Una estrella con mi nombre se queda corta

No soy bueno, sino que muy bueno. Y no porque lo diga yo… La ingeniería es mi fuerte, la familia mi pasión y la pasta mi hobby. Ya desde muy pequeño la mira de mi escopeta apuntaba bien alto. Empecé por dibujar con ceras hasta acabar haciendo láminas de carboncillo que mis padres colgaban a lo ancho y alto de las paredes de nuestro pequeño hogar. Pasé de hacer dictados sin faltas y estúpidos ejercicios matemáticos a diplomarme en ingeniería, sin perder ni un sólo año mientras levantaba las pesas de a dos, con la punta de mi polla –que por cierto no es nada pequeña y aún menos fina, ya que pareces interesada–.

Pero no sólo me hice ingeniero honoris causa, también broker por afición, y jugué e invertí mi dinero y el de mi familia en bolsa, comprando y vendiendo acciones de empresas que apuntaban alto tras rebajarse para que comprara sus acciones. Mis padres ganaron pasta, mi abuela ganó pasta y hasta mi hermano ganó pasta. Los hay quienes nacen estrellados y quienes pretenden que el éxito les llegue algún día. Yo brillaba ya desde el útero materno, tanto que la oscuridad se ausentó por 9 meses y algunos días más. Lo malo es que, al perder la virginidad conmigo, hizo quizás que el que pasara después por aquel garaje pudiera coger mayor tamaño, pero sólo hablo de talla. Mi hermano, al fin y al cabo, es muy distinto y está a otro nivel; zurdo para empezar, moreno de pelo y piel y un poco rebelde. Él ni se acercó a mí ni consiguió diploma alguno siquiera.

Aún así nada de esto trastocó mis hobbies. Fui desde juez de pista del Jarama hasta aficionado a los rallies sin mayor problema en la conducción –punta-tacón arrás– que el tiempo que hiciera ese día en el campo. Pero en beneficio de todos diré que no me gusta fanfarronear, soy humilde –de hecho uno de mis grupos favoritos desde la adolescencia es Siniestro Total y su tema “esta vida es una mierda”–. Ya entonces iba con pantalones rotos entre cadenas colgantes y acabé dejándome el pelo largo. Kurt Cobain, aunque más rubio y más cool, era mi hermano gemelo en la distancia. De hecho mi primera novia tenía un parentesco castellanizado con Courtney Love por la misma época, aunque ella no me mató sino que me hizo más fuerte aún.

Mujeres no me faltaron pero en algún momento quise sentar la cabeza para tener a quien dejar mi legado –que dios quiera dentro de mucho tiempo– y ahora tengo una familia numerosa con la que mi profesión le gusta competir, pero ese no es mi juego. El trabajo sólo es un medio para el cual mis hijos consigan todo lo que se les antoje para seguir los pasos de su padre. Mi padre me apoyó y mucho pero quizás nunca me inculcó esos valores, como tampoco lo hizo con los del fútbol y la fuerza del Atleti si bien eso es algo que he remediado con los míos, aunque siga sin entusiasmarme. Mis hijos son ahora más rubios, más altos y más blancos si cabe –salvo el cuarto y último, que ha salido no sé si zurdo pero desde luego demasiado moreno de pelo y piel y un poco rebelde…–

Lucha de gigantes

Carlos la mira de reojo. Carmen está detrás de las cortinas, preparando unas tortillas de patatas, lleva el pelo recogido con un moño. Al otro lado de la barra 14 mesas están a reventar y Virgilio, sentado como cada mediodía en su taburete, apura su pincho y su vermú.

–Macarrones con tomate, dos lentejas, patatas guisadas, un pollo y un lenguado–. Carmen se apresura a servir los platos. Carlos se asoma, extiende las manos y observa su cuello desnudo con un mechón de pelo rizándose tras la nuca. A Carlos le encanta ese cuello, un bonito cuello, un cuello blanco y delicado como la nieve, un cuello para cerrar los ojos y comérselo a bocados. Por un momento se queda perdido en él, deleitándose en su fina piel, hasta que Carmen se da la vuelta y le mete prisa, –vamos, lleva esto–, le dice.

Carlos sale de la barra y Carmen le ve alejarse con un gracioso andar que provoca una sonrisa en su boca. Carlos no es mucha cosa, un tipo corriente, delgado y no muy alto, su frente empieza a despejarse y en su pelo hace tiempo que asoman ya algunas canas, tiene los ojos tristes como la del perro del anuncio y una sonrisa que contradice su mirada, su cara es una ironía por la que gusta de pasear sus dedos, antes de dormir, con el beso de buenas noches.

Ha pasado el tiempo desde que compartían pupitre, en un maltrecho instituto público de Vallecas, pero aún tienen ese brillo en los ojos cuando se cruzan sus miradas, ese brillo producto del cosquilleo que sale de la misma boca del estómago, después de veinte años peleando con la vida, la perra vida, como David contra Goliat, y lucha de gigantes es su banda sonora, la banda sonora de sus vidas, la canción que le envalentonó a Carlos para romper la distancia, cuando aún eran unos críos y estaban en un concierto de un tal Antonio Vega, para acercarse a ella lo suficiente y besarla detrás de la oreja después de susurrarle que la amaba. Veinte duros años peleando contracorriente, un juego salvaje en un mundo descomunal, y lo único que tiene seguro es que quiere seguir amaneciendo con ella otros cien.

Carmen y Carlos tienen un bar, no es gran cosa, sus vidas tampoco son gran cosa, entre albañiles, maquinistas, repartidores y curritos del polígono industrial. Quisieran tener su primer hijo pronto e irse a la playa en verano, si consiguen cerrar bien los meses que quedan hasta agosto quizá puedan hacerlo, darse una semana en Torrevieja para ellos solos y disfrutar un poquito como cuando eran esos críos que escuchaban a Nacha Pop por los bares de Madrid.