El trofeo de Ben-Hur

Pego un trago de mi copa e inexplicablemente se me escurre de las manos para ir a despedazarse contra el suelo y derramar los fluidos alcohólicos que esperaba ingerir. Oigo un “lo siento” y trato de hacerle comprender que las disculpas, a veces, no bastan. Pero mientras se lo explico, dos entes en sí mismas con alguna dimensión de más que yo, me invitan a cruzar el umbral de la mía y de repente me encuentro aparcado en un coche mal apoyado, más sólo que la luna, con una docena de copas en mi haber y restos de sangre en mis manos. Calándome el otoño en su lluvia tan fina como alfileres, sin entender como momentos antes estaba hablando con una rubia oxigenada sin nada que le rellenara la blusa y ahora no, reviso que mis orificios y apéndices se encuentren en perfecto estado. La deducción final es que la sangre no es mía, porque sí, y tiro calle abajo, chapoteando en los charcos como cuando uno era un crío y los mocos me colgaban hasta la barbilla.

Es en mi peregrinar cuando me veo asaltado por una extraña mujer. Esmarelda, una bonita mexicana de rasgos tan exóticos como ellos sólos, me incita a teletransportarme a su cubículo, entre patio de recreo y antro de lujuria, que tiene tras de sí a cielo abierto, invitándome a un trago. “Llévame contigo” la susurro al oído, y con su cintura ocupando mi brazo introduzco mis pantalones en algo tan grandioso como lo que guardo bajo ellos. Entramos y se abre ante mí un lugar enorme, infestado de extranjeros y barras en las que sorber mojitos y mendigar amor. Esmarelda pide los tragos, nos sirven dos tequilas con sal y limón y brindamos. Me deshago de la sal y el limón y degluto el resto. —Reina, ponme un guiscola—, y la descendiente de los grandes pueblos Mayas, Aztecas e Incas, medio bruja medio ninfa, le dice algo al cuello de mi camisa y me besa, me atrapa en sus fauces, me pierde y me enamora para luego desaparecer por delante de su trasero.

Tomo mi copa, ocupo mi boca, lo paladeo y tranquilamente lo degluto. Repito la misma rutina con el humo de mi cigarro, cuestión de tragaderas. Entonces parpadeo y me veo rodeado de maniquíes de plástico y vinilo, perfectamente engalanados, que se doblan y contorsionan al ritmo de los sonidos que hacen palpitar los líquidos de los vasos que descansan sobre la barra. Abrumado, me abro camino por el interior del paraíso hasta las puertas del excusado para, de rodillas frente al inodoro, meterme una raya tan larga como la autopista que cruza Texas. Cierro los ojos, exhalo, suspiro, finiquito mi copa y al salir de nuevo soy deslumbrado por un lejano destello, una luz cuasicelestial y omnipotente que probablemente poco tenga que ver con nada divino o su contrario; una luz parpadeante, deambulante e irisciente que quema mi retina y atraviesa mi cráneo como un rayo X, iluminando las cabezas y sus pelucas que me acompañan en la noche.

Me siento como Kirk Douglas en el coliseo romano de Ben-Hur, avanzando entre el ruido de los bultos hacia la luz, camino de la arena. Muevo los pies y el suelo se mueve con ellos, es arena sin duda. La luz me inunda, me atrapa, oigo el rugir de los leones cartón piedra y siento sus zarpazos, amenazándome con sus movimientos bestiales, con sus bocas atroces, enseñando colmillos como sables, y me río a carcajada limpia. Están ahí, y les escupo y les tiro el cigarrillo. Las luces me abrasan la piel de tal forma que tengo que echarme la copa por encima y desabrocharme la camisa, un hombre no puede enfrentarse a las bestias vestido de domingo, dónde se ha visto… Y me muevo y esquivo las garras mortales de esas criaturas que silban en el aire.

Soy rápido y escurridizo, soy inmaterial, soy un fantasma, un ángel del averno, y como tal me río de las criaturas de cartón pluma tan falsas como Judas. Dios ha muerto en sus manos, Enrique Iglesias ha acabado con él y se impone con ese amigo suyo que se hace llamar Descemer Bueno. Me siento como Kirk Douglas subido en su cuadriga, peleando contra los romanos, ebrios de poder; ellos luchando por la bondad del César y yo por esa mujer que me trajo hasta aquí para salvarla.

En lo alto del palco está Esmarelda junto a su malvado pretendiente, un tipo sin prejuicios que la obliga a contraer matrimonio para salvar la vida y tierras de sus padres y hermanas. Tan borracho estoy de amor por ella que mordería su polvo, mataría a mi madre muerta y profanaría su tumba por sólo el susurro de sus cabellos en mi piel, por la caricia de los besos con sus labios embriagando los míos. Flagelo mis cuatro caballos indoeuropeos y escupo y pateo a los romanos que osan acercarse hasta mí, soy el dueño y señor, soy el príncipe destronado, el amo de la pista, el Checo Pérez de las cuadrigas, y ni los Iglesias arrebatarán mi triunfo, la hasta ahora futura esposa del César. Oigo los ánimos del público desde el otro lado de la grada, empujándome a la victoria que les lleve a su libertad. Suena una corneta, última vuelta. Aprieto los dientes y le doy a la fusta, la gloria será mía, ningún desgraciado con falda y casco orejero me la arrebatará. Mis caballos cortan el viento, cabalgan raudos hacia la meta, salen chispas de sus herraduras y al fin llegamos los primeros. Bajo del carro y tiro el látigo, he ganado la carrera y quiero mi trofeo, mi Oscar de Hollywood, la cabeza del César.

Desenfundo del cinturón mi cuchillo, y con él entre los dientes escalo por las gradas hasta el palco presidencial. Todo es nada, poco me importa, la quiero a ella, oyéndola gritar mi nombre, y sudar mucho amor juntos. Mi reina, mi diosa, voy por ti Esmarelda, ya siento tu aliento, el calor de tus muslos… Y duele, duele porque no es tu sudor sino mi sangre adulterada la que chorrea por mi piel. Malditos sean estos sucios romanos, malditas sean sus malas artes, las que me derriban sacándome del coliseo. Maldita sea la lluvia que empapa mis ropas y malditas sean mis fuerzas, las que me abandonan en el peor momento. Estos romanos embutidos con sus faldas me golpean una y otra vez de forma afeminada, sí, pero contundente también.

Siento los adoquines de la calle bajo mi cráneo abandonado. Kirk Douglas fue un borracho, su hijo un mujeriego y yo me siento como un maniquí de bazar. Me caen más hostias que en las misas de Semana Santa, recibo y recibo, pero soy el Ave Fénix y resurgiré de mis cenizas para cobrar cara mi derrota. Soy Yahvé, el creador del todo a partir de la nada. Vengaré mis heridas, mataré a los fariseos y engendraré una larga estirpe que comande mis ejércitos con el apoyo de mi voluptuoso trofeo de apretado sostén llamado Esmarelda. Hasta entonces descansaré, celestiales y…

…trataré de levantar mis huesos del húmedo pavimento…

…sobre el que tienden mis aún humanas vísceras cárnicas…

…y volveré,

…juro por Yahvé que volveré…

…cuando…

…recupere…

…el…

 

Nota: la idea original es de octubre de 2008, mientras escuchaba a The Cure con su Fascination Street. Enrique Iglesias bailando lo cambió todo aunque bien podría haber sido Ricky Martin con “La Mordidita”, sin pastillas ni mierdas eso sí ;)

Éxtasis sin precedentes

Resulta brutal, un pecado carnal en toda regla (o sin ella), con tanta gente y no sólo encima, también debajo, en los costados… Por todos lados y mucha que hasta resulta familiar. ¡Quién me iba a decir de montarnos semejantes orgías de lujuria pasional y fluido desenfrenado! Puritanos los justos y metamos todo lo que podamos, qué coño… O por el culo. Tan extasiado me quedo que estoy sin palabras ante semejantes acontecimientos improvisados. Pero esto sigue, no para, y el uso y disfrute es tremendo. La primera, que cayó a finales del año pasado, fue la hostia. La siguiente y ahora penúltima, estas navidades sin ir más lejos, casi tenemos que llamar a emergencias. En esta ocasión las ambulancias ya están fuera y algunos médicos, enfermeras, auxiliares y demás gente que pasaba por la calle se han sumado ya. Es un terminar para empezar de nuevo, con tanto individuo de ambos géneros, desnudos todos y en las posiciones más inverosímiles.

Yo, para recuperar fuerzas, me he sentado este rato aquí, enfrente del ordenador, entre un cigarrillo y una cerveza, y de paso hacerlo público y si puede ser animaros a participar en la fiesta. Ya que estamos tiremos la casa por la ventana, porque no se sabe lo que queda pero parece que va para largo. Seremos muchos pero te abrimos un hueco exista o no. No sabéis en la que os metéis si venís, si es que no os la meten antes, pero no os lo perdáis por nada del mundo. Mis vecinos se quejaron al principio, pero luego se animaron y el que entra no sale después.

Esto iba a ser para San Valentín, porque el amor es tan necesario en nuestras vidas, para el gozo y disfrute de nuestros corazones, como el actimel lo es para nuestras arterias, pero al final se nos ha adelantado porque algunos no se aguantan y… Mierda, el gay de Paco está en la puerta clavándome su mirada y apuntándome con su recortada, me da que va a ser esa segunda más bien la que me termine por clavar… Estoy jodi987654321ºqefgefbpuhqorpbfe084

Un último combate

Agachar la barbilla, subir los puños a la altura de la cabeza y cerrar los codos contra el torso. Esperar mientras esquivas y bailar, moverte para mantener el ritmo y cansar lo que puedas al adversario. Esa es la teoría que bien conoces Dave, como soltar el puño que protege tu barbilla para tantear cuando ves un hueco. Si entra, y notas que su guardia tambalea, entonces lo echas todo desprotegiéndote lo justo. Giras la cadera en seco, iniciando el movimiento desde los tobillos, y encadenas desde atrás una serie de golpes, crochés, ganchos o un codo perdido, cualquier cosa que encaje, para acabar con un buen zurdazo que le tire a la lona.

Pero esta vez es diferente y la técnica que bien sabes no funciona, Dave. Dominas a los contrincantes diestros, pero éste también es de levantarse con el pie izquierdo. No es el primer zurdo con el que te cruzas aunque sí más joven, más definido, más ágil y más sucio que tú. La experiencia es un grado pero con el viento en contra no suma, resta y mucho. Un minuto mientras esperas en tu esquina se hace largo pero tres en el ring, cuando las cosas no salen como quisieras, pueden ser eternos; más cuando no hay nada ni nadie que te sostenga ahí fuera. Ya después del último asalto, sentado en tu esquina sobre el taburete, tus ojos delataban la impotencia, la rabia contenida en un sudor frío que tu toalla no conseguía llevarse consigo.

Volvió a sonar la campana para salir de nuevo y enfrentarte a ese jodido potro, anhelando que en algún momento un centímetro de libertad separe la armadura de su carne, el espacio suficiente para soltar un golpe de gracia que le deje fuera de combate. Pero ese momento se resiste, no llega, y sin embargo son tus piernas, Dave, las que empiezan a flaquear; quizás porque notas demasiado cerca el calor de tu nocaut. Aún así aguantas, con la presión resquebrajando tu cráneo, porque no tienes más elección que la de seguir ahí. Te mueves, bloqueas los golpes que casi ni ves y aprietas la mandíbula. Tanteas un poco, retrocedes y fintas para esquivar el último de sus directos, escurriéndote por la izquierda, sacando de tus entrañas un buen puñetazo que se abre camino entre sus costillas, mientras recibes alguna indirecta por la derecha que te hace echarte atrás y cerrar de nuevo tu guardia. Ha sido un buen golpe Dave, el mejor de los pocos que has podido soltar hasta ahora. Estás solo, nadie grita tu nombre porque nadie ha venido a verte, y sin embargo ahí sigues, soportando el dudoso privilegio del temporal que arrecia sobre ti esta vez.

La próxima vez deja la nevera abierta

Fue cuanto menos curioso, y es que ya entrada la primavera la vida de Dave se enfrió hasta congelarse, literal y metafóricamente, porque entonces hizo frío, mucho frío. Terminó la primavera y poco a poco pasaron el verano primero y el otoño después hasta llegar de nuevo el invierno. Pero todo eso ocurrió ahí fuera, al otro lado del grueso cristal del incómodo congelador en el que él se encontraba, donde nada cambiaba desde que sin ser consciente de ello entró en él; tantas fueron las cosas que sin embargo habían mutado que no parecía una maldita nevera sino más bien un pozo, un túnel sin salida ni luz ni máquina de café ni expendedor de tabaco ni cenicero por lo tanto.

Quizás aquel pozo sería el cenicero si Dave fuera una colilla mal apagada como parecía ser. Una nevera sin puertas donde lo más probable que ocurriera es que la pequeña bombilla que aún permanecía encendida se fundiera. Entonces es cuando Dave fue consciente de lo ocurrido y se preguntara “cómo hemos llegado a esto”. Pero no había quien pudiera responderle, ni un eco siquiera que lo repitiera para alargar una estúpida esperanza. No le tocaba más que esperar y acomodarse todo lo que pudiera, buscó algo que enfriara su boca y calentara su gaznate, pero no había ni whisky ni hielo, si quería salir de esa debía tomárselo a palo seco y no el alcohol precisamente.

En cualquier caso, salir de aquel sitio no es tan difícil, pero está claro que depende de la situación de uno mismo, los puntos de vista cambian muchas veces. Desde fuera se ve la puerta, desde dentro no, y Dave desconoce cómo demonios se había metido en esa. En algún momento se le inflarán los cojones y se levantará, Dave tiene un buen genio cuando se le inflan los pies, pero ahora está hibernando, demasiada niebla en su cabeza probablemente como para ver nada claro. Quizás sea por eso, la tenue luz que se refleja en la neblina, que deja entrever lo que no es. Quizás cuando las falsas apariencias se evaporen Dave se levante y tire abajo los muros que le atrapan, quizás cuando la bombilla se funda.

La última faena de la temporada

A Dave nunca le habían entusiasmado los toros, vamos, lo que viene a ser el toreo y sus lidias; pero aún así, siendo aún un chaval, aceptó de buen grado aquella invitación por San Isidro porque siempre fue de la idea de que todo hay que probarlo… o casi todo. Y es que aún gustándole Goya no le dio más placer la corrida por ser goyesca y habiendo toros de por medio. Lo de que un diestro arranque en gallardía con sólo un capote frente a un morlaco salvaje de más de media tonelada no está mal, pero banderillas, rejoneos y estoques le sobraban. Al final, tras esa corrida, Dave cogió cierto aprecio a los cuernos y desde entonces se alegraba de las cogidas que pudieran salir en los telediarios; porque Dave siempre fue algo retorcido, salió zurdo ya del útero de su madre, tuvo problemas en el colegio y después durante la adolescencia y quizás por ello se sentía más cerca del toro que del torero.

De alguna forma Dave se sentía tan indomable y grueso como uno de esos astados, salvaje y sediento de paz, libertad y buen rollo, como maldito morlaco que era, y creía que por primera vez estaba donde debía estar, que al fin las cosas se habían organizado de algún modo en el que ahora todo funcionaba. Sus amistades, su familia, su trabajo e incluso el amor que ahora retomaba sin creer ya mucho en él estaban bien, había encontrado una buena chica con la que compartir muchas cosas a parte de los amaneceres y un buen trabajo que realizar en su mayor parte desde casa, sus amigos daban buena cuenta de ello. Dave habría vivido mejor o peor hasta entonces, quizás pecara algunas muchas veces de inconformista, pero tras todo ese tiempo pasado se sentía a gusto. De poco le sirvió, su momento le había llegado y ya tenía fecha para su próxima corrida, no se sabe si la última.

Durante largas semanas, Dave se hizo unas pruebas que empezaron por casualidad y terminaron de realizarse por obligación. Al final debía ser intervenido y cuanto antes. ¿El resultado? difícil de confirmar, así de sencillo, porque nunca había visto un matador ni su capote. Visitó diferentes médicos, quiso saber diferentes opiniones para ver si su vida iba a continuar y en qué condiciones, si era posible de restablecer tras pasar por Las Ventas, pero las respuestas dejaron muchas dudas y el pronóstico no fue mucho mejor. Tras aceptarlo a regañadientes, Dave se vio tanto como pudo con todo aquel que quería tener cerca; su chica, sus amigos de toda la vida y algunos compañeros de profesión. Quizás debía servir de algo y de alguna manera fue así, pero desde luego en lo que muchos de ellos coincidieron es que de ésta iba a salir y más fuerte. Con ese concepto se quedó el tiempo que estimó oportuno, no más de un par de días, hasta que se dio cuenta de que le sudaba la polla salir más o menos fuerte, porque flojo o imbécil desde luego no se consideraba. Todos los de su alrededor se mostraban apenados pero al que le estaban tocando los huevos en ese momento sentía que era a él, sólo a él y todos aquellos toros de lidia que estuvieran pasando por lo mismo.

Aunque sabía que no debía hacerlo y pese a las advertencias, una noche Dave se sirvió un buen whisky con hielo, el primero en muchas semanas. Estaba sólo en el salón de su casa, sentado en el sofá, mientras afuera terminaba de irse el sol tras una de esas tardes largas que preceden al verano. Se puso un buen concierto de Simple Minds en Verona que tenía en la recámara mientras vaciaba el paquete de Fortuna y la mitad de una botella con un sello de 10 años que aún quedaba en su mueble-bar. Su ánimo no pasaba por los mejores momentos desde luego, pero por sus cojones que saldría de ésta como de tantas otras había salido antes. “Someone Somewhere in Summertime” le hizo soñar con lo que podría hacer ese mismo verano cuando la última faena de la temporada, un duelo a vida o muerte que tendría lugar en un par de días, terminara saliendo él y no el diestro por la puerta grande.

Y mientras Dave paladeaba los posos del whisky fantaseaba con aquella corrida, que marcaría un antes y un después, y que bien podría ser en el estadio de Verona y no en el de Las Ventas, entre las voces de Jim Kerr y las cuerdas de la guitarra de Charlie Burchill. Sus ojos se iban cerrando por momentos, recostado en ese viejo sofá que quiso dejar en el salón de su piso cuando se mudó, porque la música era probablemente inmejorable y el sofá demasiado cómodo para lo que las tiendas de primera mano ofrecían. Y allí se quedó, poco a poco y dormido por momentos, soñando con un futuro prometedor que probablemente fuera real en cuanto despertara al día siguiente. Dave intentó que eso no pasara por si acaso no se cumplía, como lo intentó cuando vio por vez primera, siendo aún muy niño, la película “La invasión de los ultrapuertos”, pero al final no lo consiguió. Ahora necesitaba descansar y allí se quedó, mañana con un poco de suerte quizás fuera otro día.