que aprendiéramos el resto, pero muchas veces no vemos hasta que nos dejamos los dientes, así nos va y tú el primero. —Cada cual con lo suyo, suerte con lo vuestro—.

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Más pelo asomando por los orificios de la nariz

Dave, igual que sabes dar las hostias sabes encajarlas, ya soltaste alguna por ahí cuando creíste oportuno y te dieron otras tantas bien fuerte; al final te fue bien en su momento aunque ni de coña fueron de estas, metafóricamente hablando. ¿O sí? Siempre te estás colocando los cojones, son grandes y los vaqueros te los pellizca, y esto no es una metáfora. Eso es, colócate los huevos, estamos en confianza. El peso de las cosas, ya sean físicas o no, es a veces inescrutable. También lo es rascarse las cicatrices que dejan. Tienes amigos, me tienes a mí, y encontraremos alguna forma para salir de toda esta mierda, por tus cojones y por los míos que no quede. Y por los de tu mujer seguro que tampoco, esto sí es metafórico. Ya sabes, mala hierba… Lo eres y lo sabes, pero te lo han dicho tantas veces que estarás hasta donde te rascas la entrepierna, normal que te los coloques tanto. Quizás para aliviar el asunto sea mejor no llevar calzoncillos, aunque sean de Calvin Klein, esto también es metafórico. O esta vez no… Me da que si hubiera más gente no nos iba a entender ni dios, pero ¿acaso nos importaría? Nunca te ha molestado un carajo casi nada a menos que te tocara la fibra esa que tienes a buen recaudo, pero si ahora te estabas quitando esa oxidada armadura… Al menos has aprendido, aunque fuera a hostias, el peso de la misma; ya da igual que estés incluso sin calzones, ¿eres fuerte o no? A veces.

A veces pasa que todo se tuerza y estés agotado, entonces más vale descansar. Puede que al día siguiente hayas cogido fuerzas, si es así entonces podrás subir ese maldito puerto de montaña y ver las cosas desde otro punto de vista. Lo sabes tan bien como lo sabía tu padre. Eres grande Dave y nos sobran los motivos, ya te lo dije en algún momento y te lo digo ahora. Sé que conoces la canción de Sabina, tu gesto… No sales de una y te metes en otra. Literal es tanto lo uno como lo otro. Tú lo sabrás mejor que yo, pero sí que es jodido mantener el tipo en esta maldita vida, por mucho que recortes el pelo que tengas asomando por los orificios de tu nariz, por muchas ganas que tengas, y últimamente tanto pelos como ganas tenías… Suele pasar, también literalmente.

Suele pasar que quieras un refresco para acabar de copas como suele pasar que te enamores y acabes cual buen toro, corriendo los San Fermines sin saberlo… Suele pasar. ¿Nos sobran los motivos quizás? Descansemos pues un rato con esta canción de fondo, aunque sólo sea por unas horas, porque mañana nos enfundaremos el maillot para subir a Cotos y por hoy ya hemos hecho suficiente, literalmente, como viene pasando. Buenas noches, figura.

Una buena fritura

Buenas expectativas y mejores esperanzas te dieron ahí fuera Dave. Pero al final, tras muchas semanas de práctica, se te consumieron desde dentro las razones para no volver a encenderte otro cigarrillo. Y mientras expulsas el humo, de los tres es tu ojo derecho el que mantiene la calma y no llora, con una relatividad y conciencia de la que, en el fondo, tampoco éste sabe porqué te dura todavía la anestesia de la cirugía en ese lado tras todo ese tiempo, y no porque seas zurdo.

Un verano cojo y tuerto, aislado por las paredes de tu vaquería, ocupando tu tiempo y tu estómago entre rompecabezas y pastillas para no soñar, y la televisión puesta bajito. Dave, te quedaste con las ganas de conseguir un par de recortadas para ayudar en su huída al Toro de la Vega, y de paso bajarnos luego a Valencia y aclarar ante las masas dónde podrían encenderse los pitones la próxima vez.

Días duros algunos como toro que eres, en los que cuentas los minutos para volver a encenderte el siguiente cigarrillo. Días en cuyas mañanas intentas levantarte y acabas llorando de rabia por no ser capaz de hacerlo, porque los dolores, desde los riñones de tu espalda hasta la frente de tu maldito cráneo, no te lo permiten. Muchos de los recuerdos que te rompieron los huesos dan buena cuenta de ello, siempre tuviste algo de memoria.

Pero por tus cojones que te levantarás, dentro de un rato o de unos días, cuando vuelvas a coger fuerzas. Te levantarás aunque sea con el pie izquierdo y los primeros metros los hagas de rodillas en el suelo. Lo sabes porque tu cabeza quiere hacer muchas cosas, tantas que no caben, y entonces yo te ayudaré.

Dave, no queda nada, sólo es cuestión de meses, o eso dicen. Qué no sabremos de largos viajes, mejores fiestas, de barbacoas y frituras y de peores resacas. Ya sólo faltan siete sesiones de treinta, treinta sesiones por defecto para freírnos el cerebro por igual, ¿acaso todos calzamos un treinta?, ¿pensamos con los pies o acaso es el mismo órgano o extremidad para todos?

Bien sabemos la talla que calzas y sobrepasa ese treintena. Quizás sea demasiado largo para pensar en nada más. Ya nos lo dijeron, cuando acabes con la terapia te irás encontrando mejor, al menos durante una temporada…

La última faena de la temporada

A Dave nunca le habían entusiasmado los toros, vamos, lo que viene a ser el toreo y sus lidias; pero aún así, siendo aún un chaval, aceptó de buen grado aquella invitación por San Isidro porque siempre fue de la idea de que todo hay que probarlo… o casi todo. Y es que aún gustándole Goya no le dio más placer la corrida por ser goyesca y habiendo toros de por medio. Lo de que un diestro arranque en gallardía con sólo un capote frente a un morlaco salvaje de más de media tonelada no está mal, pero banderillas, rejoneos y estoques le sobraban. Al final, tras esa corrida, Dave cogió cierto aprecio a los cuernos y desde entonces se alegraba de las cogidas que pudieran salir en los telediarios; porque Dave siempre fue algo retorcido, salió zurdo ya del útero de su madre, tuvo problemas en el colegio y después durante la adolescencia y quizás por ello se sentía más cerca del toro que del torero.

De alguna forma Dave se sentía tan indomable y grueso como uno de esos astados, salvaje y sediento de paz, libertad y buen rollo, como maldito morlaco que era, y creía que por primera vez estaba donde debía estar, que al fin las cosas se habían organizado de algún modo en el que ahora todo funcionaba. Sus amistades, su familia, su trabajo e incluso el amor que ahora retomaba sin creer ya mucho en él estaban bien, había encontrado una buena chica con la que compartir muchas cosas a parte de los amaneceres y un buen trabajo que realizar en su mayor parte desde casa, sus amigos daban buena cuenta de ello. Dave habría vivido mejor o peor hasta entonces, quizás pecara algunas muchas veces de inconformista, pero tras todo ese tiempo pasado se sentía a gusto. De poco le sirvió, su momento le había llegado y ya tenía fecha para su próxima corrida, no se sabe si la última.

Durante largas semanas, Dave se hizo unas pruebas que empezaron por casualidad y terminaron de realizarse por obligación. Al final debía ser intervenido y cuanto antes. ¿El resultado? difícil de confirmar, así de sencillo, porque nunca había visto un matador ni su capote. Visitó diferentes médicos, quiso saber diferentes opiniones para ver si su vida iba a continuar y en qué condiciones, si era posible de restablecer tras pasar por Las Ventas, pero las respuestas dejaron muchas dudas y el pronóstico no fue mucho mejor. Tras aceptarlo a regañadientes, Dave se vio tanto como pudo con todo aquel que quería tener cerca; su chica, sus amigos de toda la vida y algunos compañeros de profesión. Quizás debía servir de algo y de alguna manera fue así, pero desde luego en lo que muchos de ellos coincidieron es que de ésta iba a salir y más fuerte. Con ese concepto se quedó el tiempo que estimó oportuno, no más de un par de días, hasta que se dio cuenta de que le sudaba la polla salir más o menos fuerte, porque flojo o imbécil desde luego no se consideraba. Todos los de su alrededor se mostraban apenados pero al que le estaban tocando los huevos en ese momento sentía que era a él, sólo a él y todos aquellos toros de lidia que estuvieran pasando por lo mismo.

Aunque sabía que no debía hacerlo y pese a las advertencias, una noche Dave se sirvió un buen whisky con hielo, el primero en muchas semanas. Estaba sólo en el salón de su casa, sentado en el sofá, mientras afuera terminaba de irse el sol tras una de esas tardes largas que preceden al verano. Se puso un buen concierto de Simple Minds en Verona que tenía en la recámara mientras vaciaba el paquete de Fortuna y la mitad de una botella con un sello de 10 años que aún quedaba en su mueble-bar. Su ánimo no pasaba por los mejores momentos desde luego, pero por sus cojones que saldría de ésta como de tantas otras había salido antes. “Someone Somewhere in Summertime” le hizo soñar con lo que podría hacer ese mismo verano cuando la última faena de la temporada, un duelo a vida o muerte que tendría lugar en un par de días, terminara saliendo él y no el diestro por la puerta grande.

Y mientras Dave paladeaba los posos del whisky fantaseaba con aquella corrida, que marcaría un antes y un después, y que bien podría ser en el estadio de Verona y no en el de Las Ventas, entre las voces de Jim Kerr y las cuerdas de la guitarra de Charlie Burchill. Sus ojos se iban cerrando por momentos, recostado en ese viejo sofá que quiso dejar en el salón de su piso cuando se mudó, porque la música era probablemente inmejorable y el sofá demasiado cómodo para lo que las tiendas de primera mano ofrecían. Y allí se quedó, poco a poco y dormido por momentos, soñando con un futuro prometedor que probablemente fuera real en cuanto despertara al día siguiente. Dave intentó que eso no pasara por si acaso no se cumplía, como lo intentó cuando vio por vez primera, siendo aún muy niño, la película “La invasión de los ultrapuertos”, pero al final no lo consiguió. Ahora necesitaba descansar y allí se quedó, mañana con un poco de suerte quizás fuera otro día.