9 meses no es nada

Eras un gran tipo. Obediente de pequeño y licenciado después sin perder el tiempo, como siempre a curso por año. Trabajaste en lo tuyo nada más terminar la carrera y poco después tu mujer encontró al hombre de su vida y te casaste. Tuvisteis 2 hijos que sacaron lo mejor de cada uno, ambos en el colegio con mayor renombre de la zona, pero tus horas de empleado por cuanta ajena no te las quitaba nadie. Tu profesión quizás fuera lo primero y por eso sólo les veías acostarse. Los fines de semana con los suegros y tú llevando el portátil a cuestas. Y así pasaron los años mientras se acumulaban las canas allí donde seguía quedando pelo. Habías hecho ejercicio de chaval y ni bebías ni fumabas ya. Pero bien pasados los cuarenta, cuando el mayor de tus retoños empezaba la secundaria, a la vuelta del verano, te hiciste unas pruebas por una bronquitis que vestía de largo. Un traje bien entallado para una enfermedad avanzada que, tras el diagnóstico, te dio una cuenta atrás de no más de 9 meses de existencia en este maldito mundo. Los mismos que tardaste en venir a él.

Jodida es la vida cuando lo que persigues se diferencia y mucho de lo que consigues. La tuya, una carrera brillante e impoluta bruscamente destrozada por las cosas que pasan en la lotería de la vida. Entonces te replanteaste tu existencia, desde unos hijos que apenas conocías fuera de los resultados escolares, hasta unos padres que habías dejado perdidos en tu olvido por quién tendía ahora tus calzoncillos. Unos ojos, los tuyos, que habías dejado de usar desde bien joven, te mostraban de nuevo la maldita realidad en la que te encontrabas. No sabías si era tarde pero lo intentaste, y en esos 9 meses quisiste recuperar lo perdido en décadas. Una mujer, unos hijos, unos padres y unos hermanos a los que apenas viste en tus ratos libres. Pero ninguno de ellos creía ya en ti, en ese afecto que se congeló con el paso del tiempo que dejaste escapar. Y te sentiste solo porque te encontrabas demasiado lejos de las personas que ahora querías tener cerca. Si descuidas el horno la comida que te alimenta se quema. Tu mujer, tus hijos y el resto de tu familia lamentaban lo ocurrido, pero todos ellos respondían con una reticencia disimulada a tu necesidad imperiosa y repentina de acercamiento. La carne congelada, y más en el crudo invierno, es lo que tiene.

Así que transcurrieron los meses, según lo planeado por los profesionales mejor pagados de tu seguro sanitario, sin conseguir el calor de los que siempre te quisieron tener cerca y nunca te arrimaste. Demasiado les costó aceptar tu lejanía entonces, no se puede freír un huevo en el capó de un coche negro aunque sea verano. Lo que no sé es si te llegaste a arrepentir por ello, nunca lo sabremos. Pero al menos en tu lápida, lo que más resaltó el día de tu entierro, fue la corona de flores de tu empresa con el mensaje de “tus compañeros no te olvidan”. Eso y la fecha de tu defunción esculpida en la misma mientras a ambos lados brotaba una hierba bien frondosa en lo que iba a ser una cálida primavera. Siempre quedarán las fotos en las que aparecías, un recuerdo más como cualquier otro, en las vidas de la gente que aún sigue ahí, asomando sobre la tierra. Sobre la arena cuando llegue el verano y se bañe en la playa no sé.

Fdo.:
Tu único mejor amigo

Más pelo asomando por los orificios de la nariz

Dave, igual que sabes dar las hostias sabes encajarlas, ya soltaste alguna por ahí cuando creíste oportuno y te dieron otras tantas bien fuerte; al final te fue bien en su momento aunque ni de coña fueron de estas, metafóricamente hablando. ¿O sí? Siempre te estás colocando los cojones, son grandes y los vaqueros te los pellizca, y esto no es una metáfora. Eso es, colócate los huevos, estamos en confianza. El peso de las cosas, ya sean físicas o no, es a veces inescrutable. También lo es rascarse las cicatrices que dejan. Tienes amigos, me tienes a mí, y encontraremos alguna forma para salir de toda esta mierda, por tus cojones y por los míos que no quede. Y por los de tu mujer seguro que tampoco, esto sí es metafórico. Ya sabes, mala hierba… Lo eres y lo sabes, pero te lo han dicho tantas veces que estarás hasta donde te rascas la entrepierna, normal que te los coloques tanto. Quizás para aliviar el asunto sea mejor no llevar calzoncillos, aunque sean de Calvin Klein, esto también es metafórico. O esta vez no… Me da que si hubiera más gente no nos iba a entender ni dios, pero ¿acaso nos importaría? Nunca te ha molestado un carajo casi nada a menos que te tocara la fibra esa que tienes a buen recaudo, pero si ahora te estabas quitando esa oxidada armadura… Al menos has aprendido, aunque fuera a hostias, el peso de la misma; ya da igual que estés incluso sin calzones, ¿eres fuerte o no? A veces.

A veces pasa que todo se tuerza y estés agotado, entonces más vale descansar. Puede que al día siguiente hayas cogido fuerzas, si es así entonces podrás subir ese maldito puerto de montaña y ver las cosas desde otro punto de vista. Lo sabes tan bien como lo sabía tu padre. Eres grande Dave y nos sobran los motivos, ya te lo dije en algún momento y te lo digo ahora. Sé que conoces la canción de Sabina, tu gesto… No sales de una y te metes en otra. Literal es tanto lo uno como lo otro. Tú lo sabrás mejor que yo, pero sí que es jodido mantener el tipo en esta maldita vida, por mucho que recortes el pelo que tengas asomando por los orificios de tu nariz, por muchas ganas que tengas, y últimamente tanto pelos como ganas tenías… Suele pasar, también literalmente.

Suele pasar que quieras un refresco para acabar de copas como suele pasar que te enamores y acabes cual buen toro, corriendo los San Fermines sin saberlo… Suele pasar. ¿Nos sobran los motivos quizás? Descansemos pues un rato con esta canción de fondo, aunque sólo sea por unas horas, porque mañana nos enfundaremos el maillot para subir a Cotos y por hoy ya hemos hecho suficiente, literalmente, como viene pasando. Buenas noches, figura.

Dave Live in Barcelona

Dave, entonces eras un chaval, apenas pasabas la veintena y llevabas ya un año sin trabajo pero fuiste listo. Tus miras apuntaban alto y eras un gran creativo. Tu padre conseguía anunciantes para revistas y tú sabías hacer campañas de publicidad. Spot Studio, como realizado por extrusión, era la puerta. Empezasteis a moverlo antes de ese verano y tan sólo era cuestión de tiempo que funcionara. Pero a veces el tiempo no corre como debiera. Aunque el dinero escaseaba aprovechaste el primer fin de semana de agosto para desplazarte a ver el primer cliente, en Barcelona ciudad, con tu novia de entonces. Cogiste un autobús que os separó en ocho horas de unos cuantos cientos de kilómetros y vuestro cariño. Pero era vuestro primer cliente y querías conocer la ciudad que le vio nacer, perderte por el barrio gótico con la reflex, subir a lo más alto del parque Güell, visitar la Sagrada Familia y comer pa amb tomàquet regado con algo de vino de la zona, como dios manda.

Llegasteis al atardecer y, tras dejar las mochilas en el hostal, os fuisteis tú y tu chica a pasear de la mano por el barrio de Gracia del que tanto habías oído hablar. Y es que mejor no se podía estar, Dave, descubrir esas calles junto a tu novia, una preciosa chica que conociste unos cuantos años atrás en la adolescencia del instituto, mientras el sol se ponía por detrás, para sentaros después en la terraza de algún bar y brindar por un viaje que parecía bueno. Al final la noche cayó como cayeron las copas de vino y bien pasadas las doce os fuisteis a dormir extasiados tras un día tan largo, aunque no más que el que os esperaba al despertar.

Al día siguiente bien cogisteis el autobús tras preguntar a unas abuelillas para subir hasta el parque Güell y tranquilamente recorristeis sus sendas, cuevas y escalones, sus pasillos inclinados bordeados por columnas con forma de árboles, sus grutas en vez caminos y sus paisajes que parecen de lava. Os hicisteis algunas fotos, descansasteis en algún banco compartiendo bocadillo y al final de la mañana os volvisteis para bajar hasta el barrio gótico. Una vez allí sonó tu rudimentario teléfono móvil. Dave, era tu hermano. El padre de ambos había sufrido un accidente en bicicleta, bajando el puerto de Navacerrada. —Bueno, pues se habrá jodido una pierna, cuestión de escayola y reposo, ¿no? —Será mejor que vengas cuanto antes, está en quirófano y no creen que salga…—.

Volvisteis al hostal a recoger lo vuestro y con el mismo taxi fuisteis al aeropuerto a esperar el primer vuelo, haciendo tiempo sin hacer nada más, interminable. Por primera vez en tu vida sentiste el silencio como nunca lo habías sentido. Aun así cuando llegaste era ya tarde para las visitas, tu padre había salido de quirófano muy grave y las cuarenta y ocho horas siguientes eran cruciales. Todo se derrumbó, lo conocido y lo desconocido, y tu madre no volvió a compartir cama ni tú con tu novia mientras el otoño se os echó encima.

Directora de arte en Jerry Maguire

Ya es difícil progresar en una oficina siendo madre, pero más aún cuando quien la dirige, ese tal Jerry, es un tipo lejano a la ficción y sin demasiados escrúpulos, divorciado y con amantes sin ser ese exactamente el orden, y sus secuaces unas hienas que besan el suelo que él pisa. Unos personajes ellos que bien podrían haber salido de otra película de esas en las que, como buenos secuaces, sólo responden unos segundos después en función de la de su sicario para darle la razón. Pero allí estaba Renée, una directora de arte capaz de sacar campañas como churros, dibujar bocetos con el pie izquierdo y cagar stands increíbles. Ella empezó en esa empresa antes de que existiera siquiera, cuando Jerry era aprendiz de sicario y empezaba a mover sus hilos con los clientes de otras, y durante muchos años le regaló su tiempo en vez de irse a cocinar sushi a su casa. Pero antes o después Renée conoció a un tipo, se casó con él y estando cerca de que se le pasara el arroz fue madre; eso la hizo feliz y por primera vez en su vida se sintió realizada plenamente.

Pero eso en su trabajo no gustó mucho a los de más arriba, todo el tiempo añadido que durante más de diez años les regaló Renée cerrando ella la oficina ahora ya no podía concedérselo, así que los malos se vieron obligados a mover ficha. Un día más cálido y soleado de lo que viene a ser costumbre en otoño entró a trabajar con ellos Dave, un creativo de pendiente en la ceja que aún así se las daba de bueno y pretendía llegar muy lejos. El caso es que pasados unos meses resultó ser tan bueno en lo suyo como dijo y Jerry le ofreció ser director de arte, el jefe de estudio de la agencia de publicidad para la cual todos sus clientes, independientemente de su inversión, eran tratados como iguales. Y el chaval, recién entrado en la treintena y con ganas de progresar en su carrera profesional, aceptó de sumo agrado sin saber mucho más de la película en la que se había colado.

No pasó más de una semana cuando a Renée le quitaron entonces el coche y el último modelo de teléfono móvil de empresa, las pagas extra y otros tantos beneficios para quedárselo ellos, debido por supuesto a la crisis y no a su reducción de jornada por maternidad. Eso fue tras una reunión que secuaces y sicario tuvieron con ella. Después salió de la sala de juntas y como pudo se sentó en su mesa, en la que al final no pudo contener su rabia, y sus lágrimas brotaron de sendos ojos. No muy lejos quedaba la maquina expendedora de agua fría y caliente hasta la que casualmente fue Dave, el creativo del pendiente en la ceja, cuando, tras llenar el vaso cuidadosamente, la vio llorando ocultándose tras su mesa y se acercó hasta ella para intentar calmarla, arrodillándose a sus pies y diciéndole que él sería el jefe de estudio, sí, pero ella seguiría siendo la directora de arte. Y eso tampoco le gustó a Jerry cuando se enteró.

La mula de Chamberí

De pequeño le llamaban la mula, un chaval alto y escuálido sin ser demasiado grande quizá como para merecer ese título, pero los delanteros siempre temblaban cuando se encontraban con él jugando al fútbol en el colegio. La mula era un tipo amigable y algo reservado que nació en el 45, pasado el otoño, en un frío día de invierno a mediados de febrero, cuando las gotas de lluvia no son sino copos de nieve que cubren las hojas ya caídas de los chopos desnudos. La escuela le importaba un pijo y cuando iba lo hacía andando, guardándose el dinero del autobús para las partidas de futbolín del bar de Matías; cuando no se quedaba en el parque con los amigos sentado en un banco, comiendo peladillas, fumando los cigarrillos que robaban a Padre y hablando de chicas. Había nacido en una Barcelona oprimida por la posguerra y ahora estaría viendo crecer a sus nietos en Buenos Aires si no fuera porque a Padre le ofrecieron un buen trabajo en Madrid. Le llamaban la mula porque era muy bruto, con 14 años pudo al fin comprar su primera bicicleta y la estrenó pedaleando hasta Guadalajara, salió por la mañana bien temprano y a la vuelta la guardia civil le multó porque iba comiéndose un bocadillo cuando regresaba a casa a media tarde.

Exento del servicio militar por su miopía, sin dinero en la familia para estudiar una carrera como su hermano mayor ni ganas de meterse en el ejército como el pequeño, entró a trabajar de repartidor para la empresa en la que Padre echaba las horas dejándole apenas tiempo para sus lienzos. Tarareaba las canciones de Serrat en su Lambreta si no se las cantaba a las chicas después de dejarles el pedido en las tiendas mientras salía de ellas, jugando con las llaves, fumando Habanos como Padre, y continuaba la ruta hasta que ya de noche aparcaba la moto y tomaba un vino con sus amigos del barrio en el mismo bar de Matías. Algunos años después pasó a ser comercial; no era difícil convencer a las tenderas del buen chocolate Lloveras que les vendía, sus tristes ojos verdes y su dura sonrisa lo hacían por él. Con ello ganó un buen dinero que no tardó en gastar en las primeras vacaciones que tuvo; una moto de dos y medio que apenas llegaba a los 80 kilómetros hora, el primo José María y dos mochilas cargadas de ropa en un transportín fabricado por él en la parte de delante y una tienda de campaña en el de detrás, en la que dormían allí donde les venía en gana. Subieron hasta Huesca desde la capital y recorrieron todo el Pirineo Francés. Al final José María se apeó en Andorra una mañana y el Jordi llamó a Nina para tomar un café esa misma tarde cuando volviera a Madrid.

Jorge es un tipo arraigado, casi de costumbres si no fuera porque tampoco teme demasiado a lo que pueda venir, tranquilo y tan sencillo quizá que para mí siempre pecó de humildad, si es que eso es merecedor de alguna pena que alguien hubiera querido que pagara —y alguien así lo quiso… ¡Que me cuelguen si lo merecías!—. Un maestro entre maestros, discreto de formas y fuerte de carácter, orgulloso de ser como es y de sus principios, querido por aquel que le conoce y envidiado por el resto. Jorge es una mula que dedicó su vida a darnos lo que nunca tuvo y que jamás pidió nada a nadie; mientras el resto presumía de lo suyo él se enorgullecía de lo propio, alguien que me enseñó más que la vida, tanto que ni siquiera ese dios que él adora y yo maldigo sabe cuanto, aún a pesar de habernos dejado algunos cabos sueltos que quebraron el paso del verano al otoño de 2002, dejando desnudos algo más que esos chopos… —Si yo hubiera estado ahí otra canción te dedicaría, maldita sea…—.

«…Llueve
detrás de los cristales.
Llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos llueve…»