¡Coco, no, ven!

Tenía los dedos ensangrentados y la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor que helaban su piel a pesar del calor de aquella noche; sentía que el aire fuera más denso y por eso le costara respirar. Todo le pesaba, hasta sus gafas, pero cuando soltó aquel cuchillo era demasiado tarde ya, tarde para pedir perdón, tarde para arrepentirse, tarde para ese todo y para su nada. Los brazos le temblaban y pronto se derrumbó en una esquina, sollozando y maldiciendo porque su amenaza acabó siendo real. La culpa era de ella, porque ella fue quien le obligó a ejecutar su destino contra su voluntad. La casa permanecía en penumbra y aun así podía ver la silueta del cadáver tirado en el suelo, con los ojos y la boca abiertos y su pelo enmarañado extendido sobre el charco de su propia sangre. El silencio se apoderó del que fue su hogar hasta entonces y con él volvió la calma; un vacío que peregrinó hasta extenderse por cada rincón, que se apoderó de cada objeto, ente y órgano que contuviera para hacerlo suyo.

La incertidumbre había entrado en aquel cuarto, colándose por la ventana, y se sentó junto a ella. Observó aquel cuerpo despojado de vida y luego, mirándole fijamente a él, le preguntó: —¿Y ahora, qué?— El aludido levantó su cabeza ebria, pero no acertó a responder más que sílabas sin sentido. En esa habitación había dos cuerpos de los que, por razones bien distintas, sus almas quedaban muy lejos. Aquel tipo hurgaba en su memoria rascándose el cráneo, intentando llegar al principio de todo, a esos otros tiempos, aquellos otros tiempos de paseos sin horas por el parque, cogidos de la mano y palabras edulcoradas con besos y abrazos, muchos abrazos y más tequieros de una época tan lejana que casi parecían ser de la vida de otros, porque ya casi ni los recordaba, como tampoco recordaba cómo habían llegado hasta donde ahora se encontraban. Entonces, el tiempo, que pareció haberse detenido, volvió a andar. El silencio se diluyó entre el ruido de la calle a esas horas de la noche y, tras la puerta del dormitorio, se oyeron unos pasos que tímidamente se acercaban. Por el quicio asomó la cabeza de su pequeño, el hijo muerto de once años. —¿Mamá?— Y ella de repente parpadeó, se incorporó y se acercó hasta él. —Mamá está bien, cariño— y rodeándole con el brazo salieron tranquilamente de allí sin mirar atrás.

Tenía los dedos ensangrentados y la frente inundada de pequeñas gotas de sudor porque esta vez se le había ido de las manos muy de largo y no había más vuelta atrás. Maldecía, repitiendo hijaputa sin descanso ni respiro, suspirando con amargura desde aquella esquina en la que permanecía inmóvil, viéndoles caminar por el pasillo hasta desaparecer en la oscuridad. Su visión le pareció tan real que empezó a sentirse aterrado, y rompió a llorar como malnacido que era. Estaba borracho, todo le daba vueltas, y en cuanto se incorporó como pudo, agarrándose a la cama, lo echó todo sobre la alfombra. Devolvió hasta sus tripas, tan fuerte que los mocos que le colgaban de la nariz se pegaron a la comisura de sus labios. Luego se limpió, usando su antebrazo como trapo que era, intentando mantenerse erguido, y dio un traspiés, resbalando con su propio vómito. Al querer sujetarse, tuvo la mala suerte de no encontrar pared sino ventana, la misma que seguía abierta, y por ella se precipitó al vacío. Siete pisos de caída libre para estrellarse pocos segundos después junto a los cubos de basura que había en la acera. El vecino del cuarto, un hombre de avanzada edad que venía de pasear al perro, vio su cuerpo reventarse contra el suelo a escasos metros, quedándose inmóvil y tan sorprendido que, cuando pudo reaccionar, su caniche Coco estaba metido hasta las orejas en el interior de un ensangrentado agujero que anteriormente fuera la boca de ese hijo de perra.