Un final feliz

69 años a sus espaldas y, como el Yin y el Yang, tras décadas de vivir sumergido en su cómoda felicidad, pasó al lado oscuro. Ya de por sí, Félix era un tipo gris, de pocos alardes, repitiendo el mismo papel hasta entonces. Siempre entendió ese color como la mejor manera de mantener el tipo. Él vivió subsistiendo, mojándose lo justo para que sus axilas no contaminaran la oficina que transitó, desde que su tío le metiera en Telefónica, hasta que se jubiló unos años atrás sin más remedio. Se casó joven, antes de cumplir los 25, y Felisa, aún más joven que él, le dio 3 críos tras dejar su trabajo como chica del cable. Cada agosto pasaron sus 2 semanas de vacaciones en el mismo piso Benidorm, a cuatro manzanas de la línea de playa, la Nochebuena y Navidad repartiéndose entre los cuñados, y el día de Reyes comiendo en la propia, dejando que ella buscara los juguetes de los críos y regalándola agua de colonia de Álvarez Gómez traída por los Magos de Oriente.

Los niños fueron educados en un colegio de curas. Crecieron, estudiaron sus carreras y uno a uno fueron abandonando su nicho para continuar con sus vidas por otros derroteros. La monotonía entonces cogió mayor volumen pero eso no alteró la rutina de Félix. Él siguió desayunando su taza de café con tostadas cubiertas por mantequilla y mermelada, alternando de traje según si el día fuera par o impar, mientras Felisa ocupaba el vació que habían dejado sus hijos leyendo a Antonio Gala, Paco Umbral y Camilo José Cela entre otros. A ella siempre le gustaron los bichos domesticados y quiso más de una vez hacerse con algún animal, fuera gato o fuera perro, pero eso Félix nunca se lo permitió.

Ese enero, antes de que llegaran los Reyes, Félix quiso salir de su rutina para intentar sorprender a su esposa por primera vez en mucho tiempo. Él sólo vio ventajas y optó, en vez del agua de colonia de Álvarez Gómez, por una aspiradora Phillips último modelo con la que jubilar ese viejo trasto que no chupaba ya ni el humo. Fue a El Corte Inglés, debatió entre las dependientas de la planta de electrodomésticos y se hizo con el más caro y potente de los aspirantes, envoltorio de papel de regalo incluido por primera vez. Llegado el día, tras recoger la casa y ordenar con pulcritud extrema hasta la docena de tomos de la enciclopedia, de esas antiguas con lomo de pseudocuero verde oscuro con grabado en tonos dorados, bajó al garaje para sacar del maletero de su coche aquel tremendo paquete. Subió en el ascensor e, intentando pasar inadvertido al entrar en casa tan cargado, lo dejó sobre el sofá, entre los regalos que Felisa compró para toda la familia, antes de cerrar la puerta del comedor.

—Félix, ¿qué andas cargando?
—Nada… cariño… es una sorpresa. —Félix se sentía orgulloso.

Entrado el mediodía, en cuanto estuvieron sus hijos, Fernando, Francisco y Fátima, y todos los hijos de sus hijos, los invitados hicieron cola, de menor a mayor edad, frente a la puerta que se mantenía cerrada separándoles de sus regalos. En cuanto Félix la abrió, los niños salieron escopetados en busca de las cajas empapeladas que tuvieran su nombre con los padres detrás. Los mayores fueron los últimos en abrirlos salvo Felisa que, sin creerse el tamaño de tan tremendo paquete, saltó cual liebre sobre él. Unos y otros correteaban de alegría cada vez que descubrían lo que les habían traído y, cuando ella despojó el suyo del envoltorio, simplemente soltó: ¡ay que se me quema el pavo!. Nadie le dio mayor importancia, el aparato era de esos modernos que aspiran sin bolsa y, cuando fue la hora, todos comieron hasta reventar antes de que llegara el roscón de Reyes y una bandeja de tazas de chocolate caliente. Era bonito juntarse la familia entera para despedir la Navidad otro año más.

La mañana siguiente, mientras Félix fumaba su cigarrillo celta, escuchando Radio Intercontinental en el despachito que tenía para él y sus menesteres, antes de ponerse con el álbum de sellos, empezó a oír golpes al otro lado de las paredes. Probablemente serían los vecinos guardando todos los abalorios navideños, cosas que pasan en esas fechas, y sin darle mayor importancia siguió con su filatelia. Estaba resultando una mañana productiva, se sentía contento por su afición y, cuando expiró el aire orgulloso, la puerta se abrió con tal violencia que chocó contra la pared y rebotó hasta dar con el pie de Felisa, resonando en toda la casa.

—Te he soportado demasiados años, Felisito. He sido la ama de casa complaciente que prometí cuando nos casamos, pero ya no aguanto más…
—Pero…
—¡Ni peros ni peras! ¡No sólo aburres hasta a las ovejas sino que encima, tras regalarme la misma maldita colonia cada año, vas ahora y me compras una puta aspiradora!
—Felisa, cariño, la podemos devolver si no te gusta y…
—¡Vete al cuerno! ¡Me largo! —Expulsó de su boca antes de dar media vuelta con la maleta a rastras.
—¿Te… te vas? ¿Me abandonas?
—¡Y te dejo, pero ya mismo! —Añadiendo ese “te dejo” para completar el estribillo de aquella canción gitana que cantaban los Chichos.

La puerta de la casa se cerró con más estruendo todavía haciendo crepitar los cuadros de las paredes. Félix calzó los primeros zapatos que pudo encontrar, cogió su abrigo y salió corriendo tras ella, pero antes de que pudiera alcanzarla Felisa se subió a un taxi para no volver.

El tiempo pasó tan lento que el transcurso de todos esos meses resultaron eternos. Félix buscó la forma de arreglar el asunto, habló con hijos, vecinos y todo aquel ser que pudiera lidiar entre ellos dos sin mayor éxito. No llegó a entenderlo pero de alguna manera lo aceptó, a pesar del vacío que ella dejó en su casa. Quizás por eso pasaba el menor tiempo posible en ella; comía siempre fuera, en alguno de los bares que había por allí, buscando distracción con un paseo, echando migas a las palomas con el cuscurro de pan que le quedara o entre banco y banco del parque que le quedaba cerca, leyendo alguno de esos periódicos gratuitos que ahora repartían por las esquinas. Fue entonces cuando se dio cuenta que más de la mitad de los locales de la zona pertenecían a familias chinas emprendedoras: antiguos colmados, tiendas de ropa y decoración, restaurantes… Ahora todo el negocio lo llevaban ellos.

Para él, el mundo parecía haberse vuelto loco, pero cuando se dio cuenta de que el poco pelo que le quedaba empezaba a colgar demasiado tras sus orejas buscó dónde cortárselo. Hasta entonces eso siempre se lo había hecho su Felisa, pero ella ya no estaba. Recorrió todas las calles, más allá de su barrio, y descubrió que cada una de las peluquerías que vió tenían caracteres chinos por algún lado de la fachada. No le quedó más remedio que enfrentarse a ello. Estudio pormenorizadamente dónde acudir y, tras días de estrujarse el cerebro y espiar su clientela, decidió aquel donde más gente con rasgos occidentales acudiera, que además era el que más caro resultaba. Lo que no sabía y al final descubrió, por eso lo del precio, es que allí te lo hacían con final feliz.

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