Sala Paradiso

Aquella noche fue la última vez que la mítica Sala Paradiso abrió sus puertas al público, tras más de medio siglo de espectáculos entre actuaciones y fiestas, pero no mucha gente se enteró ya de esto. Mi otra opción era quedarme en casa descorchando algún Rioja, pero qué demonios, peor no podía ser. Dejé enfriando el vino por si acaso, embutí mis huesos en algo de ropa y allí me fui con el primer taxi que supo dónde estaba. Cuando llegué no había más luz que la de las farolas y el rojo queriendo ser verde del semáforo de enfrente, iluminando el cartel en el que anunciaban la actuación de Milagros con su foto, de pié junto a un piano de cola, y un par de músicos cuyos nombres, Paco y José, aparecían escritos más pequeños bajo el suyo. Para entrar debías estar en una lista, y yo lo estaba, alguien había dejado mi nombre. Apuré el cigarrillo, llamé a la puerta y de alguna forma ésta se abrió sin más. Al otro lado unas estrechas escaleras bajaban hacia unas notas de cuerda amartilladas, probablemente improvisadas por el tal Paco, dando paso al final a una enorme y oscura sala con un escenario encumbrado por ese pianista que él sólo lo iluminaba.

Tras repostar en la barra para no esperar me senté en la primera mesita, que además quedaba muy cerca del escenario, y allí me acomodé saboreando mi copa y disfrutando aquellos raudos acordes. Entonces, en algún momento, una luz tan clara que tiñó de blanco todo el escenario hasta parecer no tener fin cubrió la sala entera, cegando mis ojos y obligándome a cubrir mi cara con las manos. Tardé en acostumbrarme a esa luz, probando a separar poco a poco mis dedos y entre ellos pude ver que era Paco el joven gallardo embutido en un inmaculado smoking blanco, con mucho pelo sobre su cabeza y muy rizado, tan oscuro como la pasta de sus gafas, sentado frente a un brillante y enorme piano de cola tan claro como su smoking y tan distraído en él bajo sus hábiles manos que con unos pocos y lentos acordes terminó por inundar aquel recinto. Junto a él ahora estaba acompañándole José, haciendo sonar su saxo a la vez que doblaba el tamaño de su poderoso pecho cada vez que cogía aire y vistiendo el mismo uniforme pero bien peinado, con la raya a un lado, y de pie con pose galante.

Haciendo su dueto pasamos un buen rato que consumió la mitad de mi copa, con una dulce melodía improvisada, a veces lenta y rítmica otras pero casi celestial, hasta que la estrella femenina de la noche hizo su entrada al aparecer de la nada, caminando lentamente desde el fondo del escenario y contoneándose con sutileza sobre sus caderas. Milagros, con su plateado pelo recogido en un sencillo moño y un precioso y largo vestido de lino blanco, tardó en llegar hasta los dos músicos que allí la esperaban, pero cuando lo hizo les sonrió y ellos se la devolvieron quedando rápidamente prendados de sus enormes ojos brillantes.

Entonces José dejó el saxofón cuidadosamente sobre el piano y se acercó hasta ella para, con un elegante gesto agachándose a sus pies, invitarla a bailar. Milagros aceptó con una leve reverencia flexionando las rodillas y, rodeando sus cinturas con un brazo y juntando las palmas de sus manos con el otro, continuaron con el romántico baile de sus vidas que en algún momento de ellas habían dejado a medias. Y cuando eso pasó, Paco, Paquito, les miró por un momento y, sin dejar de sonreír ya, continuó amartillando con más fuerza aún las teclas del piano que se retorcían bajo sus dedos, una bonita melodía romántica que no quiso acabarse mientras Milagros y José volvían a bailar juntos después de tantos años.

Al final, el escenario de la Sala Paradiso se fue quedando a oscuras poco a poco mientras Francisco, José y Milagros seguían con lo suyo ajenos a todo lo demás. Yo aguanté todo lo que pude hasta que ya no conseguía distinguirles, entonces acabé mi copa y les sonreí a ciegas durante un buen rato mientras saboreaba lo que habían dejado en mi paladar. Luego me levanté y allí les dejé a los tres a solas para que terminaran como sin duda se merecía la primera y última actuación de sus vidas que a medias se había quedado después de tanto tiempo.

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Milagros

Milagros,
un pedazo de tierra
perdida en el inmenso océano,
tan lejos del mundo
que no se encuentra en los mapas
y su nombre no es más que un rumor.

Milagros,
un leve susurro,
unas pocas notas,
no más que un par de acordes
del que prendado quedó,
un músico en su ceguera.

Milagros,
un antiguo pueblo escondido
cuyas calles no tienen nombre,
donde el día quiere ser noche
y la noche tener
dos lunas que le acompañen.

Milagros,
donde la arena de las playas
es el argento de sus cabellos,
fino polvo de plata
que el mar que las baña
quiere robar celosa.

Milagros,
deseada por los dioses,
sirena de los hombres
que vagan sin rumbo
y puerto del único al que amó,
siendo su vida este músico.

Milagros,
de sus campos germinaron
siendo antes tierra yerma
generosos viñedos de hermosa uva
que alegraron con buen vino
a los que en su mesa comimos.

Milagros,
ella le dio nombre
a lo que creyeron divino,
pero que no se engañen
pues no fue ningún dios
cuando su corazón salvó el mío.

Milagros,
valiente mujer
que cuando paseaba
en vez de caminar bailaba,
hija del pasodoble
con banda de gaucho.